Santisima Virgen María

El Secreto de María

Discurso sobre las fiestas principales de la Sma. Virgen María

 

EL SECRETO DE MARÍA

 

Aquí tienes, alma predestinada, un secreto que me ha enseñado el Altísimo, y que en ningún libro antiguo ni moderno he podido encontrar. Voy a confiártelo con la gracia del Espíritu Santo; pero con estas condiciones:

 

1ª. Que no lo comuniques sino a las personas que lo merezcan, por sus oraciones, sus mortificaciones, sus limosnas, sus persecuciones, su abnegación y su celo por el bien de las almas.

 

2ª.  Que te valgas de él para hacerte santa y espiri­tual; porque la importancia de este secreto se mide por el uso que de él se hace. Cuidado con cruzarse de bra­zos, sin trabajar; que mi secreto se convertirá en vene­no y vendrá a ser tu condenación.

 

3ª. Que todos los días de tu vida des gracias a Dios, por el favor que te hace al enseñarte un secreto que no mereces saber.

 

Y a medida que lo vayas poniendo en práctica en las acciones ordinarias de la vida, comprenderás su precio y excelencia: que, al principio, por la multitud y grave­dad de los pecados y aficiones secretas que te atan, sólo imperfectamente lo conocerás.

 

No te dejes llevar por ese deseo precipitado de co­nocer la verdad, que no es natural; di primero devota­mente, de rodillas, el Ave Maris Stella y el Veni Creator, para pedir a Dios la gracia de entender y saborear este misterio divino.

 

Como tengo poco tiempo para escribir y tú tienes poco para leer, todo lo diré en compendio.

 

Primera Parte

 

OFICIO DE MARIA EN NUESTRA SANTIFICACIÓN

 

Necesidad de santificarse por medio de María

 

Lo que de ti quiere Dios, alma, que eres su imagen viva, comprada con la sangre de Jesucristo, es que llegues a ser santa, como El, en esta vida, y glorificada, como El, en la otra. Tu vocación cierta es adquirir la santidad divina; y todos tus pensamientos, palabras y obras, tus sufrimientos, los movimientos todos de tu vida a eso se deben dirigir; no resistas a Dios, dejando de hacer aque­llo para que te ha criado, y hasta ahora te conserva. ¡Qué obra tan admirable! El polvo trocado en luz, la ho­rrura en pureza, el pecado en santidad, la criatura en su Criador, el hombre en Dios. Obra admirable, repito, pero difícil en sí misma, y a la naturaleza por sí sola imposible. Nadie sino Dios con su gracia y gracia abundante y ex­traordinaria puede llevarla a cabo; la creación de todo el universo no es obra tan grande como ésta.

Y tú, alma, ¿cómo lo seguirás? ¿Qué medios vas a escoger para levantarte a la perfección a que Dios te llama? Los medios de salvación y santificación son de todos conocidos; señalados están en el Evangelio, explicados por los maestros de vida espiritual, practicados por los santos. Todo el que quiera salvarse y llegar a ser perfecto necesita humildad de corazón, abandono en la Divina Providencia y conformidad con la vo­luntad de Dios.

            Todo se reduce, pues, a hallar un medio fácil con que consigamos de Dios la gracia necesaria para ser san­tos, y éste es el que te voy a enseñar. Digo, pues, que para hallar esta gracia de Dios hay que hallar a María.

Oficio y prerrogativas de la Virgen Santísima

1. Sólo María es la que ha hallado gracia delante de Dios, ya para sí, ya para todos y cada uno de los hombres en particular; la que ni los patriarcas, ni los profetas, ni todos los santos de la ley antigua pudieron hallarla.

2. Ella es la que al Autor de toda gracia dio el ser y la vida, y por eso se le llama Mater gratiae, Madre de la gracia.

3. Dios Padre, de quien todo don perfecto y toda gracia desciende, como de fuente esencial dándole al Hijo, le dio todas las gracias: de suerte que, como dice San Bernardo, se le ha dado en él y con él la voluntad de Dios.

4. Dios la ha escogido por tesorera, administradora y dispensadora de todas las gracias, de suerte que todas las gracias y dones pasan por sus manos, y conforme al poder que ha recibido (según San Bernardino), reparte Ella a quien quiere, como quiere, cuando quiere y cuanto quiere, las gracias del Eterno Padre, las virtudes de Jesucristo y los dones del Espíritu Santo.

5. Así como en el orden de la naturaleza es necesario que tenga el niño padre y madre, así  en el orden  de la gracia es necesario que el verdadero hijo de la Iglesia tenga por Padre a Dios y a María por Madre: y el que se jacte de tener a Dios por padre, sin la ternura de verdadero hijo para con María, engañado está, que no tiene más padre que el demonio.

6. Puesto que María ha formado la cabeza de los predestinados, Jesucristo, tócale a Ella formar los miem­bros de esa cabeza, los cristianos: que no forman las madres cabezas sin miembros, ni miembros sin cabeza. Quien quiera, pues, ser miembro de Jesucristo, lleno de gracia y de verdad, debe formarse en María, mediante la gracia de Jesucristo, que en Ella plenamente reside, para de lleno comunicarse a los verdaderos miembros de Jesucristo y a los verdaderos santos.

7. El Espíritu Santo que se desposó con María, y en Ella, por Ella y de Ella produjo su obra maestra, el Ver­bo encarnado, Jesucristo, como jamás la ha repudiado, continúa produciendo todos los días en Ella y por Ella él los predestinados, por verdadero aunque misterioso modo.

8. María ha recibido de Dios particular dominio so­bre las almas, para alimentarlas y hacerlas crecer en El. Aun llega a decir San Agustín que en este mundo los predestinados todos están encerrados en el seno de María, .y que no salen a la luz hasta que esta buena Ma­dre les conduce a la vida eterna. Por consiguiente, así como el niño saca todo su alimento de la madre, así los predestinados sacan todo su alimento espiritual y toda su fuerza de María.

9. María es a quien ha dicho el Padre: in Jacob inha­bita, hija mía, mora en Jacob, es decir, en mis escogi­dos, figurados por Jacob; María es a quien ha dicho el Hijo: in Israel haereditare, hereda en Israel. madre que­rida, es decir en los predestinados; María, es el fin, a quien ha dicho el Espíritu Santo: in electis meis mitte radices, arraiga, fiel esposa, en mi_ elegidos, Quien quie­ra, pues, que sea elegido o predestinado, tiene a María por moradora de su casa, es decir, de su alma, y la deja echar raíces de humildad profunda, de caridad ardiente y de todas las virtudes.

¿Cómo María forma en nosotros a Jesús?

Molde viviente de Dios, forma Dei, llamo San Agus­tín o María, y en efecto, lo es. Quiero decir que en Ella sola se formó Dios, hombre, al natura, sin que rasgo alguno de divinidad le faltara; y en ella sola también puede formarse el hombre en Dios, al natural, en cuanto es capaz de ello la naturaleza humana con la gracia de Jesucristo,

De dos maneras puede un escultor sacar al natural una estatua o retrato: primera, con fuerza y saber y buenos instrumentos puede labrar la figura en materia dura e informe; y segunda, puede vaciarla en un molde. Largo, difícil, expuesto a muchos tropiezos es el primer modo: un golpe mal dado, de cincel o de martillo, basta a veces para echarlo a perder todo. Pronto, fácil y suave es el segundo, casi sin trabajo y sin gasto, con tal que el molde sea perfecto y que represente al natural la figura: con tal que la materia de que nos servimos sea manejable y de ningún modo resista a la mano.

El gran molde de Dios, hecho por el Espíritu Santo, para formar al natural un Dios-hombre, por la unión hipostática, y para formar un hombre-Dios por la gracia, es María. Ni un solo rasgo de divinidad falta en este molde; cualquiera que se meta en él, y se deje manejar, recibe allí todos los rasgos de Jesucristo, verdadero Dios; y esto de manera suave y proporcionada a la de­bilidad humana, sin grandes trabajos ni agonías; de ma­nera segura, y sin miedo de ilusiones, que no tiene parte aquí el demonio, ni tendrá jamás entrada donde esté María; de manera, en fin, santa e inmaculada, sin la menor mancilla de culpa.

i Oh alma querida, cuánto va del alma formada en Jesucristo, por los medios ordinarios, de la que, como  escultores, se fía de su pericia y se apoya en su industria, al alma bien tratable, bien desligada, bien fundida, que sin estibar en  sí, se mete dentro de María; y se deja manejar allí por la acción del Espíritu Santo! ¡ Cuantas tachas, cuántos defectos, cuántas tinieblas, cuántas ilusiones, cuánto de natural y humano hay en la prime­ra! Y la segunda, ¡cuán pura es y divina y semejante a

Jesucristo!

No hay ni habrá jamás criatura, sin exceptuar bien aventurados, ni querubines ni serafines de los más altos en el mismo cielo, en que Dios muestre tanto sus perfecciones internas y externas como en la divina María. María es el paraíso de Dios y su mundo inefable, donde el Hijo de Dios entró para hacer maravillas, para guardarle y tener en él sus complacencias, Un mundo ha hecho para el hombre peregrino, que es la tierra que habitamos, otro mundo para el hombre bienaventurado, que es el paraíso; mas para sí mismo ha hecho otro mundo y lo llamó María: mundo desconocido a casi todos los mortales de la tierra, e incomprensible a los ángeles y bienaventurados todos del cielo, que, admirados de ver a Dios tan elevado de todos ellos, tan alejado y oculto en ese mundo de la divina María, claman sin cesar: "Santo, Santo, Santo".    

Feliz y mil veces feliz es en la tierra el alma a quien el Espíritu Santo revela el secreto de María para que lo conozca, a quien abre este huerto cerrado, para que en él entre, y esta fuente sellada para que de ella saque el agua viva de la gracia y beba en larga vena su corriente, Esta alma no hallará sino a Dios solo, sin las criaturas, en esta amabilísima criatura; pero a Dios al par que infinitamente condescendiente y al alcance de nuestra debilidad. Puesto que en todas partes está Dios, en todas, hasta en los infiernos, se le puede hallar: pero no hay sitio en qué la criatura encontrarle pueda tan cerca y tan al alcance de su debilidad como en María, pues para eso bajó a Ella. En todas partes es el pan de los fuertes y de los ángeles, pero en María es el pan de los niños.

Nadie, pues, se imagine, como ciertos falsos iluminados, que María, por ser criatura, es impedimento para la unión con el Creador. No es ya María quien vive, es Jesucristo solo, es Dios solo que vive en Ella. La transformación de María en Dios excede a la de San Pablo y otros Santos, más que el cielo se levanta sobre la tie­rra. Sólo para Dios nació María, y tan lejos está de tener consigo a las almas que, por el contrario, hace que remonten hasta Dios su vuelo, y tanto más perfecta­mente las une con El, cuanto con Ella están más unidas. María es eco admirable de Dios, que cuando se grita: María, no responde más que: Dios, y cuando con Santa Isabel se le saluda bienaventurada, no hace más que engrandecer a Dios. Si los falsos iluminados, de quienes tan miserablemente ha abusado el demonio, hasta en la oración hubieran sabido hallar a María y por María a Jesús y  por Jesús a Dios, no hubieran sufrido tan terri­bles caídas. Una vez que se ha encontrado a María y por María a Jesús y por Jesús a Dios Padre, se ha encontrado a todo bien, como dicen las almas santas. Quien dice todo, nada exceptúa, toda gracia y amistad cerca de Dios, toda seguridad contra los enemigos de Dios, toda la verdad contra la mentira, toda especie de facilidad para vencer las dificultades en el camino de la salvación, toda clase de dulzura y gozo en las amarguras de la vida.

 

Y no es que esté exento de sufrimientos y cruces el que ha encontrado a María, mediante la verdadera devoción; lejos de eso, más que a ningún otro le asaltan, porque María, que es la madre de los vivientes, da a sus hijos trozos del Árbol de la vida, que es la cruz de Jesucristo; mas al repartirles buenas cruces, les da gra­cia para llevarlas con paciencia y aun con alegría (de suerte que las cruces que da Ella a los suyos son cruces de dulce, almibaradas más bien que amargas); o si por algún tiempo gustan la amargura del cáliz, que necesa­riamente han de beber los amigos de Dios, la consola­ción y gozo que esta buena Madre hace suceder a la tristeza, les alienta infinito para llevar otras cruces, aún más amargas y pesadas.

 

Conclusión de esta primera parte

La dificultad está, pues, en saber hallar de veras a la divina María, para dar con la abundancia de todas las gracias. Dueño absoluto, Dios puede por sí mismo co­municar lo que ordinariamente no comunica sino por medio de María; y aun negar que alguna vez así lo haga, sería temerario: pero según el orden establecido por la Divina Sabiduría, como dice Santo Tomás, no se comunica Dios ordinariamente a los hombres, en el or­den de la gracia, sino por María. Para subir y unirse a El, preciso es valerse del mismo medio de que El se va­lió para descender a nosotros para hacerse hombre y para comunicarnos sus gracias; y ese medio es la ver­dadera devoción a la Santísima Virgen.

 

 

Segunda Parte

 

LA  VERDADERA DEVOCION A LA VIRGEN O SANTA ESCLAVITUD DE AMOR

 

Elección de la verdadera y perfecta devoción

 

Hay muchas devociones a la virgen Santísima y verdaderas: que no hablo aquí de las falsas.

Consiste la primera en  cumplir con los deberes de cristiano, evitando el pecado mortal, obrando más por amor que por temor, rogando de tiempo en tiempo a la Santísima Virgen y honrándola como a Madre de Dios, sin ninguna otra especial devoción para Ella.

La segunda tiene para la virgen más altos sentimientos de estima, amor, veneración  y confianza; induce a entrar en las cofradías del santo rosario, del escapulario, a rezar la corona o el santo rosario, a honrar las imágenes y altares de María, a publicar sus alabanzas, a alistarse en sus congregaciones.  Y esta devoción (con tal que nos abstengamos de pecar) buena es, santa y laudable, pero no tan a propósito como la que sigue para apartar a las almas de las criaturas y desprenderlas de sí mismas a fin de unirlas a Jesucristo.

La tercera manera de devoción a la Santísima Virgen, de muy pocas personas conocida y practicada, es ¡oh almas predestinadas!, la que os voy a descubrir.

Consiste en darse todo entero, como esclavo, a Ma­ría y a Jesús por Ella; y además en hacer todas las cosas por María, con María, en María y para María.

Voy a explicar estas palabras.

 

 

Naturaleza y extensión de la verdadera devoción a María, llamada esclavitud de amor

 

Hay que escoger un día señalado para entregarse, consagrarse y sacrificarse; y esto ha de ser voluntaria­mente y por amor, sin encogimiento, por entero y sin reserva alguna, como casa, familia, rentas; bienes inte­riores del alma, a saber: sus méritos, gracias, virtudes y satisfacciones.

Es preciso notar aquí que con esta devoción se inmola el alma a Jesús por María, con un sacrificio que ni en Orden religiosa alguna se exige, de todo cuanto el alma más aprecia; y del derecho que cada cual tiene para disponer a su arbitrio del valor de todas sus oraciones y satisfacciones; de suerte que todo se deja a disposición de la Virgen Santísima, que a voluntad suya lo aplicará para la mayor gloria de Dios, que sólo Ella perfectamente conoce.

A disposición suya se deja todo el valor satisfactorio e impetratorio de las buenas obras; así que, después de la oblación que a ella se ha hecho, aunque sin voto al­guno, de nada de cuanto bueno hace es ya uno dueño; la Virgen Santísima puede aplicarlo: ya a un alma del purgatorio para aliviarla o libertarla, ya a un pobre pe­cador para convertirlo.

También nuestros méritos los ponemos con esta devoción en manos de la Virgen Santísima: pero es para que nos los guarde, aumente y embellezca; puesto que ni los méritos de la gracia santificante ni los de la gloria podemos unos a otros comunicarnos. Dámosle, sin embargo, todas nuestras oraciones y obras buenas en cuento que las distribuya y aplique a quien le plazca.  Y si después de estar así consagrados a la Santísima virgen deseamos aliviar a algún alma del purgatorio, salvar a algún pecador, sostener a alguno de nuestros enemigos con oraciones, mortificaciones, limosnas, sacrificios, preciso es pedírselo humildemente a Ella, y estar a lo que determine aunque no lo conozcamos; bien persuadidos de que el valor de  nuestras acciones, administradas por las manos mismas de que Dios se sirve para distribuirnos sus gracias y dones, no podrá menos de aplicarse a la mayor gloria suya.

 

He dicho que consistía esta devoción en entregarse a María en calidad de esclavo, y es de notar que hay tres clases de esclavitud. La primera es esclavitud de naturaleza: buenos y malos son de esta manera siervos de Dios. La segunda es esclavitud forzada: los demonios y los condenados son de este modo esclavos de Dios. La tercera es esclavitud de amar y voluntaria: y con ésta debemos consagrarnos a Dios por medio de María del modo más perfecto con que puede una creatura consa­grarse " su Creador.

Notad, además, que de criado a esclavo hay mucha diferencia. El criado pide paga por sus servicios, el es­clavo no. El criado está libre para dejar a su señor cuando quiera, y no le sirve sino a plazos; el esclavo no puede dejarlo sin faltar a la justicia, pues se le ha entregado para siempre. El criado no da a su señor derecho de vida y muerte sobre su persona; el esclavo, se le entrega por completo, de suerte que su señor pudiera hacerlo morir, sin que la justicia lo inquietara. Pero fácilmente se echa de ver que el esclavo forzado vive en una su­jeción la más estrecha, tal que no puede propiamente convenir a un hombre sino con respecto a su Creador. Por eso entre los cristianos no hay tales esclavos; sólo entre turcos e idólatras los hay así.

 

            i Feliz y mil veces feliz el alma generosa que, esclava del amor, se consagra enteramente a Jesús por María, después de haber sacudido en el bautismo la esclavitud , tiránica del demonio!

 

Excelencia de la Santa Esclavitud, que proviene de hacer pasar toda la vida del alma por María, la Medianera

Muchas luces necesitaría yo para describir perfecta­mente la excelencia de esta práctica; sólo de corrida tocaré algunos puntos.

1. El entregarse así a Jesús por María es imitar a Dios Padre, que no nos ha dado a su Hijo sino por María; es imitar a Dios Hijo, que no ha venido a nosotros sino por María, y como "nos ha dado ejemplo para que según hizo El hagamos nosotros", nos ha invitado a ir a El por el mismo camino por donde El ha venido, que es María; es imitar al Espíritu Santo, que no nos comunica sus gra­cias y dones sino por María. "¿No es justo, dice San Bernardo, que vuelva la gracia a su Autor por el mismo canal por donde se nos ha transmitido?"

2. Ir de este modo a Jesús por María es verdadera­mente honrar a Jesucristo, pues es dar a entender que por razón de nuestros pecados, no somos dignos de acercarnos directamente ni por nosotros mismos a su infinita santidad, y que nos hace falta María, su Santí­sima Madre, para que sea nuestra abogada y mediane­ra con nuestro medianero, que es El. Esto es al mismo tiempo acercarnos a El, como a medianero y hermano nuestro, y humillarnos ante El, como ante nuestro Dios y nuestro juez; es, en una palabra, practicar la humil­dad que arrebata siempre al corazón de Dios.

3. Consagrarse así a Jesús por María es poner en manos de María nuestras buenas acciones, que, aunque parezcan buenas, están muchas veces manchadas y son indignas de que las mire y las acepte Dios, ante quien no son puras las estrellas. ¡Ah!, roguemos a esta buena Madre y Señora, que, después de recibir nuestro pobre presente, Ella lo purifique, Ella lo santifique, Ella lo suba de punto y embellezca de tal suerte, que lo haga dig­no de Dios. Todas las rentas de nuestra pobre alma, para el padre de familias, Dios, son menos de lo que sería para un rey la fruta gusanienta que para pagar su arriendo le presentara un pobre colono de su majes­tad. ¿Qué haría este pobre hombre si fuera listo y tu­viera cabida con la reina? Benévola ella con el pobre campesino y respetuosa con el rey ¿no le quitaría a la fruta lo que tuviera de agusanado y podrido y la pon­dría en fuente de oro, rodeada de flores? Y el rey, ¿no la recibiría sin inconveniente y aun con gusto, de ma­nos de la reina, que tanto quiere el campesino? Modi­cum quid offere desideras? Manibus Mariae tradere cura, si non vis sustinere repulsam. ¿ Deseas ofrecer al­guna poca cosa?, dice San Bernardo. Por manos de Ma­ría procura entregarla, si no quieres sufrir repulsa.

iAh, buen Señor! ¡Qué poca cosa es todo cuanto ha­cemos! Pero pongámoslo, con esta devoción, en manos de María. Una vez que del todo nos hayamos dado a Ella, en cuanto darnos podamos, despojándonos, en su honor, de todo, Ella, infinitamente más generosa, por un huevo nos dará un buey: Ella se comunicará del todo a nosotros, con sus méritos y virtudes; Ella colocará nuestros presentes en la bandeja de oro de su caridad: Ella, como Rebeca a Jacob, nos revestirá de los hermo­sos vestidos de su primogénito y unigénito, Jesucristo, es decir, de sus méritos que a la disposición de Ella es­tán; y así, como esclavos y domésticos suyos, después de habernos despojado de todo para honrarla, tendre­mos dobles vestidos (omnes domestici eius vestiti sunt duplicibus); trajes, galas, perfumes, méritos y virtudes de Jesús y de María, en el alma del esclavo de Jesús y María, desnudo de sí mismo y fiel a su desnudez.

4. Entregarse así a la Santísima Virgen, es ejercitar en el más alto grado posible la caridad con el prójimo; puesto que es dar a María lo que más apreciamos, para que de ello disponga en favor de vivos y difuntos.

5. Esta es la devoci6n con que se ponen en seguro las gracias, méritos y virtudes, haciendo depositaria de ellos a María y diciéndole: "Toma, querida dueña mía; he aquí lo que con la gracia de tu querido Hijo he he­cho de bueno; por mi debilidad e inconstancia, por el gran número y malicia de mis enemigos, que día y no­che me acometen, no soy capaz de guardarlo. ¡Ay, que todos los días estamos viendo caer en el lodo los ce­dros del Líbano, y venir a parar en aves nocturnas las águilas que se levantaban hasta el sol! Así mil justos caen a mi izquierda y a mi diestra diez mil; pero Tú, mi poderosa y más que poderosa Princesa, tenme que no me caiga; guarda todos mis bienes, que no me los ro­ben; te confío en depósito todos mis bienes; Depositum cusfodi, scio cuí credidi. Bien sé quien eres; por eso me fío por completo de Ti, Tú eres fiel a Dios y a los hom­bres, y no permitirás que perezca nada de cuanto a Ti se confía; eres poderosa y nadie podrá dañarte, ni arrebatarte, de entre las manos lo que tienes". Ipsam sequens, non devias; icsam rogans, non desperas; ipsam cogitans, non erras; ipsa tenente, non corruis; ipsa pro­tegente, non metuis;ipsa duce, non fatigaris; ipsa pro­pifia, pervenis (“No te desviarás si la sigues; no deses­perarás si le ruegas; no errarás si en Ella piensas, si Ella te tiene no caes; si Ella te protege no temes; si Ella te guía, no te fatigas; si Ella te es propicia, llegas"); y en otra parte: Detinet Filium, ne percutiat; detinet diabolum, ne noceat; detinet virtutes, ne fugiant; detinet merita, ne pereani; detinet gratiam, ne effuat ("impide que su Hijo los castigue; Impide que los demonios los dañen; que se disipen sus virtudes; que sus méritos pe­rezcan; que sus gracias se pierdan"). Estas son pala­bras de San Bernardo, Sermón II, No. 17, que en sus­tancia expresan todo lo que acabo de decir. Aunque no hubiera otro motivo para excitarme a esta devoción, sino el ser medio seguro para conservar y aumentar en mí la gracia de Dios, debía yo abrasarme de entusias­mo por ella.

Esta devoción torna al alma verdaderamente libre, con la libertad de Ios hijos de Dios. Ya que por amor de María se reduce uno a la esclavitud, esta querida Señora le ensancha y dilata en recompensa el corazón, y le hace marchar a pasos de gigante por el camino de los mandamientos de Dios. Ahuyenta el disgusto, la tris­teza, el escrúpulo. Esta fue la devoción que el Señor enseñó a la madre Inés de Jesús como seguro medio para salir de grandes penas y perplejidades en que se hallaba. "Hazte esclava de mi Madre", le dijo. Hízolo así, y al momento sus penas cesaron.

Para autorizar esta devoción convendría contar las bulas e indulgencias de los Papas, los decretos de los Obispos en favor suyo, las cofradías establecidas en su honor, el ejemplo de muchos santos y grandes personajes que la han practicado; pero todo esto lo paso en silencio.

 

Prácticas Interiores de la Santa Esclavitud, su espíritu y sus frutos

He dicho, además, que esta devoción consiste en hacer todas las cosas con María, en María, por María y para María.

            No basta entregarse por esclavo a María una vez sola: ni aun es bastante hacerla todos los meses o todas las semanas. Devoción harto pasajera sería ésa, que no elevaría el alma a la perfección a que, si bien se practi­ca, la puede levantar. No es muy difícil alistarse en una cofradía, ni aun abrazar esta devoción y rezar diariamente algunas oraciones prescritas; lo difícil es el entrar en el espíritu de ella, que es hacer que el alma en su interior dependa y sea esclava de la Santísima Virgen y de Jesús por Ella. Muchas personas he hallado que con admirable entusiasmo se han sometido a tan san­tas esclavitudes exteriormente; pero muy pocas que hayan cogido el espíritu de esta devoción y menos to­davía que hayan perseverado en él.

1. La práctica esencial de esta devoción consiste en hacer todas las acciones con María; es decir, tomar a la Virgen Santísima por modelo acabado en todo lo  que se ha de hacer.

2. Por eso antes de hacer cualquier cosa hay que desnudarse de sí mismo y de sus mejores modos de ver; hay que anonadarse delante de Dios, como quien de su cosecha es incapaz de todo bien sobrenatural y de toda acción útil para la vida eterna; hay que recurrir a la Virgen Santísima y unirse a sus intenciones, aunque no se conozcan; hay que unirse por María a las inten­ciones de Jesucristo, es decir, ponerse en manos de la Virgen Santísima como instrumento, para que Ella obre en nosotros, y haga de nosotros lo que bien le parezca, para gloria de su Hijo, y, por su Hijo Jesucristo, para gloria del Padre: de suerte que no hay vida interior ni operación de espíritu que de Ella no dependan.

3. Hay que hacer todas las cosas en María, es decir, hay que irse acostumbrando a recogerse dentro de sí mismo, para formar un pequeño esbozo o retrato espiritual de la Santísima Virgen. Ella será para el alma oratorio en que dirija a Dios sus plegarias, sin temor de ser desechada. Torre de David para ponerse en se­guro contra los enemigos. Lámpara encendida para alumbrar las entrañas del alma y abrasarla de amor di­vino. Recámara sagrada para ver a Dios en Ella y con Ella; María, en fin, será únicamente para esta alma su recurso universal y su todo. Si ruega será en María; si recibe o Jesús en la Sagrado Comunión, lo meterá en María para que allí tenga El sus complacencias. Si algo hace será en María; y en todas partes y en todo hará actos de desasimiento de sí misma.

4. Jamás hay que acudir a Nuestro Señor, sino por medio de María, por su intercesión y su crédito para con El, de suerte que nunca lo hallemos solo cuando va­yamos a pedirle mercedes.

5. Finalmente hay que hacer todas las acciones para María, es decir, que como esclavos que somos de esta augusto Princesa, no trabajemos más que para Ella, pa­ra su provecho y gloria, como fin próximo, y para gloria de Dios como fin último. Debe esta alma en todo lo que hace renunciar al amor propio, que casi siempre, aun sin darse cuenta, se toma a sí mismo por fin, y repetir muchas veces en el fondo del corazón: por Vos, mi amada Señora, hago esto o aquello, voy aquí o allá, su­fro tal pena o tal injurio.

Guárdate bien, alma predestinada, de creer que es lo más perfecto acudir directamente a Jesús, directa­mente a Dios: tu obra, tu intención poco valdrá: pero yendo por María será la obra no tuyo, sino de María en ti, y será por consiguiente muy levantada y muy dig­na de Dios.

 

Tres advertencias importantes

 

Guárdate bien de hacerte violencia para sentir y gustar lo que dices y haces; dilo y hazlo todo con la fe,  viva que María tuvo en la tierra, y que a su tiempo Ella te comunicará. Deja a tu Soberana, pobre esclavo, la vista clara de Dios, los transportes, los gozos, los placeres, las riquezas, y no tomes para ti más que la fe pura, llena de disgustos, de distracciones, de fastidio, de sequedad. Di amén (así sea) a todo lo que hace en el cielo María, tu Soberana. Nada mejor puedes hacer por ahora.

Cuidado con atormentarte porque no gozas tan pronto de la dulce presencia de la Santísima Virgen. No es para todos esta gracia. . . y cuando por gran misericordia favorece Dios con ella, muy fácilmente el alma la pierde si no es fiel en recogerse con frecuencia. Si tal desgracia te ocurriere, vuélvete dulcemente a tu Soberana y confiesa tu culpa.

Frutos maravillosos de esta práctica interior de la Santa Esclavitud

 

Infinitamente más de lo que aquí te digo, te enseñará la experiencia; y tantas riquezas y gracias halla­rás en la práctica si eres fiel en lo poco, que aquí te enseño, que te quedarás sorprendido y con el alma llena de júbilo.

Trabajemos, pues, alma querida, y hagamos de manera que por la fiel práctica de esta devoción, el alma de María sea con nosotros para alegrarnos en Dios su Salvador. Palabras son éstas de San Ambrosio: Sit in singulis anima Mariae ut magnificet Dominum, sit in singulis spiritus Mariae ut exultet in Deo.  No vayáis a creer que fuera mayor felicidad habitar en el seno de Abraham que se llamaba paraíso, que en el seno de María, en el que el Señor puso su trono. Son palabras del sabio Abad.

Guerrico: Ne credideris maioris esse felicitatis habitare in sinu Mariae, in quo Dominus posuit thronum suum.

 

Infinidad de efectos produce en el gima esta devoción fielmente practicada; pero el principal es hacer que de tal modo viva María en un alma de la tierra, que no sea ya rnás el alma que vive, sino María en ella; viene a ser su alma. Pues cuando, por una gracia inefable, pero verdadera, la divina María es Reina del alma, ¿qué maravillas no hace en ella? Como es Ella la obra­dora de las grandes maravillas, sobre todo dentro de los corazones, trabaja allá, a escondidas del alma misma: que si se diera cuenta de esas obras echaría a perder su hermosura.

Como Ella es dondequiera la Virgen fecunda, en todas las almas en que vive hace brotar la pureza de corazón y de cuerpo, la pureza de intenciones y designios y la fecundidad de buenas obras. No creas, alma querida, que María, la más fecunda de las puras criaturas, la que llegó hasta el punto de producir un Dios, permanezca oculta en un alma fiel. Ella sin cesar hará vivir el alma para Jesucristo y hará vivir a Jesucristo en el alma. Fjliolí mei, quos íterum parturio, donec formetur Chris­tus vobísiHijitos míos, gimo con dolores de parto, has­ta que Cristo sea formado en vosotros"), (CoL, 19). Si, como lo fue al nacer en el mundo, es Jesucristo fruto de María en cada una de las almas, sin! duda que en aquellas donde particularmente Ella habita, es singular­mente Jesucristo fruto y obra suya.

En fin, que para estas almas María viene a serio todo, después de Jesucristo. Ella esclarece su espíritu con su fe pura. Ella profundiza su corazón con su humildad. Ella con su caridad lo enciende y lo abrasa.  Ella lo purifica con su maternidad. Pero ¿adónde voy a parar? No hay modo de enseñar, si no se experimentan estas maravillas de María, maravillas increíbles a las gentes sabias y or­gullosas, y aun al común de los devotos y devotas.

 

 

La Santa Esclavitud en los últimos tiempos

 

Así como por María vino Dios al mundo la vez primera en humildad y anonadamiento, ¿no podría también decirse que por María vendrá segunda vez, como toda la Iglesia lo espera, para reinar en todas partes y juzgar a los vivos y a los muertos? Cómo y cuándo ¿quién lo sabe? Pero yo bien sé que Dios, cuyos pensamientos se apartan de los nuestros más que el cielo de la tierra, vendrá en el tiempo y en el modo menos esperados de los hombres, aun de los más sabios y entendidos en la Escritura Santa, que es en este punto muy oscura.

Pero todavía debe creerse que al fin de los tiempos, y tal vez más pronto de lo que se piensa, suscitará Dios grandes hombres llenos del Espíritu Santo y del espíritu de María, por los cuales esta divina Soberana hará grandes maravillas en la tierra, para destruir en ella el pecado y establecer el reinado de Jesucristo, su Hijo, sobre el corrompido mundo; y por medio de esta devoción a la Santísima Virgen, que no hago más que descubrir a grandes rasgos, empequeñeciéndola con mi mi­seria, estos santos personajes saldrán con todo.

Practicas exteriores de la Santa Esclavitud

Además de la práctica interna de esta devoción, hay otras externas, que no se deben omitir ni despreciar.

La primera es entregarse, en algún día señalado, a Jesucristo por mano de María, cuyos esclavos nos hacemos, comulgar al efecto en ese día y pasarlo en ora­ción. Y esta consagración ha de renovarse a lo menos todos los años en el mismo día.

La segunda, dar todos los años el mismo día un pequeño tributo a la Santísima Virgen en testimonio de servidumbre y dependencia; tal es siempre el homenaje de los esclavos para con sus señores. Consiste, pues, este tributo, en alguna mortificación, limosna o peregrina­ción, o en algunas oraciones. El bienaventurado Marín, según testifica su hermano San Pedro Damiano, tomaba todos los años en el mismo día disciplina pública delante de un altar de la Santísima Virgen. No pido ni aconsejo este fervor; pero ya que no se dé mucho a María, debe al menos ofrecerse, lo que se le presenta, con humildad y agradecimiento de corazón.

La tercera es celebrar todos los años con devoción particular la fiesta de la Anunciación, que es la fiesta principal de esta devoción, establecida para honrar e imitar la sujeción en que el Verbo eterno, por amor nuestro, se puso.

La cuarta práctica externa es rezar todos los días (sin que haya obligación bajo pena de pecado por faltar en ello) la coronilla de la Santísima Virgen, compuesta de tres Padrenuestros y doce Avemarías; rezar frecuen­temente el "Magníficat", que es el único canto que te­nemos de María para dar gracias a Dios por sus bene­ficios y para traer otros nuevos; sobre todo no se ha de dejar de decirlo después de la Sagrada Comunión, para dar gracias, como, según opina el sabio Gersón, la San­tísima Virgen lo decía.

La quinta es llevar una cadenilla bendita al cuello, al brazo o al pie, o a través del cuerpo. Est6 práctica, pues de en absoluto omitirse, sin perjuicio de' lo esencial de esta devoción; sin embargo; sería pernicioso despre­ciarla y condenar/a y no sin daño descuidarla. He aquí las razones de llevar esta señal exterior: l. Para librarse de las funestas cadenas del pecado original y actual. que nos han tenido atados. 2. Para honrar las sogas y ataduras amorosas a que nuestro Señor tuvo a bien ser atado para tornarnos verdaderamente libres. 3. Ya que estas ataduras son de caridad, traham eos in vinculis charitatis, para hacernos recordar que debemos obrar movidos por esta virtud. 4. Y en fin, para recordarnos nuestra dependencia de Jesús y de, María en calidad de esclavos, pues acostumbran ellos llevar cadenas se­mejantes. Muchos grandes hombres que se hicieron esclavos de Jesús y María estimaban tanto estas cadenas que se quejaban de que no se les permitiera arrastrarlas públicamente a los pies, como los esclavos de los turcos. ¡Oh cadenas más preciosas y más gloriosas que los collares de oro y piedras preciosas de todos los emperadores, pues que nos atan a Jesucristo y a su Santísima Madre y son su marca y librea!

