|
DISCURSOS
SOBRE LAS FIESTAS PRINCIPALES DE NUESTRA SEÑORA
DISCURSO PRIMERO
SOBRE LA INMACULADA CONCEPCION
Que fue cosa muy conveniente el que las tres
Personas de la Santísima Trinidad preservasen a la Virgen del pecado original
Grande
fue el daño que hizo la culpa a nuestros primeros padres y a toda su
posteridad, pues perdiendo la gracia y demás dones de que los había Dios
enriquecido atrajeron sobre sí
y sus descendientes todo género de males. Pero de esta desgracia general tuvo
a bien el Señor eximir a aquella Virgen esclarecida que eligió por Madre el
segundo Adán, Jesucristo, reparando la pérdida causada por el primero;
privilegio muy conveniente y digno de las tres Personas de la Santísima
Trinidad, preservándola el Padre como
a Hija, el Hijo como a
Madre y el Espíritu, Santo como a
Esposa suya.
Punto primero.-Y en primer lugar, muy
conveniente fue que el
Eterno Padre la preservase, por ser esta Señora su Hija primogénita, como atestiguó ella misma,
diciendo: "Salí de la boca del Altísimo, Yo, primogénita de todas las criaturas"; palabras que le
aplica la Santa Iglesia en la solemnidad de su Purísima Concepción. Porque,
bien sea primogénita como predestinada
con su Hijo en los divinos
secretos antes que toda otra criatura, según enseña la escuela de Escota,
bien sea primogénita de la gracia como predestinada para Madre del Redentor,
después de previsto el pecado, según sostiene la escuela de Santo Tomás, todos
convienen en llamarla primogénita de Dios, y en este concepto, muy
conveniente fue queja más estuviese bajo el dominio de Satanás, sino poseída
de sólo su Creador desde el primer instante de ser, conforme a lo que ella
misma dice: "Desde el principio me poseyó el Señor", siendo por
esto llamada de un Santo 'hija única de la vida", a diferencia de las
otras mujeres, que, naciendo culpadas, son hijas de la muerte.
También fue conveniente que el Eterno Padre la criase en gracia,
porque la destinaba para reparadora del mundo, medianera de paz entre Dios y
los hombres, como la llaman los Santos Padres, entre los cuales dice San Juan
Damasceno que nació para dar salud a toda la tierra; San Bernardo, que si en
el arca de Noé escaparon pocas personas del diluvio, por María se salvó todo
el género humano. San Atanasio, que es la nueva Eva, Madre de la vida; San
Teófanes, obispo de Nicea, que desvaneció la tristeza de la primera mujer, y
San Basilio, y San Efrén, que reconcilió con Dios a los hombres. Ahora
bien: la persona enviada a tratar de paces no ha de ser enemiga del ofendido,
ni menos cómplice del mismo crimen, porque si el juez se ha de apaciguar, no
parece bien mandarle un enemigo suyo, que, en vez de aplacarle, le irrite
más. Y así, habiendo de ser María pacificadora entre Dios y los hombres, toda
buena razón pedía que no se presentase avergonzada delante de Dios, sino
amiga suya exenta de todo crimen.
La
misma conveniencia hubo por estar destinada a pisar y quebrantar la cabeza
del dragón del infierno, engañador de nuestros primeros padres y causador de
la muerte de su descendencia, conforme a la amenaza en que Dios dijo a la
serpiente maligna: "Enemistad pondré entre ti y la mujer, y ella
quebrantará tu cabeza". Pues si había de ser María la mujer valerosa
destinada en el mundo a que venciese a Lucifer, por cierto repugnaba que
antes la venciese y sujetase Lucifer a su esclavitud, sino más bien que
estuviese pura y libre de toda mancha, ajena del daño común y nunca sujeta
al poderío de aquel tirano. Bien quiso el soberbio, en el momento de ser
concebida contagiarla también con su veneno; pero gracias a la divina bondad,
que se anticipó y la previno con tanta plenitud y gracia, que sin haberle
llegado a tocar la ponzoña abatió y confundió la soberbia de su contrario.
Pero,
sobre todo, fue conveniente que el Padre la preservase de la culpa de Adán,
porque la destinaba para Madre de su unigénito Hijo. Si otro motivo no
hubiese habido, bastaba el honor de su Hijo, que es Dios para que la criase
inmaculada, pues, como enseña al Doctor Angélico, todas las cosas ordenadas a
Dios deben ser santas y exentas de mancilla; que por esto David, trazando la
idea del templo de Jerusalén con toda la magnificencia correspondiente al
obsequio y culto del Señor, decía: “No ha de ser habitación de un hombre,
sino de Dios". Pues, ¿cuánto más razonable fue que, destinado a María el Hacedor eterno para Madre de su
mismo Hijo, adornase y hermosease su alma de los dones más excelentes de
gracia y santidad, para que en ella el Señor tuviese morada digna y
conveniente a su grandeza? La Iglesia lo asegura en una oración, diciendo que
Dios adornó el cuerpo y alma de la gloriosísima Virgen para que fuese en la
tierra albergue digno del unigénito del Padre.
La
prerrogativa primera de un hijo es nacer de padres nobles; por lo que más se
tolera en el mundo pobreza y pocas letras, que bajo nacimiento; porque el pobre
puede con su industria enriquecerse, y el ignorante aprende estudiando; pero
el que nace vil, difícilmente puede llegar a ennoblecerse, o si al fin lo
consigue, siempre se le puede echar en cara la villanía de su cuna. ¿Cómo
pues, hemos de pensar que pudiendo haber hecho Dios que su Hijo naciese de
madre noble, preservada de la vileza del pecado, hubiese consentido verle
hijo de una mujer infecta y denigrada, para que Lucifer pudiese decir que
éste Señor había nacido de una pecadora esclava suya y enemiga de Dios? No.
Dios esto no lo consintió; miró por el honor de su Hijo y cuidó de darle
Madre inmaculada y perfecta, cual convenía a la santidad y excelencia de
Hijo tan excelso y amado.
Es
axioma, común entre los teólogos no haberse concedido jamás a criatura don
alguno de que no hubiese sido enriquecida la Reina de los ángeles. Y
habiendo distancia infinita entre la Madre de Dios y los siervos de Dios se
debe consiguientemente admitir que en todo género confirió Dios a la Madre
mayores dones de gracia que a todos los siervos. Dado así por supuesto, se
pregunta: ¿no pudo, acaso, la Divina Sabiduría disponer al Verbo eterno de
antemano un albergue decente y libre de mancilla? ¿Pudo Dios preservar de la
caída a una parte de los ángeles? ¿No
habrá podido preservar de la caída del hombre a la Reina del cielo, destinada
para Madre de Dios? ¿Pudo crear a Eva en justicia original y no a María?
Sí, Dios lo pudo; y si lo pudo lo
quiso, porque justo fue que aquella Virgen santa, elegida para Madre de su
amantísimo Hijo, fuese tan pura, que no sólo excediese a la pureza de todos
los ángeles y Santos, sino que ninguna mayor se pudiese imaginar fuera de la
de Dios, de suerte que el Padre, como a hija predilecta, le pudiese decir,
complacido, “azucena entre espinas", pues todas las demás tienen algún
deslumbre y fealdad, más ella es la única flor siempre fragante siempre
inmaculada.
Punto segundo.-También fue
conveniente que el Hijo de Dios preservase a su Madre Santísima del pecado
original. No está en mano de nadie escoger madre a su voluntad; pero si
pudiese esto ser, ¿quién seria el que, pudiendo nacer de una reina, quisiese
ser hijo de una esclava?; ¿pudiendo tenerla ilustre, la escogiese villana?
¿Pudiendo elegirla amiga de Dios, la
prefiriese enemiga? Sí, pues el Hijo de Dios pudo elegir Madre a su gusto, no
hay que dudar que la escogió tan excelente como a Dios convenía. Y siendo
cosa digna de Dios, que es purísimo, tener Madre pura y limpia de toda culpa,
así lo fue ciertamente. Por testimonio del Apóstol, tenemos en Jesucristo un
Pontífice santo, inocente, inmaculado y apartado de los pecadores. Más esto
último, ¿con qué verdad se diría si hubiese la Madre sido pecadora?
Vaso celestial se llama, no porque
dejase de ser terrena por naturaleza, como soñaron algunos herejes, sino
celestial por gracia, en razón de haber sido superior a los ángeles en
santidad y pureza, cual correspondía a la dignidad del Rey de la gloria, que
habitó en su purísimo seno; y concebida fue sin pecado para que de ella
naciese sin pecado el Hijo de Dios, que, aunque incapaz de contraer la culpa,
no quiso sufrir el oprobio de tener Madre vilipendiada con la deshonra del
pecado y esclava del demonio.
Dice el Espíritu Santo que el honor
del padre es el honor del hijo, y la deshonra del padre, deshonra del hijo.
Por esto preservó el Señor de toda corrupción el cuerpo muerto de su Madre
Santísima, porque hubiera sido menoscabo suyo en que hubiese entrado la
podredumbre en aquella carne virginal de que El se había revestido. Ahora
bien: si para el Salvador hubiera sido género de oprobio provenir de una
mujer con cuerpo sujeto a la corrupción de la carne, ¿cuánto más el nacer de
la que hubiese tenido el alma contagiada con la inmundicia y corrupción del
pecado? Es positivo que la carne de Jesús es la misma que la de María, aún
después de la resurrección, y si la de la Madre se hubiese concebido en
pecado, aunque es verdad que aún así hubiera la del Hijo quedado libre, con
todo, siempre sería poco decoroso el haber así unido la de quien por algún
tiempo hubiese sido inmunda y sujeta al dominio del príncipe de las tinieblas.
María fue Madre, y Madre digna del Salvador. Así a una voz lo dicen los
Santos Padres con toda la Santa Iglesia.
Pues, según esto, ¿qué excelencia o
prerrogativa habrá que no le sea debida? Enseña el Angélico Doctor; que
cuando Dios ensalza a uno a cualquier dignidad, le hace idóneo para ella, y
que, por tanto, habiendo escogido a María para Madre suya, la hizo con su
gracia dignísima de tan alto destino; de donde infiere el Santo que la
Virgen no cometió jamás pecado alguno, ni venial, porque, de otra suerte,
añade, no hubiera sido digna Madre de Jesús, pues como hijo de madre
criminal, hubiera participado de la infamia de ella. Luego, si por un pecado
venial, que no priva al alma de la gracia divina, no hubiera sido idónea
Madre de Dios, ¿qué diremos del original, que nos hace enemigos de Dios y
viles esclavos del demonio? Ved aquí por qué San Agustín dice en aquella
sentencia tan sabida, que hablando de la Virgen no hay que pensar en pecado,
y esto por respeto al Señor, que mereció tener por Hijo, de quien recibió gracia
para vencer el pecado completamente.
Así que tengamos por cierto que el
Verbo Encarnado eligió la mejor Madre que pudo escoger, y tan excelente, que
nunca se pudiese de ella avergonzar. No fue descrédito suyo el que le
dijesen los judíos, por desprecio, hijo de María, dando a entender que era
una mujer pobre, porque el Señor vino al mundo a damos ejemplo de humildad y
paciencia. Más si los demonios hubieran podido decir con verdad que era hijo
de una pecadora salida de su cautiverio, éste hubiera sido no pequeño
desdoro. Aún el haber nacido fea, corcovada, contrahecha o endemoniada, no
hubiera carecido de incidencia, ¿cuánto más de una horrible por la culpa, y
poseída en el alma por el enemigo?
¡Oh
que aquel Señor de infinita sabiduría supo bien fabricar una casa donde
vivir, hermosa proporcionada a su majestad y grandeza, santificándola muy de
mañana: esto es, desde el primer instante, para que de este modo fuese digna
de sí, pues que al Dios de santidad no correspondía elegir casa que no fuese
santa! Y si el mismo Señor asegura que nunca entrará en alma malévola ni en
cuerpo sujeto a pecado ¿quién ha de imaginar que quisiese hacer su morada en
el vientre de madre que desde el primer instante de su ser no hubiera sido
pura y santa? Dice al Señor la Iglesia en el "Te Deum": Non horruisti Virginis uterum. Por
cierto que un Dios de tanta gloria se hubiera horrorizado de entrar en el
seno de Inés, Gertrudis o Teresa, porque estas vírgenes, bien que santas, se
vieron algún tiempo envilecidas con el pecado original; pero no tuvo ningún
horror de hacerse hombre en el seno de María, porque esta Virgen privilegiada
fue siempre pura y limpia de todo lunar de culpa, y jamás empañada con el
hálito de la serpiente.
Dio precepto Dios de honrar padre y
madre, del que no se dispensó haciéndose hombre, antes bien colmó a la suya
de gracia y honor, amándola, obedeciéndola y principalmente, conservando en
el sepulcro su cuerpo purísimo sin corrupción alguna, para cumplir con este
mandamiento; el cual, así como nos manda honrar a la madre, así condena el
faltar al honor y respeto debido. Pero ¿cuánto más reparable hubiera sido la
falta permitiendo que le alcanzase el pecado de Adán?, Cualquier hijo, que,
pudiendo preservar a la suya de este vilipendio, no lo hiciese, pecaría, y
por consecuencia, lo que en nosotros fuera mal hecho, lo debemos suponer
poco decente en el Hijo de Dios
Es cierto, además que Jesucristo vino al
mundo a redimir a su Madre más que a todos los otros hombres. Y siendo dos
los modos de redimir, uno levantando al caído y otro deteniéndole para que no
caiga, que es mucho mejor, porque así se evita el daño y el reata que siempre
queda después de la caída, hemos de creer firmemente que María fue redimida
del segundo modo, mejor, más noble que el otro y más conveniente a la
predilecta, a la digna, a la escogida para Madre de Dios.
Añadamos para concluir este punto, que
puesto que por el fruto se conoce el árbol, si fue siempre inmaculado el
Cordero de Dios, inmaculada fue su Madre, por serIo digna de Hijo tan digno,
excelsa de Hijo tan excelso, y El sólo digno de Madre tan noble, pura, santa
y escogida. Unamos, pues, nuestras voces con las del fervorísimo San
Ildefonso para decirle, enardecidos en su amor: "Alimentad, Señora, con
vuestros pechos virginales al Creador de los cielos, el cual os hizo en todo
perfecta cual era necesario que lo fueseis para que naciese de Vos".
Punto tercero.-También fue
conveniente que el Espíritu Santo preservase a su Esposa dulcísima del
pecado original, María fue la única que mereció ser llamada Madre y Esposa
del Altísimo, pues el Espíritu Santo habitó en ella aún corporalmente,
enriqueciéndola de gracia más que a ninguna otra criatura, constituyéndola
Señora del cielo y haciéndola Esposa muy querida suya. De su cuerpo
inmaculado formó el cuerpo inmaculado de Jesús, y de este modo habitó en
ella corporalmente cuando al efecto, verificándose el anuncio del Ángel,
quedando hecha templo y sagrario del Espíritu Santo, y por obra del mismo,
concebiendo al Hijo de Dios como su verdadera Madre.
Ahora
bien: si estuviese en manos de un excelente pintor dar a su esposa facciones
a medida de su deseo, ¿qué esmero no pondría en agraciarla con toda la
hermosura que le fuese posible?
¿Y qué diremos del Espíritu Santo? ¿Cómo será creíble que habiendo podido
producir una Esposa adornada con toda la belleza y gracia correspondiente,
lo dejase de hacer? No, fue tan
pura y linda como la dignidad del Esposo merecía, y así, el mismo Señor le
dice, alabándola: “Toda hermosa eres, amiga mía, y no hay mancilla en
Ti"; cuyas palabras se entienden propiamente de esta Virgen purísima,
como sostienen San Ildefonso y Santo Tomás, y en particular, de su inmaculada
Concepción, como enseña San Bemardino de Sena.
Lo
mismo significó el Espíritu Santo cuando dijo a esta su querida esposa jardín
cerrado y fuente sellada. Lo uno y lo otro
fue así verdaderamente, porque no entraron jamás los enemigos a
combatirla, y se mantuvo siempre intacta en alma y cuerpo.
Más la amó su divino Esposo que a todos
los ángeles y Santos juntos, ensalzándola desde luego a la cumbre de la
santidad sobre todos los bienaventurados, y así elogiándola dice: “Riquezas
acaudalaron muchas hijas, pero ninguna cuanto Tú"; de cuyas palabras se
infiere que si fue superior
a todas en los tesoros de la gracia, desde el principio tuvo también la
justicia original, como Eva, Adán y los ángeles. En otro lugar dice que las doncellitas son innumerables; pero la
paloma, la perfecta o la
inmaculada, como expresa el texto hebreo, es una nomás. Todas las almas
justas son hijas de la gracia divina; pero entre ellas Maria es la paloma sin
hiel de culpa, la perfecta sin la mancha original, la única concebida en
gracia.
Aún
antes de la Encarnación la saludó el Ángel llamándola llena de gracia, porque
había recibido la gracia en plenitud, cuando a los demás se les dispensa en
parte; y fue con tanta
profusión y larguesa, que no sólo el alma era santa, sino también la carne
de que había de revestir al Verbo eterno. Para que entendamos que desde el
primer instante de su ser el Espíritu Santo la colmó de las riquezas de su
liberalidad, anticipándose a prevenirla y hermosearla con sus preciosos dones
antes de que la sierpe antigua tuviese tiempo para inficionarla con la
ponzoña de su aliento.
Por
ser la Purísima Concepción patrona de nuestra mínima Congregación, me
detendré algo más en este discurso que en los otros explicando brevemente los motivos que me convencen, y
deben, a mi juicio, convencer a todo el mundo, de la verdad y solidez de esta
pía sentencia y singularisimo privilegio de que Nuestra Señora fue concebida sin pecado original.
Aún más que esto sostienen muchísimos Doctores, y es que ni siquiera
contrajo el débito del pecado; cosa muy probable, porque aunque sea cierto
que todos fuimos incluidos en la voluntad de Adán como cabeza, según parece
que se puede sacar de aquellas palabras del Apóstol, que dicen: “Todos
pecaron en Adán", también es muy creíble que, habiendo Dios distinguido
tanto a Maria de los demás hombres, quedase fuera de la voluntad del primer
padre, y que así ni aún el débito de la culpa contrajese.
