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La capacidad de asombro

Por: MERLIM

            Mientras el hombre busque en lo cotidiano la verdad existirá la capacidad de asombro; esa capacidad de creer que podemos convertirnos en sabios bebiendo una gota por día del océano de la vida y de la muerte, la capacidad de inclinarnos ante aquello que nos sobrepasa y de extasiarnos ante lo natural y lo sobrenatural, la capacidad de ir en la búsqueda de los primeros principios y las primeras causas.

            Bernardo Castillo en "El hombre y su entorno filosófico" nos dice que: "El asombro y la admiración, nacen en el hombre, a raíz de contemplar lo maravilloso y grandioso del universo físico, al cual él mismo pertenece y que junto a lo metafísico y sobrenatural, conforman la realidad".

asombro            La capacidad de asombro está en el ¡Eureka! de Arquímedes; en el niño que le enseñó a San Agustín que no está en el hombre saberlo todo, pero sí, en la medida de sus posibilidades buscar la verdad y sorprenderse gratamente cuando tiene la certeza de que la ha encontrado. La capacidad de asombro está en el primer científico que observó las formas minúsculas de la vida y en el primero que descubrió los cuerpos celestes que nunca antes se habían divisado.

            La capacidad de asombro de quienes saben que todo cuanto existe es obra de una Inteligencia Superior y no está ni en la naturaleza ni en el hombre por sí mismos crear. Aristóteles ya hablaba y apreciaba la capacidad de asombro y decía en su "Metafísica" que: "Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber. El placer que nos causan las percepciones de nuestros sentidos son una prueba de esta verdad".

            Para tener esa capacidad de asombro se requiere de pudor, de humildad, de amor por la verdad, de constancia y de ingenuidad, traducido a cierta pureza intelectual. Los niños de antaño y algunos sobrevivientes de nuestra postmodernidad son el ejemplo obligado del asombro y la admiración. En ellos el ¿por qué? es una exigencia por saber y por no aceptar respuestas superfluas.

            Siento tristeza por el niño que no se asombra, por el niño precoz que a fuerza de tecnología ha sido "estirado" para convertirlo en un adulto, porque su vida está exigida para que vea sobre el hombro de los demás.

mascota            El niño cuya mascota real (un perro, una rana, un pez) ha sido sustituida por la irrealidad algún aparato digital. Ya no acaricia ni alimenta a otro ser tangible, sino que se obsesiona por una pequeña máquina que le esclaviza día y noche.

            Siento tristeza por el niño que equipado sólo para "hacer", pero no para vivir, aquél que conoce la tecnología y la manera de exigir sus derechos, pero que es ignorante con relación a lo más sencillo del mundo y con relación a sus obligaciones.

            Es de admirarnos cómo nuestros infantes han visto todo, pero no han observado nada, han oído todo, pero no han escuchado nada. No son como El Principito de Antoine de Saint Exupéri que nunca se quedaba sin respuestas. Sólo así nos podemos explicar que abandonara el pequeño planeta donde podía contemplar cuarenta y tres puestas de sol en un sólo día para ir en busca de respuestas, porque "El Principito no desistía nunca de ninguna pregunta una vez que la había expresado".

            Sancho Panza, era como una especie de niño que absorbía la sabiduría de Don Quijote y se admiraba en cada nuevo descubrimiento. Siguió al "Caballero de la Triste Figura" en todas las aventuras y cada una de ellas le dejó una enseñanza. Era Sancho Panza una combinación entre ingenuidad, admiración, asombro y avidez por conocer lo que su vida de labriego no le había proporcionado.

juegos            ¿Por qué nuestros niños sólo se entretienen y ya no juegan? Considerando que juego le proporciona la capacidad de descubrir creativamente el mundo. El juego no es el maquinismo, la imitación de la violencia, la osadía malsana, el regocijo por el caído; sin embargo, ese es el entretenimiento para nuestros niños: el poder de destrucción a través de un botón.

            En muchas escuelas la prohibición parece ser contra el asombro. Sólo falta colocar un letrero en las aulas con tipografía evidente que rece "prohibido asombrarse". El mismo maestro parece haber perdido esa capacidad. No se permite la ingenuidad, sin llamar tonto al ingenuo, no se permite la inocencia, no se permite ser normal en un mundo cuyo reinado es la anormalidad.

            Todos los sabios, los que más han aportado intelectualmente a la humanidad son aquéllos que se han asombrado, porque cada vez que conocen es como un pequeño milagro. Se han asombraron ante el nacimiento y la muerte. Se han asombrado ante la obra de Dios y ante la oportunidad de prolongarse en una eternidad. Se asombraron ante la verdad que ayer no conocían y hoy se les presenta diáfana. Como un hombre que está ciego a intervalos y repetidamente a su vista se abren los colores del mundo, la gama de lo nuevo, las formas equilibradas del universo.

            ¿Hacia dónde volvernos? Si es en la niñez donde encontrábamos el ejemplo de lo inquisitivo, en la curiosidad de nuestros pequeños filósofos. ¿A dónde volvernos? Si el alma infantil se encuentra impregnada de muchos datos que le ciegan a la verdad. Los ancianos son más niños que los niños de ahora. ¿Qué vamos a hacer con este mundo de enciclopedistas?

            El hombre de nuestros días con tantos avances en el genoma humano y en la clonación nunca había sido tan ignorante y nunca tan ignorante de su ignorancia. Cree conocerse porque ha descubierto una serie de códigos, pero cada vez se pierden más en la nebulosa de su existencia.

pareja            Sin menosprecio a la ciencia basta con mirar a nuestro alrededor y repasar cada una de las etapas de la humanidad para cuestionarnos ¿cuándo se ha sido más caótico sino es ahora? Ahora que "conocemos" más, ahora que - según nosotros- estamos en el umbral de sustituir todo por lo sintético.

            Y es que el asombro está ligado armoniosamente con la humildad. El asombro impide al hombre pararse sobre el pedestal de la soberbia porque reconoce que ésta sólo petrifica, pues se hace un monumento de sí mismo, pero no crece y sus cambios son sólo para el deterioro.

            Muchas veces me pregunto qué les faltó a muchos psicólogos y pedagogos cuya ideología ha moldeado a cientos de niños. Me imagino que les faltó capacidad de asombro. El asombro de Aristóteles, de Santo Tomás, de San Agustín. El asombro de los hombres que fueron como niños, como los niños de antaño, como los niños para los cuales se abren las puertas del Cielo.

Imágenes:

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