Hay que notar que conviene que estas cadenas, si no son de plata, sean a lo menos de hierro, para llevarlas con comodidad.

Oración a nuestro Señor Jesucristo

Dejadme, amabilísimo Jesús mío, que me dirija a Vos, para atestiguaras mi reconocimiento por la merced que me habéis hecho con la devoción de lo escla­vitud, dándome a vuestra Santísima Madre para que sea Ella mi abogada ante vuestra Majestad, y en mi grandísima miseria universal suplemento. ¡Ay, Señor!. Tan miserable soy, que sin esta buena Madre infaliblemente me hubiera perdido. Sí, que a mí me hace falta María, delante de Vos y en todas partes; me hace falta para calmar vuestra justa cólera, pues tanto os he ofendido y todos los días os ofendo; me hace falta para detener los eternos y merecidos castigos con que vuestra justicia me amenaza; me hace falta para miraras, para hablaras, para pediros, para acercarme a Vos y para daros gusto; me hace falta para salvar mi alma y la de los otros; me hace falta, en una palabra, para hacer siempre vues­tra voluntad y procurar en todo vuestra mayor gloria.  i Ah, si pudiera yo publicar por todo el universo esta misericordia que habéis tenido conmigo! i Si pudiera ha­cer que conociera todo el mundo que si no fuera por María estaría yo condenado! ¡Si yo pudiera dignamente daros las gracias por tan grande beneficio! María es conmigo.  Haec facta est mihi.  ¡Oh, que tesoro! ¡Oh, qué consuelo! Y, de ahora en adelante, ¿no seré todo para Ella? ¡Oh, qué ingratitud! Antes la muerte, Salvador mío queridísimo, que permitáis tal desgracia, que mejor quiero morir que servir sin ser todo  de María.  Mil y mil veces, como san Juan Evangelista al pie de la cruz, la he tomado en vez de todas mis cosas. ¡Cuántas veces me he entregado a Ella! Pero si todavía no he hecho esta entrega a vuestro gusto, la hago ahora, mi Jesús querido, como Vos queréis que la haga.  Y si en mi alma o en mi cuerpo veis alguna cosa que no pertenezca a esta Princesa augusta, arrancadla, os ruego, arrojadla lejos de mí; que no siendo de María, indigna es de Vos.

¡Oh,  Espíritu Santo!, concededme todas las gracias, plantad, regad y cultivad en mi alma el árbol de la vida verdadera, que es la amabilísima María, para que crezca y florezca, y dé con abundancia el fruto de vida.  ¡Oh Espíritu Santo!, dadme mucha devoción y mucha afición a María; que me apoye mucho en su seno maternal y recurra de continuo a su misericordia, para que en ella forméis dentro de mí a Jesucristo, al natural, crecido y vigoroso hasta la plenitud de su edad perfecta. Amén.

Oración a nuestra Señora, para sus fieles esclavos

¡Salve, María, amadísima Hija del Eterno Padre; salve, María, Madre admirable del Hijo; salve, María, fidelísima Esposa del Espíritu Santo; salve María, mi amada Madre, mi amable Maestra, mi poderosa Sobe­rana: salve, gozo mío, gloria mía, corazón mío y alma mía! Vos sois toda mía, por misericordia, y yo soy todo vuestro por justicia, pero todavía no lo soy bastante. De nuevo me entrego a vos todo entero en eterno esclavo, sin reservar nada, ni para otros.

Si algo veis en mí que todavía no sea vuestro tomadlo en seguida, os lo suplico, y haceos dueña todos mis haberes para destruir, desarraigar en mí todo lo que desagrade a Dios, y plantar y producir todo lo que os guste.

La luz de vuestra fe disipe las tinieblas de vuestra humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; vuestra contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; vuestra continua vista de Dios llene de su presencia mi memoria; el incendio de caridad de vuestro corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a vuestras virtudes mis pecados;  vuestros méritos sean delante de Dios y suplemento. En fin, queridísima y amadísima Madre,  haced, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el vuestro para conocer a Jesucristo y entender sus divinas voluntades; que no tenga más alma que la vuestra para alabar y glorificar al Señor; que no tenga más corazón que el vuestro para amar a Dios con amor puro y con amor ardiente como Vos.

No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni aun espirituales. Para Vos el ver claro, sin tinieblas; para Vos el gustar por entero, sin amargura; para Vos el triunfar gloriosa a la diestra de vuestro Hijo,  sin humillación; para Vos el mandar a los ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y el disponer, en fin sin reserva alguna, de todos los bienes de Dios. Esta es, divina María, la mejor parte que se  os ha concedido, y que jamás se os quitará, que es para  mí grandísimo gozo. Para mí y mientras viva no quiero otro, sino  experimentar el que Vos tuvisteis: creer a secas, sin nada ver ni gustar; sufrir con alegría sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y sin descanso; trabajar mucho hasta la muerto por Vos, sin interés, como el más vil de los esclavos.  La sola gracia, que por pura misericordia os pido, es que en todos los días y en todos los momentos de mi vida diga tres amenes: amén (así sea) a todo lo que hicisteis sobre la tierra, cuando vivíais; amén a todo lo que hacéis al presente en el cielo; amén a todo lo que obráis en mi alma, para que en ella no haya nada más que vos, para glorificar plenamente a Jesús en mí, ahora y en la eternidad. Amén.

 

 

CULTIVO Y CRECIMIENTO DEL ÁRBOL DE LA VIDA

 

Manera de hacer que María viva y reine en nosotros

 

     Alma predestinada, ¿has comprendido por obra del Espíritu Santo lo que acabo de decirte? Entonces da gracias a dios, que es un secreto que casi todo el mundo ignora.   Si has hallado el tesoro escondido en el campo de María, la perla preciosa del Evangelio, tienes que venderlo todo para comprarla; tienes que hacer el sacrificio de ti mismo en manos de María y perderte dichosamente en ella, para hallar allí a Dios solo.

           

                  Si el Espíritu Santo ha plantado en tu corazón el verdadero árbol de la vida que es la devoción que acabo de explicarte, has de poner todo cuidado en cultivarlo para que dé fruto a su tiempo.  Es esta devoción el grano de mostaza de que habla el Evangelio, que siendo, al parecer, el más pequeño de los granos, llega, sin embargo, a ser muy grande; y tan alto sube su tallo, que las aves del cielo, es decir, lo predestinados, anidan en sus ramas y en el calor del sol reposan a su  sombra y en él se guarecen las fieras.

He aquí, alma predestinada, la manera de cultivarlo:

                                             

I. Plantado este árbol en un corazón fiel quiere estar expuesto a todos los vientos, sin apoyo alguno humano; este árbol, que es divino, quiere estar siempre sin cria­tura alguna que le pudiera impedir levantarse a su prin­cipio, que es Dios. Así que no ha de apoyarse uno en su industria, o en sus talentos naturales, o en su crédito, o en la autoridad de los hombres: hay que recurrir a María y apoyarse en su socorro.

2. El alma donde este árbol se ha plantado ha de estar, como buen jardinero, sin cesar ocupada en guardarlo y mirarlo. Porque esto árbol, que es vivo y debe producir frutos de vida, quiere que se le cultive y haga crecer con el continuo mirar o contemplación del alma. Y éste es el negocio del alma que quiere llegar a ser perfecta: pensar en esto con frecuencia, aun de modo que sea ésta su principal ocupación.

3. Hay que arrancar y cortar las espinas y cardos que con el tiempo pudieran ahogar este árbol e impe­dir que diera fruto. . . es decir, que hay que ser fiel en cortar y tronchar, con la mortificación y abnegación de sí mismo, todos los placeres inútiles y vanas ocupacio­nes con las criaturas; en otros términos: crucificar la carne, guardar silencio y mortificar los sentidos.

4. Hay que tener cuidado de que las orugas no lo dañen. Estas orugas que comen las hojas verdes y des­truyen las hermosas esperanzas del fruto que el árbol daba, son el amor propio y el amor de las comodidades; porque el amor de mismo y el amor de María no se pueden en manera alguna conciliar.

5. No hay que dejar que las bestias se acerquen a él. Estas bestias son los pecados, que, con su contacto, po­drían matar el Árbol de la Vida.

6. Hay que regar con frecuencia este árbol divino, haciendo con fervor los ejercicios de piedad, confesiones, comuniones y otras oraciones públicas y particula­res, sin lo cual dejaría de dar fruto.

7. No hay que acobardarse si el viento lo agita y sa­cude, porque es necesario que el viento de las tentacio­nes sople para derribarlo, y que las tinieblas y heladas lo rodeen para perderlo; es decir, que esta devoción a

la Santísima Virgen necesariamente ha de ser acometi­da y contradicha; pero con tal que se persevere en cultivarla, nada hay que temer.

Si así cultivas tu Árbol de la Vida recientemente plan­tado en ti por el Espíritu Santo, yo te aseguro, alma predestinada, que en poco tiempo crecerá, tan alto, que las aves del cielo harán morada en él y vendrá a ser tan perfecto que dará a su tiempo el fruto de gracia, es decir, el amable Jesús, que siempre ha sido y siempre será el único fruto de María. Dichosa el alma en quien está plantado el Árbol de la Vida, María; más dichosa aquella en que ha podido crecer y florecer; dichosísima aquella en que da su fruto; pero dichosa sobre todas aquella que goza de ese fruto y lo conserva hasta la muerte y por los siglos de los siglos. Amén.

Qui tenet, teneat.

 

CONSAGRACIÓN DE SI MISMO A JESUCRISTO POR MEDIO DE MARÍA

 

¡Oh, Sabiduría eterna y encarnada! ¡Oh, amabilísimo y adorable Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre!  Hijo único del Padre Eterno y de María siempre Virgen!  Os adoro profundamente en el seno y en los esplendores de vuestro Padre, durante la eternidad, y en el seno virginal de María vuestra dignísima Madre, en el tiempo de vuestra Encarnación.

Os doy gracias porque os habéis anonadado y tomado la forma de esclavo para sacarme de la cruel escla­vitud del demonio.        

Os alabo y glorifico porque os habéis sometido a María, vuestra Santa Madre, en todo, a fin de hacerme por Ella, vuestro fiel esclavo. Pero ¡ay!, ingrato e infiel como soy, no he cumplido mis deberes, no he cumplido los votos y promesas que tan solemnemente hice en el Bautismo, no he merecido ser llamado vuestro hijo ni vuestro esclavo; y como nada hay en mí que no merezca vuestra repulsa y vuestra cólera, no me atrevo a acercarme por mí mismo a vuestra Santísima y Augusta Majestad.

Por esto he recurrido a la intercesión de vuestra Santísima Madre, que Vos me habéis dado como media­nera para con Vos, y por este medio espero obtener de Vos la contrición y el perdón de mis pecados, la adqui­sición y la conservación de la Sabiduría.

Os saludo, pues, ¡Oh María Inmaculada!, tabernáculo viviente de la Divinidad en donde la Sabiduría eterna

escondida quiere ser adorada por los ángeles y los hom­bres. Os saludo, ¡Oh Reina del cielo y de la tierra!, a cuyo imperio está sometido todo cuanto está debajo de  Dios.

Os saludo, ¡oh refugio seguro de los pecadores!, cuya misericordia no falta a nadie; escuchad los deseos que tengo de la divina Sabiduría, y recibid para ello los votos y las ofertas que mi bajeza os presenta.

Yo, N…, pecador infiel, renuevo y ratifico hoy en vuestras manos los votos de mi bautismo. Renuncio para siempre a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y me entrego enteramente a Jesucristo, todos los días de mi vida; a fin de que le sea más fiel de lo que he sido hasta ahora, os escojo hoy, ¡oh María ¡, en presencia de toda la corte celestial, por mi Madre y señora; os entrego y consagro, en calidad de esclavo, mi cuerpo y mi alma mis bienes interiores y exteriores, aun el valor de mis buenas acciones pasadas, presente y futuras, otorgándoos entero y pleno derecho de disponer de mí y de todo lo que pertenece, sin excepción, a vuestro agrado, a la mayor gloria de dios en el tiempo y en la eternidad.

Recibid, ¡oh Virgen benignísima!, esta pequeña ofrenda de mi esclavitud, en honor y unión de la sumisión que la Sabiduría encarnada quiso observar para con vuestra Maternidad, en homenaje del poder a que ambos tenéis sobre este pequeño gusano y miserable pecador, en acción de gracias por los privilegios con que os dotó la Santísima Trinidad.  Protesto que en adelante quiero, como verdadero esclavo vuestro, procurar vuestra honra y obedeceros en todo.  ‘Oh Madre admirable!, prestadme a vuestro querido Hijo en calidad de eterno esclavo, a fin de que, pues me recató por Vos, me reciba de vuestras manos.  ¡Oh Madre de misericordia!, hacedme la gracia de alcanzarme la verdadera Sabiduría de dios y de colocarme, a este efecto, en el número de los que amáis, enseñáis, guiáis, alimentáis y protegéis como hijos y esclavos vuestros.  ¡Oh Virgen fiel!, hacedme en todo tan perfecto discípulo, imitador y esclavo de la Sabiduría encarnada, Jesucristo, vuestro Hijo que por vuestra intercesión llegue, a imitación vuestra, a la plenitud de la perfección sobre la tierra y de la gloria en los cielos. Así sea

 

 

DISCURSOS SOBRE LAS FIESTAS PRINCIPALES DE NUESTRA SEÑORA

 

DISCURSO PRIMERO

SOBRE LA INMACULADA CONCEPCION

 

Que fue cosa muy conveniente el que las tres Per­sonas de la Santísima Trinidad preservasen a la Virgen del pecado original

 

Grande fue el daño que hizo la culpa a nues­tros primeros padres y a toda su posteridad, pues perdiendo la gracia y demás dones de que los ha­bía Dios enriquecido atrajeron sobre sí y sus descendientes todo género de males. Pero de esta desgracia general tuvo a bien el Señor eximir a aquella Virgen esclarecida que eligió por Madre el segundo Adán, Jesucristo, reparando la pérdida causada por el primero; privilegio muy conve­niente y digno de las tres Personas de la Santísima Trinidad, preservándola el Padre como a Hija, el Hijo como a Madre y el Espíritu, Santo como a Esposa suya.

Punto primero.-Y en primer lugar, muy con­veniente fue que el Eterno Padre la preservase, por ser esta Señora su Hija primogénita, como atestiguó ella misma, diciendo: "Salí de la boca del Altísimo, Yo, primogénita de todas las criaturas"; palabras que le aplica la Santa Iglesia en la solem­nidad de su Purísima Concepción. Porque, bien sea primogénita como predestinada con su Hijo en los divinos secretos antes que toda otra criatu­ra, según enseña la escuela de Escota, bien sea primogénita de la gracia como predestinada para Madre del Redentor, después de previsto el peca­do, según sostiene la escuela de Santo Tomás, to­dos convienen en llamarla primogénita de Dios, y en este concepto, muy conveniente fue queja más estuviese bajo el dominio de Satanás, sino poseída de sólo su Creador desde el primer instante de ser, conforme a lo que ella misma dice: "Desde el prin­cipio me poseyó el Señor", siendo por esto llama­da de un Santo 'hija única de la vida", a diferencia de las otras mujeres, que, naciendo culpadas, son hijas de la muerte.

También fue conveniente que el Eterno Padre la criase en gracia, porque la destinaba para repa­radora del mundo, medianera de paz entre Dios y los hombres, como la llaman los Santos Padres, entre los cuales dice San Juan Damasceno que na­ció para dar salud a toda la tierra; San Bernardo, que si en el arca de Noé escaparon pocas personas del diluvio, por María se salvó todo el género hu­mano. San Atanasio, que es la nueva Eva, Madre de la vida; San Teófanes, obispo de Nicea, que des­vaneció la tristeza de la primera mujer, y San Basi­lio, y San Efrén, que reconcilió con Dios a los hom­bres. Ahora bien: la persona enviada a tratar de paces no ha de ser enemiga del ofendido, ni menos cómplice del mismo crimen, porque si el juez se ha de apaciguar, no parece bien mandarle un enemi­go suyo, que, en vez de aplacarle, le irrite más. Y así, habiendo de ser María pacificadora entre Dios y los hombres, toda buena razón pedía que no se presentase avergonzada delante de Dios, sino amiga suya exenta de todo crimen.

 

La misma conveniencia hubo por estar desti­nada a pisar y quebrantar la cabeza del dragón del infierno, engañador de nuestros primeros padres y causador de la muerte de su descendencia, conforme a la amenaza en que Dios dijo a la serpiente maligna: "Enemistad pondré entre ti y la mujer, y ella quebrantará tu cabeza". Pues si había de ser María la mujer valerosa destinada en el mundo a que venciese a Lucifer, por cierto repugnaba que antes la venciese y sujetase Lucifer a su esclavi­tud, sino más bien que estuviese pura y libre de to­da mancha, ajena del daño común y nunca sujeta al poderío de aquel tirano. Bien quiso el soberbio, en el momento de ser concebida contagiarla tam­bién con su veneno; pero gracias a la divina bon­dad, que se anticipó y la previno con tanta pleni­tud y gracia, que sin haberle llegado a tocar la ponzoña abatió y confundió la soberbia de su con­trario.

Pero, sobre todo, fue conveniente que el Padre la preservase de la culpa de Adán, porque la desti­naba para Madre de su unigénito Hijo. Si otro mo­tivo no hubiese habido, bastaba el honor de su Hi­jo, que es Dios para que la criase inmaculada, pues, como enseña al Doctor Angélico, todas las cosas ordenadas a Dios deben ser santas y exentas de mancilla; que por esto David, trazando la idea del templo de Jerusalén con toda la magnificencia correspondiente al obsequio y culto del Señor, de­cía: “No ha de ser habitación de un hombre, sino de Dios". Pues, ¿cuánto más razonable fue que, destinado a María el Hacedor eterno para Madre de su mismo Hijo, adornase y hermosease su alma de los dones más excelentes de gracia y santidad, para que en ella el Señor tuviese morada digna y conveniente a su grandeza? La Iglesia lo asegura en una oración, diciendo que Dios adornó el cuer­po y alma de la gloriosísima Virgen para que fuese en la tierra albergue digno del unigénito del Pa­dre.

La prerrogativa primera de un hijo es nacer de padres nobles; por lo que más se tolera en el mun­do pobreza y pocas letras, que bajo nacimiento; porque el pobre puede con su industria enrique­cerse, y el ignorante aprende estudiando; pero el que nace vil, difícilmente puede llegar a ennoble­cerse, o si al fin lo consigue, siempre se le puede echar en cara la villanía de su cuna. ¿Cómo pues, hemos de pensar que pudiendo haber hecho Dios que su Hijo naciese de madre noble, preservada de la vileza del pecado, hubiese consentido verle hijo de una mujer infecta y denigrada, para que Lucifer pudiese decir que éste Señor había nacido de una pecadora esclava suya y enemiga de Dios? No. Dios esto no lo consintió; miró por el honor de su Hijo y cuidó de darle Madre inmaculada y per­fecta, cual convenía a la santidad y excelencia de Hijo tan excelso y amado.

Es axioma, común entre los teólogos no haber­se concedido jamás a criatura don alguno de que no hubiese sido enriquecida la Reina de los ánge­les. Y habiendo distancia infinita entre la Madre de Dios y los siervos de Dios se debe consiguiente­mente admitir que en todo género confirió Dios a la Madre mayores dones de gracia que a todos los siervos. Dado así por supuesto, se pregunta: ¿no pudo, acaso, la Divina Sabiduría disponer al Ver­bo eterno de antemano un albergue decente y libre de mancilla?­ ¿Pudo Dios preservar de la caída a  una parte de los ángeles? ¿No habrá podido preservar de la caída del hombre a la Reina del cielo, destinada para Madre de Dios? ¿Pudo crear a Eva en justicia original y no a María?

        Sí, Dios lo pudo; y si lo pudo lo quiso, porque justo fue que aquella Virgen santa, elegida para Madre de su amantísimo Hijo, fuese tan pura, que no sólo excediese a la pureza de todos los ángeles y Santos, sino que ninguna mayor se pudiese ima­ginar fuera de la de Dios, de suerte que el Padre, como a hija predilecta, le pudiese decir, complaci­do, “azucena entre espinas", pues todas las demás tienen algún deslumbre y fealdad, más ella es la única flor siempre fragante siempre inmaculada.

Punto segundo.-También fue conveniente que el Hijo de Dios preservase a su Madre Santísi­ma del pecado original. No está en mano de nadie escoger madre a su voluntad; pero si pudiese esto ser, ¿quién seria el que, pudiendo nacer de una rei­na, quisiese ser hijo de una esclava?; ¿pudiendo tenerla ilustre, la escogiese villana? ¿Pudiendo  ­elegirla amiga de Dios, la prefiriese enemiga? Sí, pues el Hijo de Dios pudo elegir Madre a su gusto, no hay que dudar que la escogió tan excelente como a Dios convenía. Y siendo cosa digna de Dios, que es purísimo, tener Madre pura y limpia de toda culpa, así lo fue ciertamente. Por testimonio del Apóstol, tenemos en Jesucristo un Pontífice santo, inocente, inmaculado y apartado de los pecado­res. Más esto último, ¿con qué verdad se diría si hubiese la Madre sido pecadora?

       Vaso celestial se llama, no porque dejase de ser terrena por naturaleza, como soñaron algunos herejes, sino celestial por gracia, en razón de haber sido superior a los ángeles en santidad y pureza, cual correspondía a la dignidad del Rey de la glo­ria, que habitó en su purísimo seno; y concebida fue sin pecado para que de ella naciese sin pecado el Hijo de Dios, que, aunque incapaz de contraer la culpa, no quiso sufrir el oprobio de tener Madre vilipendiada con la deshonra del pecado y esclava del demonio. 

       Dice el Espíritu Santo que el honor del padre es el honor del hijo, y la deshonra del padre, deshon­ra del hijo. Por esto preservó el Señor de toda co­rrupción el cuerpo muerto de su Madre Santísi­ma, porque hubiera sido menoscabo suyo en que hubiese entrado la podredumbre en aquella carne virginal de que El se había revestido. Ahora bien: si para el Salvador hubiera sido género de oprobio provenir de una mujer con cuerpo sujeto a la co­rrupción de la carne, ¿cuánto más el nacer de la que hubiese tenido el alma contagiada con la in­mundicia y corrupción del pecado? Es positivo que la carne de Jesús es la misma que la de María, aún después de la resurrección, y si la de la Madre se hubiese concebido en pecado, aunque es ver­dad que aún así hubiera la del Hijo quedado libre, con todo, siempre sería poco decoroso el haber así unido la de quien por algún tiempo hubiese sido inmunda y sujeta al dominio del príncipe de las ti­nieblas. María fue Madre, y Madre digna del Sal­vador. Así a una voz lo dicen los Santos Padres con toda la Santa Iglesia.

      Pues, según esto, ¿qué excelencia o prerrogati­va habrá que no le sea debida? Enseña el Angélico Doctor; que cuando Dios ensalza a uno a cualquier dignidad, le hace idóneo para ella, y que, por tanto, habiendo escogido a María para Madre su­ya, la hizo con su gracia dignísima de tan alto des­tino; de donde infiere el Santo que la Virgen no co­metió jamás pecado alguno, ni venial, porque, de otra suerte, añade, no hubiera sido digna Madre de Jesús, pues como hijo de madre criminal, hu­biera participado de la infamia de ella. Luego, si por un pecado venial, que no priva al alma de la gracia divina, no hubiera sido idónea Madre de Dios, ¿qué diremos del original, que nos hace ene­migos de Dios y viles esclavos del demonio? Ved aquí por qué San Agustín dice en aquella senten­cia tan sabida, que hablando de la Virgen no hay que pensar en pecado, y esto por respeto al Señor, que mereció tener por Hijo, de quien recibió gra­cia para vencer el pecado completamente.

      Así que tengamos por cierto que el Verbo En­carnado eligió la mejor Madre que pudo escoger, y tan excelente, que nunca se pudiese de ella aver­gonzar. No fue descrédito suyo el que le dijesen los judíos, por desprecio, hijo de María, dando a entender que era una mujer pobre, porque el Se­ñor vino al mundo a damos ejemplo de humildad y paciencia. Más si los demonios hubieran podido decir con verdad que era hijo de una pecadora sa­lida de su cautiverio, éste hubiera sido no pequeño desdoro. Aún el haber nacido fea, corcovada, con­trahecha o endemoniada, no hubiera carecido de incidencia, ¿cuánto más de una horrible por la culpa, y poseída en el alma por el enemigo?

¡Oh que aquel Señor de infinita sabiduría supo bien fabricar una casa donde vivir, hermosa proporcionada a su majestad y grandeza, santificándola muy de mañana: esto es, desde el primer ins­tante, para que de este modo fuese digna de sí, pues que al Dios de santidad no correspondía ele­gir casa que no fuese santa! Y si el mismo Señor asegura que nunca entrará en alma malévola ni en cuerpo sujeto a pecado ¿quién ha de imaginar que quisiese hacer su morada en el vientre de ma­dre que desde el primer instante de su ser no hu­biera sido pura y santa? Dice al Señor la Iglesia en el "Te Deum": Non horruisti Virginis uterum. Por cierto que un Dios de tanta gloria se hubiera horrorizado de entrar en el seno de Inés, Gertrudis o Teresa, porque estas vírgenes, bien que santas, se vieron algún tiempo envilecidas con el pecado original; pero no tuvo ningún horror de hacerse hombre en el seno de María, porque esta Virgen privilegiada fue siempre pura y limpia de todo lu­nar de culpa, y jamás empañada con el hálito de la serpiente.

      Dio precepto Dios de honrar padre y madre, del que no se dispensó haciéndose hombre, antes bien colmó a la suya de gracia y honor, amándola, obedeciéndola y principalmente, conservando en el sepulcro su cuerpo purísimo sin corrupción al­guna, para cumplir con este mandamiento; el cual, así como nos manda honrar a la madre, así condena el faltar al honor y respeto debido. Pero ¿cuánto más reparable hubiera sido la falta permitiendo que le alcanzase el pecado de Adán?, Cualquier hijo, que, pudiendo preservar a la suya de este vilipendio, no lo hiciese, pecaría, y por con­secuencia, lo que en nosotros fuera mal hecho, lo debemos suponer poco decente en el Hijo de Dios

     Es cierto, además que Jesucristo vino al mun­do a redimir a su Madre más que a todos los otros hombres. Y siendo dos los modos de redimir, uno levantando al caído y otro deteniéndole para que no caiga, que es mucho mejor, porque así se evita el daño y el reata que siempre queda después de la caída, hemos de creer firmemente que María fue redimida del segundo modo, mejor, más noble que el otro y más conveniente a la predilecta, a la digna, a la escogida para Madre de Dios.

      Añadamos para concluir este punto, que pues­to que por el fruto se conoce el árbol, si fue siempre inmaculado el Cordero de Dios, inmaculada fue su Madre, por serIo digna de Hijo tan digno, excelsa de Hijo tan excelso, y El sólo digno de Ma­dre tan noble, pura, santa y escogida. Unamos, pues, nuestras voces con las del fervorísimo San Ildefonso para decirle, enardecidos en su amor: "Alimentad, Señora, con vuestros pechos virgina­les al Creador de los cielos, el cual os hizo en todo perfecta cual era necesario que lo fueseis para que naciese de Vos".

      Punto tercero.-También fue conveniente que el Espíritu Santo preservase a su Esposa dulcísi­ma del pecado original, María fue la única que me­reció ser llamada Madre y Esposa del Altísimo, pues el Espíritu Santo habitó en ella aún corporal­mente, enriqueciéndola de gracia más que a nin­guna otra criatura, constituyéndola Señora del cielo y haciéndola Esposa muy querida suya. De su cuerpo inmaculado formó el cuerpo inmacula­do de Jesús, y de este modo habitó en ella corpo­ralmente cuando al efecto, verificándose el anun­cio del Ángel, quedando hecha templo y sagrario del Espíritu Santo, y por obra del mismo, conce­biendo al Hijo de Dios como su verdadera Madre.

Ahora bien: si estuviese en manos de un exce­lente pintor dar a su esposa facciones a medida de su deseo, ¿qué esmero no pondría en agraciarla con toda la hermosura que le fuese posible? ¿Y qué diremos del Espíritu Santo? ¿Cómo será creí­ble que habiendo podido producir una Esposa adornada con toda la belleza y gracia correspon­diente, lo dejase de hacer? No, fue tan pura y linda como la dignidad del Esposo merecía, y así, el mis­mo Señor le dice, alabándola: “Toda hermosa eres, amiga mía, y no hay mancilla en Ti"; cuyas palabras se entienden propiamente de esta Virgen purísima, como sostienen San Ildefonso y Santo Tomás, y en particular, de su inmaculada Concepción, como enseña San Bemardino de Sena.

Lo mismo significó el Espíritu Santo cuando dijo a esta su querida esposa jardín cerrado y fuente sellada. Lo uno y lo otro fue así verdadera­mente, porque no entraron jamás los enemigos a combatirla, y se mantuvo siempre intacta en alma y cuerpo.

      Más la amó su divino Esposo que a todos los ángeles y Santos juntos, ensalzándola desde luego a la cumbre de la santidad sobre todos los biena­venturados, y así elogiándola dice: “Riquezas acaudalaron muchas hijas, pero ninguna cuanto Tú"; de cuyas palabras se infiere que si fue supe­rior a todas en los tesoros de la gracia, desde el principio tuvo también la justicia original, como Eva, Adán y los ángeles. En otro lugar dice que las doncellitas son innumerables; pero la paloma, la perfecta o la inmaculada, como expresa el texto hebreo, es una nomás. Todas las almas justas son hijas de la gracia divina; pero entre ellas Maria es la paloma sin hiel de culpa, la perfecta sin la mancha original, la única concebida en gracia.

Aún antes de la Encarnación la saludó el Ángel llamándola llena de gracia, porque había recibido la gracia en plenitud, cuando a los demás se les dispensa en parte; y fue con tanta profusión y lar­guesa, que no sólo el alma era santa, sino también la carne de que había de revestir al Verbo eterno. Para que entendamos que desde el primer instan­te de su ser el Espíritu Santo la colmó de las rique­zas de su liberalidad, anticipándose a prevenirla y hermosearla con sus preciosos dones antes de que la sierpe antigua tuviese tiempo para inficionarla con la ponzoña de su aliento.

Por ser la Purísima Concepción patrona de nuestra mínima Congregación, me detendré algo más en este discurso que en los otros explicando brevemente los motivos que me convencen, y deben, a mi juicio, convencer a todo el mundo, de la verdad y solidez de esta pía sentencia y singularisimo privilegio de que Nuestra Señora fue conce­bida sin pecado original.

      Aún más que esto sostienen muchísimos Doc­tores, y es que ni siquiera contrajo el débito del pecado; cosa muy probable, porque aunque sea cier­to que todos fuimos incluidos en la voluntad de Adán como cabeza, según parece que se puede sa­car de aquellas palabras del Apóstol, que dicen: “Todos pecaron en Adán", también es muy creíble que, habiendo Dios distinguido tanto a Maria de los demás hombres, quedase fuera de la voluntad del primer padre, y que así ni aún el débito de la culpa contrajese.

A esta opinión, por ser más gloriosa a la Virgen nuestra Señora, me adhiero ya gustosamente. Mas que no incurrió en el pecado, no sólo lo tengo por cierto, sino también por muy próximo a ser declarado artículo de fe, según muchos autores han escrito; y paso: en silencio las revelaciones que ha habido sobre lo mismo, especialmente las de Santa Brígida; más no omitiré el decir algo de lo que sintieron los Santos Padres en el particular, para que veamos cuán acordes estaban en conceder a María Santísima la prerrogativa gloriosa de que vamos hablando.

       San Ambrosio: "Virgen sin corrupción, Virgen por gracia exenta de toda mancha de pecado".

       Orígenes: "No la envenenó el hálito de la ser­piente”.

       San Efrén: "Fue inmaculada, y estuvo remotí­sima de todo pecado".

San Agustín: "Saludándola el ángel llena de gracia, fue tanto como decir que allí cesaba el ri­gor de la primera sentencia y volvía a plenitud de gracia y bendición".

San Jerónimo: "Aquella nube mística nunca se obscureció; siempre fue luminosa".

San Cipriano, o quien sea el autor del libro que cito: "No sufrió la justicia divina que aquel vaso de elección fuese mancillado, pues, que siendo tan excelente y superior a los demás, si era de la mis­ma naturaleza, no participó de la misma culpa":

San Anfiloquio: "El Señor, que creó sin defecto a la primera virgen (que fue Eva), creó sin defecto ni crimen a la segunda".

      Sofronio: "Se llama esta Virgen inmaculada porque estuvo siempre libre de corrupción".

      San Ildefonso: "Nos consta que no tuvo pecado original".

      San Juan Damasceno: "En este paraíso no tuvo entrada el diablo".

Pedro Damiano: ','La carne de María, proce­dente de Adán, no se vició con la mancha de Adán".

      San Bruno: "Esta es aquella tierra santa que bendijo Dios, libre por eso del contagio de la culpa.

San Buenaventura: "Nuestra Señora, en su santificación, fue llena de gracia preveniente, esto es, gracia preservativa de la miseria del pecado original".

San Bernardino de Sena: "No es creíble que el hijo de Dios quisiese nacer de carne manchada con el pecado original".

San Lorenzo Justiniano: "Desde su Concep­ción la previno el Señor con bendiciones de dulzu­ra.

El sabio Idiota: "¡Oh, dulcísima Virgen! Gracia hallaste y gracia singular, pues, desde el primer  instante fuiste preservada del pecado original".

 Lo mismo dicen otros muchos Doctores.

Ahora, los motivos que nos aseguran de la ver­ dad de esta pía sentencia son los dos principales:

 El primero, el consentimiento universal de los fieles. De las Ordenes religiosas no hay que hablar, pues aún la de Santo Domingo cuenta más de cien escritores que le defienden; y como prueba mayor de ser éste el común sentir de la Iglesia católica, atestiguaba ya en el año de 1661 nuestro Santo Padre Alejandro VII, en su famosa bula Sollicitu­do omnium ecclesiarum, que no sólo las universi­dades, sino ya casi todo el orbe católico había abrazado la misma pía sentencia. De las universi­dades católicas apenas habrá una, donde, al gra­duarse, no presten todo juramento de defender el misterio de la Concepción Inmaculada. Este unánime sentir de los fieles es argumento convin­cente, porque si nos dan certeza de su gloriosa Asunción a los cielos, con igual certidumbre nos debe asegurar de su Purísima Concepción.

El segundo motivo, de más peso que el ante­rior, es ver que la Iglesia celebra la fiesta de la misma Concepción Inmaculada, siendo certísimo que nunca pudo solemnizar cosa que no sea santa, se­gún el oráculo de San León Papa, San Eusebio, San Agustín, San Bernardo y Santo Tomás, que en prueba de haber sido santificada antes de nacer, usan de este mismo argumento de la celebración de su Natividad por toda la Iglesia. Luego debe­mos tener por indudable que fue concebida sin pecado original, pues, que milita la misma razón de celebrarse también este misterio universal­mente. En confirmación de esta prerrogativa de Nuestra Señora son innumerables los favores y prodigios que todos los días se digna el Señor dispensar por medio de las cédulas de la Inmaculada Concepción. Mucho pudiera referir de que han si­do testigos los Padres de nuestra Congregación, pero contaré solamente dos de los más notables.

EJEMPLO.- Vino a una de las casas que tiene en este reino nuestra Congregación cierta mujer casada, lamentándose de que hacia muchos años que su marido rehusaba confesarse, no sabiendo qué hacer para persuadirlo, porque hasta le da­ba ya de palos en hablándole de confesión. Por último reme­dio le aconsejó un Padre que procurase darle una cédula de la Purísima Concepción. Llegada la noche, empezó de nuevo la mujer a reiterar sus exhortaciones, más viendo que se ha­cía sordo como siempre le puso la cédula en la mano, y no bien la hubo tomado, cuando le dice: -Pronto estoy; ¿cuán­do quieres llevarme a la iglesia?- La mujer se puso a llorar de gozo viendo mudanza tan repentina, y a la mañana si­guiente le trajo a la nuestra. Preguntóle el Padre cuánto tiem­po hacía que no se confesaba. Dijo que veintiocho años. Volvió a preguntar qué cosa le había movido a venir aquella mañana, y contestó: -Padre, yo estaba obstinado; pero ha­biéndome dado anoche mi mujer una cedulilla de la Virgen, de repente se me trocó el corazón, y cada momento parecía un siglo por deseo de que amaneciese para venir. En efecto: se confesó muy a satisfacción de entrambos, mudó de vida y siguió confesándose por muchos años con el santísimo Padre.