A
esta opinión, por ser más gloriosa a la Virgen nuestra Señora, me adhiero ya
gustosamente. Mas que no incurrió en el pecado, no sólo lo tengo por cierto,
sino también por muy próximo a ser declarado artículo de fe, según muchos
autores han escrito; y paso: en silencio las revelaciones que ha habido sobre
lo mismo, especialmente las de Santa Brígida; más no omitiré el decir algo de
lo que sintieron los Santos Padres en el particular, para que veamos cuán
acordes estaban en conceder a María Santísima la prerrogativa gloriosa de que
vamos hablando.
San
Ambrosio: "Virgen sin corrupción, Virgen por gracia exenta de toda
mancha de pecado".
Orígenes:
"No la envenenó el hálito de la serpiente”.
San
Efrén: "Fue inmaculada, y estuvo remotísima de todo pecado".
San Agustín:
"Saludándola el ángel llena de gracia, fue tanto como decir que allí
cesaba el rigor de la primera sentencia y volvía a plenitud de gracia y
bendición".
San Jerónimo:
"Aquella nube mística nunca se obscureció; siempre fue luminosa".
San
Cipriano, o quien sea el autor del libro que cito: "No sufrió la
justicia divina que aquel vaso de elección fuese mancillado, pues, que siendo
tan excelente y superior a los demás, si era de la misma naturaleza, no
participó de la misma culpa":
San Anfiloquio:
"El Señor, que creó sin defecto a la primera virgen (que fue Eva), creó
sin defecto ni crimen a la segunda".
Sofronio:
"Se llama esta Virgen inmaculada porque estuvo siempre libre de
corrupción".
San
Ildefonso: "Nos consta que no tuvo pecado original".
San
Juan Damasceno: "En este paraíso no tuvo entrada el diablo".
Pedro Damiano:
','La carne de María, procedente de Adán, no se vició con la mancha de
Adán".
San Bruno: "Esta es aquella
tierra santa que bendijo Dios, libre por eso del contagio de la culpa.
San Buenaventura:
"Nuestra Señora, en su santificación, fue llena de gracia preveniente,
esto es, gracia preservativa de la miseria del pecado original".
San Bernardino de Sena:
"No es creíble que el hijo de Dios quisiese nacer de carne manchada con
el pecado original".
San Lorenzo Justiniano: "Desde su Concepción
la previno el Señor con bendiciones de dulzura.
El sabio Idiota: "¡Oh, dulcísima
Virgen! Gracia hallaste y gracia singular, pues, desde el primer instante fuiste preservada del pecado
original".
Lo
mismo dicen otros muchos Doctores.
Ahora, los motivos que nos aseguran de la
ver dad de esta pía sentencia son los dos principales:
El
primero, el consentimiento universal de los fieles. De las Ordenes religiosas
no hay que hablar, pues aún la de Santo Domingo cuenta más de cien escritores
que le defienden; y como prueba mayor de ser éste el común sentir de la
Iglesia católica, atestiguaba ya en el año de 1661 nuestro Santo Padre
Alejandro VII, en su famosa bula Sollicitudo
omnium ecclesiarum, que no sólo las universidades, sino ya casi todo
el orbe católico había abrazado la misma pía sentencia. De las universidades
católicas apenas habrá una, donde, al graduarse, no presten todo juramento
de defender el misterio de la Concepción Inmaculada. Este unánime sentir de
los fieles es argumento convincente, porque si nos dan certeza de su
gloriosa Asunción a los cielos, con igual certidumbre nos debe asegurar de su
Purísima Concepción.
El
segundo motivo, de más peso que el anterior, es ver que la Iglesia celebra
la fiesta de la misma Concepción Inmaculada, siendo certísimo que nunca pudo
solemnizar cosa que no sea santa, según el oráculo de San León Papa, San
Eusebio, San Agustín, San Bernardo y Santo Tomás, que en prueba de haber sido
santificada antes de nacer, usan de este mismo argumento de la celebración de
su Natividad por toda la Iglesia. Luego debemos tener por indudable que fue
concebida sin pecado original, pues, que milita la misma razón de celebrarse
también este misterio universalmente. En confirmación de esta prerrogativa
de Nuestra Señora son innumerables los favores y prodigios que todos los días
se digna el Señor dispensar por medio de las cédulas de la Inmaculada
Concepción. Mucho pudiera referir de que han sido testigos los Padres de
nuestra Congregación, pero contaré solamente dos de los más notables.
EJEMPLO.- Vino a una
de las casas que tiene en este reino nuestra Congregación cierta mujer casada,
lamentándose de que hacia muchos años que su marido rehusaba confesarse, no
sabiendo qué hacer para persuadirlo, porque hasta le daba ya de palos en
hablándole de confesión. Por último remedio le aconsejó un Padre que
procurase darle una cédula de la Purísima Concepción. Llegada la noche,
empezó de nuevo la mujer a reiterar sus exhortaciones, más viendo que se hacía
sordo como siempre le puso la cédula en la mano, y no bien la hubo tomado,
cuando le dice: -Pronto estoy; ¿cuándo quieres llevarme a la iglesia?- La
mujer se puso a llorar de gozo viendo mudanza tan repentina, y a la mañana siguiente
le trajo a la nuestra. Preguntóle el Padre cuánto tiempo hacía que no se
confesaba. Dijo que veintiocho años. Volvió a preguntar qué cosa le había
movido a venir aquella mañana, y contestó: -Padre, yo estaba obstinado; pero
habiéndome dado anoche mi mujer una cedulilla de la Virgen, de repente se me
trocó el corazón, y cada momento parecía un siglo por deseo de que amaneciese
para venir. En efecto: se confesó muy a satisfacción de entrambos, mudó de
vida y siguió confesándose por muchos años con el santísimo Padre.
En otro lugar de la diócesis de Salerno,
hacíamos la misión, y vivía en él un hombre enemistado públicamente con otro
que le había ofendido. Fue un Padre a hablarle de reconciliación y le dijo
él: por eso no voy al sermón, y
aunque me condene, quiero vengarme-. El Padre hizo cuanto pudo para aplacarle
y convertirle; pero conociendo que era tiempo perdido, le dijo al fin: -Toma
esta cédula de la Virgen-. El antes de tocarla, respondió: ¿Y de qué puede
servirme ese papel? -Más luego que la tomó, como si nunca se hubiera negado,
dijo: -Padre, ¿qué es lo que pretende usted de mí? ¿Que me reconcilie? Lo
haré gustoso-. Y convinieron en que el día siguiente quedarían hechas las
paces. Llegada la mañana, se le halló de nuevo renuente. Le presentó el Padre
otra cédula, y no la quería; al fin la toma, aunque con repugnancia, y dice
al instante -Ahora sí ¿dónde está ese hombre?- Vino éste, se hablaron, se
reconciliaron, y después el ofendido se confesó.
ORACION.- Virgen inmaculada, al
consideraros tan pura, rica y llena de gracia, me regocijo de vuestra
felicidad, y con hacinamiento de gracia al Señor y ánimo de dárselas incesantes
por haberos preservado de toda culpa, en defensa de privilegio tan precioso
estoy pronto a dar la vida si es menester, deseando ardientemente que todo
el mundo os reconozca y confiese por aquella hermosísima aurora llena siempre
de divina luz, por aquella arca de salvación, libre del general naufragio
del pecado, por aquel jardín cercado, recreo del Señor, por aquella fuente
sellada que jamás enturbió el aliento del enemigo, por aquella azucena
cándida, pura y fragante que el Altísimo escogió para Sí. Permitid que os
alabe también, uniendo mis voces con las del Esposo divino, para decir que
toda sois puro y sin mancha, y pues, que a los ojos del Señor estáis colmada
de gracia, virtudes y belleza, dignaos mirar con esos hermosísimos y
piadosísimos ojos las llagas de mi alma, para que las sanéis movida de
compasión. ¡Oh, imán de los corazones! Atraed y llevad hacia Vos el mío para
siempre, y acordándoos que desde el primer instante de vuestro ser apareciste
pura y casta en la divina presencia, tened misericordia de mí, que no sólo
nací en pecado, sino que después del bautismo he vuelto mil veces a mancillar
mi alma. ¿Qué os podrá negar aquel Señor de quien sois Hija, Madre y Esposa,
y por esto libre de todo pecado y a todas las criaturas preferida? Virgen
inmaculada, Vois me habéis de salvar. Para obtener tan dichosa suerte, haced
que nunca me olvide de Vos, y Vos de mí no os olvidéis. Mil años me parece
el tiempo que tardo en ir a ver en el cielo vuestra hermosura, para amaros y
bendeciros eternamente.
DISCURSO SEGUNDO
DE LA NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA
María nació
colmada de santidad
Celebran
los hombres con fiestas y alegrías el nacimiento de sus hijos y debieran más
bien dar muestras de luto y de dolor, reflexionando que, no solamente nacen
privados de toda razón y merecimiento, sino inficionados con la culpa, hijos
de ira y condenados a sufrir muchas penas en este mundo y a poco la muerte.
El nacimiento de María es el que merece ser solemnizado con todo género de
regocijos, porque, si niña en la edad, viene a la luz colmada de méritos y
virtudes. Para que algo conozcamos del alto grado de santidad con que al
nacer sale ya enriquecida, debemos considerar primeramente la grandeza de la
gracia con que Dios la previno desde luego, y en segundo lugar, la gratitud y
fidelidad con que al instante correspondió a gracia tan excelente.
Punto primero.-Fue el alma de María la
más hermosa que Dios creó; fue la obra más perfecta y digna de Sí que salió
de sus manos omnipotentes, exceptuando siempre la Encarnación del Verbo. Por
lo mismo, la divina gracia no descendió en María cual gotas de rocío, como en
los Santos, sino como lluvia muy abundante. Se compara su alma santísima al
vellón de lana que atrajo a sí toda la lluvia de la gracia sin perder una
gota, quedando aun antes de nacer poseedora de todas las riquezas, que los
Santos reciben con tasa y limitación.
Su
gracia fue mayor que la de cada Santo en particular, y mayor que la de todos
los Santos y ángeles juntos, como prueba el doctísimo P. Francisco Pepé de
la Compañía de Jesús, en su preciosa obra de las grandezas de Jesús y María,
afirmando que esta opinión tan gloriosa a la Reina del cielo es hoy común y
cierta entre los teólogos modernos, que han examinado y tratado expresamente,
cosa que los antiguos no habían hecho. Y cuenta, además, que la misma Virgen,
por medio del P. Martín Gutiérrez (hombre santo), dio gracias al P.
Francisco con tanta energía la anunciada opinión probabilísima, que después
fue defendida de común acuerdo en la Universidad de Salamanca.
Ahora
bien: si esta sentencia es común y cierta, también será muy probable que
desde el primer instante de su Purísima Concepción recibió toda esta gracia,
superior a la de los Santos y ángeles juntos; y en apoyo, fuera del peso que
le dan muchos y graves autores, hay dos razones muy convincentes:
La
primera es por haber sido elegida para Madre del Verbo eterno, alteza
superior a la de todas las criaturas, y dignidad en cierto modo perteneciente
al orden de la unión de la naturaleza divina con la humana en la persona del
Hijo de Dios, por lo cual los dones que se concedieron a su Madre Santísima
luego que empezó a existir fueron incomparablemente mayores y más excelentes
que los que se han dispensado a todas las demás criaturas, no pudiendo
dudarse que, al mismo tiempo que en los divinos decretos fue el Verbo eterno
predestinado para hacerse hombre, fue también su Madre predestinada, y
enseñando Santo Tomás y otros Santos, conforme a la doctrina del Apóstol,
que Dios a cada uno le da la gracia en proporción al cargo que le confiere,
con todos los dones necesarios a su perfecto desempeño y lustre debido a la
dignidad.
Y como la Madre de Dios es tan excelsa,
recibió en el primer instante de su ser una gracia sin medida, muy superior
a la de todos los ángeles y Santos, correspondiente a tan sublime dignidad
y, en fin, tan grande, tan excelente, tan inmensa, que la hizo merecedora de
la divina maternidad; así, se le llamó llena de gracia, no porque enteramente
se le diese toda la que Dios puede comunicar, pues, como enseña el Angélico
Doctor, ni aun la gracia habitual de Jesucristo fue suma en este sentido, en
razón de que es tan ilimitado el divino poder, que, por más que dé, siempre
le queda más que dar, así como puede ensanchar más y más los senos de las
criaturas para comunicarles más y más; sino quiere decir que tanto a
Jesucristo como a su bendita Madre, se les dio una gracia inmensa y correspondiente
a los fines altísimos a que se ordenaban, que eran la unión de la naturaleza
humana con la Persona del Verbo y la maternidad de María.
Con razón, pues, dijo el Real Profeta
que los cimientos de la ciudad de Dios, que es la misma Virgen, se habían
de poner en las cumbres de los montes, pues el principio de su vida
inmaculada había de ser más alto que la última perfección de todos los
Santos. Ámala Dios mucho más que a los otros, porque en su seno purísimo se
dignó hacerse hombre, y así, los dones que le dispensó, desde luego fueron
proporcionados a tan grande dicha y preeminencia.
Esto
mismo significó Isaías cuando profetizó que en los tiempos venideros se había
de preparar o levantar el monte de la casa del Señor sobre la cima de los
otros montes, y que por esta causa vendrían a él todas las gentes y recibirán
misericordia y gracia porque María resplandece en una altura muy elevada,
porque fue monte escogido de Dios para morar en él, porque ella es el ciprés
del monte Sión, y el cedro del Líbano, y la oliva hermosa, y la escogida como
el sol, ante quien las estrellas esconden su luz; en fin, porque en santidad
es tan sublime, que ni Dios debió tener otra Madre, ni María otro Hijo que no
fuese Dios.
La segunda razón con que se prueba que
era más santa al empezar su vida que todos los Santos juntos en uno, se funda
en el oficio excelentísimo de abogada y medianera de los hombres en que fue
constituida desde el primer instante de su ser, por el que fue necesario que
desde entonces poseyese mayor caudal y cúmulo de gracias que toda la
multitud de los Santos. Abogada y medianera lo es por haber obtenido con su
poderosa intercesión y mérito de congruidad
y conveniencia la dicha
de todos, procurándonos el beneficio inestimable de la redención, aunque
siempre se ha de entender que sólo Jesucristo es nuestro medianero de
justicia con mérito de condigno (expresión
de las escuelas), por haber ofrecido sus méritos al Eterno Padre,
aceptándolos el Padre, por nuestra salvación, cuando María es medianera de
gracia, intercesión y mérito de congruencia, por haber también ofrecido sus
merecimientos por nuestro remedio aceptados graciosamente por el Padre, en
unión con los de Jesucristo. De manera que juntos nos alcanzaron el mismo
efecto, y María deseó la redención de todos, la pidió, la consiguió y por
ella fuimos dichosos, habiendo, por su medio, recibido cada cual de los
Santos todos los bienes y dones de la vida eterna.
Esto
es puntualmente lo que la Iglesia quiere significar cuando le aplica las
palabras que están escritas en el capítulo 24 del Eclesiástico: In me gratia omnis viae et veritatis,'
en mí está la gracia del camino y de la verdad: del camino, pues por
su medio se dispensa la gracia a los que todavía vamos caminando como
peregrinos; de la verdad, porque también se nos dio por su medio la luz de la
verdad. “En mí, dice asimismo, está toda esperanza de vida y virtud":
de vida, pues que por María esperamos vida de gracia y gloria, y de virtud,
pues que por su medio se consiguen las virtudes, especialmente la fe,
esperanza y caridad necesarias para salvarnos. “Yo soy Madre del Amor
Hermoso, de temor, conocimiento y santa esperanza".
Así
es, porque con su intercesión poderosa alcanza a sus siervos los dones del
amor divino, del amor santo, de la luz celestial y la confianza en la bondad
y misericordia divinas. De lo cual infiere San Bernardo como legítima
consecuencia ser doctrina de la Iglesia Católica que María es nuestra
medianera y abogada universal; y por la misma razón la llamó el ángel llena
de gracia, pues que, habiéndose dispensado a los demás con tasa y medidas, a
María se la dio toda entera, y esto para que pudiese dignamente ser median
era entre Dios y los hombres; porque, sin tanta gracia, ¿cómo fuera posible?
¿Cómo hubiera podido ser escala del cielo abogada del mundo y medio de
reconciliación que nos volviese a granjear la bienquerencia divina?
Ahora se ve con toda claridad la segunda
razón que propusimos. Si desde el primer instante de su ser se le confirió el
piadoso empleo de medianera nuestra, necesario fue que desde entonces se viese
adornada de una gracia mayor que la que tuvieron todos los Santos por
quienes había de interceder. Es decir, que si por medio de María habían de
ser los hombres agradables a Dios, fue necesario que ella lo fuese más que
todos los otros. Sino, ¿cómo hubiera podido interceder por todos? Para que un
intercesor logre del monarca cualquier beneficio a los vasallos, es forzoso
que goce de más favor que todos ellos, en el ánimo del monarca; y así lo goza
María en el acatamiento divino.
Y
de los ángeles, ¿fue también Medianera, pues que aseguran muchos teólogos que
también a los ángeles les mereció la gracia de la perseverancia? A esta
pregunta decimos que el Salvador fue su Medianero de condigno, y María de
congruencia, pues habiendo acelerado con sus ruegos la venida del Redentor, o
a lo menos merecido la divina maternidad, mereció a los ángeles, como gloria
de la bienaventuranza que habían perdido los espíritus malos.
Así, se ha de tener por cierto que,
pues esta Niña celestial fue elegida por abogada del mundo y Madre del
Redentor, tuvo desde el principio mayor gracia que toda cuanta se dio a los
Santos. Y, según esto, consideramos qué objeto de tanta complacencia y recreo
era ya desde entonces el alma de esta Niña preciosa delante del cielo y de la
tierra. Entre todas las criaturas era ciertamente, la más amable a los ojos
divinos, porque colmada ya de gracias y merecimientos, pudo desde luego
decir: Cum essem parvula, placui
Altissimo. Y también era la más amante de cuantas habían aparecido en
el mundo hasta aquella hora; de suerte que si hubiera nacido al instante que
fue concebida, la hubiera ya visto el mundo más colmada de virtudes y
merecimientos que toda la multitud de Santos. Pues ¡cuánta mayor sería su
santidad al nacer enriquecida ya con los méritos adquiridos en el espacio de
nueve meses!
Pasemos
ahora a considerar lo que indicamos en el segundo punto; esto es, cuán grande
fue la fidelidad con que desde luego empezó a corresponder a la divina
gracia.
Punto segundo.-No es opinión singular,
sino persuasión de todo el mundo que María, con la gracia santificante que
Dios le infundió en el vientre de la gloriosísima Santa Ana, recibió también
el uso completo de la razón y una luz superior y correspondiente a la gracia
de que fue revestida. Así, bien podemos creer sin dificultad que desde aquel
instante primero en que el alma hermosa quedó unida al cuerpo purísimo, Dios
la iluminó con los rayos de la divina sabiduría, para que al instante
conociese las verdades, y, principalmente, la infinita bondad del Señor,
dignísimo de ser amado de todas las criaturas, y de ella con especialidad,
por los dones, singulares de que la colmó distinguiéndola y prefiriéndola
entre todas las de más, preservándola del pecado original y comunicándole una
gracia tan soberana, cual se requería para el alto destino de Madre de Dios y
Reina de todo el universo.
De
aquí es que, siendo desde aquel primer momento tan agradable a Dios, empezó a
corresponder y obrar con toda excelencia y perfección, negociando fielmente
con el gran caudal y tesoro de gracia que allí se le dio esforzándose en
complacer y amar a la bondad divina con todo su poder, y continuando así
durante los nueve meses, sin dejar que pasase un instante en que no se
uniese íntimamente a Dios con actos de amor fervientísimos. Estaba libre
del pecado original y, de consiguiente, libre de todo apego y afición
terrena, de todo movimiento desordenado, de toda distracción, de toda
oposición de los sentidos acordes enteramente con la razón para volar al
divino centro y amarle de continuo más y más. Que por esto se llamó
"plátano puesto a la corriente de las aguas, como planta lozana, siempre
fecunda y favorecida, junto al raudal de la divina gracia, y se llamó vid
generosa", no sólo por haber sido tan humilde a los ojos del mundo, sino
porque siempre iba creciendo como la vid, que nunca para de subir mientras
tiene algún árbol a que apoyarse. Ella estribó en su Amado, y así, nunca dejó
de subir y remontarse a la perfección.
Además, dicen los teólogos que el alma que
posee cualquier hábito de una virtud como sea fiel en corresponder a las
gracias actuales que Dios le da, consecuencias del mismo hábito infuso o
adquirido, viene siempre a producir un acto igual en intención al hábito que
tiene, de forma que gana cada vez un nuevo y noble mérito, igual al cúmulo de
todos los ganados anteriormente. Este aumento, dicen, se concedió a los
ángeles cuando todavía se hallaban como viandantes en estado de merecer; y
si a los ángeles se les concedió, ¿quién lo negará de la Virgen Santísima
por todo el curso de su vida' mortal, y especialmente de aquellos nueve
primeros meses de que vamos hablando, durante el cual fue mucho más fiel que
los ángeles en cooperar a la divina gracia? Y como correspondía con todo
ahinco y perfección a cada uno de los actos que practicaba, iba duplicando
los méritos por instantes, en términos que si en el primero tuvo mil grados
de gracia, en el segundo ya tenía dos mil, en el tercero cuatro mil, en el
cuarto ocho mil y en el sexto treinta y dos mil. Y si esto sólo fue en el
sexto instante de su concepción, multipliquemos los méritos de un día, y
después los de tantos días como hace nueve meses, y veremos los tesoros
espirituales de que al momento de salir a la luz estaba ya revestida y
hermoseada.
Alegrémonos,
pues, con esta Niña prodigiosa, dándole mil parabienes de verla nacer tan
santa, llena de gracia y agradable a Dios: y alegrémonos, no sólo por ella,
sino también por nosotros, pues que viene al mundo, para gloria suya y para
bien nuestro. De tres maneras la colmó Dios: primero, llenando su alma de
suerte que desde el primer instante fuese toda suya; segundo, el cuerpo, con
que mereció revestir de su carne purísima al Verbo eterno; tercero, fue
llena para beneficio común, a fin de que todos los hombres pudiesen participar
de tanta abundancia.
Tienen
algunos Santos tanta gracia, que no sólo basta para ellos, sino también para
muchos otros; pero solamente a Jesús ya María se concedió tanta riqueza y
plenitud, que basta para salvarnos a todos y por esta razón, el dicho de San
Juan de que "todos recibimos de la plenitud del Salvador", lo
extienden los Santos también a María. Y en realidad, ¿quién habrá en el
mundo con quien no se haya mostrado benigna, dispensándole alguna
misericordia? Aunque siempre se ha de entender que de Jesucristo recibimos la
gracia como autor de ella, y de María como medianera; de Jesucristo como
Salvador, y de María como abogada; de Jesucristo como fuente, y de María
como acueducto de las misericordias del Señor. Y así nos exhortan los Santos
a que acudamos a esta Virgen purísima, colocando en ella nuestra esperanza,
ciertos de que por su mano
recibiremos todo cuanto bien podamos desear, y especialmente San Bernardo,
que lo asegura con estas afectuosas expresiones:
"Considerar
la tierra devoción con que el Señor quiere que la veneremos, pues que en su
mano colocó todos sus tesoros para que sepamos que de ella proviene nuestra
esperanza y salvación. ¡Desdichado de aquel que por su culpa llegue a
obstruir este canal de gracia! ¿Qué hizo Holofernes para tomar a Betulia?
Rompió las cañerías de la ciudad. Y el demonio, ¿qué hace para entrar en un
alma? Procura que deje la devoción de María Santísima. Pero, ¡ay, que cerrado
este canal saludable, pronto perderá el hombre el refrigerio de la gracia
divina, la luz del cielo, el temor de Dios, y, por última dicha, la salvación
eterna!" Léase el ejemplo siguiente, y se verá por una parte la bondad
del corazón de María y por otra, la desgracia que se acarrea el que olvida la
devoción de esta Virgen piadosa.
EJEMPLO.-Cuentan Tritemio, Canisio, y
otros, que en Magdeburgo, ciudad de Sajonia, hubo un hombre llamado Hugo, el
cual era, de muchacho, tan rudo y tan escaso de entendimiento, que servía de
risa a todos sus iguales y conocidos. Un día en que por esto se vio más
afligido, se postró a los pies de una imagen de María Santísima,
encomendándose a su protección. La Virgen se le apareció en sueños y le dijo:
"Hugo haré lo que me pides, y no sólo te alcanzaré de Dios la habilidad
suficiente para que nadie se burle de ti, sino un talento tan grande que
cause admiración, prometiéndote, además, que cuando el Obispo muera, tú le
has de suceder", Todo ello se cumplió así. Hugo sobresalió en las
ciencias, y vino a ser Obispo, pero fue tan ingrato a Dios y a la bondad de
su bienhechora la Reina de los cielos, que, dejada toda devoción, llegó a
ser el escándalo general. Hallándose una noche en la cama, sacrílegamente
acompañado, oyó una voz que le decía: "Hugo, basta ya de juego, bastante
has ofendido a Dios"; palabras que le enfadaron, sospechando que las
dijese alguna persona que le reprendía; más oyéndolas, repetir la segunda y
la tercera noche, entró en algún temor de que fuese aviso del cielo, aunque
sin enmienda ninguna. Pasados otros tres meses que Dios le dio para volver en
sí, llegó el castigo.
Un
devoto canónigo, llamado Federico, oraba una noche en la iglesia de San
Mauricio, pidiendo a Dios que remediase el escándalo del Prelado, cuando de
pronto se levanta un viento impetuoso y la puerta de la iglesia se abre de
par en par. Entraron dos jóvenes con teas encendidas en la mano y se pusieron
a los lados del altar mayor. A éstos siguieron otros dos, que delante del
mismo altar tendieron una alfombra; poniendo encima dos sillones de Oro. En
seguida entró otro en traje militar y espada en mano, el cual, parándose en
medio del templo, gritó diciendo: -Santos que en esta iglesia tenéis vuestras
reliquias venid a presenciar la justicia que va a hacer el Juez supremo. A
esta voz aparecen muchos Santos, y con ellos los doce Apóstoles, como
asesores de aquel juicio, y a continuación entra Jesucristo y se coloca en
uno de los dos sillones. Se presentó por último, María Santísima, seguida de
gran numero de vírgenes, y su divino Hijo le presentó el otro sillón, donde
se sentó. Entonces mandó el Juez que trajesen al reo, y éste era el
desdichado Hugo.
Habló
San Mauricio de parte de la ciudad escandalizada, pidió justicia de la
conducta infame de aquel mal hombre y todos alzaron la voz diciendo: -Señor,
merece la muerte Pues, muera -respondió el eterno Juez. Pero antes de la ejecución
de la sentencia, la Madre Santísima (¡oh, cuán grande es tu misericordia!),
por no ver aquel acto tan temeroso, se retiró, y al instante se acerca al
infeliz Hugo el ministro con la espada desnuda, le corta el cuello de un tajó
y desaparece la visión. Todo queda a obscuras. El canónigo, temblando, va y
enciende una vela en una lámpara que ardía en los sótanos de la iglesia;
vuelve con la luz, y ve por tierra, en un charco de sangre, el cuerpo del
infeliz, separado de la cabeza. Por la mañana contó lo sucedido a la gente
que acudió al templo, y aquel mismo día se apareció Hugo, condenado, a un
capellán suyo que nada sabía. Arrojaron su cadáver a una laguna, y para
perpetua memoria quedó en el pavimento la sangre que siempre se tiene tapada,
habiendo desde entonces introducido la costumbre de descubrirla solamente
cuando un Obispo nuevo toma posesión de la dignidad, a fin de que, a la vista
de tan formidable castigo, piense en ordenar bien su vida y no ser ingrato a
los beneficios del Señor y de su Madre Santísima.
ORACION.- ¡Oh, Santísima Niña! Vos, que sois
la destinada para ser Madre del Redentor del mundo y abogada de los
pecadores, tened compasión de mí pues, me veis postrado a vuestros pies
implorando vuestra misericordia; y aunque en justo castigo de mis
ingratitudes merecía ser abandonado de Vos y de Dios, no pierdo la confianza,
sabiendo que nunca desecháis al pecador arrepentido que recurre a Vos, llena
siempre de bondad y de misericordia. Pues, ¡oh, Niña preciosísima y la más
excelsa de todas las criaturas, sobre cuyo trono ésta sólo el trono de Dios,
y ante quien son pequeños los más grandes del cielo; ¡oh, Santa de los
santos!; ¡oh, llena de gracia y piélago de gracia!, favoreced a un miserable
que hizo la gran locura de perderla. Sé que Dios os ama tanto que nada os niega,
y sé también que os complacéis
en emplear vuestra grandeza y valimiento en favor de los infelices
pecadores. ¡Ah Señora! dad a conocer lo grande que es la gracia y cabida que
gozáis con Dios, alcanzándome una luz y llama divina tan poderosa, que,
desprendiéndome de todos los efectos terrenos, inflame enteramente mi alma en
el amor divino. Hacedlo así, Señora, hacedlo por el amor de aquel Dios que os
hizo tan grande, poderosa y buena. Así lo espero de vuestra bondad. Amen.
"DISCURSO TERCERO
DE LA PRESENT ACION EN EL TEMPLO
Se ofreció a Dios María sin demora ni reservas
Ni
hubo ni habrá jamás, de parte de una pura criatura, oferta mejor ni más
entera que la que hizo al Señor a María, a la edad de tres años, cuando se
presentó en el templo a dedicarle, no aromas, becerros, ni monedas de oro y
plata, sino a sí misma, en holocausto y víctima agradable, consagrándose a
su gloria para siempre. Oyó la voz de Dios que desde entonces la llamaba a
los regalos de su amor, diciéndole así: “Apresúrate y ven, querida
mía"; y exhortándola a olvidar desde luego su patria, parientes y todas
las cosas para que atendiese únicamente a su honor y servicio, como al
momento lo verificó. Consideremos pues cuán acepto fue al Señor este acto de
tan pronta y entera voluntad, y serán dos puntos.
Punto primero.-Es cierto que el primer
instante en que esta Niña celestial fue santificada en el vientre de su
madre, tuvo completo el uso de la razón con que desde luego empezó a merecer
como afirman comúnmente los doctores con el P. Suárez, el cual dice que,
siendo el modo mas perfecto de los que usa Dios en la santificación de las
almas hacerles esta gracia por merecimiento propio de ellas según enseña
también Santo Tomás debemos creer que Maria fue santificada de esta manera;
porque si tal fue el privilegio concedido a los ángeles y al primer hombre,
con más razón hemos de suponer que se concediese a María, puesto que,
habiéndose dignado escogerla Dios para Madre suya, de mayores dones la
colmaría que a todas las demás criaturas. Como Madre, pues, tuvo derecho a
los favores del Hijo; y así por causa de la unión hipostática fue
consiguiente que el Señor poseyese en plenitud todas las gracias celestiales,
así por la excelencia de la divina maternidad fue justo que el Hijo
amantísimo comunicase mayores dones y gracias a su dulce Madre que a todos
los Santos y ángeles del cielo; y entre
otras muy principales, ¿qué lengua explicaría la perfección con que desde el
primer instante conoció a su Creador, y la prontitud y amor ardentísimo con que al momento se ofreció para siempre
al beneplácito divino?
Poco
después, habiendo sabido la fervorosísima Niña que sus padres habían
prometido a Dios, con voto, que si les daba fruto de bendición se lo
consagrarían en el templo, y siendo
ya costumbre antigua entre
los judíos criar recogidas a las doncellas en algunas habitaciones contiguas
al mismo templo apenas habían cumplido tres años, edad en que las más de'
ellas necesitaban el cuidado y regalo de sus padres, quiso públicamente
dedicar se a Dios, y aun se adelantó a pedir a los suyos con instancia que
no tardasen en cumplir la promesa, como lo hicieron en seguida.
Ved a los dos esposos, que para ofrecer
al Señor la prenda que en este mundo más amaban, salen de Nazaret,
lIevándola en los brazos, ya el uno ya el otro, porque por su pie no podía
hacer ella camino tan largo. Iban acompañados por millares de ángeles, que
servían y festejaban a su Reina. ¡Oh, qué hermosos y agradables a Dios (cantarían los espíritus bienaventurados)
son los pasos que das, yendo a ofrecer en su santa casa, oh hija, entre
todas la más predilecta! Aun el mismo Dios celebró aquel día fiesta en toda
su corte, porque jamás habían visto venir a su templo criatura más santa y querida. Camina, pues, Reina del
mundo, camina con regocijo a la morada del Señor, a esperar la hora en que
el Espíritu Santo te hará Madre del Divino Verbo.
Luego
que llegó con sus padres la humildísima Niña, se arrodilló a sus pies, y
besándoles respetuosamente la mano, les pidió su bendición. Después, sin
volver la cara, subió los quince escalones que dicen tenía el templo, y se puso delante del sumo
sacerdote, despidiéndose para siempre del mundo, renunciando a todo cuanto en
él hay y consagrándose
enteramente a su Dios y Señor.
Fue
como la paloma inocente salida del arca, a la que volvió por no hallar sitio
limpio donde poner los pies. El cuervo halló cadáveres, y allí se quedó cebándose en ellos,
como hacen muchos hombres, metidos y cebados en las vilezas de la tierra.
Pero esta paloma sin mancilla, esta doncella tan hermosa, conoció que Dios
es nuestro único bien, esperanza y amor;
conoció que el mundo está sembrado de lazos y peligros, y con
esto se aceleró a dejarle pronto y esconderse
en el sagrado retiro, donde pudiese oír sin estorbo las inspiraciones
interiores y emplearse totalmente en amar y servir a su divino Dueño.
Punto segundo.-Con los resplandores del
cielo, que iluminaban ya el entendimiento de la dichosísima Niña, conoció
bien que Dios no acepta un corazón a medias, sino que lo quiere todo para Sí,
conforme al precepto que nos impuso: “Amarás a tu Dios y Señor con todo tu
corazón"; en cuyo cumplimiento había empezado a amarle con todas sus
fuerzas desde el primer instante de su concepción. Pero su alma purísima esperaba
con gran deseo la hora de consagrársele del todo públicamente. Consideremos,
pues, el fervor con que, viéndose ya encerrada en aquel lugar santo, ante
todas las cosas, se postró a besar la tierra con gran respeto, como casa de
Dios; después adoró la Majestad divina, dándole gracias del beneficio que le
hacía en admitirla de tan corta edad en su santo templo, y en seguida se
entregó enteramente al Señor, ofreciéndole todas sus potencias y sentidos,
afectos y deseos, alma y cuerpo, sin reserva alguna, haciendo también
entonces, para más agradarle, voto de perpetua virginidad, siendo la primera
virgen que lo hizo, con propósito firme de quedar allí consagrada para toda
su vida, si fuese del divino beneplácito. ¡Con qué espíritu repetiría sin
cesar, luego que allí se vio! “Mi amado para mí y yo para él". “Dios
mío! Aquí he venido sólo por complaceros y glorificaras cuanto yo alcance.
Aquí quiero vivir para V os, si os agrada hasta la muerte. Aceptad el
sacrificio que hace de sí misma esta vuestra esclava, y dadle vuestro favor
para ser fiel y perseverante",
Con este principio, consideremos la
vida que emprendió y continuó por todo el tiempo que estuvo dentro de aquel
retiro, donde crecía cada instante en perfección, como crece la aurora en claridad.
¿Quién podrá decir los grados y quilates de las excelentísimas virtudes
conque iba resplandeciendo continuamente? ¿La caridad, modestia, humildad,
silencio, mortificación y mansedumbre? Era como el olivo frondoso plantado
en la casa del Señor, regado con la grada del Espíritu Santo y adornado de
todas las virtudes. Su aspecto, modestísimo; su ánimo humilde, y sus palabras,
dulces y salidas de un interior piadoso y re: cogido. Allí alejó del
pensamiento todas las cosas de la tierra, y se dio a la práctica de toda
virtud, que mereció ser templo digno de Dios. Era sumisa y dócil, medida en
las palabras, compuesta en el exterior, enemiga de risa vana, siempre igual y
apacible, perseverante en la oración, asidua en la lección de la escritura
divina, inclinada al ayuno y pronta para todos los ejercicios de misericordia
y devoción.
Dice San Jerónimo que tenía repartidas
las horas del día de esta manera: Desde la madrugada hasta las nueve
perseveraba en oración; hasta mediodía se ocupaba de alguna obra exterior y
entonces empezaba de nuevo a orar, hasta que un ángel le traía de comer. Era
la primera en las vigilias, la más esmerada en el cumplimiento de la divina
ley, la más humilde de todas las doncellas, y en los actos de todas las
virtudes la más perfecta. Nadie la vio jamás airada; antes bien sus expresiones
iban acompañadas de tal dulzura, que bien se conocía ser Dios el que movía su
lengua.