En otro lugar de la diócesis de Salerno, hacíamos la mi­sión, y vivía en él un hombre enemistado públicamente con otro que le había ofendido. Fue un Padre a hablarle de recon­ciliación y le dijo él:   por eso no voy al sermón, y aunque me condene, quiero vengarme-. El Padre hizo cuanto pudo para aplacarle y convertirle; pero conociendo que era tiempo perdido, le dijo al fin: -Toma esta cédula de la Virgen-. El antes de tocarla, respondió: ¿Y de qué puede servirme ese pa­pel? -Más luego que la tomó, como si nunca se hubiera nega­do, dijo: -Padre, ¿qué es lo que pretende usted de mí? ¿Que me reconcilie? Lo haré gustoso-. Y convinieron en que el día siguiente quedarían hechas las paces. Llegada la mañana, se le halló de nuevo renuente. Le presentó el Padre otra cédula, y no la quería; al fin la toma, aunque con repugnancia, y dice al instante -Ahora sí ¿dónde está ese hombre?- Vino éste, se hablaron, se reconciliaron, y después el ofendido se confesó.

 

       ORACION.- Virgen inmaculada, al consideraros tan pura, rica y llena de gracia, me regocijo de vuestra felicidad, y con hacinamiento de gracia al Señor y ánimo de dárselas in­cesantes por haberos preservado de toda culpa, en defensa de privilegio tan precioso estoy pronto a dar la vida si es me­nester, deseando ardientemente que todo el mundo os reco­nozca y confiese por aquella hermosísima aurora llena siem­pre de divina luz, por aquella arca de salvación, libre del ge­neral naufragio del pecado, por aquel jardín cercado, recreo del Señor, por aquella fuente sellada que jamás enturbió el aliento del enemigo, por aquella azucena cándida, pura y fra­gante que el Altísimo escogió para Sí. Permitid que os alabe también, uniendo mis voces con las del Esposo divino, para decir que toda sois puro y sin mancha, y pues, que a los ojos del Señor estáis colmada de gracia, virtudes y belleza, digna­os mirar con esos hermosísimos y piadosísimos ojos las llagas de mi alma, para que las sanéis movida de compasión. ¡Oh, imán de los corazones! Atraed y llevad hacia Vos el mío para siempre, y acordándoos que desde el primer instante de vuestro ser apareciste pura y casta en la divina presencia, tened misericordia de mí, que no sólo nací en pecado, sino que después del bautismo he vuelto mil veces a mancillar mi alma. ¿Qué os podrá negar aquel Señor de quien sois Hija, Madre y Esposa, y por esto libre de todo pecado y a todas las cria­turas preferida? Virgen inmaculada, Vois me habéis de salvar. Para obtener tan dichosa suerte, haced que nunca me ol­vide de Vos, y Vos de mí no os olvidéis. Mil años me parece el tiempo que tardo en ir a ver en el cielo vuestra hermosura, para amaros y bendeciros eternamente.

 

 

DISCURSO SEGUNDO

DE LA NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA

 

María nació colmada de santidad

 

Celebran los hombres con fiestas y alegrías el nacimiento de sus hijos y debieran más bien dar muestras de luto y de dolor, reflexionando que, no solamente nacen privados de toda razón y mereci­miento, sino inficionados con la culpa, hijos de ira y condenados a sufrir muchas penas en este mun­do y a poco la muerte. El nacimiento de María es el que merece ser solemnizado con todo género de regocijos, porque, si niña en la edad, viene a la luz colmada de méritos y virtudes. Para que algo co­nozcamos del alto grado de santidad con que al nacer sale ya enriquecida, debemos considerar primeramente la grandeza de la gracia con que Dios la previno desde luego, y en segundo lugar, la gratitud y fidelidad con que al instante correspon­dió a gracia tan excelente.

Punto primero.-Fue el alma de María la más hermosa que Dios creó; fue la obra más perfecta y digna de Sí que salió de sus manos omnipotentes, exceptuando siempre la Encarnación del Verbo. Por lo mismo, la divina gracia no descendió en María cual gotas de rocío, como en los Santos, si­no como lluvia muy abundante. Se compara su al­ma santísima al vellón de lana que atrajo a sí toda la lluvia de la gracia sin perder una gota, quedan­do aun antes de nacer poseedora de todas las ri­quezas, que los Santos reciben con tasa y limita­ción.

Su gracia fue mayor que la de cada Santo en particular, y mayor que la de todos los Santos y ángeles juntos, como prueba el doctísimo P. Fran­cisco Pepé de la Compañía de Jesús, en su precio­sa obra de las grandezas de Jesús y María, afir­mando que esta opinión tan gloriosa a la Reina del cielo es hoy común y cierta entre los teólogos mo­dernos, que han examinado y tratado expresa­mente, cosa que los antiguos no habían hecho. Y cuenta, además, que la misma Virgen, por medio del P. Martín Gutiérrez (hombre santo), dio gra­cias al P. Francisco con tanta energía la anunciada opinión probabilí­sima, que después fue defendida de común acuer­do en la Universidad de Salamanca.

Ahora bien: si esta sentencia es común y cierta, también será muy probable que desde el primer instante de su Purísima Concepción recibió toda esta gracia, superior a la de los Santos y ángeles juntos; y en apoyo, fuera del peso que le dan mu­chos y graves autores, hay dos razones muy convincentes:

La primera es por haber sido elegida para Ma­dre del Verbo eterno, alteza superior a la de todas las criaturas, y dignidad en cierto modo pertene­ciente al orden de la unión de la naturaleza divina con la humana en la persona del Hijo de Dios, por lo cual los dones que se concedieron a su Madre Santísima luego que empezó a existir fueron in­comparablemente mayores y más excelentes que los que se han dispensado a todas las demás cria­turas, no pudiendo dudarse que, al mismo tiempo que en los divinos decretos fue el Verbo eterno predestinado para hacerse hombre, fue también su Madre predestinada, y enseñando Santo To­más y otros Santos, conforme a la doctrina del Apóstol, que Dios a cada uno le da la gracia en pro­porción al cargo que le confiere, con todos los do­nes necesarios a su perfecto desempeño y lustre debido a la dignidad.

     Y como la Madre de Dios es tan excelsa, recibió en el primer instante de su ser una gracia sin me­dida, muy superior a la de todos los ángeles y San­tos, correspondiente a tan sublime dignidad y, en fin, tan grande, tan excelente, tan inmensa, que la hizo merecedora de la divina maternidad; así, se le llamó llena de gracia, no porque enteramente se le diese toda la que Dios puede comunicar, pues, co­mo enseña el Angélico Doctor, ni aun la gracia ha­bitual de Jesucristo fue suma en este sentido, en razón de que es tan ilimitado el divino poder, que, por más que dé, siempre le queda más que dar, así como puede ensanchar más y más los senos de las criaturas para comunicarles más y más; sino quie­re decir que tanto a Jesucristo como a su bendita Madre, se les dio una gracia inmensa y correspon­diente a los fines altísimos a que se ordenaban, que eran la unión de la naturaleza humana con la Persona del Verbo y la maternidad de María.

      Con razón, pues, dijo el Real Profeta que los ci­mientos de la ciudad de Dios, que es la misma Vir­gen, se habían de poner en las cumbres de los montes, pues el principio de su vida inmaculada había de ser más alto que la última perfección de todos los Santos. Ámala Dios mucho más que a los otros, porque en su seno purísimo se dignó hacer­se hombre, y así, los dones que le dispensó, desde luego fueron proporcionados a tan grande dicha y preeminencia.

Esto mismo significó Isaías cuando profetizó que en los tiempos venideros se había de preparar o levantar el monte de la casa del Señor sobre la cima de los otros montes, y que por esta causa vendrían a él todas las gentes y recibirán miseri­cordia y gracia porque María resplandece en una altura muy elevada, porque fue monte escogido de Dios para morar en él, porque ella es el ciprés del monte Sión, y el cedro del Líbano, y la oliva hermosa, y la escogida como el sol, ante quien las estrellas esconden su luz; en fin, porque en santi­dad es tan sublime, que ni Dios debió tener otra Madre, ni María otro Hijo que no fuese Dios.

      La segunda razón con que se prueba que era más santa al empezar su vida que todos los Santos juntos en uno, se funda en el oficio excelentísimo de abogada y medianera de los hombres en que fue constituida desde el primer instante de su ser, por el que fue necesario que desde entonces pose­yese mayor caudal y cúmulo de gracias que toda la multitud de los Santos. Abogada y medianera lo es por haber obtenido con su poderosa interce­sión y mérito de congruidad y conveniencia la di­cha de todos, procurándonos el beneficio inesti­mable de la redención, aunque siempre se ha de entender que sólo Jesucristo es nuestro mediane­ro de justicia con mérito de condigno (expresión de las escuelas), por haber ofrecido sus méritos al Eterno Padre, aceptándolos el Padre, por nuestra salvación, cuando María es medianera de gracia, intercesión y mérito de congruencia, por haber también ofrecido sus merecimientos por nuestro remedio aceptados graciosamente por el Padre, en unión con los de Jesucristo. De manera que juntos nos alcanzaron el mismo efecto, y María deseó la redención de todos, la pidió, la consiguió y por ella fuimos dichosos, habiendo, por su me­dio, recibido cada cual de los Santos todos los bie­nes y dones de la vida eterna.

Esto es puntualmente lo que la Iglesia quiere significar cuando le aplica las palabras que están escritas en el capítulo 24 del Eclesiástico: In me gratia omnis viae et veritatis,' en mí está la gracia del camino y de la verdad: del camino, pues por su medio se dispensa la gracia a los que todavía va­mos caminando como peregrinos; de la verdad, porque también se nos dio por su medio la luz de la verdad. “En mí, dice asimismo, está toda espe­ranza de vida y virtud": de vida, pues que por Ma­ría esperamos vida de gracia y gloria, y de virtud, pues que por su medio se consiguen las virtudes, especialmente la fe, esperanza y caridad necesa­rias para salvarnos. “Yo soy Madre del Amor Hermoso, de temor, conocimiento y santa esperanza".

Así es, porque con su intercesión poderosa al­canza a sus siervos los dones del amor divino, del amor santo, de la luz celestial y la confianza en la bondad y misericordia divinas. De lo cual infiere San Bernardo como legítima consecuencia ser doctrina de la Iglesia Católica que María es nues­tra medianera y abogada universal; y por la mis­ma razón la llamó el ángel llena de gracia, pues que, habiéndose dispensado a los demás con tasa y medidas, a María se la dio toda entera, y esto pa­ra que pudiese dignamente ser median era entre Dios y los hombres; porque, sin tanta gracia, ¿có­mo fuera posible? ¿Cómo hubiera podido ser es­cala del cielo abogada del mundo y medio de reconciliación que nos volviese a granjear la bien­querencia divina?

Ahora se ve con toda claridad la segunda razón que propusimos. Si desde el primer instante de su ser se le confirió el piadoso empleo de medianera nuestra, necesario fue que desde entonces se vie­se adornada de una gracia mayor que la que tu­vieron todos los Santos por quienes había de inter­ceder. Es decir, que si por medio de María habían de ser los hombres agradables a Dios, fue necesa­rio que ella lo fuese más que todos los otros. Sino, ¿cómo hubiera podido interceder por todos? Para que un intercesor logre del monarca cualquier be­neficio a los vasallos, es forzoso que goce de más favor que todos ellos, en el ánimo del monarca; y así lo goza María en el acatamiento divino.

Y de los ángeles, ¿fue también Medianera, pues que aseguran muchos teólogos que también a los ángeles les mereció la gracia de la perseverancia? A esta pregunta decimos que el Salvador fue su Medianero de condigno, y María de congruencia, pues habiendo acelerado con sus ruegos la venida del Redentor, o a lo menos merecido la divina ma­ternidad, mereció a los ángeles, como gloria de la bienaventuranza que habían perdido los espíritus malos.

      Así, se ha de tener por cierto que, pues esta Ni­ña celestial fue elegida por abogada del mundo y Madre del Redentor, tuvo desde el principio ma­yor gracia que toda cuanta se dio a los Santos. Y, según esto, consideramos qué objeto de tanta complacencia y recreo era ya desde entonces el alma de esta Niña preciosa delante del cielo y de la tierra. Entre todas las criaturas era ciertamente, la más amable a los ojos divinos, porque colmada ya de gracias y merecimientos, pudo desde luego decir: Cum essem parvula, placui Altissimo. Y también era la más amante de cuantas habían aparecido en el mundo hasta aquella hora; de suerte que si hubiera nacido al instante que fue concebida, la hubiera ya visto el mundo más col­mada de virtudes y merecimientos que toda la multitud de Santos. Pues ¡cuánta mayor sería su santidad al nacer enriquecida ya con los méritos adquiridos en el espacio de nueve meses!

Pasemos ahora a considerar lo que indicamos en el segundo punto; esto es, cuán grande fue la fi­delidad con que desde luego empezó a correspon­der a la divina gracia.

Punto segundo.-No es opinión singular, sino persuasión de todo el mundo que María, con la gracia santificante que Dios le infundió en el vientre de la gloriosísima Santa Ana, recibió también el uso completo de la razón y una luz superior y correspondiente a la gracia de que fue revestida. Así, bien podemos creer sin dificultad que desde aquel instante primero en que el alma hermosa quedó unida al cuerpo purísimo, Dios la iluminó con los rayos de la divina sabiduría, para que al instante conociese las verdades, y, principalmen­te, la infinita bondad del Señor, dignísimo de ser amado de todas las criaturas, y de ella con espe­cialidad, por los dones, singulares de que la colmó distinguiéndola y prefiriéndola entre todas las de más, preservándola del pecado original y comunicándole una gracia tan soberana, cual se requería para el alto destino de Madre de Dios y Reina de todo el universo.

De aquí es que, siendo desde aquel primer mo­mento tan agradable a Dios, empezó a correspon­der y obrar con toda excelencia y perfección, ne­gociando fielmente con el gran caudal y tesoro de gracia que allí se le dio esforzándose en complacer y amar a la bondad divina con todo su poder, y continuando así durante los nueve meses, sin de­jar que pasase un instante en que no se uniese ínti­mamente a Dios con actos de amor fervientísi­mos. Estaba libre del pecado original y, de consi­guiente, libre de todo apego y afición terrena, de todo movimiento desordenado, de toda distrac­ción, de toda oposición de los sentidos acordes enteramente con la razón para volar al divino centro y amarle de continuo más y más. Que por esto se llamó "plátano puesto a la corriente de las aguas, como planta lozana, siempre fecunda y fa­vorecida, junto al raudal de la divina gracia, y se llamó vid generosa", no sólo por haber sido tan humilde a los ojos del mundo, sino porque siem­pre iba creciendo como la vid, que nunca para de subir mientras tiene algún árbol a que apoyarse. Ella estribó en su Amado, y así, nunca dejó de subir y remontarse a la perfección.

 Además, dicen los teólogos que el alma que po­see cualquier hábito de una virtud como sea fiel en corresponder a las gracias actuales que Dios le da, consecuencias del mismo hábito infuso o adquirido, viene siempre a producir un acto igual en intención al hábito que tiene, de forma que gana cada vez un nuevo y noble mérito, igual al cúmulo de todos los ganados anteriormente. Este aumen­to, dicen, se concedió a los ángeles cuando todavía se hallaban como viandantes en estado de mere­cer; y si a los ángeles se les concedió, ¿quién lo ne­gará de la Virgen Santísima por todo el curso de su vida' mortal, y especialmente de aquellos nueve primeros meses de que vamos hablando, durante el cual fue mucho más fiel que los ángeles en co­operar a la divina gracia? Y como correspondía con todo ahinco y perfección a cada uno de los ac­tos que practicaba, iba duplicando los méritos por instantes, en términos que si en el primero tuvo mil grados de gracia, en el segundo ya tenía dos mil, en el tercero cuatro mil, en el cuarto ocho mil y en el sexto treinta y dos mil. Y si esto sólo fue en el sexto instante de su concepción, multipliquemos los méritos de un día, y después los de tantos días como hace nueve meses, y veremos los teso­ros espirituales de que al momento de salir a la luz estaba ya revestida y hermoseada.

 

Alegrémonos, pues, con esta Niña prodigiosa, dándole mil parabienes de verla nacer tan santa, llena de gracia y agradable a Dios: y alegrémonos, no sólo por ella, sino también por nosotros, pues que viene al mundo, para gloria suya y para bien nuestro. De tres maneras la colmó Dios: primero, llenando su alma de suerte que desde el primer instante fuese toda suya; segundo, el cuerpo, con que mereció revestir de su carne purísima al Ver­bo eterno; tercero, fue llena para beneficio co­mún, a fin de que todos los hombres pudiesen par­ticipar de tanta abundancia.

Tienen algunos Santos tanta gracia, que no só­lo basta para ellos, sino también para muchos otros; pero solamente a Jesús ya María se conce­dió tanta riqueza y plenitud, que basta para salvarnos a todos y por esta razón, el dicho de San Juan de que "todos recibimos de la plenitud del Salvador", lo extienden los Santos también a Ma­ría. Y en realidad, ¿quién habrá en el mundo con quien no se haya mostrado benigna, dispensándo­le alguna misericordia? Aunque siempre se ha de entender que de Jesucristo recibimos la gracia co­mo autor de ella, y de María como medianera; de Jesucristo como Salvador, y de María como abo­gada; de Jesucristo como fuente, y de María como acueducto de las misericordias del Señor. Y así nos exhortan los Santos a que acudamos a esta Virgen purísima, colocando en ella nuestra espe­ranza, ciertos de que por su mano recibiremos to­do cuanto bien podamos desear, y especialmente San Bernardo, que lo asegura con estas afectuo­sas expresiones:

"Considerar la tierra devoción con que el Se­ñor quiere que la veneremos, pues que en su ma­no colocó todos sus tesoros para que sepamos que de ella proviene nuestra esperanza y salvación. ¡Desdichado de aquel que por su culpa llegue a obstruir este canal de gracia! ¿Qué hizo Holofer­nes para tomar a Betulia? Rompió las cañerías de la ciudad. Y el demonio, ¿qué hace para entrar en un alma? Procura que deje la devoción de María Santísima. Pero, ¡ay, que cerrado este canal saludable, pronto perderá el hombre el refrigerio de la gracia divina, la luz del cielo, el temor de Dios, y, por última dicha, la salvación eterna!" Léase el ejemplo siguiente, y se verá por una parte la bon­dad del corazón de María y por otra, la desgracia que se acarrea el que olvida la devoción de esta Virgen piadosa.

  EJEMPLO.-Cuentan Tritemio, Canisio, y otros, que en Magdeburgo, ciudad de Sajonia, hubo un hombre llamado Hugo, el cual era, de muchacho, tan rudo y tan escaso de en­tendimiento, que servía de risa a todos sus iguales y conoci­dos. Un día en que por esto se vio más afligido, se postró a los pies de una imagen de María Santísima, encomendándose a su protección. La Virgen se le apareció en sueños y le dijo: "Hugo haré lo que me pides, y no sólo te alcanzaré de Dios la habilidad suficiente para que nadie se burle de ti, sino un ta­lento tan grande que cause admiración, prometiéndote, ade­más, que cuando el Obispo muera, tú le has de suceder", Todo ello se cumplió así. Hugo sobresalió en las ciencias, y vino a ser Obispo, pero fue tan ingrato a Dios y a la bondad de su bienhechora la Reina de los cielos, que, dejada toda devo­ción, llegó a ser el escándalo general. Hallándose una noche en la cama, sacrílegamente acompañado, oyó una voz que le decía: "Hugo, basta ya de juego, bastante has ofendido a Dios"; palabras que le enfadaron, sospechando que las dijese alguna persona que le reprendía; más oyéndolas, repetir la segunda y la tercera noche, entró en algún temor de que fue­se aviso del cielo, aunque sin enmienda ninguna. Pasados otros tres meses que Dios le dio para volver en sí, llegó el cas­tigo.

Un devoto canónigo, llamado Federico, oraba una noche en la iglesia de San Mauricio, pidiendo a Dios que remediase el escándalo del Prelado, cuando de pronto se levanta un viento impetuoso y la puerta de la iglesia se abre de par en par. Entraron dos jóvenes con teas encendidas en la mano y se pusieron a los lados del altar mayor. A éstos siguieron otros dos, que delante del mismo altar tendieron una alfombra; poniendo encima dos sillones de Oro. En seguida entró otro en traje militar y espada en mano, el cual, parándose en medio del templo, gritó diciendo: -Santos que en esta iglesia tenéis vuestras reliquias venid a presenciar la justicia que va a hacer el Juez supremo. A esta voz aparecen muchos Santos, y con ellos los doce Apóstoles, como asesores de aquel juicio, y a continuación entra Jesucristo y se coloca en uno de los dos sillones. Se presentó por último, María Santísima, seguida de gran numero de vírgenes, y su divino Hijo le presentó el otro sillón, donde se sentó. Entonces mandó el Juez que trajesen al reo, y éste era el desdichado Hugo.

Habló San Mauricio de parte de la ciudad escandalizada, pidió justicia de la conducta infame de aquel mal hombre y todos alzaron la voz diciendo: -Señor, merece la muerte Pues, muera -respondió el eterno Juez. Pero antes de la eje­cución de la sentencia, la Madre Santísima (¡oh, cuán grande es tu misericordia!), por no ver aquel acto tan temeroso, se re­tiró, y al instante se acerca al infeliz Hugo el ministro con la espada desnuda, le corta el cuello de un tajó y desaparece la visión. Todo queda a obscuras. El canónigo, temblando, va y enciende una vela en una lámpara que ardía en los sótanos de la iglesia; vuelve con la luz, y ve por tierra, en un charco de sangre, el cuerpo del infeliz, separado de la cabeza. Por la ma­ñana contó lo sucedido a la gente que acudió al templo, y aquel mismo día se apareció Hugo, condenado, a un capellán suyo que nada sabía. Arrojaron su cadáver a una laguna, y para perpetua memoria quedó en el pavimento la sangre que siempre se tiene tapada, habiendo desde entonces introduci­do la costumbre de descubrirla solamente cuando un Obispo nuevo toma posesión de la dignidad, a fin de que, a la vista de tan formidable castigo, piense en ordenar bien su vida y no ser ingrato a los beneficios del Señor y de su Madre Santísi­ma.

 

 ORACION.- ¡Oh, Santísima Niña! Vos, que sois la destinada para ser Madre del Redentor del mundo y abogada de los pecadores, tened compasión de mí pues, me veis postrado a vuestros pies implorando vuestra misericordia; y aunque en justo castigo de mis ingratitudes merecía ser abandonado de Vos y de Dios, no pierdo la confianza, sabiendo que nunca de­secháis al pecador arrepentido que recurre a Vos, llena siem­pre de bondad y de misericordia. Pues, ¡oh, Niña preciosísima y la más excelsa de todas las criaturas, sobre cuyo trono ésta sólo el trono de Dios, y ante quien son pequeños los más gran­des del cielo; ¡oh, Santa de los santos!; ¡oh, llena de gracia y piélago de gracia!, favoreced a un miserable que hizo la gran locura de perderla. Sé que Dios os ama tanto que nada os nie­ga, y sé también que os complacéis en emplear vuestra gran­deza y valimiento en favor de los infelices pecadores. ¡Ah Se­ñora! dad a conocer lo grande que es la gracia y cabida que gozáis con Dios, alcanzándome una luz y llama divina tan po­derosa, que, desprendiéndome de todos los efectos terrenos, inflame enteramente mi alma en el amor divino. Hacedlo así, Señora, hacedlo por el amor de aquel Dios que os hizo tan grande, poderosa y buena. Así lo espero de vuestra bondad.  Amen.

 

"DISCURSO TERCERO

 

DE LA PRESENT ACION EN EL TEMPLO

 

Se ofreció a Dios María sin demora ni reservas

 

Ni hubo ni habrá jamás, de parte de una pura criatura, oferta mejor ni más entera que la que hi­zo al Señor a María, a la edad de tres años, cuando se presentó en el templo a dedicarle, no aromas, becerros, ni monedas de oro y plata, sino a sí mis­ma, en holocausto y víctima agradable, consa­grándose a su gloria para siempre. Oyó la voz de Dios que desde entonces la llamaba a los regalos de su amor, diciéndole así: “Apresúrate y ven, que­rida mía"; y exhortándola a olvidar desde luego su patria, parientes y todas las cosas para que aten­diese únicamente a su honor y servicio, como al momento lo verificó. Consideremos pues cuán acepto fue al Señor este acto de tan pronta y ente­ra voluntad, y serán dos puntos.

Punto primero.-Es cierto que el primer ins­tante en que esta Niña celestial fue santificada en el vientre de su madre, tuvo completo el uso de la razón con que desde luego empezó a merecer como afirman comúnmente los doctores con el P. Suárez, el cual dice que, siendo el modo mas perfecto de los que usa Dios en la santificación de las almas hacerles esta gracia por merecimiento propio de ellas según enseña también Santo Tomás debemos creer que Maria fue santificada de esta manera; porque si tal fue el privilegio concedido a los ángeles y al primer hombre, con más razón hemos de suponer que se concediese a María, puesto que, habiéndose dignado escogerla Dios para Ma­dre suya, de mayores dones la colmaría que a to­das las demás criaturas. Como Madre, pues, tuvo derecho a los favores del Hijo; y así por causa de la unión hipostática fue consiguiente que el Señor poseyese en plenitud todas las gracias celestiales, así por la excelencia de la divina maternidad fue justo que el Hijo amantísimo comunicase mayo­res dones y gracias a su dulce Madre que a todos los Santos y ángeles del cielo; y entre otras muy principales, ¿qué lengua explicaría la perfección con que desde el primer instante conoció a su Creador, y la prontitud y amor ardentísimo con que al momento se ofreció para siempre al bene­plácito divino?

Poco después, habiendo sabido la fervorosísi­ma Niña que sus padres habían prometido a Dios, con voto, que si les daba fruto de bendición se lo consagrarían en el templo, y siendo ya costumbre antigua entre los judíos criar recogidas a las don­cellas en algunas habitaciones contiguas al mismo templo apenas habían cumplido tres años, edad en que las más de' ellas necesitaban el cuidado y regalo de sus padres, quiso públicamente dedicar­ se a Dios, y aun se adelantó a pedir a los suyos con instancia que no tardasen en cumplir la promesa, como lo hicieron en seguida.

      Ved a los dos esposos, que para ofrecer al Se­ñor la prenda que en este mundo más amaban, sa­len de Nazaret, lIevándola en los brazos, ya el uno ya el otro, porque por su pie no podía hacer ella camino tan largo. Iban acompañados por millares de ángeles, que servían y festejaban a su Reina. ¡Oh, qué hermosos y agradables a Dios (cantarían los espíritus bienaventurados) son los pasos que das, yendo a ofrecer en su santa casa, oh hija, en­tre todas la más predilecta! Aun el mismo Dios ce­lebró aquel día fiesta en toda su corte, porque ja­más habían visto venir a su templo criatura más santa y querida. Camina, pues, Reina del mundo, camina con regocijo a la morada del Señor, a es­perar la hora en que el Espíritu Santo te hará Ma­dre del Divino Verbo.

Luego que llegó con sus padres la humildísima Niña, se arrodilló a sus pies, y besándoles respe­tuosamente la mano, les pidió su bendición. Des­pués, sin volver la cara, subió los quince escalones que dicen tenía el templo, y se puso delante del su­mo sacerdote, despidiéndose para siempre del mundo, renunciando a todo cuanto en él hay y consagrándose enteramente a su Dios y Señor.

Fue como la paloma inocente salida del arca, a la que volvió por no hallar sitio limpio donde poner los pies. El cuervo halló cadáveres, y allí se quedó cebándose en ellos, como hacen muchos hombres, metidos y cebados en las vilezas de la tierra. Pero esta paloma sin mancilla, esta donce­lla tan hermosa, conoció que Dios es nuestro úni­co bien, esperanza y amor; conoció que el mundo está sembrado de lazos y peligros, y con esto se aceleró a dejarle pronto y esconderse en el sagrado retiro, donde pudiese oír sin estorbo las inspira­ciones interiores y emplearse totalmente en amar y servir a su divino Dueño.

Punto segundo.-Con los resplandores del cie­lo, que iluminaban ya el entendimiento de la dichosísima Niña, conoció bien que Dios no acepta un corazón a medias, sino que lo quiere todo para Sí, conforme al precepto que nos impuso: “Ama­rás a tu Dios y Señor con todo tu corazón"; en cu­yo cumplimiento había empezado a amarle con todas sus fuerzas desde el primer instante de su concepción. Pero su alma purísima esperaba con gran deseo la hora de consagrársele del todo públicamente. Consideremos, pues, el fervor con que, viéndose ya encerrada en aquel lugar santo, ante todas las cosas, se postró a besar la tierra con gran respeto, como casa de Dios; después adoró la Majestad divina, dándole gracias del beneficio que le hacía en admitirla de tan corta edad en su santo templo, y en seguida se entregó enteramen­te al Señor, ofreciéndole todas sus potencias y sentidos, afectos y deseos, alma y cuerpo, sin re­serva alguna, haciendo también entonces, para más agradarle, voto de perpetua virginidad, sien­do la primera virgen que lo hizo, con propósito fir­me de quedar allí consagrada para toda su vida, si fuese del divino beneplácito. ¡Con qué espíritu re­petiría sin cesar, luego que allí se vio! “Mi amado para mí y yo para él". “Dios mío! Aquí he venido sólo por complaceros y glorificaras cuanto yo al­cance. Aquí quiero vivir para V os, si os agrada hasta la muerte. Aceptad el sacrificio que hace de sí misma esta vuestra esclava, y dadle vuestro fa­vor para ser fiel y perseverante",

       Con este principio, consideremos la vida que emprendió y continuó por todo el tiempo que estuvo dentro de aquel retiro, donde crecía cada ins­tante en perfección, como crece la aurora en clari­dad. ¿Quién podrá decir los grados y quilates de las excelentísimas virtudes conque iba resplande­ciendo continuamente? ¿La caridad, modestia, humildad, silencio, mortificación y mansedum­bre? Era como el olivo frondoso plantado en la ca­sa del Señor, regado con la grada del Espíritu Santo y adornado de todas las virtudes. Su aspec­to, modestísimo; su ánimo humilde, y sus pala­bras, dulces y salidas de un interior piadoso y re: cogido. Allí alejó del pensamiento todas las cosas de la tierra, y se dio a la práctica de toda virtud, que mereció ser templo digno de Dios. Era sumisa y dócil, medida en las palabras, compuesta en el exterior, enemiga de risa vana, siempre igual y apacible, perseverante en la oración, asidua en la lección de la escritura divina, inclinada al ayuno y pronta para todos los ejercicios de misericordia y devoción.

      Dice San Jerónimo que tenía repartidas las ho­ras del día de esta manera: Desde la madrugada hasta las nueve perseveraba en oración; hasta me­diodía se ocupaba de alguna obra exterior y entonces empezaba de nuevo a orar, hasta que un ángel le traía de comer. Era la primera en las vigilias, la más esmerada en el cumplimiento de la di­vina ley, la más humilde de todas las doncellas, y en los actos de todas las virtudes la más perfecta. Nadie la vio jamás airada; antes bien sus expresio­nes iban acompañadas de tal dulzura, que bien se conocía ser Dios el que movía su lengua.

      Reveló la misma Virgen a Santa Isabel, virgen benedictina, que cuando sus padres la dejaron en el templo, resolvió tener a sólo Dios por padre, pensando de continuo en qué podría darle más gusto, consagrarle su virginidad, renunciar a to­das las cosas del mundo y resignar totalmente su voluntad a la voluntad divina. Le dijo también que, entre los demás preceptos de la ley, tomó por mira principal el primero, que nos manda amar a Dios sobre todas las cosas, y que, para cumplirlo mejor, se levantaba de ordinario a medianoche y se iba delante del altar a pedir al Señor su gracia, y por especial favor, el de no morir hasta que hubie­re nacido la madre del Mesías; la conservación de la vista, para verla; de la lengua, para alabarla; de los pies y manos, para servirla, y de las rodillas pa­ra adorar en su seno su dulcísimo Hijo. Santa Isa­bel, al oír esto, exclamó: "Pero, Señora, ¿no estabais llena Vos de virtud y gracia?" A lo cual res­pondió la Santísima Virgen: "Has de saber, hija, que entre todas las criaturas, me reputaba yo la más indigna de la divina gracia, y por eso la pedía incesantemente". En fin, para que conozcamos nuestra necesidad, añadió "¿Piensas que sin fatiga adquirí la gracia y las virtudes?.. Ninguna poseí sin esfuerzo grande, oración continua, deseos ar­dientes y muchas lágrimas y penitencias".

Muy notables son también las revelaciones que tuvo sobre esto Sta. Brígida. "Desde niña, di­ce, estuvo llena del Espíritu Santo y conforme cre­cía en edad iba creciendo en gracia amando a Dios con todo su corazón, y siempre muy lejos hasta de la sombra del pecado. Despreciaba todos los bie­nes de la tierra y daba a los pobres cuanto podía.

En la mesa guardaba tal templanza, que no toma­ba sino lo preciso para el sustento corporal. Habiendo entendido, por la lectura de los libros san­tos, que para redimir al mundo había Dios de nacer del vientre de una doncella, se inflamó tanto en el amor divino, que no pensaba más que en Dios, ni se complacía en ninguna cosa fuera de Dios, excusando el trato de las gentes y de sus mismos padres, para que no le quitasen a Dios de la memoria. Por último, deseaba ardientemente al­canzar el tiempo de la venida del Mesías, para te­ner la suerte de ser esclava de aquella virgen feli­císima que había de merecer la dicha de ser su Madre".

      Y ciertamente, por amor de esta doncella in­maculada aceleró su venida, pues cuando, llevada de profunda humildad, ni por digna se reputaba de servir como sierva a la que hubiera de ser Ma­dre de Dios fue escogida para serlo ella misma, y con la suave fragancia de sus virtudes y poderosa eficacia de sus ruegos, atrajo a su seno virginal al Hijo del Altísimo. Y así la llamó "tórtola" su Esposo, no solamente porque no cesaba de gemir, com­padecida de la desventura del mundo, y ocupada en pedir a todas horas el beneficio suspirado de la redención, enviando suspiros al cielo y repitiendo con mucho más ardor y vehemencia que los Pro­fetas, las plegarias con que ellos clamaban sin ce­sar por el remedio del mundo.

En fin, era cosa de sumo agrado a los divinos ojos ver cómo, a semejanza de un vástago odorífe­ro, frondoso y lleno de virtudes, según la llamó en los Cantares el Espíritu Santo, iba la doncellita sin mancha subiendo a lo más elevado de la perfec­ción. Era verdaderamente jardín delicioso donde el Señor se recreaba, porque en él veía toda suerte de flores de exquisita fragancia, habiéndola esco­gido para Madre suya por no haber hallado en to­da la tierra virgen más excelente ni albergue más digno en que habitar que su purísimo seno; y así, hubo de ser tan acabada la perfección de su santi­dad, que sobremanera aventajase a todas las de­más criaturas.