Reveló la misma Virgen a Santa Isabel,
virgen benedictina, que cuando sus padres la dejaron en el templo, resolvió
tener a sólo Dios por padre, pensando de continuo en qué podría darle más
gusto, consagrarle su virginidad, renunciar a todas las cosas del mundo y
resignar totalmente su voluntad a la voluntad divina. Le dijo también que,
entre los demás preceptos de la ley, tomó por mira principal el primero, que
nos manda amar a Dios sobre todas las cosas, y que, para cumplirlo mejor, se
levantaba de ordinario a medianoche y se iba delante del altar a pedir al
Señor su gracia, y por especial favor, el de no morir hasta que hubiere
nacido la madre del Mesías; la conservación de la vista, para verla; de la
lengua, para alabarla; de los pies y manos, para servirla, y de las rodillas
para adorar en su seno su dulcísimo Hijo. Santa Isabel, al oír esto,
exclamó: "Pero, Señora, ¿no estabais llena Vos de virtud y gracia?"
A lo cual respondió la Santísima Virgen: "Has de saber, hija, que entre
todas las criaturas, me reputaba yo la más indigna de la divina gracia, y por
eso la pedía incesantemente". En fin, para que conozcamos nuestra
necesidad, añadió "¿Piensas que sin fatiga adquirí la gracia y las
virtudes?.. Ninguna poseí sin esfuerzo grande, oración continua, deseos ardientes
y muchas lágrimas y penitencias".
Muy
notables son también las revelaciones que tuvo sobre esto Sta. Brígida.
"Desde niña, dice, estuvo llena del Espíritu Santo y conforme crecía
en edad iba creciendo en gracia amando a Dios con todo su corazón, y siempre
muy lejos hasta de la sombra del pecado. Despreciaba todos los bienes de la
tierra y daba a los pobres cuanto podía.
En la mesa guardaba
tal templanza, que no tomaba sino lo preciso para el sustento corporal.
Habiendo entendido, por la lectura de los libros santos, que para redimir al
mundo había Dios de nacer del vientre de una doncella, se inflamó tanto en el
amor divino, que no pensaba más que en Dios, ni se complacía en ninguna cosa
fuera de Dios, excusando el trato de las gentes y de sus mismos padres, para
que no le quitasen a Dios de la memoria. Por último, deseaba ardientemente alcanzar
el tiempo de la venida del Mesías, para tener la suerte de ser esclava de
aquella virgen felicísima que había de merecer la dicha de ser su
Madre".
Y ciertamente, por amor de esta
doncella inmaculada aceleró su venida, pues cuando, llevada de profunda
humildad, ni por digna se reputaba de servir como sierva a la que hubiera de
ser Madre de Dios fue escogida para serlo ella misma, y con la suave
fragancia de sus virtudes y poderosa eficacia de sus ruegos, atrajo a su seno
virginal al Hijo del Altísimo. Y así la llamó "tórtola" su Esposo,
no solamente porque no cesaba de gemir, compadecida de la desventura del
mundo, y ocupada en pedir a todas horas el beneficio suspirado de la
redención, enviando suspiros al cielo y repitiendo con mucho más ardor y
vehemencia que los Profetas, las plegarias con que ellos clamaban sin cesar
por el remedio del mundo.
En
fin, era cosa de sumo agrado a los divinos ojos ver cómo, a semejanza de un
vástago odorífero, frondoso y lleno de virtudes, según la llamó en los
Cantares el Espíritu Santo, iba la doncellita sin mancha subiendo a lo más
elevado de la perfección. Era verdaderamente jardín delicioso donde el Señor
se recreaba, porque en él veía toda suerte de flores de exquisita fragancia,
habiéndola escogido para Madre suya por no haber hallado en toda la tierra
virgen más excelente ni albergue más digno en que habitar que su purísimo
seno; y así, hubo de ser tan acabada la perfección de su santidad, que
sobremanera aventajase a todas las demás criaturas.
Pues
así como se ofreció en el templo con tanta entereza y prontitud, así también
nosotros pongámonos hoy delante de la misma Señora, con ánimo resuelto y
generoso, pidiéndole humildemente que nos presente a Dios, y el Señor no
rehusará la ofrenda viéndonos ofrecidos, por las manos purísimas de la que fue templo vivo del Espíritu Santo,
delicia de su Creador y verdadera Madre de su unigénito Hijo. Y con gran
confianza esperémoslo todo de la bondad de sus maternales entrañas, sabiendo
que recompensa con amor superabundante los obsequios con que sus devotos la
veneran, como se verá en el siguiente:
EJEMPLO.-Dominica
del Paraíso, entretejió un sábado dos corol1as de flores y las presentó a Jesús y María en sus imágenes,
suplicándoles humildemente que se dignasen olerlas; pero viendo que no
alcanzaba esta gracia, y creyendo que consistía en no haber dado cierta
limosna que acostumbraba, se asomó a una ventana para llamar a un pobre y
dársela. Lo primero que vio fue una mujer con un niño de la mano, que aunque
en traje pobre, mostraba en el aspecto mucha gravedad y nobleza; al instante,
levantó el niño las manos, pidiéndole limosna, y la madre hizo lo mismo.
Observó
la doncella que el niño tenía llagas en las manos, y dijo movida de compasión:
-Esperadme un poco-. Baja con la limosna, y antes de llegar a la puerta, que
estaba cerrada, se encuentra dentro a los pobres, y admirada les pregunta:
-¿Quién ha abierto la puerta? ¡Ay de mí, si mi madre lo ve!- Calla, hija
-respondió la mujer-, que nadie nos ha visto. -¿Cómo puede andar vuestro
hijo -dijo Dominica- con las llagas que lleva en les pies? -El amor se las
hizo -respondió la señora-. La modestia del niño era singularisima, y tenía
como absorta a Dominica, quien le preguntó: -¿No te duelen las heridas?- y él
dijo sonriéndose: -¿Qué? Y al mismo tiempo se puso a mirar atentamente las
flores de que estaban coronadas las dos imágenes y a pedirlas a su madre.
Esta las alcanzó y se las dio: -¿Quién te mueve, hija, a coronar de flores
estas imágenes? -El amor que tengo a Jesús
y a su bendita Madre. -¿Cuánto los amas?- Todo cuanto puedo. -¿Cuánto
puedes? -Cuanto ellos me ayudan, -Pues, sigue amándolos así, que Dios te
dará el premio. No se saciaba Dominica de mirar ya el uno, ya el otro. -¿Qué
miras? –le preguntó la mujer. -A vuestro hijo -contestó la joven; y,
acercándose algo más, percibía un olor suavísimo que salía de las llagas.
Entonces dijo ella: -Señora, ¿con qué bálsamo le curáis .las llagas, que
trasciende tanto? -Con el de la caridad. -¿Y dónde se vende? -Se encuentra
con la piedad y las buenas obras.
Al
llegar aquí tomó Dominica un lienzo para limpiar otra llaga que el niño tenía
en el pecho, la cual exhalaba mayor fragancia, y él se retiró un poco. -Ven,
niño ven -dijo la doncella-, te daré pan. -Su alimento -dijo su madre- es el
amor: si tú quieres contentarle, ámalo mucho. Al oír estas palabras, comenzó
el niño a mostrar alegría y a hablar con Dominica. -¿Amas a Jesús?- Le amo tanto, que ni de día
ni de noche pienso en otra cosa más que en El, ni deseo hacer más que lo que
le agrade. -El amor te enseñará cómo le has de agradar -dijo el niño. A todo
esto iba creciendo el olor exquisito de las heridas, en términos que,
recreada Dominica, exclamó: -Si las llagas de un niño tienen tal fragancia,
¿cuál será la de la gloria? -No te admires -dijo la mujer-, que don de Dios
está, allí está el origen y fuente de los olores aromáticos y suavísimos-. Y
al acabar estas palabras, se mudó la escena repentinamente: el rostro del niño resplandeció como
el sol, y la madre apareció también vestida de una luz clarísima. Toma Jesús las flores & la falda de
su Madre, y esparciéndolas sobre Dominica, le dice: -Recibe estas flores como
prenda de las que te daré después eternamente-. Dicho esto, desaparecieron,
llevándose consigo todo el corazón de la dichosa doncella.
ORACION.-Amabilísimo
Reina de los ángeles, amada del Altísimo sobre todas las criaturas: bien
quisiera haber dedicado a vuestro amor y servicio los primeros años de mí vida, siguiendo vuestro ejemplo
en la perfecta consagración con que de tan corta edad os dedicasteis al Señor
en su sagrado templo. Mas, ¡ay de mí!, que empleé los mejores y más floridos
en servir al mundo y sus
vanidades. Con todo, aunque tarde, quiero empezar. Vedme aquí, Señora; hoy me ofrezco enteramente a serviros y
servir a mi Creador para todo
el tiempo que me reste de
vida, renunciando, como Vos lo hicisteis, al amor desordenado de las
criaturas. Os consagro, pues, el entendimiento para que piense de continuo en
el amor grande que merecéis; os consagro la lengua para que os alabe sin
cesar, y el corazón para amaros ardientemente. Aceptad la ofrenda de este
pobre pecador por aquella alegría que sintió vuestro pecho amoroso en el acto
solemne de vuestra consagración. Tarde empiezo, pero lo resarciré redoblando
amor y obsequios. Fortaleced, Señora, con vuestra intercesión poderosa mi desaliento y flaqueza,
alcanzándome del Señor el auxilio y esfuerzo que necesito para ser fiel hasta
la muerte, a fin de que,
amándoos y sirviéndoos en este mundo, logre después la dicha de veras, amaras
y bendeciros en el cielo por todos los siglos de los siglos. Amén.
DISCURSO CUARTO
DE LA ANUNCIACION DE NUESTRA SEÑORA
En la Encarnación del Verbo divino, ni la humildad
de María pudo ser más profunda, ni pudo subirla
Dios a mayor altura
“Quien se ensalcé, será humillado, y quien
se humille, será ensalzado"; estas son palabras del Señor, y no pueden
fallar. Por eso, habiendo determinado hacerse hombre, para redimir al hombre
perdido por la culpa, y teniendo para ello que elegir madre, buscaba entre
las mujeres la más santa y humilde de todas, y halló a Mana, doncella sin
igual, tanto más sencilla y humilde cuanto más perfecta y colmada de todas
las virtudes. La vio el Señor y dijo: “Esta ha de ser mi escogida y mi Madre.
Veamos, pues, hasta dónde llegó en la Encarnación
su humildad y cuánto la ensalzó el Altísimo, considerando en el primer punto
que su humildad no pudo ser mayor de lo que fue, y en el segundo, que ni
Dios pudo ensalzarla más de lo que la ensalzó.
Punto
primero.-Dice el sagrado libro de los Cantares estas
palabras: “Estando en su lecho el Rey, dio mi nardo su fragancia". Y en
la planta del nardo, por ser pequeña y baja, se figuró la humildad de Mana,
cuyo suave olor subió a los cielos y llegó hasta el pecho del eterno Padre, y
de allí atrajo dulcemente a su seno virginal el Verbo divino. Más El, para
que la gloria y mérito de su Madre fuese mayor, no quiso sin su previo
consentimiento ser Hijo suyo. Estaba, pues, en su retiro la humilde
doncella, suspirando con más ardor que nunca parla venida del Redentor del
mundo, cuando de pronto se le presenta el arcángel San Gabriel con aquella
embajada tan gloriosa: “Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor es
contigo". Llena de gracia y siempre colmada, mucho más que todos los
Santos; contigo está el Señor, porque tu humildad lo merece; Bendita Tú eres
entre todas las mujeres, porque habiendo incurrido las demás en la maldición
de la culpa, Tú, como Madre de Dios, ere
bendita y siempre lo serás, y nunca en Ti hubo hi habrá mancha de
pecado.
A
una salutación tan alta y honorífica ¿qué responde la doncella humilde?
Nada; antes bien, al oírla se turba y queda pensando qué podrá significar.
¿De dónde proviene la turbación? ¿De recelo de algún daño o de ruborosa
modestia viendo al ángel en figura de hombre delante de sí? No, que el
Sagrado Texto dice claramente que se turbó de sus palabras, no de vede. Fue,
pues, turbación de humildad nacida de aquellas alabanzas tan distantes de
ningún concepto que de sí misma tenía formado; y así cuando el ángel la
ensalzaba, más ella se humillaba, más ahondaba en la consideración de su
propia bajeza. Reflexiona aquí un Santo,
que si el mensajero hubiera empezado a decir que era la mayor pecadora del
mundo, no se hubiera admirado; pero oyendo elogios tan altos, toda se agitó
interiormente, porque siendo tan grande su humildad, aborrecía su alabanza propia,
y sólo deseaba que fuese alabado y bendecido su Creador, fuente de todo bien.
Pero
una Virgen tan ilustrada con la luz del cielo, bien sabía ser ya llegado el
tiempo anunciado por los profetas en que había de bajar a la tierra el
Salvador del mundo; ya veía cumplidas las semanas de Daniel; ya el cetro de
Israel en manos del rey extranjero, según la profecía de Jacob; ni tampoco
ignoraba que una virgen había de ser la madre del Deseado de las naciones.
¿Le ocurrió entonces, a lo menos, alguna ligera sospecha de que tal vez ella
sena la escogida y la dichosa? No; su profundísima humildad la tenía muy
lejos de tal pensamiento. Aquellos elogios lo que causaron
fue un temor tan
grande, que el ángel tuvo que serenada y alentada, como después confortó al
Señor otro en el huerto de los Olivos.
“No temas, Maria -le dijo-, ni te admires de los
títulos grandiosos que te doy, porque si a tus ojos eres tan pequeñuela,
Dios, que se complace en levantar a los humildes, te hizo digna por tu
humildad, de qué hallases la gracia perdida par el hombre, te preservó de la
culpa original, te colmó, desde la concepción, de una gracia superior a la de
todos los Santos, y ahora te ensalza a la dignidad de Madre suya".
¿Por qué tardas, Señora, en hacemos
felices? Esperan los ángeles tu respuesta; la esperamos nosotros, que estamos
condenados a muerte. En tus manos se pone el precio de nuestra salvación. Si
tú quieres, quedaremos al instante libres de la desgracia eterna. Aquel Señor
que tanto se prendó de tu hermosura, desea con el mismo ardor tu
consentimiento como medio para salvar al mundo. Responde pronto, Virgen
humildísima, no difieras el instante dichoso de la salud común, que ya
depende de un acto sólo de tu voluntad.
Mas
ya responde, y dice: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu
palabra". ¡Oh, respuesta admirable! Si todos los hombres y ángeles del
cielo hubiesen estado por un millón de años pensando qué contestar en aquella
ocasión, no hubieran inventado respuesta tan hermosa, humilde y prudente
como esta lo fue. ¡Oh, respuesta poderosísima, que alegró el cielo y trajo al
mundo un mar de gracias y bendiciones! Respuesta que, apenas salida de los
labios purísimos de quien la daba, arrebató del seno del Padre al Hijo
unigénito para hacerse hombre en sus entrañas virginales. ¡Oh, palabra
poderosa, palabra eficaz, palabra venerable! Porque si Dios con otro igual (fiat) sacó de la nada la luz, los
cielos y la tierra, con este de María se hizo hombre cual uno de nosotros.
Sigamos
considerando cuán grande fue su humildad en esta respuesta. Bien conocía la
Virgen sapientísima lo sublime y excelso de la dignidad de Madre del
Altísimo, y el ángel claramente le aseguraba ser ella la escogida para tan
gran felicidad; pero, con todo, ni se tiene por eso en más, ni se detiene a
complacerse de su exaltación, sino que, mirando por una parte su propia nada,
y por otra la infinita Majestad del Señor, que entre todas las criaturas la
prefería, se reconoce indigna de tanto honor, más no resiste a la divina
voluntad. Por lo que, pidiendo el ángel su consentimiento, ¿qué hace? ¿qué
dice? Aniquilada en sí misma, pero al mismo tiempo inflamada y deseosa de
unirse más a Dios, se pone totalmente en sus divinas manos, diciendo: “Aquí
está la esclava del Señor; no soy más que una esclava suya, obligada a
obedecer lo que me mande"; queriendo decir: Si el Señor elige a una
esclava que de sí nada tiene, siendo todo don suyo, ¿quién ha de pensar que
intervenga aquí mérito alguno mío? ¿qué mérito puede haber en una esclavilla
para ser Madre de su mismo Señor? Alábese únicamente su bondad, y no se dé a
la sierva alabanza ninguna, pues es mera bondad suya poner los ojos en
criatura tan baja como yo para hacerla tan grande.
¡Oh,
humildad tan pequeña en sí misma, y tan grande a los ojos del que no cabe en
todo el ámbito de los cielos! ¡Oh, Señora! Y ¿cómo pudisteis juntar concepto
o estimación tan baja de Vos misma con tanta pureza, inocencia y, plenitud de
gracia? ¿cómo tanta humildad al veras ensalzada, al veras con el título
glorioso de Madre del Señor? Si cuando se reconoció Luzbel dotado de
angélica hermosura quiso elevar tan alto su trono y ser semejante al
Altísimo, ¿qué hubiera dicho y pretendido si hubiera descubierto en sí
vuestra lindeza? Vos al contrario, como tan prudente cuanto más ensalzada,
os humillasteis tanto más, y en premio de humildad tan excelente fuisteis
digna de que el Señor os mirase con singular amor, digna de que el Rey de la
gloria se prendase de vuestra belleza, digna de encerrar en vuestro seno
purísimo al Unigénito del Padre, habiendo merecido con aquellas solas
palabras: l/Aquí está la esclava del Señor", más que con todas sus obras
las criaturas juntas pudieran nunca merecer.
Así
es, en efecto, pues si con la virginidad fue tan grande a los ojos de Dios,
con la humildad se hizo digna, en cuanto pudo una criatura serio, de la
preeminencia de Madre suya, Dijo a un alma santa la misma Señora: "¿Cómo
llegué yo a tanta altura sino conociendo mi nada y humillándome hasta el
profundo?" Antes lo cantó en el
Magnificatt: "Porque
miró la humildad de su sierva, hizo en mí el Todopoderoso cosas tan
grandes". No dijo: Por haber mirado mi virginidad, ni mi inocencia sino
sólo mi humildad; advirtiendo que en
estas expresiones no pretendió dar elogios a su humildad como virtud,
sino decir que Dios había mirado, para ensalzada, su bajeza y nada,
engrandeciéndola de pura gracia,
Así,
la humildad de María, al mismo tiempo que fue como una escala por donde el
Señor tuvo a bien bajar a la tierra y hacerse hombre en su seno inmaculado,
fue también la disposición más perfecta y próxima de parte de la Virgen para
subir a dignidad tan excelsa, y por eso el Unigénito del Padre, "flor
divina", como le llamó el profeta Isaías, había de nacer, no de la copa
ni del tronco, sino de la raíz de
la planta de Jesé, cosa que denota la humildad de la Madre. Por lo mismo, le
dijo el Señor: "Tus ojos me han hecho volar", "¿De dónde
-pregunta San Agustín-, sino del seno del Padre al seno maternal?" Sí,
porque mirando siempre con humildad profunda su propia nada y la divina
grandeza, aquellos ojos purísimos, más cándidos y hermosos que los de la
paloma, hicieron tanta violencia al mismo Dios, que le arrebataron y le
trajeron a su vientre inmaculado. De este modo, en el misterio de la Encarnación, llegó su humildad al"
último y más perfecto grado adonde pudo llegar,' que fue lo que propusimos en el punto primero. Pasemos al
segundo, y veamos cómo al mismo tiempo no pudo ensalzada Dios más altamente
de lo que la ensalzó.
Punto segundo.-Para llegar
a entender la altura a que fue elevada esta dichosa doncella, sería
necesario que conociésemos toda la sublimidad y grandeza de Dios; pero a lo
menos, basta decir que la hizo Madre suya para persuadimos que su brazo
poderoso no pudo ensalzada mas de lo que la ensalzó, Que su alteza y dignidad
fuese mayor que la de todos los ángeles y bienaventurados, lo dicen los
Santos a una voz, porque
todas las criaturas le son inferiores, Dios únicamente es superior a ella, y
su elevación es tanta, que sólo Dios la puede comprender.
No
es extraño, pues, habiendo sido los Evangelistas tan difusos en elogiar a San Juan Bautista y la
Magdalena, nos dijesen tan poco del mérito de María. ¿Qué podían añadir,
después de haber dicho que era Madre de Dios? Esto sólo excede a lo más
sublime que el entendimiento puede alcanzar y la lengua decir, fuera de Dios.
Llamadla "Reina del cielo, Señora de los ángeles" y todo cuanto queráis:
nada llega a lo que ella es. Y la razón está clara, porque, según enseña el
Doctor Angélico, cuando más cerca está una cosa de su principio, más
participa de la perfección de él, y siendo Maria la criatura más inmediata a
Dios, participa cual ninguna otra de la gracia, perfección y grandeza divinas. De aquí nace el argumento con que
se. prueba que la dignidad de Madre de Dios es de un orden incomparablemente
superior a cualquier otro criado, porque en su manera pertenece al de unión
con una Persona divina, con quien está unida necesariamente, siendo la más
alta, la más estrecha, la más íntima que después de la unión hipostática no
hay ninguna unión con Dios tan próxima como la de la Madre de Dios con su
Hijo; tanto, que ser su Madre es la dignidad inmediata al ser mismo de Dios,
y sólo haciéndola Dios pudiera subir más.
Tan
encumbrada y sublime es esta dignidad que para ella hubo de ser ensalzada la
Madre a una cierta igualdad con las Personas divinas, por una gracia casi
infinita; porque siendo los padres y los hijos, moralmente hablando, una
misma cosa, sin diferencia en los bienes y honores que disfrutan, y habitando
Dios en sus criaturas de varias maneras, habitó en María con modo único y
singularísimo de identidad. Callen, pues, todas las criaturas, y, llenas de
espanto, inclinen la frente, reverenciando lo elevado de la preeminencia y
dignidad que, verdaderamente, se puede llamar infinita en género, porque no
pudo subir la dichosa a mayor altura de la que subió. Un mundo mayor, un
cielo mayor, los puede Dios hacer; pero levantar a una criatura más que a
ser su Madre, no. Lo dijeron sus dulcísimos labios: “Hizo en mí cosas
grandes". No explicó cuales eran. Y ¿por qué? Por ser imposibles.
Por
esta Virgen felicísima creó Dios el mundo, por ella lo conserva y por ella
perdonó al hombre después de la culpa y no le aniquiló. Todo a título de su
dignidad incomparable, dotada por El en sumo grado de todas las gracias y
dones generales y particulares que se han concedido y concederán a las demás
criaturas hasta el fin de los siglos. Fue niña; pero de aquella edad sólo
tuvo la inocencia, no la ignorancia y falta de uso de razón. Fue Virgen sin
desdoro de la esterilidad. Fue Madre, pero sin perder el precioso candor de
virgen, fue hermosa, fue hermosísima, y con tal extremo, que, habiéndola
visto una vez toda en carne mortal San Dionisio Areopagita, dice que la
hubiera adorado como una deidad si la fe no le hubiera enseñado que era
criatura humana pero con ser tan hermosa, y más hermosa que los ángeles y
todo lo creado, nadie la miró nunca con peligro, antes bien, desvanecía su
vista todo mal movimiento e
Inspiraba
pensamientos de honestidad, así como la mirra, nombre que le atribuye la
Santa Iglesia, preserva de corrupción.
La
vida activa no la separaba de la unión con su divino Esposo, ni la
contemplativa de las ocupaciones externas y oficios de caridad debidos al
prójimo. En fin, aunque la muerte la tocó también no vino acompañada de
afanes ni congojas, ni a su cuerpo santísimo llegó corrupción alguna en el sepulcro.
Concluyamos, pues, diciendo que esta venturosa Madre es superior en grado
inmenso a todas las criaturas, aunque siempre inferior a Dios infinitamente;
y que si fue imposible que hubiese un hijo más noble que Jesús, fue
imposible también hallar una Madre más noble que María. Esto ha de servir a
sus devotos para alegrarse de sus grandezas y aumentar la confianza en su poderoso
patrocinio, pues por la dignidad de Madre de Dios, tiene derecho para
disponer de los divinos dones en favor de quien se los pida, sin que el Señor
le pueda negar cosa alguna.
Ilimitado,
Señora, es vuestro poder, propensa vuestra voluntad y vivísimos los deseos
que tenéis de favorecernos. Igualmente sabéis que no por Vos sola os creó el
Altísimo tan lleno de gracia y revestido de tan superior autoridad, sino que
os dio a los ángeles por restauradora, a los hombres por reparadora y abogada
y a los enemigos infernales por vencedora poderosísima.
Bendigámosla,
saludándola muchas veces con las palabras del arcángel; pues, no hay otras
que le sean más dulces y agradables, según dijo a Santa Matilde la misma
Señora, confiando que así lograremos de su misericordia beneficios muy
singulares, como se dirá en el siguiente.
EJEMPLO.-Cuenta el
P. Séñeri en su libro de El cristiano
instruido, que una vez en Roma fue a confesarse con el P. Nicolás
Zucchi un joven encenegado en los vicios de la deshonestidad. Le oyó el
confesor caritativamente, y compadecido de su miseria, le dijo que la
devoción a Maria Santísima era eficaz para sacarle de su mal estado,
imponiéndole por penitencia hasta otra confesión, rezar al acostarse y
levantarse un Avemaría, ofreciendo a Nuestra Señora ojos, manos y todo el
cuerpo, rogándole que le guardase como a cosa suya y besando tres veces la
tierra. Cumplió el joven la penitencia al principio con poca enmienda; pero
el Padre le exhortaba a proseguirla constantemente, animándole siempre a
confiar en el amparo de María Santísima.
Fue
el penitente a correr tierras en compañía de algunos amigos, y vuelto a Roma,
buscó al confesor, el cual, con extraordinario gozo y maravilla, halló su
alma enteramente trocada y libre de los vicios. El joven le aseguró que la
Reina de los ángeles, por aquella corta devoción practicada por su consejo,
le había obtenido del Señor tan grande merced. No pararon aquí sus
misericordias, porque contando el Padre desde el púlpito aquel favor, un
capitán del auditorio, que ya de muchos años tenía trato ilícito con una
mujer, propuso firmemente empezar la misma devoción, con deseo de romper las
cadenas de la esclavitud (deseo necesario de todo pecador para lograr el
auxilio de la Virgen), y al fin salió victorioso y mudó de vida. Al cabo de
seis meses, fiándose ya en sus propias fuerzas, quiso ir un día a verse con
aquella mujer, por la curiosidad de saber si también ella se había enmendado;
pero al llegar a la puerta, con tan manifiesto peligro de volver a caer se
sintió tan repelido hacia atrás por una fuerza invisible y se vio tan lejos
de allí cuán larga era la calle, que llegó hasta su propia casa,
conociend6).entonces claramente que la Virgen Santísima le había librado del
precipicio.
Aquí
se descubre el cuidado especial que tiene esta Señora, no sólo de sacamos del
pecado si la invocamos con este buen deseo, sino también del peligro de
recaídas.
ORACION.-
¡Oh, Virgen Santísima, que siendo tan pequeña en vuestros ojos, fuisteis a
los de Dios tan grande, que os eligió para Madre suya y Reina del cielo, y de
la tierra! Gracias doy al Señor por tan singular prerrogativa, y me regocijo
de veros unida con El íntimamente y elevada adonde jamás pudo llegar una
criatura. Me avergüenzo de comparecer en vuestra soberana presencia, viendo
en Vos, con el cúmulo de tantos méritos, tan profunda humildad, y en mí tanta
soberbia, siendo tan criminal y despreciable. Pero, con todo, me animo a
saludaros, diciendo: Dios te salve, María, llena eres de gracia. Alcanzádmela
también a mí. El Señor es contigo. Siempre lo estuvo pero mucho más
haciéndose Hijo vuestro. Bendita Tú eres entre todas las mujeres. Llegue
igualmente a nosotros por vuestro medio la bendición divina, y bendito es el
fruto de tu vientre, Jesús; fruto santo que nació de Vos. Santa María, Madre
de Dios, Madre suya sois, Madre verdadera, y por defender esta verdad estoy
pronto a dar mil veces la vida. Ruega por nosotros pecadores. Por salvamos se
hizo Dios Hijo vuestro, ya Vos nos dio por Madre; y vuestras súplicas tienen
virtud para salvar a cualquier pecador. Rogad por nosotros ahora y en la hora
de nuestra muerte. Rogad en todo tiempo. Rogad ahora que nos veis acosados
de tentaciones y rodeados de peligros, pero con más instancia rogad a la
hora de la muerte, cuando ya estemos próximos a salir de este mundo para ser
presentados en el Tribunal divino, a fin de que salvos por los méritos de
nuestro Señor Jesucristo y vuestra poderosa intercesión, entremos,
finalmente, en los gozos de la gloria, alabándoos en compañía de vuestro
benditísimo Hijo por toda la eternidad. Amén.
DICURSO QUINTO
LA VISITACION
María es la tesorera de todas las
gracias. El que busque la
gracia, debe recurrir a María. Todo el que
así lo
haga, hallará lo que desea
Por
favorecida se tiene la casa donde entra una persona real, a motivo del honor
que recibe y de los favores que espera para después; pero por más feliz debe
tenerse el alma a quien se digne visitar la Reina de los cielos, porque
ciertamente la colmará de honor y de toda suerte de bienes. Quedó bendita la
casa de Obededón cuando estuvo en ella el Arca de la alianza; pero mucho más
abundantes son las bendiciones con que esta Madre piadosísima enriquece las
almas. Bien lo experimentó; la familia dichosa de San Juan Bautista. Apenas
entró por sus puertas la Virgen sacrosanta, los llenó a todos de beneficios
celestiales, y por esto llaman mucho a la Visitación fiesta de la Virgen de
las Gracias.
Veremos,
pues, en el discurso siguiente que ella es la tesorera de todas las gracias
que se reparten a los hombres, y serán dos puntos: primero, el que busca la
gracia debe recurrir a María; segundo, el que a María recurra alcanzará la
gracia que desea.
Punto primero.-Luego que
de la boca del arcángel San Gabriel oyó la piadosísima Virgen que su prima
Isabel estaba encinta de seis meses, conoció interiormente, iluminada por el
Espíritu Santo, que el Verbo divino encarnado en sus entrañas virginales
quería desde luego, manifestar al mundo las riquezas de su misericordia,
distribuyendo sus primeras gracias en toda aquella familia. Y así, dejando
al instante la quietud de la contemplación a que estaba de continuo entregada,
salió con ligereza a visitar a Isabel. Y porque la caridad todo lo sufre, y
la gracia y moción del Espíritu Santo no conoce tardanzas, por esto Mana, no
mirando la fatiga del viaje ni la ternura y delicadeza de sus pocos años, se
puso inmediatamente en camino; y luego que entró por la casa, fue la primera
en saludar a su prima; pero sus palabras no fueron como lo son de ordinario
las de las gentes del mundo, reducidas a cumplimientos y vanas ceremonias,
sino expresiones santas, amorosas y acompañadas de gracias y felicidades,
porque a la primera salutación quedó Isabel llena del Espíritu Santo y Juan
libre del pecado original y santificado, como lo dio a entender claramente en
aquellos saltos de júbilo que daba en el vientre de la madre; queriendo así
manifestar al mundo la gracia recibida por medio de aquella Virgen soberana,
como lo afirmó Santa Isabel.
Reflexionaremos
ahora que, si todos estos frutos de la redención pasaron por manos de Maria,
habiendo sido el canal por cuyo medio se dio a Juan Bautista la gracia, a
Isabel el Espíritu Santo, a Zacarías el don de profecía y a toda la casa tantos
beneficios, que fueron los primeros que sepamos haber hecho el Verbo divino
después de su Encarnación, debemos creer que desde entonces constituyó Dios a
María acueducto universal, como la llama San Bernardo, para que por ella
pasen todas las gracias que hasta el fin del mundo tiene determinado
comunicar a los hombres, cosa que dejamos probado en el capítulo quinto de la
primera parte.
Tesorera,
pues, y dispensadora de la gracia divina, llaman con razón a esta Madre
felicísima todos los Santos, asegurándolo también la misma Señora. Sí, Madre
amantísima; sí, dulce esperanza del género humano, bien sabemos que en vuestras
manos están los tesoros de la divina misericordia; bien sabemos que han de
pasar por ellas cuantos hasta el fin de los siglos se hayan de dispensar a
todos los hombres. No temáis, os diré con el ángel, porque Vos no habéis
usurpado la gracia, como Luzbel quería, ni la perdisteis, como Adán la
perdió, ni la comprasteis, como intentó Simón mago, sino que la hallasteis
por haberla deseado y buscado. Hallasteis la gracia increada, que es el mismo
Dios hecho Hijo vuestro, y con ella todos los bienes, para repartirlos a
beneficio de los hombres con tanta plenitud, que no hay uno que por vuestro
medio no se pueda salvar, pues así como el sol fue creado para que iluminase
toda la tierra, así lo fuisteis Vos para distribuir las divinas misericordias,
siendo cosa indudable que desde el momento en que fuisteis constituida Madre
del Redentor del mundo, adquiristeis para dispensarlas jurisdicción suprema.
Concluyamos esto exhortando a
quienquiera que deseare conseguir alguna gracia recurra a María con toda
confianza, cierto de que nada que le pida le puede Dios negar, porque halló
la gracia, y a su disposición, la tiene a todas horas. Busquemos la gracia,
y busquémosla por medio de Mana. Esta es la voluntad del Autor de todo bien.
Todo, sin excepción alguna, quiere que pase por sus manos purísimas. Y pues
que para obtener cualquier favor necesitamos confianza, pasemos a ver ahora
cuán firme es la que en María podemos colocar cuando nos acercamos a pedir
alguno.
Punto segundo.- ¿Qué fin
tuvo el Señor cuando depositó en aquellas manos virginales las riquezas de
su misericordia, sino el que las distribuya entre sus devotos, puesto que
ellos la aman, veneran y con tanta confianza imploran su auxilio y favor?
"Todos
los tesoros en mi mano están para enriquecer a los que me aman",
expresiones de la Escritura que le aplica la Santa Iglesia en todas sus
festividades. Para ninguna otra cosa como para socorrer nuestra miseria tiene
y conserva estos tesoros de gracia y vida eterna la riquísima Virgen, en
cuyo seno depositó el Señor la abundancia de tantos bienes, a fin de que,
repartidos entre los pobres quedásemos todos ricos y felices. Canal precioso
por donde corren de continuo. Por esto San Gabriel, aunque la encontró, a la
saludada, llena de gracia, le dijo que el Espíritu Santo, viniendo a su seno
purísimo, la llenaría más y más. Pero, ¿cómo, si ya estaba colmada? Lo
estaba, ciertamente pero el divino Espíritu la colmó de nuevo abundantemente,
para que de tanta abundancia y refluencia llegase su parte a cada uno de
nosotros.
Quien me halla, dice la misma Señora,
hallará la vida con tanta felicidad como tomar el agua de una fuente
caudalosa. Basta pedirle cualquier cosa para conseguida. Antes que naciese
no recibían los hombres la abundancia de gracias que ahora brotan del cielo,
porque faltaba el canal por donde se nos comunicasen. Mas al presente, que la
tenemos, qué beneficio se nos podrá negar acudiendo a los pies benditísimos
de esta Madre de misericordia. Es a todos ciudad de refugio. Pues, acudan a
ella todos sus hijos, y les dará mucho más de cuanto ellos acierten a pedir.
No
hay duda que a muchas personas acontece lo que vio una vez en espíritu una
sierva de Dios. Se le representó la Reina de los cielos en figura de una
fuente abundantísima de la que muchos sacaban agua en gran cantidad, pero
solamente los que habían ido con los cántaros o vasijas sanas eran los que la
llevaban sin derramarse, porque los demás, que iban con las vasijas rotas, es
decir, con pecado en el alma, aunque también sacaban, pronto se les iba toda;
si bien es positivo que a todos los hombres, buenos y malos, descienden por
su medio a cada hora bienes innumerables.
Aviven
con esto sus devotos la confianza todas las veces que recurran a Ella, para
lo cual no olviden dos cosas principales, que son los deseos que esta Señora
tiene de favorecemos y el poder ilimitado para alcanzarnos cuanto quiera.