Pues así como se ofreció en el templo con tanta entereza y prontitud, así también nosotros pongá­monos hoy delante de la misma Señora, con áni­mo resuelto y generoso, pidiéndole humildemente que nos presente a Dios, y el Señor no rehusará la ofrenda viéndonos ofrecidos, por las manos purísimas de la que fue templo vivo del Espíritu Santo, delicia de su Creador y verdadera Madre de su unigénito Hijo. Y con gran confianza esperémoslo todo de la bondad de sus maternales entrañas, sa­biendo que recompensa con amor superabun­dante los obsequios con que sus devotos la vene­ran, como se verá en el siguiente:

 

EJEMPLO.-Dominica del Paraíso, entretejió un sábado dos corol1as de flores y las presentó a Jesús y María en sus imágenes, suplicándoles humildemente que se dignasen oler­las; pero viendo que no alcanzaba esta gracia, y creyendo que consistía en no haber dado cierta limosna que acostumbra­ba, se asomó a una ventana para llamar a un pobre y dársela. Lo primero que vio fue una mujer con un niño de la mano, que aunque en traje pobre, mostraba en el aspecto mucha gravedad y nobleza; al instante, levantó el niño las manos, pidiéndole limosna, y la madre hizo lo mismo.

Observó la doncella que el niño tenía llagas en las manos, y dijo movida de compasión: -Esperadme un poco-. Baja con la limosna, y antes de llegar a la puerta, que estaba cerra­da, se encuentra dentro a los pobres, y admirada les pregun­ta: -¿Quién ha abierto la puerta? ¡Ay de mí, si mi madre lo ve!- Calla, hija -respondió la mujer-, que nadie nos ha vis­to. -¿Cómo puede andar vuestro hijo -dijo Dominica- con las llagas que lleva en les pies? -El amor se las hizo -respon­dió la señora-. La modestia del niño era singularisima, y te­nía como absorta a Dominica, quien le preguntó: -¿No te duelen las heridas?- y él dijo sonriéndose: -¿Qué? Y al mis­mo tiempo se puso a mirar atentamente las flores de que es­taban coronadas las dos imágenes y a pedirlas a su madre. Esta las alcanzó y se las dio: -¿Quién te mueve, hija, a coro­nar de flores estas imágenes? -El amor que tengo a Jesús y a su bendita Madre. -¿Cuánto los amas?- Todo cuanto pue­do. -¿Cuánto puedes? -Cuanto ellos me ayudan, -Pues, si­gue amándolos así, que Dios te dará el premio. No se saciaba Dominica de mirar ya el uno, ya el otro. -¿Qué miras? –le preguntó la mujer. -A vuestro hijo -contestó la joven; y, acercándose algo más, percibía un olor suavísimo que salía de las llagas. Entonces dijo ella: -Señora, ¿con qué bálsamo le curáis .las llagas, que trasciende tanto? -Con el de la cari­dad. -¿Y dónde se vende? -Se encuentra con la piedad y las buenas obras.

Al llegar aquí tomó Dominica un lienzo para limpiar otra llaga que el niño tenía en el pecho, la cual exhalaba mayor fragancia, y él se retiró un poco. -Ven, niño ven -dijo la doncella-, te daré pan. -Su alimento -dijo su madre- es el amor: si tú quieres contentarle, ámalo mucho. Al oír estas palabras, comenzó el niño a mostrar alegría y a hablar con Do­minica. -¿Amas a Jesús?- Le amo tanto, que ni de día ni de noche pienso en otra cosa más que en El, ni deseo hacer más que lo que le agrade. -El amor te enseñará cómo le has de agradar -dijo el niño. A todo esto iba creciendo el olor exqui­sito de las heridas, en términos que, recreada Dominica, ex­clamó: -Si las llagas de un niño tienen tal fragancia, ¿cuál se­rá la de la gloria? -No te admires -dijo la mujer-, que don­ de Dios está, allí está el origen y fuente de los olores aromáti­cos y suavísimos-. Y al acabar estas palabras, se mudó la es­cena repentinamente: el rostro del niño resplandeció como el sol, y la madre apareció también vestida de una luz clarísima. Toma Jesús las flores & la falda de su Madre, y esparciéndolas sobre Dominica, le dice: -Recibe estas flores como pren­da de las que te daré después eternamente-. Dicho esto, de­saparecieron, llevándose consigo todo el corazón de la dicho­sa doncella.

 

ORACION.-Amabilísimo Reina de los ángeles, amada del Altísimo sobre todas las criaturas: bien quisiera haber de­dicado a vuestro amor y servicio los primeros años de vida, siguiendo vuestro ejemplo en la perfecta consagración con que de tan corta edad os dedicasteis al Señor en su sagrado templo. Mas, ¡ay de mí!, que empleé los mejores y más floridos en servir al mundo y sus vanidades. Con todo, aunque tarde, quiero empezar. Vedme aquí, Señora; hoy me ofrezco enteramente a serviros y servir a mi Creador para todo el tiempo que me reste de vida, renunciando, como Vos lo hicisteis, al amor desordenado de las criaturas. Os consagro, pues, el entendimiento para que piense de continuo en el amor grande que merecéis; os consagro la lengua para que os alabe sin cesar, y el corazón para amaros ardientemente. Aceptad la ofrenda de este pobre pecador por aquella alegría que sintió vuestro pecho amoroso en el acto solemne de vuestra consagración. Tarde empiezo, pero lo resarciré redoblando amor y obsequios. Fortaleced, Señora, con vuestra interce­sión poderosa mi desaliento y flaqueza, alcanzándome del Señor el auxilio y esfuerzo que necesito para ser fiel hasta la muerte, a fin de que, amándoos y sirviéndoos en este mundo, logre después la dicha de veras, amaras y bendeciros en el cielo por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

                            DISCURSO CUARTO

DE LA ANUNCIACION DE NUESTRA SEÑORA

 

En la Encarnación del Verbo divino, ni la humil­dad

 de María pudo ser más profunda, ni pudo su­birla

 Dios a mayor altura

“Quien se ensalcé, será humillado, y quien se humille, será ensalzado"; estas son palabras del Señor, y no pueden fallar. Por eso, habiendo de­terminado hacerse hombre, para redimir al hom­bre perdido por la culpa, y teniendo para ello que elegir madre, buscaba entre las mujeres la más santa y humilde de todas, y halló a Mana, doncella sin igual, tanto más sencilla y humilde cuanto más perfecta y colmada de todas las virtudes. La vio el Señor y dijo: “Esta ha de ser mi escogida y mi Ma­dre.

Veamos, pues, hasta dónde llegó en la Encar­nación su humildad y cuánto la ensalzó el Altísi­mo, considerando en el primer punto que su hu­mildad no pudo ser mayor de lo que fue, y en el segundo, que ni Dios pudo ensalzarla más de lo que la ensalzó.

Punto primero.-Dice el sagrado libro de los Cantares estas palabras: “Estando en su lecho el Rey, dio mi nardo su fragancia". Y en la planta del nardo, por ser pequeña y baja, se figuró la humil­dad de Mana, cuyo suave olor subió a los cielos y llegó hasta el pecho del eterno Padre, y de allí atra­jo dulcemente a su seno virginal el Verbo divino. Más El, para que la gloria y mérito de su Madre fuese mayor, no quiso sin su previo consentimien­to ser Hijo suyo. Estaba, pues, en su retiro la humilde doncella, suspirando con más ardor que nunca parla venida del Redentor del mundo, cuando de pronto se le presenta el arcángel San Gabriel con aquella embajada tan gloriosa: “Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor es conti­go". Llena de gracia y siempre colmada, mucho más que todos los Santos; contigo está el Señor, porque tu humildad lo merece; Bendita Tú eres entre todas las mujeres, porque habiendo incurri­do las demás en la maldición de la culpa, Tú, como Madre de Dios, ere  bendita y siempre lo serás, y nunca en Ti hubo hi habrá mancha de pecado.

A una salutación tan alta y honorífica ¿qué res­ponde la doncella humilde? Nada; antes bien, al oírla se turba y queda pensando qué podrá signifi­car. ¿De dónde proviene la turbación? ¿De recelo de algún daño o de ruborosa modestia viendo al ángel en figura de hombre delante de sí? No, que el Sagrado Texto dice claramente que se turbó de sus palabras, no de vede. Fue, pues, turbación de humildad nacida de aquellas alabanzas tan dis­tantes de ningún concepto que de sí misma tenía formado; y así cuando el ángel la ensalzaba, más ella se humillaba, más ahondaba en la consideración de su propia bajeza.  Reflexiona aquí un San­to, que si el mensajero hubiera empezado a decir que era la mayor pecadora del mundo, no se hu­biera admirado; pero oyendo elogios tan altos, to­da se agitó interiormente, porque siendo tan gran­de su humildad, aborrecía su alabanza propia, y sólo deseaba que fuese alabado y bendecido su Creador, fuente de todo bien.           

Pero una Virgen tan ilustrada con la luz del cie­lo, bien sabía ser ya llegado el tiempo anunciado por los profetas en que había de bajar a la tierra el Salvador del mundo; ya veía cumplidas las sema­nas de Daniel; ya el cetro de Israel en manos del rey extranjero, según la profecía de Jacob; ni tam­poco ignoraba que una virgen había de ser la ma­dre del Deseado de las naciones. ¿Le ocurrió en­tonces, a lo menos, alguna ligera sospecha de que tal vez ella sena la escogida y la dichosa? No; su profundísima humildad la tenía muy lejos de tal pensamiento. Aquellos elogios lo que causaron

fue un temor tan grande, que el ángel tuvo que se­renada y alentada, como después confortó al Señor otro en el huerto de los Olivos. “No temas, Ma­ria -le dijo-, ni te admires de los títulos grandiosos que te doy, porque si a tus ojos eres tan peque­ñuela, Dios, que se complace en levantar a los hu­mildes, te hizo digna por tu humildad, de qué ha­llases la gracia perdida par el hombre, te preservó de la culpa original, te colmó, desde la concepción, de una gracia superior a la de todos los Santos, y ahora te ensalza a la dignidad de Madre suya".

      ¿Por qué tardas, Señora, en hacemos felices? Esperan los ángeles tu respuesta; la esperamos nosotros, que estamos condenados a muerte. En tus manos se pone el precio de nuestra salvación. Si tú quieres, quedaremos al instante libres de la desgracia eterna. Aquel Señor que tanto se pren­dó de tu hermosura, desea con el mismo ardor tu consentimiento como medio para salvar al mun­do. Responde pronto, Virgen humildísima, no di­fieras el instante dichoso de la salud común, que ya depende de un acto sólo de tu voluntad.

Mas ya responde, y dice: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". ¡Oh, respuesta admirable! Si todos los hombres y ánge­les del cielo hubiesen estado por un millón de años pensando qué contestar en aquella ocasión, no hubieran inventado respuesta tan hermosa, hu­milde y prudente como esta lo fue. ¡Oh, respuesta poderosísima, que alegró el cielo y trajo al mundo un mar de gracias y bendiciones! Respuesta que, apenas salida de los labios purísimos de quien la daba, arrebató del seno del Padre al Hijo unigéni­to para hacerse hombre en sus entrañas virgina­les. ¡Oh, palabra poderosa, palabra eficaz, palabra venerable! Porque si Dios con otro igual (fiat) sacó de la nada la luz, los cielos y la tierra, con este de María se hizo hombre cual uno de nosotros.

Sigamos considerando cuán grande fue su hu­mildad en esta respuesta. Bien conocía la Virgen sapientísima lo sublime y excelso de la dignidad de Madre del Altísimo, y el ángel claramente le aseguraba ser ella la escogida para tan gran felicidad; pero, con todo, ni se tiene por eso en más, ni se detiene a complacerse de su exaltación, sino que, mirando por una parte su propia nada, y por otra la infinita Majestad del Señor, que entre todas las criaturas la prefería, se reconoce indigna de tanto honor, más no resiste a la divina voluntad. Por lo que, pidiendo el ángel su consentimiento, ¿qué ha­ce? ¿qué dice? Aniquilada en sí misma, pero al mis­mo tiempo inflamada y deseosa de unirse más a Dios, se pone totalmente en sus divinas manos, di­ciendo: “Aquí está la esclava del Señor; no soy más que una esclava suya, obligada a obedecer lo que me mande"; queriendo decir: Si el Señor elige a una esclava que de sí nada tiene, siendo todo don suyo, ¿quién ha de pensar que intervenga aquí mérito alguno mío? ¿qué mérito puede haber en una esclavilla para ser Madre de su mismo Señor? Alábese únicamente su bondad, y no se dé a la sierva alabanza ninguna, pues es mera bondad su­ya poner los ojos en criatura tan baja como yo pa­ra hacerla tan grande.

¡Oh, humildad tan pequeña en sí misma, y tan grande a los ojos del que no cabe en todo el ámbito de los cielos! ¡Oh, Señora! Y ¿cómo pudisteis juntar concepto o estimación tan baja de Vos misma con tanta pureza, inocencia y, plenitud de gracia? ¿có­mo tanta humildad al veras ensalzada, al veras con el título glorioso de Madre del Señor? Si cuan­do se reconoció Luzbel dotado de angélica her­mosura quiso elevar tan alto su trono y ser seme­jante al Altísimo, ¿qué hubiera dicho y pretendido si hubiera descubierto en sí vuestra lindeza? Vos ­al contrario, como tan prudente cuanto más en­salzada, os humillasteis tanto más, y en premio de humildad tan excelente fuisteis digna de que el Señor os mirase con singular amor, digna de que el Rey de la gloria se prendase de vuestra belleza, digna de encerrar en vuestro seno purísimo al Unigénito del Padre, habiendo merecido con aquellas solas palabras: l/Aquí está la esclava del Señor", más que con todas sus obras las criaturas juntas pudieran nunca merecer.

Así es, en efecto, pues si con la virginidad fue tan grande a los ojos de Dios, con la humildad se hizo digna, en cuanto pudo una criatura serio, de la preeminencia de Madre suya, Dijo a un alma santa la misma Señora: "¿Cómo llegué yo a tanta altura sino conociendo mi nada y humillándome hasta el profundo?" Antes lo cantó en el Magnificatt: "Porque miró la humildad de su sierva, hizo en mí el Todopoderoso cosas tan grandes". No dijo: Por haber mirado mi virginidad, ni mi inocencia sino sólo mi humildad; advirtiendo que en estas expresiones no pretendió dar elogios a su humil­dad como virtud, sino decir que Dios había mira­do, para ensalzada, su bajeza y nada, engrandeciéndola de pura gracia,

Así, la humildad de María, al mismo tiempo que fue como una escala por donde el Señor tuvo a bien bajar a la tierra y hacerse hombre en su se­no inmaculado, fue también la disposición más perfecta y próxima de parte de la Virgen para su­bir a dignidad tan excelsa, y por eso el Unigénito del Padre, "flor divina", como le llamó el profeta Isaías, había de nacer, no de la copa ni del tronco, sino de la raíz de la planta de Jesé, cosa que denota la humildad de la Madre. Por lo mismo, le dijo el Señor: "Tus ojos me han hecho volar", "¿De dónde -pregunta San Agustín-, sino del seno del Padre al seno maternal?" Sí, porque mirando siempre con humildad profunda su propia nada y la divina grandeza, aquellos ojos purísimos, más cándidos y hermosos que los de la paloma, hicieron tanta vio­lencia al mismo Dios, que le arrebataron y le traje­ron a su vientre inmaculado. De este modo, en el misterio de la Encarnación, llegó su humildad al" último y más perfecto grado adonde pudo llegar,' que fue lo que propusimos en el punto primero. Pasemos al segundo, y veamos cómo al mismo tiempo no pudo ensalzada Dios más altamente de lo que la ensalzó.

 

Punto segundo.-Para llegar a entender la al­tura a que fue elevada esta dichosa doncella, sería necesario que conociésemos toda la sublimidad y grandeza de Dios; pero a lo menos, basta decir que la hizo Madre suya para persuadimos que su bra­zo poderoso no pudo ensalzada mas de lo que la ensalzó, Que su alteza y dignidad fuese mayor que la de todos los ángeles y bienaventurados, lo dicen los Santos a una voz, porque todas las criaturas le son inferiores, Dios únicamente es superior a ella, y su elevación es tanta, que sólo Dios la puede comprender.

No es extraño, pues, habiendo sido los Evange­listas tan difusos en elogiar a San Juan Bautista y la Magdalena, nos dijesen tan poco del mérito de María. ¿Qué podían añadir, después de haber di­cho que era Madre de Dios? Esto sólo excede a lo más sublime que el entendimiento puede alcanzar y la lengua decir, fuera de Dios. Llamadla "Reina del cielo, Señora de los ángeles" y todo cuanto queráis: nada llega a lo que ella es. Y la razón está clara, porque, según enseña el Doctor Angélico, cuando más cerca está una cosa de su principio, más participa de la perfección de él, y siendo Ma­ria la criatura más inmediata a Dios, participa cual ninguna otra de la gracia, perfección y grandeza  divinas. De aquí nace el argumento con que se. prueba que la dignidad de Madre de Dios es de un orden incomparablemente superior a cualquier otro criado, porque en su manera pertenece al de unión con una Persona divina, con quien está unida necesariamente, siendo la más alta, la más es­trecha, la más íntima que después de la unión hi­postática no hay ninguna unión con Dios tan pró­xima como la de la Madre de Dios con su Hijo; tan­to, que ser su Madre es la dignidad inmediata al ser mismo de Dios, y sólo haciéndola Dios pudiera subir más.

Tan encumbrada y sublime es esta dignidad que para ella hubo de ser ensalzada la Madre a una cierta igualdad con las Personas divinas, por una gracia casi infinita; porque siendo los padres y los hijos, moralmente hablando, una misma cosa, sin diferencia en los bienes y honores que disfrutan, y habitando Dios en sus criaturas de varias maneras, habitó en María con modo único y singularísimo de identidad. Callen, pues, todas las criaturas, y, llenas de espanto, inclinen la frente, reverenciando lo elevado de la preeminencia y dignidad que, verdaderamente, se puede llamar infinita en género, porque no pudo subir la dicho­sa a mayor altura de la que subió. Un mundo ma­yor, un cielo mayor, los puede Dios hacer; pero le­vantar a una criatura más que a ser su Madre, no. Lo dijeron sus dulcísimos labios: “Hizo en mí co­sas grandes". No explicó cuales eran. Y ¿por qué? Por ser imposibles.

Por esta Virgen felicísima creó Dios el mundo, por ella lo conserva y por ella perdonó al hombre después de la culpa y no le aniquiló. Todo a título de su dignidad incomparable, dotada por El en sumo grado de todas las gracias y dones generales y particulares que se han concedido y concederán a las demás criaturas hasta el fin de los siglos. Fue niña; pero de aquella edad sólo tuvo la inocencia, no la ignorancia y falta de uso de razón. Fue Vir­gen sin desdoro de la esterilidad. Fue Madre, pero sin perder el precioso candor de virgen, fue her­mosa, fue hermosísima, y con tal extremo, que, habiéndola visto una vez toda en carne mortal San Dionisio Areopagita, dice que la hubiera ado­rado como una deidad si la fe no le hubiera ense­ñado que era criatura humana pero con ser tan hermosa, y más hermosa que los ángeles y todo lo creado, nadie la miró nunca con peligro, antes bien, desvanecía su vista todo mal movimiento e

Inspiraba pensamientos de honestidad, así como la mirra, nombre que le atribuye la Santa Iglesia, preserva de corrupción.

La vida activa no la separaba de la unión con su divino Esposo, ni la contemplativa de las ocupaciones externas y oficios de caridad debidos al prójimo. En fin, aunque la muerte la tocó también no vino acompañada de afanes ni congojas, ni a su cuerpo santísimo llegó corrupción alguna en el se­pulcro. Concluyamos, pues, diciendo que esta venturosa Madre es superior en grado inmenso a todas las criaturas, aunque siempre inferior a Dios infinitamente; y que si fue imposible que hu­biese un hijo más noble que Jesús, fue imposible también hallar una Madre más noble que María. Esto ha de servir a sus devotos para alegrarse de sus grandezas y aumentar la confianza en su po­deroso patrocinio, pues por la dignidad de Madre de Dios, tiene derecho para disponer de los divinos dones en favor de quien se los pida, sin que el Se­ñor le pueda negar cosa alguna.

Ilimitado, Señora, es vuestro poder, propensa vuestra voluntad y vivísimos los deseos que tenéis de favorecernos. Igualmente sabéis que no por Vos sola os creó el Altísimo tan lleno de gracia y revestido de tan superior autoridad, sino que os dio a los ángeles por restauradora, a los hombres por reparadora y abogada y a los enemigos infer­nales por vencedora poderosísima.

Bendigámosla, saludándola muchas veces con las palabras del arcángel; pues, no hay otras que le sean más dulces y agradables, según dijo a Santa Matilde la misma Señora, confiando que así logra­remos de su misericordia beneficios muy singula­res, como se dirá en el siguiente.

 

EJEMPLO.-Cuenta el P. Séñeri en su libro de El cristiano instruido, que una vez en Roma fue a confesarse con el P. Ni­colás Zucchi un joven encenegado en los vicios de la deshonestidad. Le oyó el confesor caritativamente, y compade­cido de su miseria, le dijo que la devoción a Maria Santísima era eficaz para sacarle de su mal estado, imponiéndole por penitencia hasta otra confesión, rezar al acostarse y levantar­se un Avemaría, ofreciendo a Nuestra Señora ojos, manos y todo el cuerpo, rogándole que le guardase como a cosa suya y besando tres veces la tierra. Cumplió el joven la penitencia al principio con poca enmienda; pero el Padre le exhortaba a proseguirla constantemente, animándole siempre a confiar en el amparo de María Santísima.

Fue el penitente a correr tierras en compañía de algunos amigos, y vuelto a Roma, buscó al confesor, el cual, con ex­traordinario gozo y maravilla, halló su alma enteramente tro­cada y libre de los vicios. El joven le aseguró que la Reina de los ángeles, por aquella corta devoción practicada por su consejo, le había obtenido del Señor tan grande merced. No pararon aquí sus misericordias, porque contando el Padre desde el púlpito aquel favor, un capitán del auditorio, que ya de muchos años tenía trato ilícito con una mujer, propuso firmemente empezar la misma devoción, con deseo de romper las cadenas de la esclavitud (deseo necesario de todo pecador para lograr el auxilio de la Virgen), y al fin salió victorioso y mudó de vida. Al cabo de seis meses, fiándose ya en sus pro­pias fuerzas, quiso ir un día a verse con aquella mujer, por la curiosidad de saber si también ella se había enmendado; pero al llegar a la puerta, con tan manifiesto peligro de volver a caer se sintió tan repelido hacia atrás por una fuerza invisible y se vio tan lejos de allí cuán larga era la calle, que llegó hasta su propia casa, conociend6).entonces claramente que la Vir­gen Santísima le había librado del precipicio.

Aquí se descubre el cuidado especial que tiene esta Seño­ra, no sólo de sacamos del pecado si la invocamos con este buen deseo, sino también del peligro de recaídas.

 

ORACION.- ¡Oh, Virgen Santísima, que siendo tan pe­queña en vuestros ojos, fuisteis a los de Dios tan grande, que os eligió para Madre suya y Reina del cielo, y de la tierra! Gra­cias doy al Señor por tan singular prerrogativa, y me regocijo de veros unida con El íntimamente y elevada adonde jamás pudo llegar una criatura. Me avergüenzo de comparecer en vuestra soberana presencia, viendo en Vos, con el cúmulo de tantos méritos, tan profunda humildad, y en mí tanta sober­bia, siendo tan criminal y despreciable. Pero, con todo, me animo a saludaros, diciendo: Dios te salve, María, llena eres de gracia. Alcanzádmela también a mí. El Señor es contigo. Siempre lo estuvo pero mucho más haciéndose Hijo vuestro. Bendita Tú eres entre todas las mujeres. Llegue igualmente a nosotros por vuestro medio la bendición divina, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús; fruto santo que nació de Vos. Santa María, Madre de Dios, Madre suya sois, Madre verda­dera, y por defender esta verdad estoy pronto a dar mil veces la vida. Ruega por nosotros pecadores. Por salvamos se hizo Dios Hijo vuestro, ya Vos nos dio por Madre; y vuestras súpli­cas tienen virtud para salvar a cualquier pecador. Rogad por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. Rogad en to­do tiempo. Rogad ahora que nos veis acosados de tentacio­nes y rodeados de peligros, pero con más instancia rogad a la hora de la muerte, cuando ya estemos próximos a salir de este mundo para ser presentados en el Tribunal divino, a fin de que salvos por los méritos de nuestro Señor Jesucristo y vuestra poderosa intercesión, entremos, finalmente, en los gozos de la gloria, alabándoos en compañía de vuestro bendi­tísimo Hijo por toda la eternidad. Amén.

 

 

 

DICURSO QUINTO

 LA VISITACION

 

María es la tesorera de todas las gracias. El que bus­que la

 gracia, debe recurrir a María. Todo el que así lo

 haga, hallará lo que desea

 

 

Por favorecida se tiene la casa donde entra una persona real, a motivo del honor que recibe y de los favores que espera para después; pero por más feliz debe tenerse el alma a quien se digne vi­sitar la Reina de los cielos, porque ciertamente la colmará de honor y de toda suerte de bienes. Que­dó bendita la casa de Obededón cuando estuvo en ella el Arca de la alianza; pero mucho más abun­dantes son las bendiciones con que esta Madre piadosísima enriquece las almas. Bien lo experi­mentó; la familia dichosa de San Juan Bautista. Apenas entró por sus puertas la Virgen sacrosan­ta, los llenó a todos de beneficios celestiales, y por esto llaman mucho a la Visitación fiesta de la Vir­gen de las Gracias.

Veremos, pues, en el discurso siguiente que ella es la tesorera de todas las gracias que se repar­ten a los hombres, y serán dos puntos: primero, el que busca la gracia debe recurrir a María; segun­do, el que a María recurra alcanzará la gracia que desea.

 

Punto primero.-Luego que de la boca del ar­cángel San Gabriel oyó la piadosísima Virgen que su prima Isabel estaba encinta de seis meses, co­noció interiormente, iluminada por el Espíritu Santo, que el Verbo divino encarnado en sus en­trañas virginales quería desde luego, manifestar al mundo las riquezas de su misericordia, distri­buyendo sus primeras gracias en toda aquella fa­milia. Y así, dejando al instante la quietud de la contemplación a que estaba de continuo entrega­da, salió con ligereza a visitar a Isabel. Y porque la caridad todo lo sufre, y la gracia y moción del Es­píritu Santo no conoce tardanzas, por esto Mana, no mirando la fatiga del viaje ni la ternura y deli­cadeza de sus pocos años, se puso inmediatamen­te en camino; y luego que entró por la casa, fue la primera en saludar a su prima; pero sus palabras no fueron como lo son de ordinario las de las gen­tes del mundo, reducidas a cumplimientos y va­nas ceremonias, sino expresiones santas, amoro­sas y acompañadas de gracias y felicidades, por­que a la primera salutación quedó Isabel llena del Espíritu Santo y Juan libre del pecado original y santificado, como lo dio a entender claramente en aquellos saltos de júbilo que daba en el vientre de la madre; queriendo así manifestar al mundo la gracia recibida por medio de aquella Virgen sobe­rana, como lo afirmó Santa Isabel.

Reflexionaremos ahora que, si todos estos fru­tos de la redención pasaron por manos de Maria, habiendo sido el canal por cuyo medio se dio a Juan Bautista la gracia, a Isabel el Espíritu Santo, a Zacarías el don de profecía y a toda la casa tan­tos beneficios, que fueron los primeros que sepa­mos haber hecho el Verbo divino después de su Encarnación, debemos creer que desde entonces constituyó Dios a María acueducto universal, co­mo la llama San Bernardo, para que por ella pasen todas las gracias que hasta el fin del mundo tiene determinado comunicar a los hombres, cosa que dejamos probado en el capítulo quinto de la pri­mera parte.

Tesorera, pues, y dispensadora de la gracia di­vina, llaman con razón a esta Madre felicísima todos los Santos, asegurándolo también la misma Señora. Sí, Madre amantísima; sí, dulce esperanza del género humano, bien sabemos que en vues­tras manos están los tesoros de la divina miseri­cordia; bien sabemos que han de pasar por ellas cuantos hasta el fin de los siglos se hayan de dis­pensar a todos los hombres. No temáis, os diré con el ángel, porque Vos no habéis usurpado la gracia, como Luzbel quería, ni la perdisteis, como Adán la perdió, ni la comprasteis, como intentó Simón ma­go, sino que la hallasteis por haberla deseado y buscado. Hallasteis la gracia increada, que es el mismo Dios hecho Hijo vuestro, y con ella todos los bienes, para repartirlos a beneficio de los hom­bres con tanta plenitud, que no hay uno que por vuestro medio no se pueda salvar, pues así como el sol fue creado para que iluminase toda la tierra, así lo fuisteis Vos para distribuir las divinas mise­ricordias, siendo cosa indudable que desde el mo­mento en que fuisteis constituida Madre del Re­dentor del mundo, adquiristeis para dispensarlas jurisdicción suprema.

      Concluyamos esto exhortando a quienquiera que deseare conseguir alguna gracia recurra a María con toda confianza, cierto de que nada que le pida le puede Dios negar, porque halló la gracia, y a su disposición, la tiene a todas horas. Busque­mos la gracia, y busquémosla por medio de Mana. Esta es la voluntad del Autor de todo bien. Todo, sin excepción alguna, quiere que pase por sus ma­nos purísimas. Y pues que para obtener cualquier favor necesitamos confianza, pasemos a ver aho­ra cuán firme es la que en María podemos colocar cuando nos acercamos a pedir alguno.

Punto segundo.- ¿Qué fin tuvo el Señor cuan­do depositó en aquellas manos virginales las riquezas de su misericordia, sino el que las distribu­ya entre sus devotos, puesto que ellos la aman, ve­neran y con tanta confianza imploran su auxilio y favor?

"Todos los tesoros en mi mano están para enri­quecer a los que me aman", expresiones de la Es­critura que le aplica la Santa Iglesia en todas sus festividades. Para ninguna otra cosa como para socorrer nuestra miseria tiene y conserva estos te­soros de gracia y vida eterna la riquísima Virgen, en cuyo seno depositó el Señor la abundancia de tantos bienes, a fin de que, repartidos entre los po­bres quedásemos todos ricos y felices. Canal pre­cioso por donde corren de continuo. Por esto San Gabriel, aunque la encontró, a la saludada, llena de gracia, le dijo que el Espíritu Santo, viniendo a su seno purísimo, la llenaría más y más. Pero, ¿cómo, si ya estaba colmada? Lo estaba, ciertamente pero el divino Espíritu la colmó de nuevo abundante­mente, para que de tanta abundancia y refluencia llegase su parte a cada uno de nosotros.

      Quien me halla, dice la misma Señora, hallará la vida con tanta felicidad como tomar el agua de una fuente caudalosa. Basta pedirle cualquier co­sa para conseguida. Antes que naciese no recibían los hombres la abundancia de gracias que ahora brotan del cielo, porque faltaba el canal por donde se nos comunicasen. Mas al presente, que la tene­mos, qué beneficio se nos podrá negar acudiendo a los pies benditísimos de esta Madre de miseri­cordia. Es a todos ciudad de refugio. Pues, acudan a ella todos sus hijos, y les dará mucho más de cuanto ellos acierten a pedir.

No hay duda que a muchas personas acontece lo que vio una vez en espíritu una sierva de Dios. Se le representó la Reina de los cielos en figura de una fuente abundantísima de la que muchos sa­caban agua en gran cantidad, pero solamente los que habían ido con los cántaros o vasijas sanas eran los que la llevaban sin derramarse, porque los demás, que iban con las vasijas rotas, es decir, con pecado en el alma, aunque también sacaban, pronto se les iba toda; si bien es positivo que a to­dos los hombres, buenos y malos, descienden por su medio a cada hora bienes innumerables.

Aviven con esto sus devotos la confianza todas las veces que recurran a Ella, para lo cual no olvi­den dos cosas principales, que son los deseos que esta Señora tiene de favorecemos y el poder ilimi­tado para alcanzarnos cuanto quiera. Sus deseos bien los acredita el motivo de esta festividad, esto es, la visita que hizo a su prima Santa Isabel. Se­tenta millas dicen que hay de Nazaret a Ebrón ciu­dad de Judá, y, no obstante, al momento que el án­gel habló se puso en camino doncella tan tierna y delicada. Pues, ¿quién la impedía? Su caridad  ardiente, aquella caridad que respiraba su dulcísi­mo corazón, deseoso de empezar desde luego a ejercer su oficio de dispensadora de la divina gra­cia. No iba con ánimo curioso de cerciorarse de lo que el ángel le había dicho tocante al embarazo de la anciana Isabel, sino llena de júbilo y con deseos vivísimos de favorecer aquella casa, dándose pri­sa a caminar por el gusto que sentía en hacer el bien y con el alma puesta en el fin piadoso a que la guiaba su misma bondad.

Ni se crea que por verse ya tan feliz en el cielo se haya su amor para con nosotros entibiado o menoscabado; antes es mayor ahora, porque allí conoce más claramente nuestras necesidades y tiene más compasión de nuestras miserias, anhe­lando hacemos mayores beneficios que los que nosotros podemos desear; tanto, que, como el ha­cer bien lo tiene de índole y natural inclinación, se da por ofendida de los que no acuden a implorar su misericordia.

Bien podemos asegurar que quien la hallare, hallará todo bien. Y hallarla, ¿quién no puede, por más pecador que sea? ¿No sabemos que es benignísima? ¿No es cierto que siempre admita a cuan­tos recurren a su protección? “A todos os llamo", nos está diciendo con rostro afable; “la todos os es­pero, todos ansío que acudáis a mí, y si el mayor pecador del mundo quiere venir a buscarme, pue­de estar seguro de que no le desecharé".

Cualquiera, pues, que pretenda su verdadera felicidad, la tiene pronta, porque allí está la Madre deseando granjearle la gracia y salvación con sus poderosísimos ruegos.

      Y esta es la otra reflexión que debe animar nuestra confianza: saber de cierto que en favor de sus devotos obtiene todo cuanto pide. En confir­mación de esta verdad, observemos la virtud y eficacia que tuvieron sus palabras en esta ocasión que vamos considerando, porque apenas las pronunció quedaron Isabel y su hijo llenos de la gra­cia del Espíritu Santo. Mucho es lo que a Dios agrada que le pida esta Señora por nosotros algu­na cosa, porque entonces lo que nos da, lo considera concedido a su Madre mas que a nosotros, queriéndola de este modo honrar y obedecer co­mo a su verdadera Madre, según se vio también en las bodas de Caná, donde por darle el gusto hi­zo aquel gran milagro.                                                 '

Vamos, pues, con toda confianza (nos exhorta el Apóstol) al trono de la gracia para alcanzar misericordia. Este trono es María. Si deseamos, pues, conseguir la gracia, corramos a María con espe­ranza cierta de ser oídos. Busquemos la gracia, y busquémosla por su medio, porque cuando el Es­píritu Santo la colmó de su dulzura y suavidad, hì­zola tan agradable a los ojos de Dios, que cuantos favores pidamos por su medio seguramente los al­canzaremos.

y si damos fe al dicho tan sabio, de San Ansel­mo, de que a veces somos oídos más pronto recu­rriendo a María que a nuestro Salvador, no por­que el Señor deje de ser la fuente y dueño de todas las gracias, sino porque valiéndonos del favor de la Madre e intercediendo ella por nosotros ten­drán sus ruegos mucha más eficacia. No nos apar­temos nunca de sus sacratísimos pies diciéndole con los afectos del corazón como a tesorera y dispensadora de todos los bienes celestiales, que, pues, es la salud y consuelo del género humano, se digne abrimos las puertas de la divina misericor­dia, alcanzándonos especialmente los auxilios más conducentes a nuestra salvación, para lo cual nos hemos de poner totalmente en sus piadosas manos, como lo hizo aquel siervo de Dios, fray Re­ginaldo, de la sagrada Orden de Predicadores, por consejo de una de las dos santas vírgenes que acompañaban a María Santísima cuando se le apareció para darle salud. ¡Qué dicha tan grande ser visitado por esta soberana Señora! Pero si de­seamos favores semejantes, visitémosla y veneré­mosla frecuentemente en sus imágenes y santua­rios y acaso mereceremos un favor parecido al que voy a referir en el siguiente

 

EJEMPLO.-En las Crónicas de los Padres Franciscanos se cuenta que, yendo dos religiosos de su Orden en peregrina­ción a un santuario de la Virgen, se les hizo de noche en medio de un bosque muy grande, por lo cual afligidos en extre­mo, no sabían qué hacer; pero caminando un poco más, les pareció que veían entre las sombras una casa. Se acercan, y era en efecto, así. Van a tientas por las paredes, hallan la puer­ta y oyen preguntar de adentro quién era. Respondieron que dos pobres religiosos que habían perdido el camino y pedían albergue por aquella noche, temiendo dar con alguna fiera. Sin decir más, ven abrirse la puerta, salir dos pajes ricamente vestidos y saludarlos con mucha cortesía. Los religiosos les preguntaron quién era el dueño o persona que habitaba en aquella casa, y les fue respondido que una señora de gran ca­ridad. -Quisiéramos ir a darle las gracias del favor que nos hace- dijeron los religiosos, y los pajes contestaron que los llevaban a verla, porque ella les quería hablar. Suben la esca­lera, y todas las salas estaban iluminadas, adornadas y dando de sí una fragancia de cielo. Entran finalmente, donde había una señora de gran majestad y hermosura, la cual los recibió con benignidad, preguntándoles adónde iban. Dijeron que a un santuario de la Santísima Virgen, y la señora volvió a decir: -Pues entonces os daré una carta que os podrá ser útil-. Y mientras decía esto ardían sus corazones en amor de Dios y se anegaban en un gozo nuevo antes nunca experimentado. Se fueron de allí a acostar, aunque apenas podían dormir del contento que sentían en sus corazones.