Sus deseos bien los acredita el motivo de esta festividad, esto es, la visita
que hizo a su prima Santa Isabel. Setenta millas dicen que hay de Nazaret a
Ebrón ciudad de Judá, y, no obstante, al momento que el ángel habló se puso
en camino doncella tan tierna y delicada. Pues, ¿quién la impedía? Su
caridad ardiente, aquella caridad que
respiraba su dulcísimo corazón, deseoso de empezar desde luego a ejercer su
oficio de dispensadora de la divina gracia. No iba con ánimo curioso de
cerciorarse de lo que el ángel le había dicho tocante al embarazo de la
anciana Isabel, sino llena de júbilo y con deseos vivísimos de favorecer
aquella casa, dándose prisa a caminar por el gusto que sentía en hacer el
bien y con el alma puesta en el fin piadoso a que la guiaba su misma bondad.
Ni
se crea que por verse ya tan feliz en el cielo se haya su amor para con
nosotros entibiado o menoscabado; antes es mayor ahora, porque allí conoce
más claramente nuestras necesidades y tiene más compasión de nuestras
miserias, anhelando hacemos mayores beneficios que los que nosotros podemos
desear; tanto, que, como el hacer bien lo tiene de índole y natural
inclinación, se da por ofendida de los que no acuden a implorar su
misericordia.
Bien
podemos asegurar que quien la hallare, hallará todo bien. Y hallarla, ¿quién
no puede, por más pecador que sea? ¿No sabemos que es benignísima? ¿No es cierto que siempre admita a cuantos
recurren a su protección? “A todos os llamo", nos está diciendo con rostro
afable; “la todos os espero, todos ansío que acudáis a mí, y si el mayor
pecador del mundo quiere venir a buscarme, puede estar seguro de que no le
desecharé".
Cualquiera,
pues, que pretenda su verdadera felicidad, la tiene pronta, porque allí está
la Madre deseando granjearle la gracia y salvación con sus poderosísimos
ruegos.
Y esta es la otra reflexión que debe
animar nuestra confianza: saber de cierto que en favor de sus devotos obtiene
todo cuanto pide. En confirmación de esta verdad, observemos la virtud y
eficacia que tuvieron sus palabras en esta ocasión que vamos considerando,
porque apenas las pronunció quedaron Isabel y su hijo llenos de la gracia
del Espíritu Santo. Mucho es lo que a Dios agrada que le pida esta Señora por
nosotros alguna cosa, porque entonces lo que nos da, lo considera concedido
a su Madre mas que a nosotros, queriéndola de este modo honrar y obedecer como
a su verdadera Madre, según se vio también en las bodas de Caná, donde por
darle el gusto hizo aquel gran milagro. '
Vamos,
pues, con toda confianza (nos exhorta el Apóstol) al trono de la gracia para
alcanzar misericordia. Este trono es María. Si deseamos, pues, conseguir la
gracia, corramos a María con esperanza cierta de ser oídos. Busquemos la
gracia, y busquémosla por su medio, porque cuando el Espíritu Santo la colmó
de su dulzura y suavidad, hìzola tan agradable a los ojos de Dios, que
cuantos favores pidamos por su medio seguramente los alcanzaremos.
y
si damos fe al dicho tan sabio, de San Anselmo, de que a veces somos oídos
más pronto recurriendo a María que a nuestro Salvador, no porque el Señor
deje de ser la fuente y dueño de todas las gracias, sino porque valiéndonos
del favor de la Madre e intercediendo ella por nosotros tendrán sus ruegos
mucha más eficacia. No nos apartemos nunca de sus sacratísimos pies
diciéndole con los afectos del corazón como a tesorera y dispensadora de
todos los bienes celestiales, que, pues, es la salud y consuelo del género
humano, se digne abrimos las puertas de la divina misericordia,
alcanzándonos especialmente los auxilios más conducentes a nuestra salvación,
para lo cual nos hemos de poner totalmente en sus piadosas manos, como lo
hizo aquel siervo de Dios, fray Reginaldo, de la sagrada Orden de
Predicadores, por consejo de una de las dos santas vírgenes que acompañaban a
María Santísima cuando se le apareció para darle salud. ¡Qué dicha tan grande
ser visitado por esta soberana Señora! Pero si deseamos favores semejantes,
visitémosla y venerémosla frecuentemente en sus imágenes y santuarios y
acaso mereceremos un favor parecido al que voy a referir en el siguiente
EJEMPLO.-En
las Crónicas de los Padres Franciscanos se cuenta que, yendo dos religiosos
de su Orden en peregrinación a un santuario de la Virgen, se les hizo de
noche en medio de un bosque muy grande, por lo cual afligidos en extremo, no
sabían qué hacer; pero caminando un poco más, les pareció que veían entre las
sombras una casa. Se acercan, y era en efecto, así. Van a tientas por las
paredes, hallan la puerta y oyen preguntar de adentro quién era.
Respondieron que dos pobres religiosos que habían perdido el camino y pedían
albergue por aquella noche, temiendo dar con alguna fiera. Sin decir más, ven
abrirse la puerta, salir dos pajes ricamente vestidos y saludarlos con mucha
cortesía. Los religiosos les preguntaron quién era el dueño o persona que
habitaba en aquella casa, y les fue respondido que una señora de gran caridad.
-Quisiéramos ir a darle las gracias del favor que nos hace- dijeron los
religiosos, y los pajes contestaron que los llevaban a verla, porque ella les
quería hablar. Suben la escalera, y todas las salas estaban iluminadas,
adornadas y dando de sí una fragancia de cielo. Entran finalmente, donde había
una señora de gran majestad y hermosura, la cual los recibió con benignidad,
preguntándoles adónde iban. Dijeron que a un santuario de la Santísima
Virgen, y la señora volvió a decir: -Pues entonces os daré una carta que os
podrá ser útil-. Y mientras decía esto ardían sus corazones en amor de Dios y
se anegaban en un gozo nuevo antes nunca experimentado. Se fueron de allí a
acostar, aunque apenas podían dormir del contento que sentían en sus
corazones.
A
la mañana siguiente fueron otra vez a darle las gracias y tomar la carta,
que, en efecto, les dio, con la cual se despidieron y continuaron su camino.
Mas, a poca distancia, repararon que no llevaba sobrescrito y quisieron
volver; pero por más vueltas que dieron, no hallaron rastro de la casa.
Entonces abren la carta para ver a quién iba y encontraron que María
Santísima escribía a los mismos religiosos, diciéndoles que ella había sido
la señora que habían visto, y que, por la devoción que le profesaban, les
había deparado en aquella soledad posada y cena; que siguiesen así y les
remuneraría sus obsequios
favoreciéndoles en vida y en muerte. Al pie estaba la firma que decía: Yo, María Virgen. Consideremos cómo
quedarían los buenos religiosos, qué gracias darían a Nuestra Señora y qué
nuevos afectos y encendidos deseos sentirían en sus almas de amarla y servirla hasta la muerte.
ORACION.- ¡Virgen inmaculada, Virgen
benditísima!, pues tenéis el piadoso encargo de repartir a los hombres los
favores y misericordias divinas, con justicia puedo y debo llamaros
esperanza mía, esperanza de todos. Bendigo mil veces al Señor por haberme en
Vos dado el medio seguro de alcanzar la gracia y mi salvación, aunque sé que
los méritos de Jesucristo, vuestro Santísimo Hijo, son los principales.
Ahora, Virgen benignísima, como fuisteis a visitar a vuestra prima, daos
prisa para venir a la casa de mi alma del mismo modo. Mejor que yo sabéis
cuán pobre y necesitada se ve, cuántos desarreglos afectos la combaten,
cuántos apetitos desordenados, cuántos hábitos malos, cuántos pecados
cometidos, sin otros infinitos males que la inclinan y arrastran a su perdición.
Vos, que sois la salud de los enfermos y tesorera de los caudales del Señor,
la podéis fácilmente librar de todas sus
miserias y dejarla rica.
Visitadme de continuo en la vida,
visitadme con especialidad en la hora de la muerte, porque entonces me será
más necesaria vuestra asistencia. No es que pretenda yo (indigno soy de tan
alto favor) que me visitéis en esta vida con vuestra presencia visible,
gracia concedida a muchos de vuestros fieles siervos; más ellos no lo
desmerecían ni habían sido ingratos como yo; y así me contento con veras
después en el paraíso celestial, donde con incesantes acciones de gracias por
los favores recibidos de vuestra mano os amaré eternamente. Ahora me basta
que me visitéis con vuestra misericordia y roguéis por mí. Rogad por mí,
Señora, interceded por mí ante vuestro dulcísimo Hijo. Vos conocéis mejor que
yo mis necesidades y miserias. ¿Qué más puedo yo decir? Tened misericordia de
mí. No digo más, porque soy tan rudo y ciego, que ni siquiera conozco ni sé
pedir lo que necesito. Reina y Madre mía, hacedlo Vos por mí; alcanzadme
aquellas gracias y auxilios que veáis ser más convenientes y necesarios al
bien de mi alma. En vuestras manos me pongo totalmente, no pidiendo más a la
Majestad divina sino que, por los méritos de mi Señor Jesucristo, me conceda
lo que Vos le pidáis por mí. A vuestras súplicas nada se niega. Son súplicas
de Madre presentadas en el acatamiento del Hijo que tanto os ama y que tanto
se complace en acceder a cuanto Vos deseáis, para que de esta manera más
honraras y acreditar el amor ternísimo que os tiene. Quedamos en esto,
Señora. En Vos confío y en vuestras manos queda mi salvación eterna. Amén.
DISCURSO SEXTO
DE LA PURIFICACION
Sacrificio excelentísimo que hizo
en este día
la Reina de los cielos
ofreciendo a Dios la vida de su Hijo
Dos
preceptos imponía la ley antigua al nacer el primogénito de cada familia. En
el uno mandaba Dios que la madre estuviese cuarenta días, como inmunda,
encerrada en casa, después de los cuales fuese al templo a purificarse. En el
otro ordenaba que los padres le ofreciesen el hijo en el mismo templo, y la
Santísima Virgen cumplió con ambos en este día. Al primero no estaba,
ciertamente obligada, porque siempre fue Virgen purísima; pero, por efecto de
humildad y obediencia, quiso ir a purificarse con las otras madres. Cumplió
con el segundo presentando a su Hijo al Eterno Padre, pero haciéndolo de
otro modo y con otro espíritu muy diferente de lo que solían las demás al
ofrecer los suyos. Estas bien sabían que aquello no era más que una simple
ceremonia legal; pues, rescatándolos por unas cuantas monedas, los
recobraban en el acto, sin quedarles el temor de haberlos de ofrecer a la
muerte después. Pero María ofreció realmente a su Hijo a la muerte, estando
cierta de aquel sacrificio, entonces empezado se había de consumir a su
tiempo en el ara de la Cruz; de suerte que, ofreciendo a Dios la vida
preciosísima del Hijo tan querido, en realidad se ofreció a sí misma toda
entera, cual víctima de amor.
Omitiendo,
pues, las demás consideraciones de esta sagrada festividad, fijemos
únicamente la atención en la grandeza de este sacrificio que hizo de sí misma
la Virgen María, con ofrecer tan entera y generosamente la vida de su
dulcísimo Hijo.
Había
Dios decretado salvar al hombre perdido por la culpa librándole de la muerte
eterna; pero queriendo que esto fuese sin menoscabo de su divina justicia,
exigió que su unigénito Hijo satisficiese la pena que nosotros merecíamos.
Para esto le mandó al mundo, dándole por Madre a Ma ría; mas ni quiso que no
fuese, ni que el Redentor diese la vida sin prestar ella primero su
consentimiento, a fin de Que juntamente con Este sacrificase la Madre su
Corazón purísimo, pues, como la calidad de madre da siempre derecho sobre el
hijo, siendo Jesús inocente, y no merecedor de pena alguna, pareció justo
que la misma Señora consintiese de voluntad en aquel sacrificio tan costoso.
Desde la Encarnación tenía dado el consentimiento; pero fue voluntad de Dios
que en este día, solemnemente y en medio del templo, se ofreciese a sí misma
en agradable sacrificio juntamente con su Hijo Santísimo.
Pues,
empecemos a contemplar el dolor que le causó y las virtudes heroicas que
practicó en aquel acto difícil y admirable. Veámosla encaminarse con paso
acelerado a Jerusalén, lugar del sacrificio, llevando abrazada, con gran
amargura, la víctima preciosa. Entra en el templo, llega al altar, y, con sin
igual modestia, humildad y devoción, presenta el Hijo al Eterno Padre. Al
mismo tiempo, Simeón, a quien Dios había prometido no morir sin haber tenida
el consuelo de ver nacido el Mesías recibe en sus brazos de manos de la
Virgen al divino Infante, y entonces, iluminado por el Espíritu Santo,
profetiza a la Madre lo mucho que le había de costar el sacrificio que
entonces hacía de su querido Hijo, en unión del cual había de ser también
sacrificada su alma benditísima.
Contemplando
este misterio Santo Tomás de Villanueva, dice que el santo viejo se hubo de
quedar al principio silencioso y turbado, lo que viendo la Virgen, le
preguntó por qué se contristaba en medio de tanto gozo y consuelo, a lo que
el sacerdote respondió : "¡Virgen nobilísima, gran pena me da el tener
que anunciarte hoy cosas de tanto dolor! Pero, pues que Dios así lo dispone
para tu mayor merecimiento, escucha lo que voy a decir: Llegará día en que
este Niño, que ahora te causa tanto placer, y con razón tan justa, producirá
en tu al. ma el dolor más terrible que jamás experimentó criatura nacida, y
esto ha de ser cuando lo veas hecho blanco de la malicia de los hombres,
perseguido, injuriado, maltratado y al fin, muerto en un patíbulo delante de
Ti. Y aunque no morirás padeciendo en el cuerpo tormentos como los muchos
martirios que este Señor ha de tener, serás mártir en el corazón".
Sí, en el corazón, porque no fue otra
la espada que atravesó su pecho santísimo que la compasión de las penas de
aquel Hijo tan amado. Bien sabía la divina Señora por la lectura de las
Santas Escrituras y la enseñanza interior del Espíritu Santo, lo que el
Salvador había de sufrir, mayormente en su sagrada Pasión. Bien sabía por
los Profetas que uno de sus discípulos le había de vender; que los otros le
habían de abandonar; que había de sufrir desprecios, irrisiones, salivas y
bofetadas, hasta venir a ser la mofa y vilipendio de la plebe; que su cuerpo
santísimo había de ser desgarrado, despedazado y hecho todo una llaga, como
leproso, a fuerza de golpes y azotes, y que, finalmente, había de perder la
vida en un madero por la salud de los hombres. Pero cuando el santo viejo le
anunció que su alma sería traspasada con cuchillo de dolor, se le
descubrieron en particular las circunstancias de todas aquellas penas, así
interiores como exteriores.
Mas
en todo consiente, y con una constancia que pasmó a los mismos ángeles del
cielo, pronuncia la sentencia de que muera Jesús, y muera con toda aquella
ignominia y dolor diciendo: “Padre Eterno, pues que Vos lo queréis, hágase
vuestra voluntad, y no la mía; con la vuestra santísima me conformo
enteramente, sacrificando en vuestras manos este Hijo querido, consintiendo
que pierda la vida por vuestra gloria y la salvación de los hombres, y
sacrificando juntamente mi corazón para que sea herido, angustiado y
acibarado cuanto Vos queréis, a fin de que así quedéis Vos glorificado y
complacido". ¡Oh, caridad sin límites! ¡Oh, constancia inaudita! ¡Oh, victoria
digna de admiración eterna! Constante en esta resolución, no despegó sus
labios cuando el Salvador, fue acusado ante Poncio Pilatos, ni cuando el juez reconoció
"su inocencia, y sólo por asistir al sacrificio se presentó
públicamente en el monte Calvario, permaneciendo firme hasta el sacrificio.
Sería
necesario conocer la grandeza del amor que ardía en su pecho maternal, para
que entendiésemos hasta dónde llegó la violencia que interiormente tuvo que
hacerse esta Madre amantísima. Por lo regular, suele ser muy grande el amor
de las madres para con sus hijos, y así, cuando los ven cercanos a morir, olvidan todas sus
faltas y aún los disgustos y malos tratamientos que tal vez han recibido de ellos,
y es indecible la pena que entonces sienten y los extremos que hacen, con tener
de ordinario repartido el amor entre muchos hijos u otras personas o cosas
del mundo. Pero esta Madre no tenía más que un Hijo, y éste, no sólo sin
defectos, sino el más hermoso y cabal de todos los hijos de los hombres:
amable, obediente, inocente, santo, y en fin en todo perfectísimo, como que
era Dios; ni se hallaba dividido su amor entre otros, ni en amarle temía que
pudiese haber exceso, por saber que merecía ser amado con infinito amor.
Este fue el Hijo que sacrificó en este día.
Cualquiera
puede imaginar aquí lo que esto le costaría y la fortaleza de su ánimo
invicto en este caso, siendo el Hijo quien era. Si fue la madre más dichosa
del mundo por ser Madre de Dios, fue también la más afligida y angustiada que
hubo jamás, por haberle tenido que destinar a la muerte desde que fue
concebido, y especialmente hoy. ¿Qué madre querrá tener un hijo sabiendo que
le debe entregar a una muerte cruel e ignominiosa y verle morir a sus propios
ojos? Pues María Santísima acepta serio con esta durísima condición, y aun
le inmola por su propia mano. ¡Con cuánto gusto hubiera sufrido, a trueque de
librarle, todas aquellas penas, hasta beber el cáliz de la muerte! Pero pues
era voluntad de Dios que le sacrificase venciendo, aunque con sumo dolor y
dificultad, toda la ternura de tan fino amor, siendo así mucho mayor su
violencia y generosidad si hubiera recaído los tormentos en su propia
persona, con lo que superó la prontitud y valentía de los mártires, pues
habiendo éstos ofrecido su vida, la Virgen inmoló la del Hijo, a quien amaba,
sin comparación, más que a sí misma.
Ni
aquí se limitaron las penas de esta descanso ladísima Señora, sino que
entonces empezaron, porque de allí en adelante tuvo de continuo presente la
muerte, y los dolores que el Cordero inmaculado había de padecer, creciendo
en su corazón maternal el cúmulo de las penas a proporción que con la edad
iba descubriendo en El mayor gracia, amabilidad y belleza. ¡Oh, Madre
dolorosa! Si hubierais amado menos, o hubiera sido vuestro Hijo menos amable
de lo que era, menor, sin duda hubiera sido el ofrecerle vuestro sentimiento;
pero no hubo ni habrá nunca madre que más amase que Vos, porque no se vio
jamás hijo ni más amoroso para con su madre ni que tan digno fuese de amor
como lo es el vuestro. Si cualquiera de nosotros hubiese visto la hermosura
y majestad de aquel divino infante, ¿hubiera tenido ánimo de entregarle a
padecer y morir en medio de tan grandes tormentos? Pues ¿cómo Vos, Señora
siendo Madre amantísima y Ella misma inocencia, tuvisteis corazón para tanto?
¡Que
escena tan dolorosa tuvo desde aquel día delante de los ojos del alma esta
Virgen amante! ¡Ay, que el amor le representaba de continuo a su Hijo en la
agonía del huerto, atado a la columna y hecho todo una llaga, coronado de
espinas y enclavado en la cruz. Mira, Madre, le decía el amor, mira el Hijo
que ofreces y a qué penas y muerte le ofreces! ¿De qué sirve que le libres
ahora de las manos de Herodes, si después ha de tener su vida término tan
lastimoso?
Así
que se puede decir que el sacrificio fue de toda la vida y de cada instante
de ella porque hasta el día de su gloriosa Asunción a los cielos no tuvo
alivio su dolor, ni le faltó del pecho la espada penetrante que el sacerdote
le predijo. Ni a dolor tan intenso hubiera podido resistir un instante si
Dios, con su soberana virtud, no la hubiera confortado, sosteniéndole el hilo
de la vida para que pudiese padecer. Vivía muriendo, porque a cada hora la
asaltaba el temor de la muerte de su amantísimo Hijo, sobresalto más
temeroso que la misma muerte.
Por
el mérito relevante que así contrajo en nuestro favor la llaman los Santos
"reparadora del género humano, redentora de los cautivos, reparadora del
mundo perdido, restauradora de nuestras miserias, Madre de todos los fieles,
Madre de los vivientes y Madre de la vida"; pues habiendo unido
íntimamente su voluntad con la de su Hijo y ofrecido juntos un mismo
sacrificio, obraron ambos la redención y dieron la salud a los hombres:
Jesucristo, satisfaciendo por nuestros pecados, y María alcanzándonos con sus
ruegos que esta satisfacción se nos aplicase, por lo que puede sin dificultad
ser llamada "Salvadora del mundo", habiendo merecido esta dicha con
la pena que padeció ofreciéndole voluntariamente al rigor de la divina
justicia.
Ahora bien: habiendo sido constituida
de esa manera Madre de todos los redimidos, es razón que creamos que sólo por
su mano se les distribuyen los dones de la divina gracia, los medios para
conseguir la vida eterna y todo el fruto de la Pasión: porque si a Dios
agradó tanto que Abraham le quisiese inmolar en el monte a su hijo, que por
esto le prometió multiplicaría su descendencia como las estrellas del cielo
¿cuánto más grato le seria el sacrificio de esa Madre amantísima? En premio
de tanto amor y generosidad, le concede el Señor que cada día se multiplique
el número de sus dichosos hijos, que son los escogidos.
A San Simeón había Dios prometido no
morir sin ver al Mesías; pero ¿por quien mereció esta gracia? Por medio de
María. ¿Dónde le vio? En sus brazos virginales. Así, todo el que quiera encontrar
a Jesús no tiene que buscarle sino por conducto de María. Acudamos, pues, a
esta divina Madre con toda confianza si deseamos hallar al Señor. Reveló la
misma Virgen a una sierva suya, que todos los años en este día de la
Purificación se dispensa a un, pecador una misericordia grande. ¿Quién sabe
si alguno de nosotros será uno de estos afortunados? Si nuestros crímenes
son enormes, mayor es su misericordia; su divino Hijo nada le niega, y si
está enojado con nosotros, la Madre piadosísima se encarga de aplacarle.
Cuenta Plutarco que Antípatro escribió una vez a Alejandro Magno una carta
muy larga llena de quejas contra Olimpia, su madre, y que, leída, dijo Alejandro:
"¿No sabe Antípatro que mil cartas como ésta quedan borradas con una
lágrima de mi madre?" Así nos hemos de imaginar que responde Jesucristo
a las acusaciones del enemigo cuando María ruega por nosotros: "¿No sabe
Lucifer que una palabra de mi Madre basta para que olvide Yo todas las
ofensas de cualquier pecador?" Leamos, para comprobarlo, el siguiente
EJEMPLO.-Este
ejemplo no se ha escrito hasta ahora en ningún libro, pero lo sé por
habérmelo contado un sacerdote compañero mío, con quien la cosa pasó. Es,
pues, el caso que estando él confesando en cierta iglesia de un pueblo, que
se calla por justos respetos (aunque el penitente dio licencia para que el
hecho se publicase), se le puso delante un joven que parecía querer y no
querer confesarse. Habiéndole el Padre mirado varias veces, al fin le llamó,
preguntándole si, en efecto, se quería confesar. Respondió que si; pero,
temiendo que la confesión fuese larga, se fueron a una habitación retirada.
Allí empezó el joven a decir que era forastero y de familia noble, pero que,
habiendo tenido una vida muy mala, no pensaba que Dios le pudiese perdonar.
Fuera de los innumerables pecados de deshonestidad, homicidios y otros, dijo,
que estando ya desesperado de su salvación, había seguido cometiendo
maldades, no tanto por gusto, cuanto por despecho y odio contra Dios. Entre
otras cosas, le dijo que llevaba consigo un Santísimo Cristo, a quien por
burla y desprecio había dado azotes. Añadió que aquella misma mañana había
ido a comulgar sacrílegamente, ¿y con qué fin?, con el de pisar después la
sagrada Hostia, cosa que estaba ya para poner en obra cuando pasó gente y se
contuvo para que no le viesen, y, en efecto, envuelta en un papel, entregó al
Padre la Hostia. Después dijo que, pasando por la puerta de aquella Iglesia,
había sentido un impulso tan grande de entrar, que no pudo resistir, y en
seguida un gran remordimiento de conciencia, con alguna voluntad de
confesarse, aunque confusa y con poca resolución; que a este fin se había
puesto delante del confesionario, pero con tal confusión y desconfianza, que
ya quería volverse, pero que le parecía que una mano invisible le detenía por
fuerza; hasta que usted, Padre -:-dijo- me llamó. Aquí estoy y quiero
confesarme, pero no sé cómo. Este le preguntó si en todo aquel tiempo había
tenido alguna devoción, queriendo significar en la Virgen Nuestra Señora,
porque triunfos como éste de conversiones tan maravillosas no vienen sino
por las manos de aquella Reina poderosísima. -¿Qué devoción, Padre, si ya me
tenía por condenado? -Repasa mejor la memoria -le volvió a decir el
confesor-. Nada, Padre –respondió él- como no sea esto -y metiendo la mano
en el pecho le enseñó un escapulario de Nuestra Señora. -¿Lo ves, hijo? A la
Virgen Santísima debes gracia tan especial, y esto en que estamos es iglesia
suya-. Entonces el joven se comenzó a compungir y llorar, y continuando la
confesión, creció tanto el dolor y las lágrimas, que cayó en tierra, al
parecer, desmayado. El Padre procuró volverle en sí con un espíritu, y
acababa la confesión, le volvió, con gran consuelo del penitente, alegría y
firme resolución de mudar de vida, volviéndose a su patria después de haber
dado permiso de publicar la misericordia extraordinaria que había usado con
él la Reina de los ángeles.
ORACION.-
¡Oh, Santísima Madre de Dios y Madre mía! ¿Conque fue tanto vuestro amor para
conmigo, que llegasteis a ofrecer a la muerte por mí a vuestro dulcísimo
Jesús? ¡Ah, Señora, si tan verdaderos y ardientes son vuestros deseos de mi
salvación, bien puedo colocar en vuestras manos mi confianza! Sí, Virgen
benditísima; en Vos la pongo enteramente. Pedid al Señor, por lo que
merecisteis en el sacrificio costosísimo de su preciosa vida, que tenga
compasión de mi alma, pues por ella quiso morir.
También
yo desearía ofrecerle hoy mi corazón para imitaras; pero temiendo no lo acepte por verlo tan abominable, os
pido que Vos se lo ofrezcáis en vuestras manos purísimas, y entonces no lo
desechará. Aquí me tenéis, Madre benignísima; a Vos me entrego todo,
ofrecedme al Eterno Padre como cosa vuestra, uniéndome con la oferta de mi
piadoso Redentor y suplicándole que por los méritos de su Pasión santa y
respeto vuestro, me reciba por suyo para siempre. Amada Madre mía, por amor
de este Hijo querido, sacrificado por mí en el ara de la Cruz y hoy ofrecido
de antemano con tanta amarga pena, no me dejéis un instante para que nunca
vuelva a perder su gracia y amistad. Decidle que soy vuestro; decidle que
tengo puesta en Vos toda mi esperanza; decidle que me queréis salvar, y
seguramente me salvaré.
DISCURSO SEPTIMO
DE LOS DOLORES DE LA VIRGEN MARIA
María fue Reina de los mártires
por haber sido su martirio más prolongado
y penoso que el de todos ellos
¿Habrá
entre los hombres corazón tan duro que oyendo aquel caso único y lastimoso
acaecido en el mundo; no se ablande y conmueva? Era una Madre nobilísima y
santa, la cual tenía un Hijo único, el más amable, inocente, hermoso y amante
de su Madre de cuanto se pueda imaginar, en tanto grado, que, lejos de haber
nunca dado el más mínimo disgusto a Madre tan querida, siempre le había
tenido sumo respeto, obediencia y amor, y todo el de la Madre estaba
concentrado en su amantísimo Hijo. Pero, por envidia de sus enemigos, fue falsamente acusado, y el juez
inicuo, por no disgustarlos, después de confesar su inocencia, le condenó a
muerte infame, como ellos pedían, y su angustiada Madre le vio morir en la
flor de la edad a fuerza de tormentos. Almas devotas, ¿qué decís oyendo
esto? ¿No es caso lastimosísimo? ¿No es digna aquella Madre de nuestra
compasión? Bien entendéis de quién hablo.
El Hijo
ajusticiado con tanta inhumanidad es nuestro amado Redentor, y su Madre es
María Santísima, que por amor vuestro le vio sacrificado a la divina Justicia
en manos tan crueles. Pues esta pena que sufrió Maria, pena mayor que si
hubiera muerto mil veces, merece de nuestra parte compasión y
agradecimiento. Mas si con otra cosa no le podemos corresponder, a lo menos
detengámonos hoy un poco a considerar la acerbidad de esta pena con que fue
mártir y Reina de los mártires, por haberlos a todos superado en el padecer,
pues como martirio fue el suyo más prolongado y doloroso que el de todos
ellos.
Punto primero.-Llamase Jesucristo
Rey de dolores y Rey de mártires porque padeció en esta vida más que los
otros, y, a semejanza suya, se llama Reina de mártires la Virgen María,
porque su martirio fue el mayor de cuantos el mundo vio, fuera del de su
Santísimo Hijo. ¿Y quién le labró la corona? Sus penas y angustias, mayores
que las de todos los mártires juntos.
Que
fuese mártir verdadera no se puede poner en duda, como sea cosa constante que
para el martirio basta sufrir un dolor suficiente para quitar la vida,
aunque por alguna causa no se llegue a perder; y así, es venerado por mártir
San Juan Evangelista, sin embargo, no murió en la tina de aceite hirviendo,
antes bien salió de ella con mejor aspecto que cuando entró, porque para
merecer y ver la gloria de mártir no es menester más que ofrecemos a la
muerte. Pues María lo fue en realidad, no a manos de verdugos, sino a fuerza
de penas en el corazón más que sobradas para darle muchas muertes cuanto más
una; y como su pena, o mejor diremos, muerte lenta, fue de casi toda la
vida, excedió en padecer, cuanto a la duración, a todos los mártires.
Desde el nacimiento empezó Jesús a padecer,
y a su imitación su Santísima Madre, Mar
amargo quiere decir su nombre, entre otras significaciones que tiene,
y por esto se le aplican las expresiones del profeta Jeremías: l/Grande como
el mar es tu quebranto". Toda el agua del mar es amarga y salada, y toda
la vida de esta Señora fue mar de amargura, ocasionada de tener de continuo
presente la Pasión de su Hijo; porque no podemos dudar que, iluminada por
el Espíritu Santo, entendiese todas las profecías concernientes a su Pasión
y muerte mucho más claramente que los Profetas que las anunciaron y que la
compasión de los dolores que el Señor había de sufrir por pecados ajenos
angustiase sobremanera el ánimo de aquella tiernísima doncella aun antes de
la Encarnación del divino Verbo. Después se aumentó mucho más el martirio,
y hasta la muerte no se le acabó.
Y esto, sin duda significaba la visión que
tuvo Santa Brígida en Roma, dentro de una capilla de Santa María la Mayor,
donde se le apareció la Virgen Nuestra Señora con el santo anciano Simeón y
un ángel que traía en la mano una espada larga y ensangrentada, símbolo del
dolor acerbísimo que traspasó el pecho de la Madre todo el tiempo que le duró
la vida. De suerte que parece que nos está diciendo: "Almas redimidas,
hijas de mis dolores, no limitéis vuestra compasión a las tres horas en que
al pie de la Cruz vi expirar a mi dulcísimo Hijo, que mucho antes empezaron
mis penas, y al darle, de Niño, el pecho, y al estrechado entre mis brazos y
a todas horas, antes y después de la resurrección, tuve viva y como reciente
la llaga profunda en medio del alma".
De
esta manera, el tiempo, que suele mitigarlas penas a los afligidos, no alivió
en nada las de
María, sino al
contrario: cuanto más pasaba, mayores eran, descubriendo por una parte cada
día más hermosura y amabilidad en el blanco dulcísimo de su amor, y viendo,
por otra, correr tan aprisa el tiempo de su Pasión y muerte. Crece la
rosa," pero crece entre espinas; y así esta Señora vivió de continuo
cercada de espinas y tribulaciones.
Pasemos
a contemplar ahora la grandeza de su amor.
Punto
segundo.-No fueron solamente de larga duración las penas de María
Santísima, sino también mayores Y más intensas que todas las que sufrieron
los mártires de la santa Iglesia. ¿Quién es capaz de comprender hasta dónde
llegaron? Bien podemos exclamar con el profeta Jeremías, y decir: ¡Oh,
Señora! ¿A Quién hemos de compararte? Inmenso, como son los mares, es tu
dolor. ¿Quién te aliviará? ¿Quién te consolará? No hay amargura, como la del
mar, ni dolor hay tampoco que iguale a tu dolor; tanto, que si por milagro especialísimo
no te hubiese Dios conservado la vida, hubiera bastado para quitártela lo que
sufrías a cada momento. Y aún más llega a decir un Santo; que, repartiendo
aquel padecer entre todas las criaturas capaces de razón o de sentimiento, hubiera
bastado para que muriesen todas repentinamente.
Ahora
bien; ¿cuáles fueron las causas de dolor tan extraño? La primera fue que los
mártires sufrieron en el cuerpo; pero Maria padeció en el alma, como lo
anunció Simeón. Y cuanto el alma es más noble y delicada que el cuerpo, tanto
excedieron sus penas a las de los otros mártires, siendo cierto que no hay
comparación entre los dolores del espíritu y de los de la carne, como dijo
Nuestro Señor a Santa Catalina de Siena. Según esto, quien se hubiese hallado
en aquel monte de amargura cuando el Salvador expiró en la cruz, hubiera
visto allí dos altares, uno en el cuerpo del Redentor, y otro en el Corazón
de María, pues al mismo tiempo que el Hijo sacrificaba con la muerte su
cuerpo santísimo, sacrificaba la Madre su alma con la compasión.
La
segunda causa fue que los otros mártires ofrecieron sus vidas; pero la
invictísima Virgen sacrificó la de su Hijo, a quien amaba más que a su
propia vida; de suerte que no sólo sufrió en el espíritu todo lo que el
Señor sufrió en su sagrada humanidad sino que, además, le causó más sentimiento
la vista de las penas de su Hijo que si en sí misma las hubiera sufrido
todas. Y en esto no hay duda, porque las aflicciones de los hijos son aflicciones
de las madres cuando los ven padecer; testigo la de los Macabeo, que habiendo
presenciado el tormento de sus siete hijos, padeció en el corazón el
martirio de todos ellos. Lo mismo sucedió con esta Madre afligidísima; todos
los dolores, azotes, espinas, clavos y cruz que atormentaron las carnes inocentes de Jesús, penetraron
en el corazón de tu Madre, que interiormente era como un espejo de los
dolores del hijo y allí se veía retratados los golpes, llagas, salivas, y
todas las penas que nuestro divino Salvador padecía, repartidas por todo su
cuerpo, estaban juntas en el corazón de su dolorosísima Madre.
De este modo, por la fuerza de la compasión
a su querido Hijo, fue dentro
de su amantísimo corazón azotada, coronada de espinas, clavada en la cruz; y
así le podemos preguntar: Señora, ¿dónde estabais aquel día? ¿Cerca de la
cruz solamente? No, sino en la misma cruz, y con vuestro Hijo crucificada. Y
Vos, Señor, con razón os quejabais de que en la hora solemne de nuestra
redención no hubiese a vuestro lado ningún hombre que se compadeciese de Vos
tanto como era debido, pero hubo una mujer, que fue vuestra madre, la cual sufrió en su amoroso corazón todo
cuanto Vos sufristeis en vuestra sagrada humanidad.
Pero poco es lo que hemos dicho hasta aquí,
porque mucho más fue lo que
padeció de ver a su Hijo padecer que si todo lo hubiera ella sufrido.
Regularmente los padres sienten más los males de sus hijos que los suyos
propios; y si no en todos es así, en Mana lo fue, sin duda alguna, porque amando más, sin comparación, a su
Hijo que a su vida, y mil vidas que hubiera tenido, su pena fue mayor de vede padecer que si
hubiera tenido que sufrir en su propia persona todos los tormentos de la
Pasión. Y en claro se ve, porque, como dicen, más está el alma donde ama que
donde anima, y donde cada uno tiene su tesoro allí tiene su corazón. Si,
pues, por la vehemencia del amor, más que en sí misma vivía íntimamente unida
con su dueño, cierto es que le fue más
amargo y sensible verle morir que si hubiera perdido la vida millares de
veces.