A la mañana siguiente fueron otra vez a darle las gracias y tomar la carta, que, en efecto, les dio, con la cual se despidie­ron y continuaron su camino. Mas, a poca distancia, repara­ron que no llevaba sobrescrito y quisieron volver; pero por más vueltas que dieron, no hallaron rastro de la casa. Entonces abren la carta para ver a quién iba y encontraron que Ma­ría Santísima escribía a los mismos religiosos, diciéndoles que ella había sido la señora que habían visto, y que, por la de­voción que le profesaban, les había deparado en aquella sole­dad posada y cena; que siguiesen así y les remuneraría sus obsequios favoreciéndoles en vida y en muerte. Al pie estaba la firma que decía: Yo, María Virgen. Consideremos cómo quedarían los buenos religiosos, qué gracias darían a Nuestra Señora y qué nuevos afectos y encendidos deseos sentirían en sus almas de amarla y servirla hasta la muerte.

ORACION.- ¡Virgen inmaculada, Virgen benditísima!, pues tenéis el piadoso encargo de repartir a los hombres los favores y misericordias divinas, con justicia puedo y debo lla­maros esperanza mía, esperanza de todos. Bendigo mil veces al Señor por haberme en Vos dado el medio seguro de alcan­zar la gracia y mi salvación, aunque sé que los méritos de Je­sucristo, vuestro Santísimo Hijo, son los principales. Ahora, Virgen benignísima, como fuisteis a visitar a vuestra prima, daos prisa para venir a la casa de mi alma del mismo modo. Mejor que yo sabéis cuán pobre y necesitada se ve, cuántos desarreglos afectos la combaten, cuántos apetitos desorde­nados, cuántos hábitos malos, cuántos pecados cometidos, sin otros infinitos males que la inclinan y arrastran a su perdi­ción. Vos, que sois la salud de los enfermos y tesorera de los caudales del Señor, la podéis fácilmente librar de todas sus miserias y dejarla rica.

      Visitadme de continuo en la vida, visitadme con especialidad en la hora de la muerte, porque entonces me será más necesaria vuestra asistencia. No es que pretenda yo (indigno soy de tan alto favor) que me visitéis en esta vida con vuestra presencia visible, gracia concedida a muchos de vuestros fieles siervos; más ellos no lo desmerecían ni habían sido ingratos como yo; y así me contento con veras después en el paraíso celestial, donde con incesantes acciones de gracias por los favores recibidos de vuestra mano os amaré eternamente. Ahora me basta que me visitéis con vuestra misericordia y roguéis por mí. Rogad por mí, Señora, interceded por mí ante vuestro dulcísimo Hijo. Vos conocéis mejor que yo mis necesidades y miserias. ¿Qué más puedo yo decir? Tened misericordia de mí. No digo más, porque soy tan rudo y ciego, que ni siquiera conozco ni sé pedir lo que necesito. Reina y Madre mía, hacedlo Vos por mí; alcanzadme aquellas gracias y auxilios que veáis ser más convenientes y necesarios al bien de mi alma. En vuestras manos me pongo totalmente, no pidiendo más a la Majestad divina sino que, por los méritos de mi Señor Jesucristo, me conceda lo que Vos le pidáis por mí. A vuestras súplicas nada se niega. Son súplicas de Madre presentadas en el acatamiento del Hijo que tanto os ama y que tanto se complace en acceder a cuanto Vos deseáis, para que de esta manera más honraras y acreditar el amor ternísimo que os tiene. Quedamos en esto, Señora. En Vos confío y en vuestras manos queda mi salvación eterna. Amén.

 

DISCURSO SEXTO

 

DE LA PURIFICACION

 

Sacrificio excelentísimo que hizo en este día

 la Reina de los cielos

 ofreciendo a Dios la vida de su Hijo

 

Dos preceptos imponía la ley antigua al nacer el primogénito de cada familia. En el uno mandaba Dios que la madre estuviese cuarenta días, co­mo inmunda, encerrada en casa, después de los cuales fuese al templo a purificarse. En el otro or­denaba que los padres le ofreciesen el hijo en el mismo templo, y la Santísima Virgen cumplió con ambos en este día. Al primero no estaba, ciertamente obligada, porque siempre fue Virgen purísima; pero, por efecto de humildad y obediencia, quiso ir a purificarse con las otras madres. Cum­plió con el segundo presentando a su Hijo al Eter­no Padre, pero haciéndolo de otro modo y con otro espíritu muy diferente de lo que solían las de­más al ofrecer los suyos. Estas bien sabían que aquello no era más que una simple ceremonia le­gal; pues, rescatándolos por unas cuantas mone­das, los recobraban en el acto, sin quedarles el te­mor de haberlos de ofrecer a la muerte después. Pero María ofreció realmente a su Hijo a la muer­te, estando cierta de aquel sacrificio, entonces em­pezado se había de consumir a su tiempo en el ara de la Cruz; de suerte que, ofreciendo a Dios la vida preciosísima del Hijo tan querido, en realidad se ofreció a sí misma toda entera, cual víctima de amor.

Omitiendo, pues, las demás consideraciones de esta sagrada festividad, fijemos únicamente la atención en la grandeza de este sacrificio que hizo de sí misma la Virgen María, con ofrecer tan ente­ra y generosamente la vida de su dulcísimo Hijo.

Había Dios decretado salvar al hombre perdi­do por la culpa librándole de la muerte eterna; pe­ro queriendo que esto fuese sin menoscabo de su divina justicia, exigió que su unigénito Hijo satisficiese la pena que nosotros merecíamos. Para esto le mandó al mundo, dándole por Madre a Ma ría; mas ni quiso que no fuese, ni que el Redentor diese la vida sin prestar ella primero su consentimiento, a fin de Que juntamente con Este sacrifi­case la Madre su Corazón purísimo, pues, como la calidad de madre da siempre derecho sobre el hi­jo, siendo Jesús inocente, y no merecedor de pena alguna, pareció justo que la misma Señora consin­tiese de voluntad en aquel sacrificio tan costoso. Desde la Encarnación tenía dado el consentimien­to; pero fue voluntad de Dios que en este día, solemnemente y en medio del templo, se ofreciese a sí misma en agradable sacrificio juntamente con su Hijo Santísimo.

Pues, empecemos a contemplar el dolor que le causó y las virtudes heroicas que practicó en aquel acto difícil y admirable. Veámosla encami­narse con paso acelerado a Jerusalén, lugar del sacrificio, llevando abrazada, con gran amargura, la víctima preciosa. Entra en el templo, llega al altar, y, con sin igual modestia, humildad y devoción, presenta el Hijo al Eterno Padre. Al mismo tiempo, Simeón, a quien Dios había prometido no morir sin haber tenida el consuelo de ver nacido el Me­sías recibe en sus brazos de manos de la Virgen al divino Infante, y entonces, iluminado por el Espíri­tu Santo, profetiza a la Madre lo mucho que le ha­bía de costar el sacrificio que entonces hacía de su querido Hijo, en unión del cual había de ser tam­bién sacrificada su alma benditísima.

Contemplando este misterio Santo Tomás de Villanueva, dice que el santo viejo se hubo de que­dar al principio silencioso y turbado, lo que viendo la Virgen, le preguntó por qué se contristaba en medio de tanto gozo y consuelo, a lo que el sacer­dote respondió : "¡Virgen nobilísima, gran pena me da el tener que anunciarte hoy cosas de tanto do­lor! Pero, pues que Dios así lo dispone para tu ma­yor merecimiento, escucha lo que voy a decir: Lle­gará día en que este Niño, que ahora te causa tan­to placer, y con razón tan justa, producirá en tu al. ma el dolor más terrible que jamás experimentó criatura nacida, y esto ha de ser cuando lo veas hecho blanco de la malicia de los hombres, perse­guido, injuriado, maltratado y al fin, muerto en un patíbulo delante de Ti. Y aunque no morirás padeciendo en el cuerpo tormentos como los muchos martirios que este Señor ha de tener, serás mártir en el corazón".

      Sí, en el corazón, porque no fue otra la espada que atravesó su pecho santísimo que la compasión de las penas de aquel Hijo tan amado. Bien sabía la divina Señora por la lectura de las Santas Escrituras y la enseñanza interior del Espíritu Santo, lo que el Salvador había de sufrir, mayor­mente en su sagrada Pasión. Bien sabía por los Profetas que uno de sus discípulos le había de ven­der; que los otros le habían de abandonar; que ha­bía de sufrir desprecios, irrisiones, salivas y bofe­tadas, hasta venir a ser la mofa y vilipendio de la plebe; que su cuerpo santísimo había de ser desga­rrado, despedazado y hecho todo una llaga, como leproso, a fuerza de golpes y azotes, y que, final­mente, había de perder la vida en un madero por la salud de los hombres. Pero cuando el santo vie­jo le anunció que su alma sería traspasada con cu­chillo de dolor, se le descubrieron en particular las circunstancias de todas aquellas penas, así inte­riores como exteriores.

Mas en todo consiente, y con una constancia que pasmó a los mismos ángeles del cielo, pronun­cia la sentencia de que muera Jesús, y muera con toda aquella ignominia y dolor diciendo: “Padre Eterno, pues que Vos lo queréis, hágase vuestra voluntad, y no la mía; con la vuestra santísima me conformo enteramente, sacrificando en vuestras manos este Hijo querido, consintiendo que pierda la vida por vuestra gloria y la salvación de los hombres, y sacrificando juntamente mi corazón para que sea herido, angustiado y acibarado cuanto Vos queréis, a fin de que así quedéis Vos glorificado y complacido". ¡Oh, caridad sin límites! ¡Oh, constancia inaudita! ¡Oh, victoria digna de ad­miración eterna! Constante en esta resolución, no despegó sus labios cuando el Salvador, fue acusa­do ante Poncio  Pilatos, ni cuando el juez reconoció "su inocencia, y sólo por asistir al sacrificio se pre­sentó públicamente en el monte Calvario, perma­neciendo firme hasta el sacrificio.

Sería necesario conocer la grandeza del amor que ardía en su pecho maternal, para que enten­diésemos hasta dónde llegó la violencia que inte­riormente tuvo que hacerse esta Madre amantísi­ma. Por lo regular, suele ser muy grande el amor de las madres para con sus hijos, y así, cuando los  ven cercanos a morir, olvidan todas sus faltas y aún los disgustos y malos tratamientos que tal vez han recibido de ellos, y es indecible la pena que en­tonces sienten y los extremos que hacen, con te­ner de ordinario repartido el amor entre muchos hijos u otras personas o cosas del mundo. Pero es­ta Madre no tenía más que un Hijo, y éste, no sólo sin defectos, sino el más hermoso y cabal de todos los hijos de los hombres: amable, obediente, ino­cente, santo, y en fin en todo perfectísimo, como que era Dios; ni se hallaba dividido su amor entre otros, ni en amarle temía que pudiese haber exce­so, por saber que merecía ser amado con infinito amor. Este fue el Hijo que sacrificó en este día.

Cualquiera puede imaginar aquí lo que esto le costaría y la fortaleza de su ánimo invicto en este caso, siendo el Hijo quien era. Si fue la madre más dichosa del mundo por ser Madre de Dios, fue también la más afligida y angustiada que hubo ja­más, por haberle tenido que destinar a la muerte desde que fue concebido, y especialmente hoy. ¿Qué madre querrá tener un hijo sabiendo que le debe entregar a una muerte cruel e ignominiosa y verle morir a sus propios ojos? Pues María Santísi­ma acepta serio con esta durísima condición, y aun le inmola por su propia mano. ¡Con cuánto gusto hubiera sufrido, a trueque de librarle, todas aquellas penas, hasta beber el cáliz de la muerte! Pero pues era voluntad de Dios que le sacrificase venciendo, aunque con sumo dolor y dificultad, toda la ternura de tan fino amor, siendo así mucho mayor su violencia y generosidad si hubiera recaído los tormentos en su propia persona, con lo que superó la prontitud y valentía de los mártires, pues habiendo éstos ofrecido su vida, la Virgen inmoló la del Hijo, a quien amaba, sin comparación, más que a sí misma.

Ni aquí se limitaron las penas de esta descanso ladísima Señora, sino que entonces empezaron, porque de allí en adelante tuvo de continuo pre­sente la muerte, y los dolores que el Cordero in­maculado había de padecer, creciendo en su corazón maternal el cúmulo de las penas a proporción que con la edad iba descubriendo en El mayor gracia, amabilidad y belleza. ¡Oh, Madre dolorosa! Si hubierais amado menos, o hubiera sido vuestro Hijo menos amable de lo que era, menor, sin duda hubiera sido el ofrecerle vuestro sentimiento; pe­ro no hubo ni habrá nunca madre que más amase que Vos, porque no se vio jamás hijo ni más amo­roso para con su madre ni que tan digno fuese de amor como lo es el vuestro. Si cualquiera de noso­tros hubiese visto la hermosura y majestad de aquel divino infante, ¿hubiera tenido ánimo de en­tregarle a padecer y morir en medio de tan gran­des tormentos? Pues ¿cómo Vos, Señora siendo Madre amantísima y Ella misma inocencia, tuvisteis corazón para tanto?

¡Que escena tan dolorosa tuvo desde aquel día delante de los ojos del alma esta Virgen amante! ¡Ay, que el amor le representaba de continuo a su Hijo en la agonía del huerto, atado a la columna y hecho todo una llaga, coronado de espinas y en­clavado en la cruz. Mira, Madre, le decía el amor, mira el Hijo que ofreces y a qué penas y muerte le ofreces! ¿De qué sirve que le libres ahora de las manos de Herodes, si después ha de tener su vida término tan lastimoso?

Así que se puede decir que el sacrificio fue de toda la vida y de cada instante de ella porque hasta el día de su gloriosa Asunción a los cielos no tu­vo alivio su dolor, ni le faltó del pecho la espada penetrante que el sacerdote le predijo. Ni a dolor tan intenso hubiera podido resistir un instante si Dios, con su soberana virtud, no la hubiera confortado, sosteniéndole el hilo de la vida para que pudiese padecer. Vivía muriendo, porque a cada hora la asaltaba el temor de la muerte de su aman­tísimo Hijo, sobresalto más temeroso que la mis­ma muerte.

Por el mérito relevante que así contrajo en nuestro favor la llaman los Santos "reparadora del género humano, redentora de los cautivos, re­paradora del mundo perdido, restauradora de nuestras miserias, Madre de todos los fieles, Madre de los vivientes y Madre de la vida"; pues habiendo unido íntimamente su voluntad con la de su Hijo y ofrecido juntos un mismo sacrificio, obraron ambos la redención y dieron la salud a los hombres: Jesucristo, satisfaciendo por nuestros pecados, y María alcanzándonos con sus ruegos que esta satisfacción se nos aplicase, por lo que puede sin dificultad ser llamada "Salvadora del mundo", habiendo merecido esta dicha con la pe­na que padeció ofreciéndole voluntariamente al rigor de la divina justicia.

      Ahora bien: habiendo sido constituida de esa manera Madre de todos los redimidos, es razón que creamos que sólo por su mano se les distribu­yen los dones de la divina gracia, los medios para conseguir la vida eterna y todo el fruto de la Pa­sión: porque si a Dios agradó tanto que Abraham le quisiese inmolar en el monte a su hijo, que por esto le prometió multiplicaría su descendencia co­mo las estrellas del cielo ¿cuánto más grato le se­ria el sacrificio de esa Madre amantísima? En pre­mio de tanto amor y generosidad, le concede el Señor que cada día se multiplique el número de sus dichosos hijos, que son los escogidos.

      A San Simeón había Dios prometido no morir sin ver al Mesías; pero ¿por quien mereció esta gracia? Por medio de María. ¿Dónde le vio? En sus brazos virginales. Así, todo el que quiera encon­trar a Jesús no tiene que buscarle sino por con­ducto de María. Acudamos, pues, a esta divina Madre con toda confianza si deseamos hallar al Señor. Reveló la misma Virgen a una sierva suya, que todos los años en este día de la Purificación se dispensa a un, pecador una misericordia grande. ¿Quién sabe si alguno de nosotros será uno de es­tos afortunados? Si nuestros crímenes son enor­mes, mayor es su misericordia; su divino Hijo na­da le niega, y si está enojado con nosotros, la Madre piadosísima se encarga de aplacarle. Cuenta Plutarco que Antípatro escribió una vez a Alejan­dro Magno una carta muy larga llena de quejas contra Olimpia, su madre, y que, leída, dijo Alejan­dro: "¿No sabe Antípatro que mil cartas como ésta quedan borradas con una lágrima de mi madre?" Así nos hemos de imaginar que responde Jesucris­to a las acusaciones del enemigo cuando María ruega por nosotros: "¿No sabe Lucifer que una pa­labra de mi Madre basta para que olvide Yo todas las ofensas de cualquier pecador?" Leamos, para comprobarlo, el siguiente

 

EJEMPLO.-Este ejemplo no se ha escrito hasta ahora en ningún libro, pero lo sé por habérmelo contado un sacerdote compañero mío, con quien la cosa pasó. Es, pues, el caso que estando él confesando en cierta iglesia de un pueblo, que se calla por justos respetos (aunque el penitente dio licencia pa­ra que el hecho se publicase), se le puso delante un joven que parecía querer y no querer confesarse. Habiéndole el Padre mirado varias veces, al fin le llamó, preguntándole si, en efec­to, se quería confesar. Respondió que si; pero, temiendo que la confesión fuese larga, se fueron a una habitación retirada. Allí empezó el joven a decir que era forastero y de familia no­ble, pero que, habiendo tenido una vida muy mala, no pensa­ba que Dios le pudiese perdonar. Fuera de los innumerables pecados de deshonestidad, homicidios y otros, dijo, que es­tando ya desesperado de su salvación, había seguido come­tiendo maldades, no tanto por gusto, cuanto por despecho y odio contra Dios. Entre otras cosas, le dijo que llevaba consi­go un Santísimo Cristo, a quien por burla y desprecio había dado azotes. Añadió que aquella misma mañana había ido a comulgar sacrílegamente, ¿y con qué fin?, con el de pisar des­pués la sagrada Hostia, cosa que estaba ya para poner en obra cuando pasó gente y se contuvo para que no le viesen, y, en efecto, envuelta en un papel, entregó al Padre la Hostia. Después dijo que, pasando por la puerta de aquella Iglesia, había sentido un impulso tan grande de entrar, que no pudo resistir, y en seguida un gran remordimiento de conciencia, con alguna voluntad de confesarse, aunque confusa y con poca resolución; que a este fin se había puesto delante del confesionario, pero con tal confusión y desconfianza, que ya quería volverse, pero que le parecía que una mano invisible le detenía por fuerza; hasta que usted, Padre -:-dijo- me llamó. Aquí estoy y quiero confesarme, pero no sé cómo. Este le pre­guntó si en todo aquel tiempo había tenido alguna devoción, queriendo significar en la Virgen Nuestra Señora, porque triunfos como éste de conversiones tan maravillosas no vie­nen sino por las manos de aquella Reina poderosísima. -¿Qué devoción, Padre, si ya me tenía por condenado? -Re­pasa mejor la memoria -le volvió a decir el confesor-. Na­da, Padre –respondió él- como no sea esto -y metiendo la mano en el pecho le enseñó un escapulario de Nuestra Seño­ra. -¿Lo ves, hijo? A la Virgen Santísima debes gracia tan es­pecial, y esto en que estamos es iglesia suya-. Entonces el jo­ven se comenzó a compungir y llorar, y continuando la con­fesión, creció tanto el dolor y las lágrimas, que cayó en tierra, al parecer, desmayado. El Padre procuró volverle en sí con un espíritu, y acababa la confesión, le volvió, con gran con­suelo del penitente, alegría y firme resolución de mudar de vida, volviéndose a su patria después de haber dado permiso de publicar la misericordia extraordinaria que había usado con él la Reina de los ángeles.

 

ORACION.- ¡Oh, Santísima Madre de Dios y Madre mía! ¿Conque fue tanto vuestro amor para conmigo, que llegasteis a ofrecer a la muerte por mí a vuestro dulcísimo Jesús? ¡Ah, Señora, si tan verdaderos y ardientes son vuestros deseos de mi salvación, bien puedo colocar en vuestras manos mi con­fianza! Sí, Virgen benditísima; en Vos la pongo enteramente. Pedid al Señor, por lo que merecisteis en el sacrificio costosí­simo de su preciosa vida, que tenga compasión de mi alma, pues por ella quiso morir.

También yo desearía ofrecerle hoy mi corazón para imita­ras; pero temiendo no lo acepte por verlo tan abominable, os pido que Vos se lo ofrezcáis en vuestras manos purísimas, y entonces no lo desechará. Aquí me tenéis, Madre benignísima; a Vos me entrego todo, ofrecedme al Eterno Padre como cosa vuestra, uniéndome con la oferta de mi piadoso Reden­tor y suplicándole que por los méritos de su Pasión santa y respeto vuestro, me reciba por suyo para siempre. Amada Madre mía, por amor de este Hijo querido, sacrificado por mí en el ara de la Cruz y hoy ofrecido de antemano con tanta amarga pena, no me dejéis un instante para que nunca vuel­va a perder su gracia y amistad. Decidle que soy vuestro; de­cidle que tengo puesta en Vos toda mi esperanza; decidle que me queréis salvar, y seguramente me salvaré.

 

DISCURSO SEPTIMO

 

DE LOS DOLORES DE LA VIRGEN MARIA

 

 

María fue Reina de los mártires

 por haber sido su martirio más prolongado

y penoso que el de todos ellos

 

¿Habrá entre los hombres corazón tan duro que oyendo aquel caso único y lastimoso acaecido en el mundo; no se ablande y conmueva? Era una Madre nobilísima y santa, la cual tenía un Hijo único, el más amable, inocente, hermoso y aman­te de su Madre de cuanto se pueda imaginar, en tanto grado, que, lejos de haber nunca dado el más mínimo disgusto a Madre tan querida, siem­pre le había tenido sumo respeto, obediencia y amor, y todo el de la Madre estaba concentrado en su amantísimo Hijo. Pero, por envidia de sus ene­migos, fue falsamente acusado, y el juez inicuo, por no disgustarlos, después de confesar su ino­cencia, le condenó a muerte infame, como ellos pedían, y su angustiada Madre le vio morir en la flor de la edad a fuerza de tormentos. Almas devo­tas, ¿qué decís oyendo esto? ¿No es caso lastimosí­simo? ¿No es digna aquella Madre de nuestra compasión? Bien entendéis de quién hablo.

El Hijo ajusticiado con tanta inhumanidad es nuestro amado Redentor, y su Madre es María Santísima, que por amor vuestro le vio sacrificado a la divina Justicia en manos tan crueles. Pues esta pena que sufrió Maria, pena mayor que si hubiera muerto mil veces, merece de nuestra parte com­pasión y agradecimiento. Mas si con otra cosa no le podemos corresponder, a lo menos detengámo­nos hoy un poco a considerar la acerbidad de esta pena con que fue mártir y Reina de los mártires, por haberlos a todos superado en el padecer, pues como martirio fue el suyo más prolongado y dolo­roso que el de todos ellos.

Punto primero.-Llamase Jesucristo Rey de dolores y Rey de mártires porque padeció en esta vida más que los otros, y, a semejanza suya, se lla­ma Reina de mártires la Virgen María, porque su martirio fue el mayor de cuantos el mundo vio, fuera del de su Santísimo Hijo. ¿Y quién le labró la corona? Sus penas y angustias, mayores que las de todos los mártires juntos.

Que fuese mártir verdadera no se puede poner en duda, como sea cosa constante que para el martirio basta sufrir un dolor suficiente para qui­tar la vida, aunque por alguna causa no se llegue a perder; y así, es venerado por mártir San Juan Evangelista, sin embargo, no murió en la tina de aceite hirviendo, antes bien salió de ella con mejor aspecto que cuando entró, porque para merecer y ver la gloria de mártir no es menester más que ofrecemos a la muerte. Pues María lo fue en realidad, no a manos de verdugos, sino a fuerza de pe­nas en el corazón más que sobradas para darle muchas muertes cuanto más una; y como su pe­na, o mejor diremos, muerte lenta, fue de casi toda la vida, excedió en padecer, cuanto a la duración, a todos los mártires.

Desde el nacimiento empezó Jesús a padecer, y a su imitación su Santísima Madre, Mar amargo quiere decir su nombre, entre otras significacio­nes que tiene, y por esto se le aplican las expresio­nes del profeta Jeremías: l/Grande como el mar es tu quebranto". Toda el agua del mar es amarga y salada, y toda la vida de esta Señora fue mar de amargura, ocasionada de tener de continuo pre­sente la Pasión de su Hijo; porque no podemos du­dar que, iluminada por el Espíritu Santo, enten­diese todas las profecías concernientes a su Pa­sión y muerte mucho más claramente que los Pro­fetas que las anunciaron y que la compasión de los dolores que el Señor había de sufrir por pecados ajenos angustiase sobremanera el ánimo de aque­lla tiernísima doncella aun antes de la Encarna­ción del divino Verbo. Después se aumentó mu­cho más el martirio, y hasta la muerte no se le aca­bó.

Y esto, sin duda significaba la visión que tuvo Santa Brígida en Roma, dentro de una capilla de Santa María la Mayor, donde se le apareció la Vir­gen Nuestra Señora con el santo anciano Simeón y un ángel que traía en la mano una espada larga y ensangrentada, símbolo del dolor acerbísimo que traspasó el pecho de la Madre todo el tiempo que le duró la vida. De suerte que parece que nos está diciendo: "Almas redimidas, hijas de mis dolores, no limitéis vuestra compasión a las tres horas en que al pie de la Cruz vi expirar a mi dulcísimo Hijo, que mucho antes empezaron mis penas, y al darle, de Niño, el pecho, y al estrechado entre mis brazos y a todas horas, antes y después de la resurre­cción, tuve viva y como reciente la llaga profunda en medio del alma".

De esta manera, el tiempo, que suele mitigarlas penas a los afligidos, no alivió en nada las de

María, sino al contrario: cuanto más pasaba, ma­yores eran, descubriendo por una parte cada día más hermosura y amabilidad en el blanco dulcísi­mo de su amor, y viendo, por otra, correr tan apri­sa el tiempo de su Pasión y muerte. Crece la rosa," pero crece entre espinas; y así esta Señora vivió de continuo cercada de espinas y tribulaciones.

  Pasemos a contemplar ahora la grandeza de su amor.

 Punto segundo.-No fueron solamente de lar­ga duración las penas de María Santísima, sino también mayores Y más intensas que todas las que sufrieron los mártires de la santa Iglesia. ¿Quién es capaz de comprender hasta dónde llegaron? Bien podemos exclamar con el profeta Jeremías, y decir: ¡Oh, Señora! ¿A Quién hemos de comparar­te? Inmenso, como son los mares, es tu dolor. ¿Quién te aliviará? ¿Quién te consolará? No hay amargura, como la del mar, ni dolor hay tampoco que iguale a tu dolor; tanto, que si por milagro es­pecialísimo no te hubiese Dios conservado la vida, hubiera bastado para quitártela lo que sufrías a cada momento. Y aún más llega a decir un Santo; que, repartiendo aquel padecer entre todas las criaturas capaces de razón o de sentimiento, hu­biera bastado para que muriesen todas repentinamente.

 

Ahora bien; ¿cuáles fueron las causas de dolor tan extraño? La primera fue que los mártires sufrieron en el cuerpo; pero Maria padeció en el al­ma, como lo anunció Simeón. Y cuanto el alma es más noble y delicada que el cuerpo, tanto excedie­ron sus penas a las de los otros mártires, siendo cierto que no hay comparación entre los dolores del espíritu y de los de la carne, como dijo Nuestro Señor a Santa Catalina de Siena. Según esto, quien se hubiese hallado en aquel monte de amar­gura cuando el Salvador expiró en la cruz, hubie­ra visto allí dos altares, uno en el cuerpo del Redentor, y otro en el Corazón de María, pues al mis­mo tiempo que el Hijo sacrificaba con la muerte su cuerpo santísimo, sacrificaba la Madre su alma con la compasión.

La segunda causa fue que los otros mártires ofrecieron sus vidas; pero la invictísima Virgen sa­crificó la de su Hijo, a quien amaba más que a su propia vida; de suerte que no sólo sufrió en el espí­ritu todo lo que el Señor sufrió en su sagrada hu­manidad sino que, además, le causó más senti­miento la vista de las penas de su Hijo que si en sí misma las hubiera sufrido todas. Y en esto no hay duda, porque las aflicciones de los hijos son aflic­ciones de las madres cuando los ven padecer; testigo la de los Macabeo, que habiendo presen­ciado el tormento de sus siete hijos, padeció en el corazón el martirio de todos ellos. Lo mismo suce­dió con esta Madre afligidísima; todos los dolores, azotes, espinas, clavos y cruz que atormentaron  las carnes inocentes de Jesús, penetraron en el corazón de tu Madre, que interiormente era como un espejo de los dolores del hijo y allí se veía retratados los golpes, llagas, salivas, y todas las penas que nuestro divino Salvador padecía, repartidas por todo su cuerpo, estaban juntas en el corazón de su dolorosísima Madre.

De este modo, por la fuerza de la compasión a su querido Hijo, fue dentro de su amantísimo corazón azotada, coronada de espinas, clavada en la cruz; y así le podemos preguntar: Señora, ¿dónde estabais aquel día? ¿Cerca de la cruz solamente? No, sino en la misma cruz, y con vuestro Hijo cru­cificada. Y Vos, Señor, con razón os quejabais de que en la hora solemne de nuestra redención no hubiese a vuestro lado ningún hombre que se compadeciese de Vos tanto como era debido, pe­ro hubo una mujer, que fue vuestra madre, la cual sufrió en su amoroso corazón todo cuanto Vos su­fristeis en vuestra sagrada humanidad.

Pero poco es lo que hemos dicho hasta aquí, porque mucho más fue lo que padeció de ver a su Hijo padecer que si todo lo hubiera ella sufrido. Regularmente los padres sienten más los males de sus hijos que los suyos propios; y si no en todos es así, en Mana lo fue, sin duda alguna, porque amando más, sin comparación, a su Hijo que a su vida, y mil vidas que hubiera tenido, su pena fue mayor de vede padecer que si hubiera tenido que sufrir en su propia persona todos los tormentos de la Pasión. Y en claro se ve, porque, como dicen, más está el alma donde ama que donde anima, y donde cada uno tiene su tesoro allí tiene su cora­zón. Si, pues, por la vehemencia del amor, más que en sí misma vivía íntimamente unida con su due­ño, cierto es que le fue más amargo y sensible ver­le morir que si hubiera perdido la vida millares de veces.

De aquí se infiere que otra de las causas para que su martirio fuese incomparablemente mayor que el de todos los mártires, fue haber padecido, no solamente más, sino también sin alivio ni con­suelo alguno. Padecían los mártires; pero, por el amor que tenían a Jesucristo, todo se les hacía dulce y suave. Fue San Vicente descoyuntado en el potro, descarnado con garfios de hierro, tostado con planchas encendidas; pero hablando con el ti­rano mostraba tal fortaleza y desprecio de los tormentos que parecía ser uno el que hablaba y otro el que padecía; tanto era la dulzura del amor con que el Señor le recreaba en medio de aquella atro­cidad.

Rasgaban con escorpiones de hierro el cuerpo de San Bonifacio, le introducían astillas de caña entre las uñas y la carne, le echaban por la boca plomo derretido, y él no cesaba de repetir: “Gracias te doy Señor mío Jesucristo". Sufrían los San­tos Marcos y Marcelino, atados a un madero, con los pies clavados, y llamándole los tiranos infelices y exhortándolos a que se librasen de aquellas pe­nas, respondían que jamás se habían visto en ban­quete que les diese más gusto.

Sufría S. Lorenzo; pero mientras se quemaba en las parrillas vivo, otro fuego más poderoso, que era el amor divino, ardía dentro de su pecho; y éste le daba tal valentía, que se atrevió a burlarse del ti­rano, diciéndole: l/Ya estoy asado de un lado; vuél­veme del otro y come de mi carne", ¿Cómo era po­sible solazarse de esta manera en el acto de estar padeciendo martirio .tan atroz y prolongado? ¡Ah! Con aquella santa embriaguez del amor divino se puede decir que no sentía ni los tormentos ni la muerte.

Vemos, pues, que cuanto más amaban a Jesu­cristo, tanto menos sentían los dolores, bastándo­les para confortarse poner la vista en su Dios cru­cificado.

Pero nuestra Madre Santísima, ¿qué consuelo recibía del amor de su Hijo y de la vista de sus pe­nas? Ninguno; antes bien, el Hijo que padecía era todo el motivo del dolor, y el amor que le tenía era el verdugo más cruel de todos. Porque su martirio consistió precisamente en la vista y compasión de las penas que sufría su Hijo adorado, y por eso, cuanto más era el amor, más era el dolor y menos el alivio. A los otros mártires el amor les mitigaba las penas y sanaba las heridas; pero a Vos, Reina de los cielos, ¿qué cosa pudo aliviaras, qué lenitivo suavizar las llagas de vuestro corazón? Tienen consigo los otros mártires cada uno los instru­mentos de su pasión: San Pablo, la espada; San An­drés, las aspas: San Lorenzo las parrillas; pero Vos tenéis en el regazo a vuestro mismo Hijo como ins­trumento y causa única de vuestro padecer.

Cuanto más amamos una cosa, más sentimien­to nos causa perderla, y así, sentimos, más la muerte de un hijo o de un hermano, que la de una persona extraña. Pues por esta regla, para conocer adónde llegó el sentimiento de María Santísi­ma en la muerte de su divino Hijo, sería menester que supiésemos cuánto le amaba. Pero, ¿quién po­drá medir amor tan encendido? Juntos ardían en su corazón dos amores vivísimos, natural y sobre­natural, que eran el de Madre y el de amante de su Dios y Señor, y ambos levantaban una llama de caridad tan intensa, o, por mejor decir, tan inmen­sa, que a más no es posible llegue la que en un al­ma puede caber. Luego si era inmenso el amor, in­menso fue también el dolor.

Imaginemos  pues: que estando al pie de la cruz, esta Madre dolorosísima, nos dice las palabras del Profeta Jeremías: “Vosotros, los que pa­sáis por el camino, atended y ved si hay dolor semejante a mi dolor; vosotros, que vais corriendo por el camino de la vida, sin que os paréis un poco a compadeceros de mí, deteneos un instante y contempladme ahora que estoy viendo expirar a mi dulcísimo Hijo, para ver si en todo el mundo se hallará persona más afligida y angustiada que yo". Así es, Virgen dolorosísima; no hay dolor que se pueda comparar al vuestro, porque nunca hubo hijo más amable que Jesús, ni madre tan amante que Vos.

De este modo, si aseguramos que padeció más que todos los mártires juntos en uno, aún diremos poco, porque comparadas con sus penas, las de to­dos ellos fueron casi nada, cuando las de esta Ma­dre angustiadísima llegaron a tan alto grado, que sólo ella se compadeció de la muerte de Dios he­cho hombre todo cuanto era debido.

Pero, Señora, ¿por qué Vos fuisteis a sacrifica­ras al monte Calvario? ¿No bastaba, para redimirnos, Dios crucificado, sino que también quiso ser crucificada su Santísima Madre? Ciertamente basta para redimir el mundo, y mundos infinitos; pero como el amor de nuestra Madre para con nosotros fue tan grande, quiso contribuir a nuestra salvación con el mérito de sus dolores, ofreciéndose en el Calvario por nuestro bien, de modo que si por tan señalada fineza debemos agradecimiento a nuestro Divino Redentor, agradecimiento debemos a su piadosa Madre, la cual gustosamente padeció tanto porque saliésemos del estado infelicísimo de la culpa; pudiéndose decir que el único alivio que experimentaba en medio de tantas aflicciones era el saber que con la muerte y Pasión del Salvador del mundo íbamos a quedar para siempre pre reconciliados con Dios.

Agradezcamos este amor tan fino de María Santísima, siquiera con meditar y compadecer sus dolores, sabiendo que se queja de que sean tan pocas las personas que la acompañan en su sentimiento ni que aun se acuerden de lo mucho que por nosotros padeció; siendo, por el contrario, muy de su agrado que traigamos sus penas fijas en la memoria, según manifestó a los siete Santos varones fundadores de la Orden de los Selvitas cuando les dio el hábito de color negro que habían de usar como despertador continuo del fin e instituto de aquella sagrada región.  Conforme a lo cual, revelo también Jesucristo a la Beata Verónica de Binasco que casi más se complace de que nos compadezcamos de las penas de su amantísima Madre, por el inmenso amor que le tiene, que de las suyas propias.

Y Pelbarto refiere haber sido revelado a Santa Isabel que después que María subió a los cielos deseo volverla a ver San Juan Evangelista, lo cual le concedo su dulcisima Madre, juntamente con Jesucristo Nuestro Señor, y mientras aquel favor duraba, oyó que la Madre pedía a su Hijo querido alguna gracia especial para los devotos de sus dolores, y que Jesucristo le prometió estas cuatro muy principales: 1ª. Que todo el que la invoque por los méritos de sus dolores, hará penitencia de sus pecados antes de morir, 2ª. Que El guardará a todos estos devotos en las tribulaciones, y especialmente a la última hora.  3ª. Que imprimirá en sus almas la memoria de su Pasión, y después, en el cielo, les dará el premio correspondiente.  4ª. Que pondrá en manos de María a dichos devotos de sus dolores, para que disponga de ellos como le agrade y les alcance los favores que guste. Veámoslo confirmando con el siguiente

 

EJEMPLO.-Se cuenta en el libro de las Revelaciones de Santa Brígida, que hubo un caballero de tanta nobleza por su nacimiento como de perversas costumbres, pues habiendo ­hecho pacto expreso con el demonio de ser esclavo suyo, ha­bía vivido sesenta años sin acercarse a recibir los Sacramentos, con la disolución y abandono que es consiguiente. Pero le llegó la hora de salir de este mundo y, queriendo Jesucristo usar con él de misericordia, mandó a Santa Brígida que le enviase su confesor y le exhortase a confesar. Fue el confesor, pero el enfermo se excusó con decir que ya otras veces se había confesado. Fue por segunda vez, y el otro se mantuvo en su obstinación. Mandó Jesucristo de nueva a la Santa que en­viase al confesor, el cual volvió la tercera vez, y le descubrió la revelación, añadiendo que volvía porque el Señor deseaba usar con él de misericordia. Al oír esto el enfermo se enterne­ció y empezó a llorar, exclamando: "¿Cómo he de alcanzar yo perdón de mis pecados, habiendo servido al demonio por es­pacio de sesenta años y cometido innumerables pecados?" El confesor le animó, prometiéndole perdón de parte de Dios. Entonces, alentándose, dijo que, aunque había desesperado de su salvación, teniéndose por condenado, ya sentía dolor y arrepentimiento de sus maldades y confiaba en la misericordia divina. En efecto: aquel mismo día se confesó cuatro ve­ces con gran dolor, el siguiente comulgó, y al sexto murió contrito y resignado en la voluntad de Dios. Después habló de nuevo Jesucristo a Santa Brígida, descubriéndole que el al­ma de aquel pecador estaba en el purgatorio y que se había salvado por intercesión de la Virgen, su Madre, porque en medio de la vida desgarrada que había llevado, siempre ha­bía tenido devoción a los dolores de la misma Señora, compa­deciéndose de ellos siempre que se le ocurrían a la memoria.

 

ORACION.- ¡Virgen dolorosísima, Reina de los mártires! ¿de qué me servirán las muchas lágrimas que por mí derra­masteis en la Pasión y muerte de vuestro Santísimo Hijo, si al fin me hubiese de condenar? Pues, por los méritos de vues­tros dolores os pido que me alcancéis verdadero dolor de mis pecados, enmienda completa en las costumbres y continua y afectuosa compasión de las penas de mi Señor Jesucristo y de las vuestras. Y, pues, 'que ambos, siendo inocentes, pade­cisteis tanto por mí, alcanzadme que yo, reo de muerte eter­na, sufra también algo por vuestro amor. Finalmente, Madre mía, por aquella congoja que sintió vuestro amoroso pecho al ver a vuestro Hijo inclinada cabeza y expirar en el madero de la Cruz, os pido me obtengáis la gracia de una buena muerte. En aquella hora de combate y agonía que ha de llegar, en aquel paso para la eternidad no dejéis de asistirme, ¡OH, abo­gada de pecadores! Y como entonces será fácil que pierda el habla y no pueda invocar vuestro santísimo nombre y el de Jesús, ambos esperanza mía, desde ahora, os invoco y llamo, pidiendo humildemente que me socorráis en trance tan amargo, para lo cual, al presente digo y diré mil veces: Jesús y María, en vuestras manos santísimas encomiendo mi espíri­tu. Amén.

 

 

REFLEXIONES SOBRE LOS SIETE

 DOLORES EN PARTICULAR

 

PRIMER DOLOR

 

PROFECIA DE SIMEON

 

"Nacemos para llorar en este valle de lágrimas, y cada día tenemos algo que sufrir; pero mucho más penosa fuera la vida si supiésemos de ante­mano todos los males que nos esperan. Nos mira en esto Dios con ojos compasivos, ocultándonos las cruces que nos ha de poner para que no las pa­dezcamos dos veces. No lo hizo así con María San­tísima, porque habiéndola destinado para Reina de dolores y en todo semejante a Jesucristo, le pu­so a la vista con anticipación todas las penas del porvenir, que fueron las de la Pasión y muerte de su Santísimo Hijo.

Consideremos, pues, que teniendo Simeón en los brazos al divino Infante, anunció a la Virgen piadosísima que aquel Niño sería signo y blanco de contradicción y persecución, y que por esto había de ser su alma (la de la Madre) traspasada con el cuchillo del dolor.

Reveló la misma Señora a Santa Matilde que, al oír este vaticinio, se le trocó en tristeza su alegría, porque aunque, según fue también revelado a Santa Teresa, sabía ya la Madre benditísima que su Hijo había de ser sacrificado para salud del hombre, entonces conoció en particular, y con más distinción, las circunstancias de su Pasión y muerte, descubriéndosele claramente cómo sería perseguido y contradicho en todas las cosas. Con­tradicho en la doctrina, porque, en vez de ser creído, sería tratado de blasfemo por enseñar que era Hijo de Dios, como lo declaró Caifás aquella triste noche. Contradicho en la estimación, porque, siendo de sangre real, sería menospreciado y teni­do por vil.

Es la sabiduría por esencia, y fue tratado por ignorante, de profeta falso, de loco, de borracho, de glotón, de amigo de gente mala, de hechicero, de hereje y de endemoniado, y, en fin de hombre tan notoriamente criminal que, para condenarle, no era menester proceso, como dijeron a Pilatos los judíos. Contradicho en el espíritu, porque a fin de que la divina Justicia quedase del todo satisfe­cha, hasta su Eterno Padre se negó a consolarle cuando decía: "Padre, si es posible, pase de mí este cáliz", y le dejó abandonado al temor y tristeza, en tales términos, que faltó poco para que la aflicción y desamparo le quitasen la vida, y de la pena y lu­cha interior de su alma llegó a sudar sangre de to­do su sacratísimo cuerpo. Finalmente, fue contra­dicho y perseguido en el cuerpo y la vida, porque recibió heridas y tormentos en las manos, pies, rostro, cabeza y todos los miembros, hasta morir desangrado y vilipendiado en un madero infame.

Cuando, en medio de las delicias reales, oyó David la intimación de la muerte de su hijo, hecha por boca del profeta Natán, empezó a llorar amar­gamente, y se arrojó por tierra y afligió su cuerpo con riguroso ayuno. Escuchó María con resigna­ción admirable el anuncio de la muerte de su unigénito Hijo, y con la misma se mantuvo siempre; pero, ¿cuál sería su dolor viendo continuamente delante de sus ojos aquel Hijo amabilísimo, cuyas palabras eran de vida eterna, en cuyas acciones resplandecía la santidad?

Si tanto padeció Abraham en su ánimo duran­te los tres días que fue con su hijo hablando y acer­cándose al monte donde le había de sacrificar, ¿qué dolor sería el de esta Madre amantísima por espacio, no de tres días, sino de treinta y tres años; no por un hijo como Isaac, sino incomparable­mente más digno de ser amado? Ni una hora tuvo libre su alma sensibilísima de tan agudo dolor. Cuantas veces le miraba, cuantas le vestía cuan­tas tocaba aquellos pies delicados y aquellas ma­nos tiernas, otras tantas quedaba como sumida en dolor, pensando que algún día sería puesto en una cruz. Estrechábale entre sus brazos con amor en­cendido; pero cuanto mayor era la fuerza del amor, más amargo también era el manojo de mi­rra abrazado a su pecho, considerando que la for­taleza de los Santos había de estar agonizando, la hermosura del paraíso sería desfigurada, el Señor del mundo atado como reo, el Creador del univer­so azotado bárbaramente, el supremo Juez sen­tenciado a morir, la gloria de los cielos desprecia­da, el Rey de los reyes coronado de espinas y trata­do como rey de burlas.

Cuando le daba el pecho purísimo se le presen­taba la hiel y vinagre; cuando le envolvía, las sogas y cordeles; cuando le llevaba en brazos, que había de ser crucificado, y cuando dormía, muerto y se­pultado, arrasándose de lágrimas y oprimiéndose­le de amargura el corazón.

           Dice el Evangelista que, al paso que Jesús cre­cía en los años, así también delante de Dios y de los hombres iba creciendo en gracia. Quiere decir que a vista de los hombres iba manifestando cada día mayor gracia y sabiduría, y a la de Dios. Por­que si desde el principio de su ser no hubiera teni­do la plenitud de santidad y gracia debida a la unión hipostática, cada hora hubieran ido sus méritos creciendo por la excelencia y dignidad de todas sus obras. Ahora bien: si el Señor crecía dia­riamente en el amor y aprecio de los hombres, ¿cuál sería en el de su Madre Santísima? Pues en la misma proporción se aumentaba la pena de ha­berle de perder algún día, y cuanto más se iba la muerte acercando, más profundamente atravesa­ba su purísimo corazón la espada que le anunció

El Profeta.

La consecuencia que aquí debemos sacar es que si Jesucristo, nuestro divino Capitán, y su dul­císima Madre no rehusaron por nuestro amor su­frir toda la vida pena tan atroz, no será justo que nosotros nos lamentemos de lo muy poco que en este mundo tengamos que sufrir. Una vez se apa­reció el Señor crucificado a Sor Magdalena Orsi­ni, religiosa dominica, que de tiempo en tiempo padecía una grave tribulación y animándola a perseverar consigo en la cruz con aquel trabajo, ella respondió lamentándose: "Señor, Vos no estu­visteis más que tres horas en la vuestra, y yo estoy clavada en ésta muchos años ha". Entonces le dijo el Redentor: "¿Qué dices, ignorante? Desde que

fui concebido tuve en el corazón todas las penas que padecí en la Cruz". Pues con esta doctrina, cuando venga sobre nosotros cualquier aflicción o trabajo, imaginémonos que Jesús y María dicen a nosotros lo mismo.

 

EJEMPLO.-Cuenta el P. Roviglione, de la Compañía, que un joven que tenía la devoción de rezar algo todos los días a una imagen de Nuestra Señora de los Dolores con las siete es­padas, cayó una noche en pecado mortal. Habiendo ido a re­zar la mañana siguiente, como de costumbre, vio en el pecho de la Señora, no siete, sino ocho espadas, y oyó una voz que le decía que su pecado era la octava clavada en su afligidísimo corazón, Oído lo cual, se fue desde allí a confesar, y recobró la gracia por la intercesión de la soberana Señora.

 

ORACION.- ¡Oh, Madre Santísima!, yo he clavado en vuestro corazón tantas espadas como pecados he cometido, y como reo merezco la pena, no Vos, que sois inocente. Pero, pues habéis querido tomada por mí, alcanzadme un verda­dero dolor de mis pecados y paciencia para sobrellevar los trabajos de esta vida, que por grandes que sean, siempre se­rán menores de lo que tengo merecido. Hacedlo así por vues­tra bondad, Amén.

 

 

SEGUNDO DOLOR

 

HUIDA A EGIPTO

 

 

Así como la cierva herida, dondequiera que va, lleva consigo clavada la saeta, así, después de la profecía de Simeón, llevó consigo siempre la Ma­dre Santísima la espada del dolor penetrante con la memoria continua de la Pasión que había de su­frir su dulcísimo Hijo. Los cabellos de púrpura o de oro que se atribuyen a la esposa de los Canta­res, dice un autor que eran los pensamientos que esta Virgen preciosa tenía empleados constante­mente en la Pasión y en la sangre que de sus llagas sacratísimas había de correr. Su hijo era la saeta que llevaba atravesada en el corazón, tanto más honda y dolorosa, cuanto El, con los años, más iba descubriendo de hermosura y amabilidad. Consi­deremos, pues, el segundo dolor, que fue la huída a Egipto.

Cerciorado ya Herodes del nacimiento del Me­sías, temió que le había de quitar el reino, y temió neciamente, porque no venía el Señor a conquis­tar el mundo guerreando, sino a sujetarles admirablemente muriendo. Esperaba, pues el mal rey, saber de boca de los Magos, el lugar fijo del nacimiento de aquel Niño, para quitarle la vida sin di­lación; pero, no viéndolos volver, y dándose por engañado, al instante mandó dar muerte despiadada a todos los niños de la ciudad de Belén y sus contornos. Mas apareciéndose el ángel a San José le mandó que huyese a Egipto con el Salvador y su Madre, poniéndose en camino el Santo aquella misma noche, como parece lo indica el Evangelio. Exclamaba diciendo la soberana Señora: "Pues qué, Dios mío, ¿ha de huir de los hombres el que viene a salvarlos?". Y entonces vio cuán pronto empezó a cumplirse lo que había profetizado el anciano de aquel divino Infante seria como signo de contradicción, pues, apenas nacido, ya le perse­guían y buscaban para matarle. ¡Qué pena tan amarga para el corazón de la tierna Madre oír que se les intimaba orden tan ejecutiva de destierro, y haber de dejar precipitadamente los propios para vivir entre extraños, y trocar el templo de Dios por los templos de la idolatría! ¡Qué mayor tribulación como que un niño recién nacido tenga que huir colgado del cuello de madre tan pobre y delicada!

Considérese lo que en este viaje sufriría la don­cella purísima. El camino era largo, y, al menos, se­gún dicen, de treinta días, áspero, pedregoso; lleno de malezas y apenas frecuentado. El tiempo, de in­vierno, con frías, lluvias y fangos. Mana, doncella de quince años, no acostumbrada a semejantes viajes, y sin criado ni criada que le sirviese. ¡Cuán­ta compasión no causaba al ver huir a esta inocen­te Virgen de tan tierna edad con el Hijo en los bra­zos acabado de nacer! ¿Con qué se alimentaban? ¿Dónde se hospedaban? ¿Dónde dormían? ¿Qué otro alimento pudo ser suyo sino algún pedazo de pan duro que San José llevase, o que pidiesen de li­mosna? ¿Dónde habían de dormir, especialmente mientras duraban las doscientas millas que hay de desierto, sino en la dura tierra y al sereno, o en­tre matorrales y peligros de las fieras y malhecho­res? ¿Quién al encontrarlos hubiera imaginado lo que eran? ¿Quién no los hubiera más bien tenido por tres pobres mendigos y vagabundos?

Llegados a Egipto; unos dicen que habitaron en Manturea y otros en Menfis, quedando a nuestra devota consideración el considerar lo mucho que sufrirían los siete años que parece permanecieron allí. Eran extranjeros desconocidos, pobres desvalidos, y apenas con mucho sudor y trabajo, ganaban lo preciso para sustentarse con estre­chez. A tanto llegó a veces su indigencia, que pidiendo pan el Niño a su Madre, estrechado del hambre, no lo tuvo. Oigan esto los pobres para su consuelo.

Luego que murió Herodes, volvió el ángel a aparecerse a San José, mandándole volver a tierra de Judea; y aquí reflexiona San Buenaventura que hubo de ser mayor entonces a la piadosa Ma­dre la pena y fatiga que la vez primera, porque pa­ra ir el Niño por su pie era todavía demasiado tier­no, y para ser llevado en brazos, ya muy grande, pues había cumplido los siete años.

¿Qué aprenderemos, pues, de Jesús y María, fugitivos y peregrinos? A vivir como tales en este mundo, sin aficionarnos a sus bienes fugaces, co­mo que pronto los hemos de dejar para ir a la región eterna. Aquí somos como huéspedes o viaje­ros, que en un momento ven las cosas y el siguien­te pasan adelante.

También hemos de aprender a abrazar la cruz de los trabajos que Dios nos envíe, porque en este mundo nadie vive sin cruz. Para que así lo enten­diese fue llevada una vez en espíritu la B. Verónica de Binasco acompañando a Jesús y María en aquella fuga, y acabado el camino, le dijo Nuestra Señora: "Hija, ya has probado la fatiga de tan lar­go viaje; ahora conocerás que nadie sin padecer merece gracias y favores del cielo". El modo de su­frir menos es hacer buena compañía al Señor y a su Madre. Así es como todas las penas de este mundo se aligeran y dulcifican. Amémoslos a en­trambos, y consolemos a la Madre acogiendo den­tro de nuestros corazones a su Hijo Santísimo, que aún sigue perseguido y maltratado de los pe­cadores.

 

EJEMPLO.-Se apareció una vez María Santísima con el Niño Jesús todo llagado a Santa Coleta, diciéndole: "Así tra­tan a mi Hijo los pecadores, y así le vuelven a crucificar. Rue­ga, hija, que se conviertan". Y la B. Juana de Jesús, también franciscana, estando un día meditando este mismo misterio de la huída a Egipto oyó estrépito como de gente que iba per­siguiendo a uno que huía, y a poco vio delante de sí un niño muy hermoso, cansado y fugitivo, que le decía: "Escóndeme, querida Juana. Yo soy Jesús Nazareno, que vengo huyendo de los malos; me quieren matar como Herodes: líbrame tú".

 

ORACION.-Madre afligidísima, ¿y no están satisfechos los hombres de haber quitado la vida una vez a vuestro precioso Hijo, sino que, multiplicando iniquidades, le persiguen todavía con tanto encarnizamiento y a cada hora renuevan vuestros dolores? Mas ¡ay!, que yo también le perseguí Madre dulcísima. Alcanzadme del Señor lágrimas abundantes para llorar mi ingratitud; por las penas que uno y otro sufristeis en la huída a Egipto, os ruego me asistáis en este viaje, por donde camino a la eternidad, para que llegue felizmente al puerto de salvación, donde en vuestra compañía le vea y ame por to­dos los siglos. Amén.

 

 

                                                                TERCER DOLOR

 

 

EL NIÑO PERDIDO

 

Nos dejó escrito el apóstol Santiago que la per­fección del cristiano está en la virtud de la paciencia; y como Dios nos quiso dar a la Virgen María por modelo de perfección, fue consiguiente que acumulase penas en su alma purísima para que en Ella tuviésemos todo ejemplo que admirar e imi­tar. Ahora bien; uno de los dolores más terribles que padeció en el curso de su vida fue el que va­mos hoya considerar de aquellos tres días que tu­vo perdido a su dulcísimo Hijo.

Poco sienten verse privados de la luz del día los ciegos de nacimiento, pero mucho los que la pier­den después de haber visto y gozado. Del mismo modo, muy poca pena tienen de haber perdido a Dios los infieles pecadores que no le conocen por estar sumidos en las cosas terrenas; pero aquellas almas dichosas que ilustradas de los rayos de la di­vina luz, tuvieron la suerte de experimentar la suavidad del amor divino y los regalos de la dulce presencia del Sumo Bien, ¡qué desconsuelo sien­ten si alguna vez, por sus altos juicios, se les escon­de! Pues como María gozaba continuamente de la dulcísima presencia de su Amado, imaginémonos cuán aguda fue esta tercera espada de dolor, ma­teria del presente discurso.

Cuenta San Lucas el suceso, diciendo que, co­mo acostumbrase Nuestra Señora ir a Jerusalén todos los años a celebrar la Pascua en compañía de Jesús y de San José al volver una vez, siendo ya el Niño de doce años, se quedó en la ciudad, pen­sando la Madre que iba con otra gente. Más cuan­do habiéndose todos vuelto ajuntar vio que falta­ba, se volvió corriendo a buscarle a Jerusalén.

Considérese cuál sería en este caso tan impre­vista su aflicción y congoja, y cómo iría preguntando por todas partes, con más amor y más ansia que la santa Esposa: "¿Quién ha visto a el amado de mi alma?". Mas como nadie le diese razón, diría con mucho más afán y desconsuelo que Rubén, cuando buscaba a su hermano José: "Mi amado no parece, y yo no sé ya qué mas hacer, porque vi­vir no puedo sin él que es todo mi bien y mi teso­ro". Quizá repetiría las palabras de David: Pan me son las lágrimas día y noche, mientras que me pre­guntan: ¿adónde está tu Dios?" Creíble es que aquellas tres noches no durmiese un instante, pasándolas en llorar y pedir al Padre le deparase a su amantísimo Hijo y dirigiendo al Hijo sin cesar suspiros y expresiones sin comparación más tier­nas y sentidas que las de la Esposa: "¿Dónde estás, Hijo mío, dónde estás? Oiga yo tu voz y volaré a tus brazos, y no andaré perdida por más tiempo, y tendrán fin las ansias con que te busco, y hallará de nuevo su tesoro mi corazón".

      Hay quien piensa, con algún fundamento, que este fue de todos su más sensible dolor, porque al fin en los otros siempre tuvo consigo a su querido Hijo, como en la profecía de Simeón y en la huída a Egipto; mas éste lo sufrió apartada de El y sin ha­llarle, por más que le buscaba con tanto afán. "La luz de mis ojos he perdido", repetiría derramando torrentes de lágrimas. “Al Hijo de mi corazón he perdido y no le hallo". Más padeció que todos los mártires. Tres días fueron sólo, pero tres siglos de agonía le parecieron. ¿Quién le había de consolar faltándole su consolador? Y más, de los otros do­lores conoció la ocasión, que de todos fue querer el Señor redimir el mundo por aquel medio; pero de haberle perdido ignoraba la causa, afligida por una parte, de verse privada de su dueño amoroso, y por otra creyéndose indigna, como tan humilde, de poseer tesoro tan rico. “¡Quién sabe -diría tal vez- si le habré servido mal! ¿Si me habrá dejado por alguna negligencia mía?".

Cierto es que para las almas que aman a Dios mucho, no hay mayor pena que el temor de haber­le disgustado, y sin duda por esto de ningún otro se lamentó, sino de éste, quejándose amorosa­mente a Jesús, cuando le halló: "Hijo mío, ¿por qué lo has hecho así con nosotros? Tu padre y yo te he­mos buscado con gran aflicción". Con cuyas pala­bras de ningún modo pretendió reprenderle, blas­femia inventada por los herejes, sino únicamente manifestarle el sentimiento y pena que había teni­do, nacida de entrañable amor.

En prueba de lo penetrante y dolorosa que esta espada fue, pidiendo una vez con instancia la Bea­ta Bienvenida a Nuestra Señora que le diese parte de aquel dolor, y apareciéndosele, al fin, la Madre con el Niño en los brazos, después de permitirle gozar un rato de la vista del hermosísimo Infante, desaparecieron, y fue talla pena de la sierva de Dios que daba voces a la Virgen y le suplicaba por piedad que no la dejase morir. A los tres días se le volvió a aparecer, y entonces le dijo que supiese que el dolor suyo no había sido más que una som­bra del que ella sufrió todo aquel tiempo que estu­vo su Hijo perdido en Jerusalén.

Este gran dolor ha de servir de alivio a las per­sonas privadas de la amorosa presencia del Señor que antes gozaban. Lloren enhorabuena pero sea con paz y resignación, imitando a María y no creyendo que por esto han perdido la gracia de Dios, porque, como dijo el Señor a Santa Teresa: "Nadie se pierde sin conocerlo; nadie se engaña sin que­rerse engañar". Se oculta, pero no se va. Se oculta para ser buscado con más amor, y deseo. Y quién hallarle quisiere, sepa que no ha de buscarle don­de haya placeres mundanos, sino armado de mor­tificación y de cruz, como María le buscó y le en­contró.

En segundo lugar, y principalmente, busquen los pecadores a Jesús, y fuera de Jesús no busquen otra cosa. No fue desdichado Job cuando lo per­dió todo, pues no perdió a Dios, en quien todo lo te­nía. Infelices y muy infelices son las almas que por el pecado han perdido a Dios. Si María derramó tantas lágrimas por verse privada de El sin culpa, ¿qué deben hacer los pecadores viéndose sin la gracia divina? Miren que el pecado quita la vida del alma, que es Dios. Miren que todo es humo, mi­seria y nada fuera de Dios. "¡Ay -dice San Agus­tín-, que muchos, si pierden una bestia, no des­cansan hasta que la encuentran, y habiendo perdi­do a Dios, siguen comiendo y bebiendo sin pena ni cuidado ninguno!"

 

EJEMPLO.-En las cartas anuales de la Compañía de Je­sús, se escribe que en las Indias hubo un joven que, yendo a salir de su cuarto para hacer una cosa mala, oyó que le de­cían: -¿Adónde vas? Detente. Y vuelto, vio que una imagen de Nuestra Señora de los dolores, puesta en la pared, se sacó una de las espadas y le dijo: - Toma esta espada y hiéreme con ella, más bien que herir a mi Hijo con ese pecado. Oyendo estas palabras, el joven se postró en tierra, y muy arrepentido pidió perdón a Dios ya su Madre, con gritos y sollozos, y obtu­vo misericordia y gracia.

 

ORACION.- Virgen benditísima, ¿por qué buscáis a vues­tro amado Hijo con tan grande angustia? ¿No sabéis que resi­de dentro de vuestro mismo corazón? ¿No dijisteis Vos: "Mi amado para mí y yo para mi amado, que vive entre azuce­nas?" Todos vuestros pensamientos, afectos y deseos, tan hu­mildes, tan puros, tan santos, azucenas fragantes son que mueven al Esposo divino a venir a recrearse en vuestro dulce seno. Virgen inmaculada, Vos suspiráis por Jesús, Vos, que no tenéis otro amante. Suspire yo, Señora, y suspiren tam­bién los que no le aman; ¿qué digo amar?, que desdichada­mente le han dejado y perdido. ¡Ay, Madre mía! Si por mi culpa aún no he vuelto a los brazos de mi piadosísimo Salvador, haced Vos que vuelva sin más demora. De todos los que le buscan y desean se deja encontrar. Enseñadme a mí también a buscarle de modo que le encuentre. La puerta sois por don­de se le halla. Hállele yo pronto y a Vos deba yo dicha tan grande. Amén.

 

 

 

 

 

                                                                 CUARTO DOLOR

 

CALLE DE LA AMARGURA

 

      Para que formemos alguna idea del dolor de la Reina del cielo en la muerte de su Santísimo Hijo, lo hemos de medir con su amor. .Como propias sienten las penas de sus hijos las madres, y por eso cuando pidió al Señor la Cananea que librase a su hija del demonio que la atormentaba, sus expre­siones fueron éstas: "Señor, ten misericordia de mí y libra a mi hija del enemigo". Pero ¿qué madre hubo nunca que amase tanto a sus hijos como al suyo amó esta Señora? Era Hijo único, creado con mil afanes, amabilísimo y amante de su Madre, hombre y Dios; y como venido al mundo para en­cender en los corazones el fuego de la caridad, imaginémonos qué llama encendería en el de su santa Madre, tan puro y tan vacío de todos los afectos humanos. Del suyo y el del Hijo había el amor hecho un solo corazón y el conjunto maravi­lloso de esclava y Madre de Hijo y Dios, levantaron en el pecho maternal un amor compuesto de mil amores y un incendio de mil incendios. Pero en la Pasión se convirtieron llamas tan altas en un mar de penas, y tan vehementes, que, en sentir de San Bernardino, todas las del mundo juntas hu­bieran sido menos, porque cuanto con más ternu­ra amó, más honda fue la llaga, especialmente al encontrarle con la cruz a cuestas, yendo a morir al lugar del suplicio, cuarta espada y dolor que va­mos a contemplar.

      Lágrimas abundantes le venían a los hermosos ojos y sudores fríos le corrían por todo el delicado cuerpo cuanto más se acercaba la sagrada Pasión. Llega, por fin, el día tan temido, y habiéndole pedi­do el Señor su licencia y consentimiento para ir a padecer y morir, ella pasó velando y llorando toda aquella noche dolorosísima. A la mañana empeza­ron a venir los discípulos, quién refiriéndole un paso, quién otro, y cada cual más triste, de lo que iba el Señor padeciendo en casa de Anás, de Caifás y de los otros sitios y tribunales. Vino San Juan el último, y trajo la nueva de la injusticia con que le habían condenado a muerte de cruz, y que iba el Cordero inocente camino del Calvario con el grueso madero sobre los hombros. "Ven, Madre Santísima, le diría afligido el Apóstol; ven a dar a tu Hijo el último adiós en la calle por donde ha de pasar para salir al monte".

      Salió con él al instante, y a poco vieron los ras­tros de la sangre dejados por Jesús, que iba ya de­lante. Atravesó la desconsolada Señora una calle­juela para salir al encuentro, y como la conocían los judíos, le dirían, conforme iba pasando, inju­rias contra su Hijo, y quizá también contra ella. ¡Ay, qué pena para la angustiadísima Madre ver llegar el terrible aparato de clavos, martillos, cor­deles y demás instrumentos de muerte! ¡Qué pena el oír publicar de trecho en trecho la sentencia a voz de trompas y pregones! Alza después la vista, y entre sayones y ministros ve venir al Señor con la pesada cruz en las espaldas y tan llagado y ensan­grentado, que apenas le conoció, porque los cuajarones de la sangre y los golpes y cardenales ha­bían desfigurado su divino rostro.

      Mas el amor le reconoció, y entonces se levan­tó en su purísimo corazón una lucha entre el amor y el temor. El amor le estimulaba a que le mirase, pero el temor rehusaba ver aspecto tan lastimoso. Finalmente vence el amor, y se miraron uno a otro. El Señor se limpió de los ojos la sangre cuaja­da y los fijó en su Madre, y la Madre los fijó en su Hijo. ¡Oh, miradas dolorosísimas con que aquellas dos almas amantes quedaron traspasadas como con dos saetas! Cuando yendo a morir el canciller Tomás Moro le salió al encuentro su hija Margari­ta, no pudo la doncella decide más que estas dos palabras: "¡Padre, padre!", y cayó desmayada. Ma­ría no se desmayó, porque no era decente que per­diera el uso de los sentidos, como dice con acierto Suárez, ni el dolor le quitó la vida, porque la reser­vaba Dios para mayor martirio que la misma muerte. Quiso abrazar al Hijo, pero los ministros la desviaron sin miramientos, empujando al Se­ñor para que no se parase. Ella va siguiendo sus pasos. ¿Adónde vais, Señora? ¿Tendréis ánimo pa­ra ver pendiente de un madero al que es la vida vuestra? "No vengáis, Madre mía (podemos con­templar que le dijo interiormente el Señor), por­que si estáis allí presente, mi suplicio os d ara más tormentos y el vuestro a mí". Bien lo consideraba; pero, no obstante, se esfuerza y camina siguiendo a su Amado para ser crucificada juntamente con EL.

      Pues si; como dice San Juan Crisóstomo, aun de las fieras tenemos compasión; si nos da lástima la leona que va tras el leoncillo llevado al matade­ro, ¿no la hemos de tener de esta Madre angustia­da viéndola ir tan cerca del Cordero de Dios cuan­do le llevan al sacrificio? Sí, compadezcámonos de sus dolores y de los de su Hijo, nuestro amantísi­mo Redentor, acompañándole y ayudándole a lle­var la cruz, con sufrir la nuestra pacientemente, pues si en las otras penas y pasos de su sagrada Pa­sión no admitió compañía, a llevar el madero de la cruz quiso le ayudase un hombre para que enten­diésemos que la suya sola no nos basta, sin la nuestra, para alcanzar la salvación.

 

      EJEMPLO.-Se apareció una vez nuestro Señor a Sor Dionisia, monja florentina y le dijo: Piensa en Mí y ámame, que Yo pensaré en ti y te amaré; pero al mismo tiempo le presentó una cruz en medio de un mazo de flores, significando que con los consuelos de los Santos va siempre en este mun­do la cruz en compañía. Con la cruz se unen a Dios las almas. Bien lo comprueba el ejemplo de San Jerónimo Emiliani, que, como siendo soldado y hombre muy vicioso, le encerrasen sus enemigos en una torre, afligido de esta tribulación y alumbrado con la luz del cielo, acudió a Mana Santísima, y con su favor enmendó la vida y empezó tan santamente la ca­rrera de la virtud, que continuándola con gran fervor y ade­lantándose cada día más, llegó a merecer que le mostrase Dios en el cielo el trono de la gloria que le terna preparado. Fundó la religión de Somasca, murió en olor de santidad y ahora le veneramos en los altares.

 

      ORACION.-Madre angustiadísima, por el dolor que sen­tisteis al encontraras con vuestro Hijo en la calle de la Amar­gura, os ruego que me alcancéis del mismo Señor la gracia de llevar con paciencia las cruces que ahora me envía y las de­más que me quiere dar de su mano piadosa. Feliz de mí, si con ellas logro acompañaras hasta la muerte. Mucho más pesa­das fueron la vuestra y la de vuestro Santísimo Hijo. No rehusó yo abrazar la mía, ya que por mis delitos he merecido tan­tas veces el infierno. Virgen inmaculada, de Vos espero áni­mo y fortaleza para sobrellevar las tribulaciones de esta mi­serable vida, y con la virtud de la perseverancia conseguir fi­nalmente los premios eternos de la otra. Amén.

 

 

 

 

QUINTO DOLOR

 

MUERTE DE JESUS

 

      Un nuevo género de martirio hemos de consi­derar ahora: una madre precisada a presenciar, entre tormentos atroces, la muerte de un hijo ino­cente y amado con todas las fuerzas de su alma. Dice San Juan, que estaba cerca de la cruz, y en tan pocas palabras lo dice todo. En tan pocas pala­bras entendemos que nunca hubo dolor semejan­te a su dolor. Vamos con la consideración a medi­tar en el Calvario esta quinta espada de su apena­do corazón.

      Luego que llegó el Salvador al lugar del supli­cio le quitaron los sayones, y tendiéndole en el madero de la cruz, le clavaron de pies y manos en ella, con clavos romos, para más tormento, como con­templa San Bernardo, levantada en alto y metida y afirmada en un hoyo, y así le dejaron desangrar­se y padecer hasta morir. Su madre no le abando­nó, antes entonces se puso más cerca, esperando su muerte. ¡Ay, Madre honestísima! ¿Qué es lo que hacéis? Si no la ignominia, que al fin, como madre, cae en vuestra persona, retráigaos el horror de tan gran maldad, cual es que muera Dios a manos de sus mismas criaturas. Pero vuestro forzado cora­zón no miraba la pena propia: miraba la Pasión y muerte del Hijo tan amado, y le estabais acompa­ñando para que a lo menos tuviese en aquella ho­ra quien se compadeciese de sus dolores. ¡Madre amante! ¡Madre verdadera, a quien no pudo apar­tar del Hijo moribundo ni aun el espanto de muer­te tan cruel!

     ¡Qué espectáculo tan doloroso era verle encla­vado y agonizando, y a la Madre al pie del patíbulo, agonizando igualmente y sufriendo junto con El todas aquellas penas! Estaba el Señor estirado en la cruz con terrible agonía, entornados, hundidos y casi muertos los ojos, consumidos los carrillos y pegada la piel a los dientes, caídos los labios, abier­ta la boca, afilada la nariz, tristísimo todo el sem­blante, inclinada la cabeza, sumido el vientre, em­papados los cabellos de sangre, rígidos y helados los brazos y piernas, cubierto de llagas y sangre to­do el cuerpo.

      Todas estas penas las padecieron los dos, y en tal manera, que quien se hubiese hallado entonces en el monte Calvario, hubiera visto dos altares en que se ofrecían dos holocaustos: uno del cuerpo de Jesús y otro del Corazón de María. O bien el só­lo altar de la Santa Cruz en que se estaba sacrifi­cando el Cordero de Dios, y con El unida su Ma­dre. “¿Dónde os halláis, Señora? -le pregunta San Buenaventura-. ¿Al pie de la cruz?" Más bien en la cruz, porque lo que hacían los clavos en el cuer­po adorable del Salvador, eso hacía el amor en vuestro Corazón atormentado. Muchas madres, por no ver morir a sus hijos, se alejaron de su vista a la última hora; y si alguna, esforzándose le acompaña y asiste, procura por todos los medios aliviarle las ansias y congojas, le compone la cara, le tiene, le da confortativo, y así entretiene y con­forta su propio dolor. Pero Vos, ¡Oh, Madre la más afligida de todas las madres!, Vos asistís a la ago­nía de vuestro Santísimo Hijo y no se os concede darle el menor alivio. Le oyó clamar que tenía sed, y no le permitieron que le diese un sorbo de agua con que refrigerársela, como no fuese la de sus lá­grimas. Le veía tendido en aquel madero y colga­do de tres garfios de hierro, y queriendo acercarse para que a lo menos muriese arrimado a su pecho maternal, no le fue posible. Advertía que el afligi­do Señor estaba con la vista buscando quien en al­go le consolase, y en lugar de consuelo, de todos lados le decían nuevos dicterios, insultos, burlas y blasfemias, como que todos eran sus enemigos, y otras tantas espadas para el corazón de la Madre. Más crecieron sus penas cuando le oyó lamentar­se del abandono en que su Padre le dejaba así pa­decer, con aquellas palabras tan sentidas que a la triste Señora no se le borraron de la memoria todo lo restante de la vida. Por todas partes le veía lleno, de tribulación y amargura, sin poderle aliviar en nada. Y más que todo la afligía conocer que ella misma, con su presencia y sentimiento, se las au­mentaba, porque las angustias de la Madre iban a parar al corazón del Hijo; y aun se puede casi decir que padecía más el Señor de verla padecer que de sus  propios dolores, así como la Madre, viéndole de aquel modo morir, vivía sin poder morir.

      Reveló el Señor a la beata Juana Bautista de Camerino, que cuando estaba ya para morir, fue tanto lo que le entristeció ver al pie de la cruz a su querida Madre, que de la compasión que tuvo de ­ella murió sin consuelo ninguno. Y conociendo la Beata algo de lo que esto fue, clamaba y decía: "Dios mío, no me digáis más, que la pena me aho­ga”

      Grande admiración causaba en los presentes el silencio de Madre tan afligida y agraviada, porque nadie ovó de su boca una queja. Pero si calla­ban los labios, no callaba el corazón, pues estaba ofreciendo a la divina justicia la vida de su adora­do Hijo por el remedio del mundo. Con el mérito de su padecer, cooperó a damos la vida de la gra­cia, y así somos hijos de sus dolores. Y si algún ali­vio tuvo entrada en aquel mar de penas, fue saber que con ellas nos daba vida sin fin. En efecto: las últimas palabras que el Redentor le dijo desde la cruz fueron encomendamos por hijos suyos en la persona de San Juan, cuyo oficio amoroso empe­zó a ejercer al instante; convirtiendo y salvando al ladrón con la eficacia de sus ruegos, pagándole también así, como dicen algunos autores, el buen tratamiento que le hizo siendo salteador de cami­nos cuando iban fugitivos a Egipto. Otro tanto ha hecho siempre y sigue haciendo con muchos pe­cadores.

 

      EJEMPLO.-Prometió al demonio un joven de la ciudad de Perusa que le entregaría el alma, con tal que le facilitase modo de cometer cierto pecado. Lo cometió, y, queriendo el diablo que le cumpliese la palabra, le llevó a un pozo para que se echara en él, amenazándole, si no lo hacía, de llevarlo al infierno en cuerpo y alma. Creyendo el joven que ya no podía escapar de aquellas malditas manos, se subió al brocal para arrojarse dentro; pero, atemorizado de la muerte dijo al enemigo que le faltaba el ánimo de tirarse, y así que le empujara él si quería que se ahogase. Tenía el mozo al cuello un escapu­lario de Nuestra Señora de los Dolores, y el diablo le dijo que se lo quitase y le daría el empujón. Pero él, conociendo ya en esto la virtud del escapulario, no se 10 quiso quitar, por lo que, después de altercar mucho, huyó, al fin, confuso, el enemigo, y agradecido el pecador a la Madre Santísima, fue a darle rendidas gracias, arrepentido del crimen y de todos sus extravíos, y mandó colgar por voto la tabla pintada de aquel favor en el templo de Nuestra Señora la Nueva de Perusa.

 

     ORACION.-Madre afligidísima, y la más angustiada de todas las madres; justa y muy justa causa tenéis para llorar la muerte de vuestro Hijo Santísimo. ¿Quién podrá consolaros? Si de consuelo puede serviros alguna cosa, es el pensamiento de haber, con su muerte, vencido al infierno, abierto el paraí­so y ganado innumerables almas. Desde aquel trono de la cruz reina y reinará en tantos corazones que, atraídos de la dulzura de su amor, se abrazarán con El y le servirán con leal­tad y perseverancia. Permitidme también a mí, Señora, acercarme a Vos y acompañaros en vuestro llanto, porque habiéndole ofendido innumerables veces, tengo más que nadie razón para llorar. Madre de misericordia, por la muerte pre­ciosa de mi amante Redentor y el mérito de vuestros dolores, espero confiadamente perdón de mis pecados y la salvación de mi alma. Amén.

 

 

 

 

SEXTO DOLOR

 

LANZADA Y DESCENDIMIENTO DE LA CRUZ

 

      Lágrimas abundantes son menester ahora pa­ra acompañar a la Reina del cielo en este nuevo dolor o muchos dolores, porque si antes iban las penas martirizando su santísimo Corazón una después de otra, ahora parece que todas juntas le han asaltado. Vamos a contempladas con toda ternura y devoción.

     Basta decir a una madre que ha muerto su hi­jo, para que más se le inflame y renueve todo el amor materno, y tanto, que alguna vez, como es­pecie de consuelo, los que le dan el pésame le recuerdan los disgustos que de él recibió. Pero en Vos, Señora, no tiene lugar esto; siempre os respetó, siempre os obedeció, siempre os amó vuestro Hijo. ¿Quién podrá, pues, decir adónde llega vues­tra aflicción? Decidlo Vos, si es posible.

      Muerto que fue el Redentor divino dice un au­tor devoto, que lo primero que hizo interiormente la Madre piadosa fue acompañar el alma de su Hi­jo, y presentada en manos del Padre, diciendo: “Padre, os presentó el alma santísima de vuestro Hijo y mío, y pues que os ha sido obediente hasta morir, recibidla en vuestros brazos amorosos. Sa­tisfecha queda vuestra divina justicia, cumplida vuestra soberana voluntad y consumado el gran sacrificio digno de vuestra gloria". Volviéndose después a mirar el cadáver sacrosanto, dijo así: "¡Oh, llagas preciosas, llagas de amor! Os reverencio, adoro y ensalzo porque por medio vuestro se ha redimido el mundo, y desde hoy quedaréis abiertas para ser consuelo y refugio de cuantos a Vos recurrirán. ¡Cuántos por vuestra virtud han de alcanzar perdón! ¡Cuántos contemplándolas, se han de inflamar en el amor del Sumo Bien!"

      Quisieron los judíos que se quitase pronto el cuerpo de la cruz, para no tener a la vista cosa tan triste y funesta el sábado siguiente, que era fiesta solemne; pero como antes de expirar no se permi­tía bajar del patíbulo a ningún ajusticiado, para que muriese presto vinieron unos hombres con masas de hierro y rompieron las piernas a los dos ladrones. Seguía llorando la madre, cuando vio los venir hacia la cruz del Salvador, y se espantó; mas después les rogó muy humildemente que, pues ya estaba muerto su querido Hijo, no le hiciesen aquella nueva injuria ni añadiesen otro dolor a tan desconsolada Madre. Mas, ¡ay!, que mientras esto decía, se ve por otra parte a un soldado, que enris­trando la lanza, la vibra y dirige con ímpetu al cuerpo del Señor, y con ella le pasa y abre el santí­simo costado. Tembló la cruz, y quedó traspasado el Corazón divino saliendo de él con un poco de agua, las últimas gotas de sangre, con que nos qui­so dar a entender que no le quedaba ninguna más que derramar por nosotros.

      La injuria se hizo al Señor, pero el dolor fue pa­ra el corazón de la Madre; y, en sentir de los Santos Padres, esta fue propiamente la espada que profe­tizó Simeón, no de hierro sino de la pena con que fue herida y martirizada su alma pura y santa en el corazón de su Hijo, donde moraba; de tal mane­ra, que para no morir entonces fue menester un milagro de la omnipotencia divina; que, al fin, en los otros dolores tuvo quien de ella se compade­ciese, es decir, a su amoroso Hijo; pero aquí no.'

      Pues temiendo la dolorida Madre nuevos sar­casmos y baldones, suplicó a José de Arimatea ir a casa de Pilatos y pedirle el cuerpo difunto para lle­várselo consigo y librarle de nuevos ultrajes. Hizo lo José, y expuso al presidente el gran desconsuelo de aquella Madre afligida; con lo cual dicen que se enterneció y accedió a la demanda.

      Le bajan, pues, de la cruz los piadosos varones. Ahora, Virgen purísima, os volverán al Hijo, aquel Hijo que Vos disteis al mundo por nuestra salud. Pero, "¡ay, mundo ingrato, diría entonces esta Se­ñora, en qué estado y sazón me lo restituyes! Era el más hermoso de los hijos de los hombres, y tú me lo devuelves muerto, cárdeno, denegrido y desfi­gurado. Con su gracioso aspecto enamoraba los corazones, y ahora causa lástima el mirarle". En fin, cuantas eran las llagas y cardenales, otras tan­tas espadas herían y martirizaban el pecho mater­nal.

      Para bajarle arrimaron escaleras los santos va­rones, y primero desclavaron las manos, después los pies, y uno de ellos entregó los clavos a la Ma­dre Santísima. Unos arriba sostenían el cuerpo; otros abajo; y un autor dice que la misma Virgen, levantada en la punta de los pies, tendió los brazos ¡en alto, y recibiendo en ellos el cuerpo de su Hijo, se sentó con el abrazada al pie de la cruz. Mira con gran dolor abiertos aquellas labios purísimos, y los ojos sin vida; va contemplando todos los miem­bros despedazados, y por las heridas descubiertos los huesos, le quita la corona de espinas, ve atrave­sada la cabeza santísima, y exclama de este modo: "¡Oh, Hijo mío! ¡A qué estado tan lastimoso te ha traído el amor de los hombres! ¿Qué mal han reci­bido de Ti, Hijo mío, mi pena y desconsuelo?, mí­rame, háblame, y consuela a tu afligida Madre. Pe­ro, ¡ay, que no hablas! ¡Ay!, que no respiras. Espinas atroces! ¡Clavos y lanza cruel! ¿Cómo así habéis podido atormentar a vuestro Creador? Mas no las espinas y los clavos: vosotros, pecadores, vosotros habéis sido".

      Así lloraba entonces esta Madre afligida; así se lamentaba de nuestra crueldad. Pero si ahora fue­se capaz de dolor, ¿qué diría?, ¿cómo se quejaría? ¿Cuánta seria su pena viendo que siguen los hombres crucificando y despedazando a su precioso Hijo?

      Pues desistamos de atormentada ya y si hasta hoy la hemos tanto martirizado con ofender a Dios, oigamos ya sus gemidos y mostrémonos dó­ciles a lo que ella misma nos está diciendo: “Venid

pecadores: venid al Corazón llagado de mi dulcísi­mo Hijo, apelad del tribunal riguroso al ara de la Cruz, del Juez al Redentor, llegad contritos y que­daréis perdonados..." Con los brazos abiertos expiró, y cuando ya depuesto del madero santo, le re­cibió la Madre en su regazo, le cerró los ojos, pero no le pudo cerrar los brazos, con lo que el Reden­tor piadoso nos quiso dar a entender que era su voluntad conservados abiertos para acoger en ellos a todos los pecadores arrepentidos.

     Vengan todos, vuelve a decir Maria, que esta es la ocasión de quedar perdonados y reconciliados. No es tiempo ya de temer, sino de amar, pues por amar ha sufrido la muerte. Herido ha quedado su Corazón amoroso del amor invisible. Nos dio su Corazón, justo es que nosotros le demos el nues­tro. Añadamos, para concluir, que si no queremos ser desechados del Corazón divino, hemos de ir con María. Así nos recibirá benignamente, como lo comprueba el siguiente.

 

     EJEMPLO.-Cuenta cierto discípulo que hubo un hombre de tan mala vida, que entre otros delitos, había matado a su pa­dre y a un hermano suyo, y andaba por esto fugitivo de la jus­ticia. Entró en una iglesia, y oyendo un sermón de la miseri­cordia de Dios, se fue llorando a los pies del confesor. Este, oyendo tantos crímenes, le mandó que fuese delante de una Virgen de los Dolores a pedir más dolor y alcanzar remisión de sus pecados. Va, se pone de rodillas al pie del altar, empieza su oración y, dando gemidos, cae a poco en tierra y queda muerto repentinamente. Al otro día, estando el predicador encargando a su auditorio que pidiesen por el alma de aquel hombre, vino volando una paloma, que del pico dejó caer a los pies del sacerdote una cédula, en la cual estaban escritas estas palabras: "Apenas salió del cuerpo el alma del difunto de ayer, subió derecha al cielo; sigue tú predicando y ensal­zando la misericordia divina".

 

      ORACION.- Virgen dolorosa, espejo de virtudes, y mar de todas las penas, pues, que las unas y las otras trajeron su principio del amor abrasado que tuvisteis a Dios; compade­ceos de mí, pecador miserable, que lejos de haberle amado como debía, le ofendí millares de veces. Gran confianza me inspiran vuestros dolores, y por ellos os pido, no sólo miseri­cordia y perdón, sino también amar al Señor en adelante con todos los afectos del alma. Nadie mejor que Vos me puede al­canzar esta gracia; Vos, que sois la Madre del Amor hermoso. A todos los acogéis, a todos los amparáis y favorecéis; aco­gedme también a mí y os bendeciré para siempre. Amén.

 

 

 

 

SEPTIMO DOLOR

 

SEPUL TURA DEL SEÑOR Y SOLEDAD DE LA

VIRGEN

 

      No hay duda que una madre siente en su cora­zón todas las penas de su hijo si le ve sufrir y morir; pero una de las mayores es cuando llega la hora de la despedida y separación para ser enterrado. Esta pena y agudísima espada de Nuestra Señora, nos queda todavía que contemplar.

      Para ello volvamos de nuevo con la considera­ción al monte Calvario, en que la dejamos abrazada con el cuerpo muerto de su divino Hijo, a quien diría con gran sentimiento: "¡Hijo, de mi corazón! ¡Cuán diferente de lo que fuiste te ven ahora mis ojos y te estrechan mis brazos! Aquellas tus gra­ciosas miradas, y dulces palabras, muestras apaci­bles de tierno amor, y los favores singulares que de Ti recibía se me han trocado en otras tantas saetas de dolor, y cuanto más encendían tantas gracias de cariño en mi pecho maternal, con más fuerza me dan a' sentir ahora la pena de haberte perdido, pues perdiéndote a Ti lo he perdido todo, porque tú eras mi hijo, mi padre, mi esposo, mi vi­da y mi alma".

      Así, con El estrechamente unida, se estaba des­haciendo de aflicción y amargura; por lo cual, temerosos los discípulos que se le acabase allí la vi­da, determinaron de quitárselo pronto de los brazos y darle sepultura. Se acercan, pues, con piado­sa y reverente violencia se lo apartan del regazo materno, y embalsamándole con especies aromá­ticas, le envuelven en una sábana, dispuesta para el caso, donde tuvo a bien el Señor dejar estampa­das las señales de su sagrado cuerpo. De esta ma­nera le toman en hombros y empiezan a caminar, acompañados de las jerarquías celestiales, segui­dos de las piadosas mujeres y en medio de la San­tísima Virgen. Cuando llegaron y ya se disponían para dar al santo cuerpo sepultura, ¡de cuán bue­na gana se hubiera quedado la Madre sepultada con El! Pero como no era ésta la voluntad divina, dicen que, a lo menos, quiso entrar y ver el hueco en que lo habían de poner, donde también dejaron los clavos y las espinas. Al ir a levantar la gran losa que le habría de cubrir, dirían los discípulos: l/Se­ñora, miradle por4ra'postrera vez, y dadle el último adiós". "¡Ay, querido mío! -exclamó-. ¡Recibe de tu angustiada Madre la última despedida, junto con estas lágrimas, y quede aquí mi corazón ence­rrado contigo!"

      Finalmente, ponen la piedra y dejan sepultado aquel cuerpo divino, que es el mayor tesoro del cielo y de la tierra.

      Hagamos aquí una reflexión antes de pasar adelante.

      Si dejó esta señora su corazón donde tenía su tesoro, no pongamos el nuestro nosotros en el lado de las criaturas, sino entreguémoslo entera­mente al amabilísimo Jesús, que, aunque después de haber vivido en la tierra con los hombres se vol­vió a los cielos, se quedó también glorioso en el Santísimo Sacramento para estar de continuo en nuestra compañía y poseer como dueño nuestros corazones.

      La Virgen sacrosanta, antes de retirarse del se­pulcro, bendijo la sagrada losa, diciendo así: “Piedra afortunada, que ahora encierras al que yo tu­ve dentro de mis entrañas: te bendigo mil veces y te encargo le guardes cuidadosamente", Después, alzando al cielo la voz y los afectos del alma, dijo así: “Padre celestial, en vuestras manos queda este divino tesoro, Hijo de vuestras complacencias e Hijo de mi Corazón". Mira de nuevo el sepulcro, se despide otra vez del Hijo querido, y se vuelve con aquel triste acompañamiento, tan llorosa y tan de­solada, que movió a lágrimas a muchos de los que la vieron pasar, y los mismos discípulos y personas del séquito lloraban ya más de la pena y quebran­to de la Madre que de la muerte del Señor. Las pia­dosas mujeres le echaron encima un manto ne­gro, y al pasar delante de la cruz, bañada todavía con la preciosa sangre, se postró en tierra, y fue la primera criatura que adoró aquel santo madero, diciendo de este modo: "¡Santísima Cruz! Yate adoro y beso devotamente, pues, ya no eres leño infame, sino trono del amor y altar de misericor­dia, consagrado con la sangre del Cordero, que quita los pecados del mundo, sacrificado en ti por la salud del género humano".

      Luego que llegó a su pobre morada, volvió a to­dos lados la vista, y no viendo a su dulcísimo Hijo, se le representaron vivamente los hechos y ejem­plos de vida tan santa, la dulce memoria de aque­lla noche gloriosa de su sagrado nacimiento, los regalados abrazos que le dio en su seno maternal, las conversaciones íntimas y suaves por tantos años en la casa de Nazaret, el tierno amor con que mutuamente se correspondían, las miradas amo­rosas y las palabras de vida eterna que salían de su boca divina. Pero después se le volvió a renovar con mayor sentimiento y viveza la dolorosa trage­dia de aquel día triste, los clavos, espinas y llagas profundas, las carnes despedazadas, los huesos descarnados, la boca sedienta y los ojos obscure­cidos y muertos. ¡Qué noche tan amarga!

      Preguntaba al amado discípulo: "Juan ¿dónde está tu divino Señor y Maestro?" Preguntaba a la Magdalena: "Hija, ¿dónde está tu Amado? ¿Quién nos ha quitado nuestro único bien? ¿Quién nos ha puesto en tan amarga soledad?" Lloran sus ojos virginal es; lloran todos con ella. Y tú alma, ¿qué haces? Dile por fin: "Señora, yo soy quien debo llorar, y no Vos: yo"'soy el reo y Vos inocente. Permi­tidme que siquiera os acompañe en vuestro llanto y soledad: Fac ut tecum lugeam Vuestras lágri­mas nacen de amor. Broten las mías de la fuerza del dolor y arrepentimiento de mis pecados". Estos y otros afectos semejantes le has de decir con los labios y el corazón. Haciéndolo así, puedes es­perar la muerte dichosa que oiremos referida en el ejemplo que sigue:

 

      EJEMPLO.-Cuenta el P. Engelgrave de un religioso tan atormentado de escrúpulos, que le ponían a veces en las puertas de la desesperación; pero se valía del favor de la Viro gen de los Dolores, de quien era muy devoto, y con la contem­plación de las penas de la soberana Señora, sentía que las su­yas se le aliviaban. Así pasó la vida, y llegó a la hora de la muerte, en la cual le apretaba el demonio con más violencia y encono que nunca; pero cuando más sufría el buen religioso y más en peligro estaba de desesperarse, he aquí que se le aparece María Santísima, diciéndole estas dulces palabras: “Hijo mío, ¿por qué te consumes de angustia y dolor, tú que tantas veces me consolaste a mí? Ea, alégrate, pues me envía mi divino Hijo a que ahora yo te consuele. Llegó para ti la ho­ra dichosa. Vente conmigo al cielo". Con cuyas suavísimas palabras disipaba en un punto toda la borrasca, y lleno de jú­bilo, entregó el alma en manos de su querida Madre para ser feliz eternamente.

 

      ORACION.-Madre dolorosa, tengo yo la dicha de acom­pañaros en vuestras penas, juntando con vuestras lágrimas las mías, con memorias continua y tierna devoción de la Pasión de Jesús y la vuestra, para que consagre todo el tiempo que me reste de vida, esperando confiadamente que en la hora de mi agonía ellos me darán  fuerzas y aliento para no desesperar de mi salvación a vista de los muchos pecados con que tengo a Dios ofendido, Por los dolores de uno y otro confío alcanzar perdón, perseverancia y gloria, donde con Vos, Madre amorosa, cantaré para siempre las misericordias de Dios. Amén.

 

 

 

DISCURSO OCTAVO

 

 

LA ASUNCION

 

 

      En estos días celebra la Iglesia en honor de Ma­ria Santísima, la fiesta  de su dichoso tránsito y glo­riosa Asunción a los cielos, que nos dan materia para dos discursos. Hablemos primero de su feli­císimo tránsito, considerando cuán preciosa fue su muerte.

      1º Por las circunstancias que la acompañaron.

      2° Por el modo con que murió.

      Siendo la muerte pena del pecado, no parecía que la Madre de Dios, limpia y pura de todo pecado, debiese morir, por no haberle alcanzado la desgracia de los hijos de Adán, inficionados con la ponzoña de la primera culpa. Pero queriendo Dios que en todo fuera semejante a su Hijo, y habiéndose dignado el Señor sujetarse a morir, convino que su Madre Santísima muriese también. Quería  Dios igualmente dar a los justos un ejemplar de la muerte preciosa con que han de salir de este mun­do, a cuyo fin ordenó que fuese dulce y feliz la de esta Virgen inmaculada.

     Pues, consideramos primeramente las cir­cunstancias o prerrogativas singularisimas con que la suya vino acompañada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

talmente la visión por volveros a ver, ¡oh dulcísima Madre!, porque así quedaré prendado de Vos-. En efecto: se le apa­reció la benignísima Señora, y como a nadie sabe hacer nun­ca mal, lejos de quitarle del todo la vista, se la restituyó en­teramente, y así por todos los títulos fue completo el favor.

 

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      ORACION.-Señora gloriosísima, desde este valle de lá­grimas levantamos humildemente el corazón al cielo y os ve­neramos humildemente ensalzada en ese trono de tanta grandeza, alegrándonos de la gloria de que fuisteis colmadas por mano del Señor. Ahora no os olvidéis de vuestros siervos pobres y desvalidos, sino dignaos volver hacia aquí vuestros ojos de misericordia, y, pues que os halláis tan cerca de la fuente, fácil os será conseguir que llegue hasta nosotros alguna parte de tanto bien. Alcanzadnos la gracia de ser en esta vi­da siervos vuestros fieles y leales, para que algún día suba­mos a bendeciros en el cielo, a cuyo fin nos consagramos a Vos en este día, en que fuisteis constituidas y proclamada Rei­na del universo. No me desecharéis, porque en medio del go­zo y triunfo tan solemne, no dejáis de ser nuestra Madre. ¡Ma­dre dulcísima, Madre amabilísima! A muchas personas veis hoy pidiendo a vuestros pies prosperidades en la tierra, salud, fortuna, buena cosecha, salir de un pleito con felicidad: pero nosotros os pedimos favores de vuestro mayor agrado. Pedi­mos humildad, desapego del mundo, resignación, temor de Dios, buena muerte, salvación eterna. Ea, Señora, trocadnos de pecadores en justos; haced este milagro, para Vos más glo­rioso que dar a mil ciegos la vista y a mil difuntos la vida. Sois, con Dios, todopoderosa, sois Madre suya, sois la más amada de su corazón y estáis llena de gracia. ¡Oh, princesa hermosísima! No pretendemos veros en esta vida, pero en el cielo sí. Vos nos habéis de alcanzar esta dicha. Así lo esperamos con toda confianza. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TERCERA PARTE

 

DE LAS VIRTUDES DE MARIA SANTISIMA

 

 

      Dice San Agustín, que para merecer la protec­ción de los Santos, los hemos de imitar, porque viendo copiadas las virtudes en que más cada uno resplandeció, más se mueven a pedir por noso­tros. En particular, la Reina de todos los Santos, que es nuestra mayor y mejor abogada, después que ha sacado un alma de las garras de Lucifer, y reconciliándola con Dios, pide que la imite aquella alma libre, porque si en las costumbres no se le pa­rece, no seguirá enriqueciéndola con sus benefi­cios. Esta es la razón de que tanto ame y llame di­chosos a los que siguen sus hullas; que muy cier­to es que el que ama se asemeja o procura aseme­jarse al amado, según el proverbio. Ni hay obse­quio más grato que la imitación  ni se puede nadie tener por verdadero hijo de María, sino el que pro­cura vivir como ella vivió. Haga pues, todo hijo por imitar a tan amorosa Madre, si desea lograr sus caricias. Sea con ella buen hijo, y ella será con él buena Madre.

      Hablando ahora de sus virtudes, aunque poco dejaron escrito los Evangelios, basta que asegura­sen que estaba llena de gracia, para que entenda­mos que todas las poseyó y en el grado más heroi­co y perfecto a que se puede llegar; de modo que, como dice Santo Tomás, habiendo sido los otros Santos excelentes en alguna virtud particular, María en todas lo fue, y de todas la puso Dios a los fieles por ejemplar y modelo. Y como los Santos Padres enseñan que la humildad es el fundamen­to de todas, veamos primeramente lo grande y ad­mirable que fue la humildad de María.

 

§ 1º. -Humildad de María        

 

      Fundamento y guarda de todas las virtudes lla­man los Santos a la humildad, porque sin ella no hay en alma ninguna virtud; aunque todas las po­sea, todas faltarán al punto que la humildad se ausente y le falte. Así como, al contrario, tanto es lo que Dios estima la santa humildad, que donde quiera que la ve, allí corre al instante a complacer­se con ella. Antes de la venida del Hijo de Dios al mundo no se conocía por acá tan hermosa y nece­saria virtud; pero habiendo venido a enseñarla con su ejemplo, quiso que en ella mayormente le imitásemos, diciéndonos que de El aprendamos a ser mansos y humildes de corazón. Conforme a esto, habiendo sido María en todas las virtudes la mejor discípula de Jesucristo en la humildad lo fue, por consiguiente, y así mereció ser más ensalzada que ninguna de las criaturas. Aun desde niña fue la humildad la primera y principal virtud en que más se esmeró.

      Especificando ahora los diversos actos de tan preciosa virtud, primero es sentir el humilde baja­mente de sÍ, y María tuvo siempre de sí misma tan bajo concepto, que a nada se prefirió jamás. "Con uno de sus cabellos, le dice el Esposo en los Canta­res, que le hirió amorosamente el corazón", y por el cabello cosa tan delicada y sutil, dicen los intér­pretes que se entiende la humildad y baja estima que tuvo de sí misma la honestísima Virgen; no que se reputase por pecadora, antes bien conocía no haber ofendido nunca a Dios, porque la humil­dad es verdad, como dice Santa Teresa ni que de­jase de entender que había recibido de la mano di­vina más gracias y favores que las demás criatu­ras, siendo muy cierto que el corazón humilde co­noce, para humillarse, los favores especiales que Dios le dispensa, sino que, viendo con la abundan­cia de soberana luz que tanto ilustraba su entendi­miento la infinita grandeza y bondad de Dios, veía también su propia bajeza y nada, humillándose tanto más y diciendo con la Esposa: Nolite me con­siderare quod fusca sim, quia decoloravit me sol. No repararéis en que soy morena, pues que me tostó el sol. Así como cuando a una pobre le ponen un rico manto de tisú de oro, que, lejos de envane­cerse, más se humilla entonces delante de su bien­hechora, acordándose mejor de su pobreza, así María, cuanto más rica se consideraba, más hu­milde era viendo que todo venía graciosamente de la mano del Señor. No hubo, pues, criatura más ensalzada, porque nunca la hubo más humilde.

      Otro de los actos de esta virtud es tener ocultos los dones celestiales, y así vemos que María quiso ocultar a su santo esposo el misterio de su divina maternidad, aunque parecía necesario que se lo descubriese, a lo menos, para librarle de entrar en sospechas contra su honestidad cuando la viese encinta: cosa que realmente puso en gran confu­sion al Santo Patriarca, no pudiendo por una par­te, dudar de lo que sus mismos ojos veían, ni acer­tando, por otra, dar ninguna culpa a doncella tan querida y tan pura; tanto que si por orden de Dios no le hubiese revelado un ángel aquel soberano misterio, determinado estaba ya a dejarla y sepa­rarse de ella.

     Otro de los actos de] verdadero humilde es no querer las alabanzas que se le dan, sino referirlas

todas; a Dios como hizo Maria cuando a los elogios que le daba el Arcángel San Gabriel quedó tan tur­bada, .y cuando su prima Santa Isabel la ensalzó tanto, llamándola bendita entre todas las mujeres, bienaventurada en haber dado crédito a las pala­bras del Señor, y admirándose grandemente de que, siendo ya Madre del mismo Dios, hubiese venido en persona a visitarla. De todas estas cosas atribuyó todo el honor al Altísimo, respondiendo con aquel cántico divino del Magnificat, como si claramente hubiera dicho: “Isabel, tu me alabas a mí, pero yo alabo al Señor, a quien solamente se debe la alabanza y gloria; tú te admiras de que venga yo a ti, y yo admiro la divina bondad, en quien sólo se regocija mi espíritu; tú me ensalzas por haber creído, y yo ensalzo al Señor por haber mirado mi bajeza, levantándome de la nada". ¡Oh humildad verdadera, humildad dichosísima! Esta fue la que nos trajo a Dios, nos libró de la muerte eterna y nos abrió los cielos.

       Propio es también de los humildes ofrecerse a cualquier obsequio y servicio, por lo cual visitó y sirvió María a su prima Isabel tres meses con mu­cho amor y gozo.

      Busca también el último lugar, como cuando la misma Virgen, según refiere San Mateo, no quiso entrar en aquella casa donde predicaba su Hijo, así como en el Cenáculo escogió también el último puesto, y en el último la pone San Lucas, no por­que dejase de conocer el Evangelista el mérito de la Madre para nombrarla primero que a los de­más, sino por habiéndola puesto la última de to­dos, los nombra por el orden con que allí estaban.

      Además, los humildes quieren ser desprecia­dos, y por esto no leemos que acompañase al Salvador el día en que entró en Jerusalén con palmas y olivas, pero sí en el monte Calvario, donde, como Madre de quien moría en una cruz con voz de in­fame y criminal, había de ser por consecuencia también infamada y menospreciada.

      Un asomo o vestigio de tan estupenda humil­dad dio a conocer el Señor en un éxtasis a la venerable Sor Paula de Foligno, y dando ella cuenta de aquel rapto a su confesor, decía como pasmada: "¡Ah, Padre, la humildad de la Virgen, la humildad de la Virgen! No hay en el mundo ni un viso que con la suya se pueda comparar". Y otra vez puso el mismo Señor delante de Santa Brígida otra repre­sentación semejante, que fue la figura de dos se­ñoras, una con gran fausto y vanidad, que repre­sentaba la soberbia, y de la otra le dijo: "Esta que ves con la frente inclinada, los ojos modestos, con Dios en la mente, tan afable, y que al mismo tiem­po se tiene en nada, ésta es la humildad, y se llama María"; con lo cual le quiso significar que su queri­da Madre había sido tan humilde, que bien se po­día llamar la humildad en persona.

      No hay quizá  virtud más difícil a nuestra natu­raleza mal inclinada, pero tampoco hay remedio; mientras que no seamos humildes, no llegaremos a ser hijos verdaderos de María. Dice San Bernar­do: "Si no puedes imitar su virginidad, imita su hu­mildad. Ella desecha a los soberbios y llama a los humildes". Con el manto de su humildad, quiere que nos cubramos y abriguemos, y a los que véis co­bijados con él, los estima sobremanera. Se apare­ció en Valencia el P. Martín Alberto, de la Compa­ñía de Jesús, a tiempo que, por obsequiarla con ac­tos de humildad y mortificación, estaba recogien­do la basura de casa, y díjole así: "Hijo, mucho me agradas en eso".

     Pues bien, Señora; convencido quedo de que sin la humildad nunca lograré la dicha de ser hijo vuestro, Mas como después que ofendí a Dios me hicieron también soberbio mis pecados, Vos habéis de remediar este daño, alcanzándome la vir­tud de la santa humildad, con que merezca, en fin, la fortuna de ser contado en el número de vues­tros hijos.

 

2º.-De la caridad de María para con Dios

 

      Donde hay pureza hay amor. Cuanto más puro estuviere un corazón y más vacío de sí, más lleno estará del amor de Dios. Pues, como la Virgen Nuestra Señora fue tan humilde y desprendida de sí misma, la llenó plenamente el amor divino, ha­biendo amado a Dios más que todos los hombres y todos los ángeles, por lo cual muy bien la llamó San Francisco de Sales, “Reina del amor". Impú­sanos el Señor precepto de amarle con todo el co­razón, pero hasta que le veamos en el cielo no cumpliremos este precepto perfectamente.

      Por otra parte, hubiera desdicho en cierta ma­nera imponer Dios a los hombres una ley que na­die hubiese de cumplir del todo, si no hubiera cria­do a su Madre Santísima, que la observó con la mayor perfección, pues, el amor divino hirió, tras­pasó y poseyó totalmente su corazón purísimo; y asÍ, amó siempre sin defecto alguno, diciendo con toda verdad: "Mi Amado es todo para mí, y yo para mi Amado", Hasta los serafines podían bajar del cielo y aprender de su corazón a amar al Señor.

      Vino el Señor a encender en el mundo el fuego de la caridad; pero en ningún pecho prendió tanto como en el de su querida Madre, que, como tan li­bre y desocupado de todos los afectos terrenos, estaba también mucho más dispuesto a encender­se en tan preciosa llama que otro ninguno. Su dul­ce corazón se podía llamar fuego y hoguera, como se dice en el libro de los Cantares: Lampades ejus, lampades ignis atque flamarum Fuego que ardía dentro, y llamas que con el ejercicio de todas las virtudes resplandecían de fuera.

      Cuando llevaba en los brazos a su Hijo Santísi­mo, bien pudo llamarse fuego que llevaba otro fuego, mucho mejor que aquella mujer de quien lo dijo Hipócrates por verla pasar con fuego en la mano. Como el fuego penetra en el hierro, así la penetró el fuego del Espíritu Santo, y con tal fuer­za y ardor, que nada se vio en ella que no fuese fuego de amor divino, La zarza que ardía y no se quemaba fue símbolo suyo, y el haberla visto San Juan vestida de sol, significaba que estuvo tan uni­da con Dios, que no parece posible pueda llegar a tanto pura criatura. Jamás sufrió tentación, ni aun leve, porque sintiendo de lejos los demonios el ardor de su caridad, huían precipitadamente. Ni t uva nunca más pensamiento, más deseo, más go­zo que a Dios; y así, eran sinnúmero los actos de amor que hacía su bendita alma, como enseña Suárez, estando casi siempre en contemplación, o más bien era un acto solo, continuo, sin interrup­ción, porque, como águila real, tenía siempre fijos los ojos del alma en el divino Sol de Justicia, con tanta firmeza, que ni las acciones exteriores impe­dían su contemplación elevada, ni ésta el atender a las ocupaciones externas. Y por eso en la antigua ley fue figura suya el propiciatorio, del que ni de noche faltaba fuego.

     Tampoco el dormir le estorbaba al amar, por­que si, como dice San Agustín, se concedió este privilegio a nuestros primeros Padres en el estado de la inocencia, no se debe negar a Maria, y en esto concuerdan con el P. Suárez varios otros Doctores, Mientras su cuerpo descansaba, velaba su al­ma, y en ella se cumplía lo que se escribe en el libro del Sabio: "No se apagará su lámpara de noche". No le impedía el sueño hablar con Dios y estar en contemplación más alta y perfecta que jamás lo estuvo en la vigilia ningún otro viviente racional. "Yo duermo, y mi corazón vela", podía muy bien decir con la Esposa de los Cantares. Tan feliz dur­miendo como velando. De manera que mientras vivió en la tierra amó continuamente a Dios, ha­ciendo siempre todo aquello que conocía ser más grato a sus divinos ojos, y amándole todo cuanto conocía deberle amar. En suma: tanto la llenó y poseyó la caridad divina, que no fue posible cupie­se más en pura criatura; y así vino pronto a ser a los ojos de Dios tan hermosa y placentera, que, vencido y preso de su amor, descendió y se hizo hombre en su seno virginal. Esta es la doncella que con su virtud le hirió y robó el corazón.

      Ahora bien; pues que tanto le ama, ciertamen­te que ninguna otra cosa pide con más insistencia de sus devotos como el que le amen ellos también cuanto alcancen sus fuerzas. Así lo dijo a la beata Ángela de Foligno un día de comunión: "Ángela, mi Hijo te bendiga, y tu, ámale cuanto puedas"; y a Santa Brígida: "Si quieres tenerme contigo, has de amar a mi Hijo". Como su amado es Dios, solicita que de nosotros también lo sea. Pregunta un autor por qué suplicaba la Esposa que dijesen a su Espo­so lo mucho que le amaba. ¿No lo sabía El? ¿No ha­bía de tener noticia de llama tan amorosa el mis­mo que-la hizo? Lo decía, no para que el Señor lo supiese, sino los hombres, a fin de que del modo que ella estaba herida, procurásemos estarlo tam­bién nosotros. Por lo cual, así como arde en ella es­te divino fuego, así a todos los que la veneran y procuran acercársele les comunica tan envidiable ­incendio, haciéndolos semejantes a sí. Por la mis­ma razón Santa Catalina de Siena la llamada por­ tatrix ignis: la que lleva fuego, En fin, si queremos que en nuestros corazones se encienda esta pre­ciosa llama, acerquémonos a nuestra Madre con ruegos y encendidos afectos.

      ¡Oh, Reina de amor! la más amable, la más amada y la más amante de todas las criaturas, como os decía San Francisco de Sales. Vos, Madre mía, que siempre ardisteis en amor celestial, dadme siquiera una centella de amor tan soberano. Vos que pudisteis por los esposos en aquellas bodas, cuando el vino se les acabó, pedid por noso­tros, pues ved que nos falta el vino del amor sagrado. Decid al Señor así: No tienen amor, y alcanzád­noslo Vos misma con vuestros ruegos poderosos. Madre piadosísima, por el amor que le tenéis, no desistáis de rogar por nosotros hasta conseguir­nos esta gracia.

 

3º.-De la caridad de María para con el prójimo

 

      En un mismo precepto nos impuso el Señor la obligación de amarle y amar al prójimo, porque, como enseña Santo Tomás, quien ama a Dios, ama todo lo que Dios ama. Decíale una vez Santa Catalina de Génova: "Señor, Vos queréis que ame al prójimo, y yo, fuera de Vos, no acierto a amar a nadie". A lo que su Divina Majestad le respondió: "Amándome a Mí, amas todo lo que Yo amo". Pues así como no hubo ni habrá quien a Dios ame tanto como María, así tampoco hubo nunca ni habrá quien ame tanto al prójimo. Dice Corne­lio a Lapide que esta amantísima Virgen estaba representada en aquella muy rica y preciosa litera fabricada por Salomón, de que habla el Sagrado Texto, porque su vientre virginal fue la litera rica, pura y hermosa en que, habitando el Verbo Encarnado llenó a su Madre de ardentísima caridad para cuantos recurriesen a ella; y así, mientras vi­vió en el mundo, estuvo tan colmada de esta vir­tud, que, aun sin que nadie se lo rogase, socorría toda suerte de necesidades y miserias, como lo dio bien a conocer en aquellas bodas. Pero, en nada fue su caridad tan encendida y generosa como en ofrecer a su Santísimo Hijo a la muerte por nues­tra eterna felicidad: tanto amó al mundo, que por él dio a su mismo Hijo, como del Padre Eterno pondera San Juan. Ni porque ya se ve feliz y glori­ficada en los cielos se le ha olvidado o entibiado en algo su amor; antes, es ahora más crecido, no ha­biendo nadie que deje de sentir los efectos de su piedad con sólo alzar el corazón para implorada. Y ¿qué fuera del mundo si no estuviese de conti­nuo rogando por nosotros? Ni esperanza de mise­ricordia nos quedaría.

      "¡Dichoso de aquel (dice María) que, dócil a los ejemplos y avisos que le doy, toma de mí lecciones de caridad para ejercitada con sus prójimos!" No hay cosa con que más fácilmente nos granjeemos su amor y protección, como en ser buenos y cari­tativos. A todas horas nos está diciendo: "Sed mi­sericordiosos, como vuestra Madre lo es"; y sin duda usan Dios y su Madre de misericordia a la medida que la usemos. El pago de aquello en que favorezcamos o hagamos bien a cualquier pobre, será la posesión entera de la gloria pues, por boca del Apóstol tiene  prometido  el Espíritu Santo, que, así en esta vida como en la otra, los caritativos se­rán felices; como que el que socorre al necesitado es lo mismo que dar en préstamo a Dios y hacerle nuestro deudor.

      Madre de misericordia, pues que con todos la tenéis tan grande, no os olvidéis de las miserias mías. Viéndolas estáis. Hablad por mí al Señor, que nunca os niega nada de lo que pedís. Pedidle, Madre mía, y alcanzadme la gracia de que siem­pre le ame sobre todas las cosas, y al prójimo co­mo a mí mismo.

 

 4º -De la fe de María Santísima

 

      Del mismo modo que del amor y la esperanza es Madre la sacratísima Virgen María, lo es igualmente de la fe, porque con ella reparó los daños qué nos hizo Eva con su incredulidad. Por haber dado crédito a la serpiente astuta la primera ma­dre, contra el dicho de Dios, nos acarreó  la  muer­te; pero María trajo al mundo salud v vida, por ha­ber creído las palabras con que el ángel le anun­ciaba de parte de, Dios que, sin detrimento de su pureza virginal, iba a ser madre del Salvador del mundo, con lo cual abrió a los hombres las puer­tas del ciclo. Esta fue la virgen fielísima por cuya fe se salvó Adé1n y toda su posteridad. Esta la Vir­gen sabia a quien, por haber creído, la llamó bienaventurada su prima Isabel y a quien S. Agustín llama más dichosa por haber abrazado la fe de Cristo que por concebir en sus entrañas la carne de Cristo.

      El P. Suárez sostiene que fue mayor su fe que la de todos los hombres y todos los ángeles. Veía en un establo a su Hijo recién nacido, y creía fir­memente que aquel Niño era el Creador del mun­do. Le veía huir de Herodes, y no dudaba que era el Rey de reyes. Le vio nacer, v creyó que era eter­no. Le veía pobre y necesitado, y le creía Señor del universo; recostado en las pajas, y que era omni­potente; no hablar siendo niño y que era la sabiduría  infinita; llorar, .Y con todo, ser el gozo eterno de los Santos. Le vio, finalmente, morir con afrenta y dolor, v bien que los discípulos titubeasen en la fe, ella estuvo siempre firmìsima en creerle verdade­ro Dios; por lo cual dicen algunos que esto signifi­ca el dejar encendida una vela sola al fin de las ti­nieblas de la Semana Santa, pues a este propósito le aplica San León las palabras de la divina Escri­tura: Non extinguetur in nocte lucerna ejus; y so­bre aquel otro texto de los Proverbios, en que dice el Señor que pisaría solo y sin compañía de otro varón el lugar de su Pasión sacrosanta, explica Santo Tomás que, al decir varón fue por no com­prender a María Santísima, en la cual nunca faltó la fe. Realmente, fue heroica y admirable esta vir­tud en aquella ocasión, pues dudando todos los demás, ella no dudó. Por eso mereció ser luz y guía de todos los fieles y Reina de la verdadera fe. Por el mérito de fe tan excelente le atribuye la Santa Iglesia la victoria contra todas las herejías; y los ojos hermosos con que se dice en los Cantares que la Esposa santa hirió y cautivó el corazón de su Es­poso, fueron la fe de María, tan acendrada y agra­dable al mismo divino Esposo.

      Imitémosla, pues, en esta virtud tan principal. Y ¿de qué manera? Don y virtud es la fe. En cuanto don, es una luz sobrenatural que infunde Dios en el alma. En cuanto virtud, consiste en el ejercicio de ella, como que sirve, no sólo de regla de lo que debemos creer, sino también de obrar. En esto ha de ser la imitación. Esto es lo que se llama tener fe viva: vivir conforme a lo que uno cree. Así vivió la Virgen Santísima. Los que no conforman las obras con lo que creen, no viven así, porque tienen la fe muerta, como dice Santiago. Andaba Dióge­nes entre la multitud buscando un hombre, y Dios entre los fieles parece que busca quien sea cristia­no, porque de tantos hombres como reciben el Bautismo, pocos son cristianos de veras. A los de sólo nombre se les pudiera decir lo que una vez

Alejandro a un soldado, llamado también Alejan­dro, pero cobarde: "O deja el nombre, o el proceder"; aunque a tales fuera mejor llamados locos (como decía el P. M. Ávila), pues creyendo que después de esta vida habrá gloria eterna para quien viva bien, e infierno sin fin para quien viva mal, viven como si no creyesen. Sean nuestros ojos, ojos de cristianos, que es consejo de San Agustín; esto es, veamos las cosas como quien tie­ne fe, pues por falta de ella pecan los hombres, como aseguraba Santa Teresa.

      Pidamos a Nuestra Señora, que por la excelen­cia y mérito de su fe, nos la alcance a todos muy vi­va.

 

 

 

 

 

5º.-De la esperanza de la Virgen María

 

De la fe nace la esperanza, porque el fin que Dios se propone en iluminar nuestros entendi­mientos con la luz de la fe es para que nos alente­mos a esperar y desear poseerle y gozad e después de esta vida. y pues tuvo la fe María en grado tan alto como hemos visto, a igual altura llegó su esperanza pu­diendo decir mejor que el Profeta Rey, que su bien consistía en estar unida con Dios y colocar su es­peranza en El. Fue esta Señora aquella Esposa fi­delísima de quien se dijo en los Cantares: "¿Quién es ésta que sube del desierto derramando delicias y apoyada en su Amado?" Porque desprendida del mundo, que miraba como un desierto, y sin con­fiar en las criaturas ni en sus méritos propios, sino colocando toda su confianza en la divina gracia, iba subiendo por instantes en el amor de Dios.

      Dio bien a conocer cuán arraigada y firme la tuvo en sólo Dios cuando advirtió la inquietud y turbación de su casto y querido esposo, que por veda encinta, resolvió finalmente separarse de ella. Necesidad parecía, como ya dijimos, descu­brir a su esposo en aquel caso el alto y oculto mis­terio de la Encarnación obrado en sus entrañas virginales. Pero no quiso sino dejarse del todo a la disposición y voluntad de la divina Providencia, con esperanza segura de que el Señor defendería su inocencia y honor.

      Diola también a conocer cuando, llegada la ho­ra del sagrado parto, se le cerraron en Belén todas las puertas, y hubo de recogerse a una cueva o es­tablo para dar a luz al Salvador del mundo. No se quejó de tan injusto desvío, no mostró sentimien­to, no desplegó los labios, sino que, arrojándose en las manos de Dios, confió firmemente, y no dudó que le asistiría en aquella urgencia y necesidad.

      Diola igualmente a conocer cuando, al primer anuncio y mandato de que huyese a Egipto con San José y el Niño, salió sin demora aquella misma noche a viaje tan largo, a región extranjera y des­conocida, sin más compañía, ni dinero, ni provi­sión alguna.

      Finalmente la descubrió mucho más cuando en las bodas intercedió pidiendo el primer milagro de los que obró su divino Hijo, pues habiéndole respondido el Señor con aquellas palabras que parecieron claramente negar el favor, con todo, manda a los que servían hagan lo que su Hijo les dijese, confiada en la bondad divina y segura de alcanzar la gracia deseada, como así fue.

      Aprendamos, pues, de esta gran Señora, mode­lo de todas las virtudes, a tener en todas ocasiones, como debemos, completa confianza en la bondad de Dios, y mucho más de que al fin alcanzaremos la salvación eterna, pues aunque de nuestra parte nos pide para ello cooperación y conato, esto ha de ser presuponiendo siempre que la gracia nece­saria para conseguirle viene solamente de su bon­dad y misericordia, y por lo mismo, desconfiados de nuestras propias fuerzas, hemos de repetir con el Apóstol: "Todo lo puedo en Aquel que me con­forta".

      Madre mía, de Vos se nos dice en el libro del Eclesiástico que sois Madre de la Esperanza, y esperanza nuestra os llama la Santa Iglesia. ¿Cuál otra buscaré yo? En Vos, después de vuestro Hijo, la pongo toda. No se me caerán de los labios las pa­labras de San Bernardo, para deciros que sois to­da la razón o motivo de mi esperanza, ni cesaré con San Buenaventura, de clamar y decir: "Salud de todos los que te invocan, sálvame".

 

6º.-De la castidad de María

 

      Caído Adán en pecado, rebelada contra la ra­zón nuestra sensualidad, ninguna virtud se nos hace más difícil y cuesta arriba que la castidad, donde, como dice San Agustín, es más porfiado el combate, más frecuente la lucha y raras las victo­rias. Pero bendita y alabada sea la piedad del Señor, que en la Virgen María nos dio ejemplar y de­chado de tan preciosa virtud. "Virgen de vírgenes"

es y se llama muy justamente, porque habiendo si­do la primera en consagrar a Dios su virginal pureza sin consejo de nadie ni ejemplo anterior de ninguna otra virgen, ella lo fue de todas las que a su imitación después se  mantienen puras y castas, y así quedó cumplido el vaticinio de David, en que anunciaba que en pos de ella irían las demás vírge­nes del  templo de Dios. Sin consejo ni ejemplo, vuelvo a decir, y por lo mismo le pregunta San Bernardo: "Virgen purísima, ¿quién te enseñó a complacer a Dios con tu virginidad y a vivir en la tierra como los ángeles?" Ninguno sino Dios. Dios escogió Virgen tan pura por Madre, para que nos fuese a todo modelo de pureza y abanderada y guía de la virginidad.

      Por eso la llamó el Espíritu Santo “hermosa co­mo la tórtola", y en otro lugar, “azucena entre espinas". Entre espinas, porque como dice un autor, las demás vírgenes son espinas para sí o para otros; pero esta Reina soberana ni para sí ni para nadie fue jamás espina; antes, al contrario, con só­lo dejarse ver infundía en los que la miraban pen­samientos limpios y honestos. San Jerónimo creyó que el haberse mantenido el Patriarca San José toda su vida virgen, lo debía a la compañía de su Santísima Esposa, pues escribiendo contra Elvi­dio, hereje, dice así: "Te atreves a decir que María no conservó su virginidad, y yo sostengo que por María fue virgen San José".

      Otros autores llegan hasta afirmar que era tanto lo que estimaba esta preciosísima virtud, que por no perderla hubiera renunciado a la dig­nidad de Madre de Dios; lo cual no deja de inferir­se de la respuesta que dio al ángel cuando le dijo:

"¿Cómo se ha de hacer esto, si yo no conozco va­rón?" Y también de lo que, asegurada ya, prorrumpió después: "Hágase en mi según tu palabra"; significando que daba su consentimiento para ser Madre no por obra de otro que del Espíritu Santo.

      Sentencia de San Ambrosio es que las perso­nas que conservan la castidad son ángeles, y las que la pierden, demonios, pues dijo el Señor que los castos serían como los ángeles de Dios. San Re­migio aseguraba que la mayor parte de los adultos que se condenaban, se condenaban por este vicio. Pocas son, en efecto, contra él las victorias; pero ¿por qué sino por no tomar los medios de vencer? Tres medios señalan, con Belarmino, los maestros de la vida espiritual; ayuno, fuga de ocasiones y oración, comprendiendo en el ayuno la mortifica­ción, especialmente en custodiar la vista y refre­nar la gula.

     La Virgen Santísima, aunque llena de gracia, tenía siempre a raya los sentidos, y los ojos con especialidad, que nunca los fijó en rostro de ningún hombre, comO atestiguan San Epifanio y San Juan Damasceno; habiendo sido tanta su modes­tia desde niña, que ponía en todos admiración. San Lucas, advierte que a ver a su prima Isabel iba muy de prisa, sin duda para que en el camino la observasen menos. Acerca del comer, asegura un autor haber tenid0 revelación cierto ermitaño, que no tomaba el pecho de su madre, Santa Ana, sino una sola vez al día. San Gregario Turonense dice que ayunó toda su vida, y San Buenaventura tenía por cierto que sin la virtud de templanza tan admirable no hubiera hallado tanta gracia a los ojos del Señor. En suma: fue siempre en todo tan mortificada, que, por ser la mirra símbolo de mor­tificación, se dijo en los Cantares de ella: "Mirra destilaron mis manos".

      Acerca del segundo medio, que es la fuga de las ocasiones, se nos avisa en el libro de los Prover­bios que quien evite los lazos quedará libre. En la guerra sensual, vencen los calmosos, decía San Felipe Neri, dando a entender los que no buscan las ocasiones. María evitaba con gran cuidado la vista de los hombres, y sin aguardar al parto de su prima Santa Isabel, en sentir de varios autores, se volvió a Nazaret, por no hallarse entre el bullicio y conversación de tanta gente como se esperaba acudiría a dar parabienes por el nacimiento del ni­ño Juan.

      El tercer medio es la oración, porque dice el Sabio: "Conociendo que no podía ser continente sin darlo Dios, acudí a El y rogué". Y la sacratísima Virgen, como referimos en otro lugar, reveló a Santa Isabel, benedictina, que sin trabajo y ora­ción no había poseído ninguna virtud. Pura es Ma­ría, y como tan amante de la pureza, le dan en ros­tro los impuros. Pero todos los que a ella recurran saldrán victoriosos de la pelea, invocando su nom­bre con filial confianza, pues asegura el Beato Juan de Ávila que solamente con el afecto y devo­ción a su Concepción Inmaculada bastó para que muchas personas saliesen con victoria de la tenta­ción.

      ¡Oh María, paloma cándida y pura! ¡Cuántos desventurados, por este abominable vicio, arden en las llamas eternas! Libradnos a nosotros, Seño­ra, alcanzándonos la gracia de que en los peligros y tentaciones siempre recurramos a Vos y venza­mos por Vos. Amén.

 

7º.-De la pobreza de María

 

      Pobre quiso ser en el mundo nuestro amoroso Redentor, para enseñarnos a despreciar los bienes de la tierra, ya ser pobres exhortaba a todos los que hubiesen de seguir sus huellas, entre los cuales la que más cerca le siguió, y más perfecta­mente, fue Mana. Con lo que de sus padres había heredado hubiera podido pasarlo en este mundo cómodamente; pero todo lo dio al templo y a los pobres, reservando muy poco para sí, y aun dicen algunos que hizo voto de pobreza. Las ofrendas de los Santos Magos no serían de poco valor, pero también fueron a parar a manos de los pobres; y así se colige de haber presentado en el templo el día de la Purificación, no el don propio de las ricas, que era un cordero, sino dos pichones o tórtolas, que ofrecían los pobres. De manera que, a excep­ción del vestido y un escaso alimento, nada pose­yó de este mundo. Por amor a la pobreza admitió por esposo a un hombre menestral, manteniéndo­se con el trabajo de sus manos y con hilar y coser. En fin, pobre vivió y pobre murió, porque a la hora de la muerte no se sabe que dejase otra cosa apar­te de dos  vestidos ordinarios a dos mujeres que la habían asistido.       .

      Ninguno que ame los bienes de la tierra será santo, decía San Felipe Neri; y Santa Teresa añadía que muchas veces se procura con los dineros el infierno y se compra fuego y penas sin fin; y, al contrario, aseguraba de sí misma que con la po­breza le parecía que poseía todas las riquezas del mundo.

      Pero adviértase que esta virtud no consiste meramente en ser pobre, sino en serIo voluntariamente. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos y bienaventurados, porque buscando sólo a Dios, en Dios hallarán todos los bienes, y aun en la tierra el paraíso, como los halló San Franciscano, que decía: “Dios mío y todas las cosas".

      Amemos también nosotros aquel bien en quien están todos los bienes, pidámosle con, San Ignacio de Loyola: "Dadme, Señor, vuestro amor y gracia, y seré rico". Y si alguna vez nos diese a sentir los efectos de la santa pobreza, alegrémo­nos sabiendo que antes fueron pobres Jesús y María.

      Madre mía, Madre Santísima, Vos, que con in­flamado corazón dijisteis que en Dios únicamente estaba todo vuestro contento, porque en este mundo nada quisisteis ni a nada aspirasteis sino á poseer a sólo Dios, despegadme del mundo a mí y llevadme a Vos Señora, para que yo también por vuestro medio, tenga la dicha de amar sobre todas las cosas a aquel Señor, único bien digno de ser amado. Amén.

 

8º.-De la obediencia de María

 

      El haber pronunciado la sacratísima Virgen, cuando el ángel le anunció el misterio de la Encarnación, aquellas palabras tan humildes: “Aquí está la esclava del Señor", nació de afecto, y muy singular, a la virtud de la obediencia, pues ni de

obra ni de pensamiento se opuso jamás a las disposiciones de Dios la fidelísima esclava suya, sino que siempre, desasida de su voluntad propia, estu­vo en todo rendida totalmente al beneplácito divino. En su cántico lo declaró cuando dijo que había Dios mirado con suma complacencia la bajeza y humildad de su sierva consistente en obedecer en todo tiempo lo que le manda el Señor.

      Con su obediencia remedió el daño hecho por la primera Madre, y fue sin. comparación, más aventajada que la de todos los Santos, porque, co­mo por uno de los tristes efectos del pecado original, tienen los hombres tanta inclinación a lo malo, sienten dificultad no poca en el bien obrar; pero María, inmune de la mancha de nuestro origen viciado, ningún impedimento tuvo para obedecer con toda perfección; antes fue siempre su voluntad como una rueda ligera que se movía con gran prontitud y agilidad a cualquier impulso de la inspiración divina; y así, mientras vivió en el mundo, toda su ocupación y conato fue mirar y cumplir cuanto conocía ser del divino agrado. Por ella se dijo en los Cantares: "Mi alma se derritió así que habló mi amado, pues, su alma inocente y pura fue por el ardor de la caridad, como un metal dócil, blando, derretido y dispuesto a recibir todas las formas que Dios de su mano le quiso impri­mir",

      Bien mostró lo subido y acrisolado de esta vir­tud, en primer lugar, cuando, tan sumisa y pronta en cumplir el edicto del Augusto César, salió para Belén, distante de Nazaret más de noventa millas, en días de parir, y siendo su pobreza tan extrema­da, que se vio precisada a buscar un portal o esta­blo donde recogerse y dar a luz al Salvador del mundo. .

      Muy puntualmente obedeció también cuando se puso en el camino a la primera insinuación de San José, huyendo por caminos largos y fangosos a tierra de Egipto; y si el mandato se dio al varón y no a su santa Esposa, fue para que no perdiese tan buena ocasión de obedecer, a lo que en todo mo­mento se hallaba dispuesta.

      Pero principalmente la mostró muy heroica cuando por conformarse, requerida por la divina buena ocasión de obedecer, a lo que en todo mo­mento se hallaba dispuesta.

      Pero principalmente la mostró muy heroica cuando por conformarse, requerida por la divina voluntad, ofreció al morir a su mismo Hijo, como un Santo dice, no hubiera repugnado ser ministro de la divina Justicia a falta de otros ejecutores. De este modo fue más feliz por haber oído y guardado las palabras de Dios que por la dignidad de Ma­dre suya, como significó el mismo Señor cuando, por oírle predicar un día, alabó tanto una mujer el vientre dichoso que le había llevado y los pechos purísimos de que se alimentó.

      De aquí proviene que le sean tan agradables los que practican esta virtud. Una vez se apareció a un religioso franciscano, por nombre Acorso, que, llamado en aquel punto para confesar a una enferma, dejó sin detenerse la celda y aquella so­berana visita; pero al volver, la halló esperándole todavía, y le alabó mucho tan pronta obediencia; así como reprendió a otro religioso que, por aca­bar sus devociones, no acudió a comer al primer toque de la campana. Y otra vez dijo a Santa Brígi­da que a toda salva la obediencia; porque, en efecto, no pedirá Dios cuenta de nada que hiciéra­mos por obedecer, teniendo ya dicho de antema­no que el que oye a los superiores oye al mismo Dios. Finalmente, reveló también a la misma San­ta que por los méritos de esta virtud, le había con­cedido el Señor el privilegio de que todos los peca­dores que, arrepentidos, recurran a su protección, hallarían misericordia y serían perdonados.

      ¡Oh, Reina y Madre nuestra! Rogad a Jesús por estos pobres pecadores, alcanzadnos por el mérito de vuestra excelentísima obediencia la gracia de obedecer también nosotros a la divina voluntad y a los consejos y dirección de nuestros padres espi­rituales.

 

9º.-De la paciencia de María

 

      Siendo la tierra en que habitamos lugar desti­nado a merecer, con toda propiedad es llamado valle de lágrimas, porque en ella vivimos para su­frir y, con el sufrimiento y la paciencia, ganar nuestras almas para la vida eterna, como nuestro Divino Redentor y Maestro nos dejó prevenido. Dianas a este fin a su Madre Santísima por decha­do de todas las virtudes, y de la paciencia con especialidad. Tal vez haberle negado al principio aquel milagro que con las bodas de Caná le pidió, fue para poner en nuestra vista, en la paciencia de su querida Madre, un ejemplo muy señalado que imitar. Toda su vida fue un ejercicio continuo de esa virtud, porque así como entre espinas crece la rosa, así en medio de las tribulaciones iba crecien­do en virtud de esta soberana Señora; y aunque

otra pena no hubiera sufrido, que la compasión de los dolores de su divino Redentor, hubiera bien bastado para haberla hecho mártir de paciencia, llegando a decir San Buenaventura que concibió crucificada al Crucificado.

      Cuántos y cuán grandes fuesen sus padeci­mientos, así durante el viaje y estancia en Egipto, como en todo el tiempo que vivió con el Señor en Nazaret, ya lo dijimos antes de la consideración de los misterios de sus dolores. Pero la constancia con que al pie de la cruz perseveró aquellas tres horas terribles de agonía, basta para conocer lo heroico y admirable de su paciencia, cuando por ella mereció el título y autoridad de Madre de to­dos los hombres.

      Si apreciamos, pues, la dicha de los hijos suyos, en la virtud de la paciencia nos hemos de parecer a nuestra Madre, y más sabiendo que no hay cosa con que más podamos crecer aquí en merecimientos, y allá en premios y coronas de gloria, como con el sufrir pacientemente las adversidades de esta vida. El camino de los escogidos está sem­brado de espinas. Pero así como a la viña el valla­do espinoso la cerca y guarda, así Dios rodea de tribulaciones a todos sus siervos para tenerlos más libres y apartados de la afición a las cosas te­rrenas. Tanta verdad es esto, que San Cipriano llegó a decir que la paciencia es la que nos libra del pecado y del infierno. ¡Qué maravilla si forma los Santos y los hace perfectos! ¿Cómo? Sufriendo con resignación las cruces que Dios les envía directamente, como enfermedades, pobreza y otras y también las que sufren de parte de los hombres como injurias, persecuciones, etc. Vio San Juan en el ciclo a todos Los Santos con palmas en las manos  (símbolo del martirio), y con esto significó que todas las personas con uso de razón que se hubie­sen de salvar han de ser mártires de sangre o de paciencia.

      Pues, ánimo, exclama San Gregario, que pode­mos ser mártires sin pasar por hierro ni sangre, só­lo con ser pacientes, o mejor, como explica San Bernardo, sufriendo las penas de esta vida con pa­ciencia y aun con gusto y alegría. ¡Qué premio tan colmado nos aguarda en el cielo si lo hacemos así! A tanto bien nos exhorta el Apóstol, asegurándo­nos, que un momento de tribulación aquí produce allá peso y colmo eterno de gloria. Con gran espíri­tu y verdad dijo, pues, la gloriosa Santa Teresa: "Quien se abraza con la cruz, no la siente". Y en otra parte. "En determinándose a padecer, se aca­ba la pena". Y si alguna vez nos parece que, por su mucho peso, nos oprime la cruz, acudamos a Ma­na, consoladora de afligidos y remedio y media­ción de todos los males.

      Dulcísima Señora: habiendo Vos llevado con paciencia heroica vuestras angustias y dolores, yo, que por mis pecados he merecido mil veces el infierno, ¿no he de querer sufrir pena ninguna? Madre mía, no os pediré ya que me quitéis la cruz de los hombros, sino que me alcancéis gracia para llevada con paciencia cristiana. Alcanzádmela, Señora, por amor de Jesús. Así lo espero de Vos con toda confianza.

 

10º.-De la oración de María

 

      No hubo nunca alma en la tierra que tan per­fectamente cumpliese como la Virgen, aquel importantísimo documento de nuestro Salvador: "Conviene siempre orar y no entibiarse ni desfallecer"; ni de ningún otro tanto como de María, po­demos tomar ejemplo de lo necesario que nos es perseverar en la oración, pues, en el ejercicio de esta santa virtud fue también la Madre purísima, después de Jesucristo, la criatura más perfecta de todas. Primeramente, porque su oración fue continua y perseverante. Desde el primer instante de su ser, en que ya tuvo el uso completo de la razón, como dijimos antes en el sermón del nacimiento, ella empezó a darse a la oración.

      Por darse más a la oración, entre otros moti­vos, quiso encerrarse en el templo siendo niña de tres años, donde no sólo en el día oraba con gran fervor, sino que se levantaba a media noche para hacer oración ante el altar. Y después de la Pasión de su Santísimo Hijo, para tenerla más en la memoria y meditada con mayor fruto, hacía fre­cuentes estaciones en los lugares donde nació, padeció y fue sepultado.

      En segundo lugar, fue su oración recogida, sin distracción y muy ajena de todo intento o inclinación menos ordenada. Por esto amaba tanto la so­ledad, y por esto rehusaba tratar en el templo ni con sus mismos padres, siendo tan santos. Y aquí observa S. Jerónimo sobre las palabras de Isaías: Ecce virgo concipiet, que en aquel texto la palabra virgo significa con propiedad virgen retirada, pa­reciendo que en él quiso el Profeta significar el amor que la Virgen Santísima había de tener a la soledad y al retiro.

      En gran manera amaba la soledad, y por eso el ángel hallándola sola cuando le anunció el misterio de la Encarnación, la saludo diciendo: "El Se­ñor es contigo". Por la misma razón nunca salía de su casa, como no fuese para el templo, y entonces, con gran compostura y recogimiento, llevando los ojos clavados en la tierra. Por igual motivo fue con celeridad a visitar a su prima Santa Isabel.  Buen ejemplo, dice San Ambrosio, para que aprendan las vírgenes a huir del bullicio y concurso de las gentes.

      Del deseo de oración y soledad nació también su cuidado en evitar el trato y comunicación con los hombres, y quizá por esto la llamó Tórtola, en los Cantares el Espíritu Santo. Finalmente, vivió en el mundo como en un desierto, y a ésta causa dice de ella la Iglesia: "¿Quién es esta que sube del desierto como una vara llena de toda fragancia?"

      En la soledad habla Díos a las almas. El mismo Señor lo declaró por aseas: Ducam eam in solitudinem et loquar ad cor ejus; sobre cuyas palabras exclamó San Jerónimo: "! Oh, soledad, en que Dios habla con los suyos familiarmente!" y lo confirma San Bernardo enseñando que en la soledad y el silencio en que ella se goza se esfuerza el alma a salir de la tierra con el pensamiento, y a engolfarse en la meditación de los bienes del cielo. Virgen fidelísirna, alcanzad nos Vos afectos y estima de la oración y la soledad, para que, desprendidos del amor de las criaturas, aspiremos sólo a Dios y a los bienes eternos de la gloria, donde esperamos veras, alabaras y amaras juntamente con vuestro dulcísimo Hijo, por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

OBSEQUIOS

 

      Es tan agradecida y generosa la Reina de los ángeles, que por cortos servicios y obsequios de sus siervos retribuye gracias y favores muy creci­dos y señalados. Mas para merecerlos, dos cosas son necesarias; la una, que le ofrezcamos nuestros obsequios con el alma libre del pecado, porque, si­no, fácilmente nos podrá decir lo que le dijo a un soldado vicioso que todos los días la veneraba con alguna devoción, y al cual, estando una vez casi para morir de hambre, se le apareció, trayéndole , una comida exquisita, pero dentro de una vasija tan sucia, que el soldado no tuvo ánimo para alargar la mano: “yo soy -le dijo entonces- María, la Madre de Dios, y he venido a darte de comer". “Pe­ro, Señora -respondió el soldado -¿cómo lo he de comer ahí donde viene?" y ¿cómo quieres tú -replicó la Virgen- que acepte yo tus devocio­nes, si me las ofreces con el alma tan manchada?" Estas palabras bastaron para conmoverle y con­vertirle, pues, se hizo ermitaño, y pasados treinta años en el desierto, a la hora de la muerte se le vol­vió a aparecer la Sma. Virgen para llevárselo con­sigo al cielo.

      Dijimos en la primera parte que, moralmente hablando, no es posible que se condene ningún devoto de María; pero se ha de entender a condición.