De
aquí se infiere que otra de las causas para que su martirio fuese
incomparablemente mayor que el de todos los mártires, fue haber padecido, no solamente más, sino también sin alivio
ni consuelo alguno. Padecían los mártires; pero, por el amor que tenían a
Jesucristo, todo se les hacía dulce y suave. Fue San Vicente descoyuntado en
el potro, descarnado con garfios de hierro, tostado con planchas encendidas;
pero hablando con el tirano mostraba tal fortaleza y desprecio de los
tormentos que parecía ser uno el que hablaba y otro el que padecía; tanto era
la dulzura del amor con que el Señor le recreaba en medio de aquella atrocidad.
Rasgaban
con escorpiones de hierro el cuerpo de San Bonifacio, le introducían astillas
de caña entre las uñas y la carne, le echaban por la boca plomo derretido, y
él no cesaba de repetir: “Gracias te doy Señor mío Jesucristo". Sufrían
los Santos Marcos y Marcelino, atados a un madero, con los pies clavados, y
llamándole los tiranos infelices y exhortándolos a que se librasen de
aquellas penas, respondían que jamás se habían visto en banquete que les
diese más gusto.
Sufría
S. Lorenzo; pero mientras se quemaba en las parrillas vivo, otro fuego más poderoso, que era el amor
divino, ardía dentro de su pecho; y éste le daba tal valentía, que se atrevió
a burlarse del tirano, diciéndole: l/Ya estoy asado de un lado; vuélveme
del otro y come de mi carne", ¿Cómo era posible solazarse de esta
manera en el acto de estar padeciendo martirio .tan atroz y prolongado? ¡Ah!
Con aquella santa embriaguez del amor divino se puede decir que no sentía ni
los tormentos ni la muerte.
Vemos,
pues, que cuanto más amaban a Jesucristo, tanto menos sentían los dolores,
bastándoles para confortarse poner la vista en su Dios crucificado.
Pero
nuestra Madre Santísima, ¿qué consuelo recibía del amor de su Hijo y de la
vista de sus penas? Ninguno; antes bien, el Hijo que padecía era todo el
motivo del dolor, y el amor que le tenía era el verdugo más cruel de todos.
Porque su martirio consistió precisamente en la vista y compasión de las
penas que sufría su Hijo adorado, y por eso, cuanto más era el amor, más era
el dolor y menos el alivio. A los otros mártires el amor les mitigaba las
penas y sanaba las heridas; pero a Vos, Reina de los cielos, ¿qué cosa pudo
aliviaras, qué lenitivo suavizar las llagas de vuestro corazón? Tienen
consigo los otros mártires cada uno los instrumentos de su pasión: San
Pablo, la espada; San Andrés, las aspas: San Lorenzo las parrillas; pero Vos
tenéis en el regazo a vuestro mismo Hijo como instrumento y causa única de
vuestro padecer.
Cuanto
más amamos una cosa, más sentimiento nos causa perderla, y así, sentimos,
más la muerte de un hijo o de un hermano, que la de una persona extraña. Pues
por esta regla, para conocer adónde llegó el sentimiento de María Santísima
en la muerte de su divino Hijo, sería menester que supiésemos cuánto le
amaba. Pero, ¿quién podrá medir amor tan encendido? Juntos ardían en su
corazón dos amores vivísimos, natural y sobrenatural, que eran el de Madre y
el de amante de su Dios y Señor, y ambos levantaban una llama de caridad tan
intensa, o, por mejor decir, tan inmensa, que a más no es posible llegue la
que en un alma puede caber. Luego si era inmenso el amor, inmenso fue
también el dolor.
Imaginemos pues: que estando al pie de la cruz, esta
Madre dolorosísima, nos dice las palabras del Profeta Jeremías: “Vosotros,
los que pasáis por el camino, atended y ved si hay dolor semejante a mi
dolor; vosotros, que vais corriendo por el camino de la vida, sin que os
paréis un poco a compadeceros de mí, deteneos un instante y contempladme
ahora que estoy viendo expirar a mi dulcísimo Hijo, para ver si en todo el
mundo se hallará persona más afligida y angustiada que yo". Así es,
Virgen dolorosísima; no hay dolor que se pueda comparar al vuestro, porque
nunca hubo hijo más amable que Jesús, ni madre tan amante que Vos.
De
este modo, si aseguramos que padeció más que todos los mártires juntos en
uno, aún diremos poco, porque comparadas con sus penas, las de todos ellos
fueron casi nada, cuando las de esta Madre angustiadísima llegaron a tan
alto grado, que sólo ella se compadeció de la muerte de Dios hecho hombre
todo cuanto era debido.
Pero,
Señora, ¿por qué Vos fuisteis a sacrificaras al monte Calvario? ¿No bastaba,
para redimirnos, Dios crucificado, sino que también quiso ser crucificada su
Santísima Madre? Ciertamente basta para redimir el mundo, y mundos infinitos;
pero como el amor de nuestra Madre para con nosotros fue tan grande, quiso
contribuir a nuestra salvación con el mérito de sus dolores, ofreciéndose en
el Calvario por nuestro bien, de modo que si por tan señalada fineza debemos
agradecimiento a nuestro Divino Redentor, agradecimiento debemos a su piadosa
Madre, la cual gustosamente padeció tanto porque saliésemos del estado
infelicísimo de la culpa; pudiéndose decir que el único alivio que
experimentaba en medio de tantas aflicciones era el saber que con la muerte y
Pasión del Salvador del mundo íbamos a quedar para siempre pre reconciliados
con Dios.
Agradezcamos
este amor tan fino de María Santísima, siquiera con meditar y compadecer sus
dolores, sabiendo que se queja de que sean tan pocas las personas que la
acompañan en su sentimiento ni que aun se acuerden de lo mucho que por
nosotros padeció; siendo, por el contrario, muy de su agrado que traigamos
sus penas fijas en la memoria, según manifestó a los siete Santos varones
fundadores de la Orden de los Selvitas cuando les dio el hábito de color
negro que habían de usar como despertador continuo del fin e instituto de
aquella sagrada región. Conforme a lo
cual, revelo también Jesucristo a la Beata Verónica de Binasco que casi más
se complace de que nos compadezcamos de las penas de su amantísima Madre, por
el inmenso amor que le tiene, que de las suyas propias.
Y
Pelbarto refiere haber sido revelado a Santa Isabel que después que María
subió a los cielos deseo volverla a ver San Juan Evangelista, lo cual le
concedo su dulcisima Madre, juntamente con Jesucristo Nuestro Señor, y
mientras aquel favor duraba, oyó que la Madre pedía a su Hijo querido alguna
gracia especial para los devotos de sus dolores, y que Jesucristo le prometió
estas cuatro muy principales: 1ª. Que todo el que la invoque por los méritos
de sus dolores, hará penitencia de sus pecados antes de morir, 2ª. Que El
guardará a todos estos devotos en las tribulaciones, y especialmente a la
última hora. 3ª. Que imprimirá en sus
almas la memoria de su Pasión, y después, en el cielo, les dará el premio
correspondiente. 4ª. Que pondrá en
manos de María a dichos devotos de sus dolores, para que disponga de ellos
como le agrade y les alcance los favores que guste. Veámoslo confirmando con
el siguiente
EJEMPLO.-Se cuenta
en el libro de las Revelaciones de Santa Brígida, que hubo un caballero de
tanta nobleza por su nacimiento como de perversas costumbres, pues habiendo hecho
pacto expreso con el demonio de ser esclavo suyo, había vivido sesenta años
sin acercarse a recibir los Sacramentos, con la disolución y abandono que es
consiguiente. Pero le llegó la hora de salir de este mundo y, queriendo
Jesucristo usar con él de misericordia, mandó a Santa Brígida que le enviase
su confesor y le exhortase a confesar. Fue el confesor, pero el enfermo se
excusó con decir que ya otras veces se había confesado. Fue por segunda vez,
y el otro se mantuvo en su obstinación. Mandó Jesucristo de nueva a la Santa
que enviase al confesor, el cual volvió la tercera vez, y le descubrió la
revelación, añadiendo que volvía porque el Señor deseaba usar con él de
misericordia. Al oír esto el enfermo se enterneció y empezó a llorar,
exclamando: "¿Cómo he de alcanzar yo perdón de mis pecados, habiendo
servido al demonio por espacio de sesenta años y cometido innumerables
pecados?" El confesor le animó, prometiéndole perdón de parte de Dios.
Entonces, alentándose, dijo que, aunque había desesperado de su salvación,
teniéndose por condenado, ya sentía dolor y arrepentimiento de sus maldades y
confiaba en la misericordia divina. En efecto: aquel mismo día se confesó
cuatro veces con gran dolor, el siguiente comulgó, y al sexto murió contrito
y resignado en la voluntad de Dios. Después habló de nuevo Jesucristo a Santa
Brígida, descubriéndole que el alma de aquel pecador estaba en el purgatorio
y que se había salvado por intercesión de la Virgen, su Madre, porque en
medio de la vida desgarrada que había llevado, siempre había tenido devoción
a los dolores de la misma Señora, compadeciéndose de ellos siempre que se le
ocurrían a la memoria.
ORACION.-
¡Virgen dolorosísima, Reina de los mártires! ¿de qué me servirán las muchas
lágrimas que por mí derramasteis en la Pasión y muerte de vuestro Santísimo
Hijo, si al fin me hubiese de condenar? Pues, por los méritos de vuestros
dolores os pido que me alcancéis verdadero dolor de mis pecados, enmienda
completa en las costumbres y continua y afectuosa compasión de las penas de
mi Señor Jesucristo y de las vuestras. Y, pues, 'que ambos, siendo inocentes,
padecisteis tanto por mí, alcanzadme que yo, reo de muerte eterna, sufra
también algo por vuestro amor. Finalmente, Madre mía, por aquella congoja que
sintió vuestro amoroso pecho al ver a vuestro Hijo inclinada cabeza y expirar
en el madero de la Cruz, os pido me obtengáis la gracia de una buena muerte.
En aquella hora de combate y agonía que ha de llegar, en aquel paso para la
eternidad no dejéis de asistirme, ¡OH, abogada de pecadores! Y como entonces
será fácil que pierda el habla y no pueda invocar vuestro santísimo nombre y
el de Jesús, ambos esperanza mía, desde ahora, os invoco y llamo, pidiendo
humildemente que me socorráis en trance tan amargo, para lo cual, al presente
digo y diré mil veces: Jesús y María, en vuestras manos santísimas encomiendo
mi espíritu. Amén.
REFLEXIONES SOBRE LOS SIETE
DOLORES EN PARTICULAR
PRIMER DOLOR
PROFECIA DE
SIMEON
"Nacemos
para llorar en este valle de lágrimas, y cada día tenemos algo que sufrir;
pero mucho más penosa fuera la vida si supiésemos de antemano todos los
males que nos esperan. Nos mira en esto Dios con ojos compasivos,
ocultándonos las cruces que nos ha de poner para que no las padezcamos dos
veces. No lo hizo así con María Santísima, porque habiéndola destinado para
Reina de dolores y en todo semejante a Jesucristo, le puso a la vista con
anticipación todas las penas del porvenir, que fueron las de la Pasión y
muerte de su Santísimo Hijo.
Consideremos,
pues, que teniendo Simeón en los brazos al divino Infante, anunció a la
Virgen piadosísima que aquel Niño sería signo y blanco de contradicción y
persecución, y que por esto había de ser su alma (la de la Madre) traspasada
con el cuchillo del dolor.
Reveló
la misma Señora a Santa Matilde que, al oír este vaticinio, se le trocó en
tristeza su alegría, porque aunque, según fue también revelado a Santa
Teresa, sabía ya la Madre benditísima que su Hijo había de ser sacrificado
para salud del hombre, entonces conoció en particular, y con más distinción,
las circunstancias de su Pasión y muerte, descubriéndosele claramente cómo
sería perseguido y contradicho en todas las cosas. Contradicho en la
doctrina, porque, en vez de ser creído, sería tratado de blasfemo por enseñar
que era Hijo de Dios, como lo declaró Caifás aquella triste noche.
Contradicho en la estimación, porque, siendo de sangre real, sería
menospreciado y tenido por vil.
Es
la sabiduría por esencia, y fue tratado por ignorante, de profeta falso, de
loco, de borracho, de glotón, de amigo de gente mala, de hechicero, de hereje
y de endemoniado, y, en fin de hombre tan notoriamente criminal que, para
condenarle, no era menester proceso, como dijeron a Pilatos los judíos.
Contradicho en el espíritu, porque a fin de que la divina Justicia quedase
del todo satisfecha, hasta su Eterno Padre se negó a consolarle cuando
decía: "Padre, si es posible, pase de mí este cáliz", y le dejó
abandonado al temor y tristeza, en tales términos, que faltó poco para que la
aflicción y desamparo le quitasen la vida, y de la pena y lucha interior de su alma llegó
a sudar sangre de todo su sacratísimo cuerpo. Finalmente, fue contradicho y
perseguido en el cuerpo y la vida, porque recibió heridas y tormentos en las
manos, pies, rostro, cabeza y todos los miembros, hasta morir desangrado y
vilipendiado en un madero infame.
Cuando,
en medio de las delicias reales, oyó
David la intimación de la muerte de su hijo, hecha por boca del
profeta Natán, empezó a llorar amargamente, y se arrojó por tierra y afligió
su cuerpo con riguroso ayuno. Escuchó María con resignación admirable el
anuncio de la muerte de su unigénito Hijo, y con la misma se mantuvo siempre;
pero, ¿cuál sería su dolor viendo continuamente delante de sus ojos aquel
Hijo amabilísimo, cuyas palabras eran de vida eterna, en cuyas acciones
resplandecía la santidad?
Si
tanto padeció Abraham en su ánimo durante los tres días que fue con su hijo
hablando y acercándose al monte donde le había de sacrificar, ¿qué dolor
sería el de esta Madre amantísima por espacio, no de tres días, sino de
treinta y tres años; no por un hijo como Isaac, sino incomparablemente más
digno de ser amado? Ni una hora tuvo libre su alma sensibilísima de tan agudo
dolor. Cuantas veces le miraba, cuantas le vestía cuantas tocaba aquellos
pies delicados y aquellas manos tiernas, otras tantas quedaba como sumida en
dolor, pensando que algún día sería puesto en una cruz. Estrechábale entre
sus brazos con amor encendido; pero cuanto mayor era la fuerza del amor, más
amargo también era el manojo de mirra abrazado a su pecho, considerando que
la fortaleza de los Santos había de estar agonizando, la hermosura del
paraíso sería desfigurada, el Señor del mundo atado como reo, el Creador del
universo azotado bárbaramente, el supremo Juez sentenciado a morir, la gloria de los cielos despreciada,
el Rey de los reyes coronado de espinas y tratado como rey de burlas.
Cuando
le daba el pecho purísimo se le presentaba la hiel y vinagre; cuando le envolvía, las sogas y cordeles; cuando le
llevaba en brazos, que había de ser crucificado, y cuando dormía, muerto y sepultado,
arrasándose de lágrimas y oprimiéndosele
de amargura el corazón.
Dice el Evangelista que, al paso que Jesús crecía en los años, así
también delante de Dios y de los hombres iba creciendo en gracia. Quiere decir
que a vista de los hombres iba manifestando cada día mayor gracia y
sabiduría, y a la de Dios. Porque si desde el principio de su ser no hubiera
tenido la plenitud de santidad y gracia debida a la unión hipostática, cada
hora hubieran ido sus méritos creciendo por la excelencia y dignidad de todas
sus obras. Ahora bien: si el Señor crecía diariamente en el amor y aprecio
de los hombres, ¿cuál sería en el de su Madre Santísima? Pues en la misma
proporción se aumentaba la pena de haberle de perder algún día, y cuanto más
se iba la muerte acercando, más profundamente atravesaba su purísimo corazón
la espada que le anunció
El
Profeta.
La consecuencia que aquí debemos sacar es
que si Jesucristo, nuestro divino Capitán, y su dulcísima Madre no rehusaron
por nuestro amor sufrir toda la vida pena tan atroz, no será justo que
nosotros nos lamentemos de lo muy poco que en este mundo tengamos que sufrir.
Una vez se apareció el Señor crucificado a Sor Magdalena Orsini, religiosa
dominica, que de tiempo en tiempo padecía una grave tribulación y animándola
a perseverar consigo en la cruz con aquel trabajo, ella respondió
lamentándose: "Señor, Vos no estuvisteis más que tres horas en la
vuestra, y yo estoy clavada en ésta muchos años ha". Entonces le dijo el
Redentor: "¿Qué dices, ignorante? Desde que
fui concebido tuve
en el corazón todas las penas que padecí en la Cruz". Pues con esta
doctrina, cuando venga sobre nosotros cualquier aflicción o trabajo,
imaginémonos que Jesús y María dicen a nosotros lo mismo.
EJEMPLO.-Cuenta
el P. Roviglione, de la Compañía, que un joven que tenía la devoción de rezar
algo todos los días a una imagen de Nuestra Señora de los Dolores con las
siete espadas, cayó una noche en pecado mortal. Habiendo ido a rezar la
mañana siguiente, como de costumbre, vio en el pecho de la Señora, no siete,
sino ocho espadas, y oyó una voz que le decía que su pecado era la octava
clavada en su afligidísimo corazón, Oído lo cual, se fue desde allí a
confesar, y recobró la gracia por la intercesión de la soberana Señora.
ORACION.-
¡Oh, Madre Santísima!, yo he clavado en vuestro corazón tantas espadas como
pecados he cometido, y como reo merezco la pena, no Vos, que sois inocente.
Pero, pues habéis querido tomada por mí, alcanzadme un verdadero dolor de
mis pecados y paciencia para sobrellevar los trabajos de esta vida, que por
grandes que sean, siempre serán menores de lo que tengo merecido. Hacedlo
así por vuestra bondad, Amén.
SEGUNDO DOLOR
HUIDA A
EGIPTO
Así
como la cierva herida, dondequiera que va, lleva consigo clavada la saeta,
así, después de la profecía de Simeón, llevó consigo siempre la Madre
Santísima la espada del dolor penetrante con la memoria continua de la Pasión
que había de sufrir su dulcísimo Hijo. Los cabellos de púrpura o de oro que
se atribuyen a la esposa de los Cantares, dice un autor que eran los
pensamientos que esta Virgen preciosa tenía empleados constantemente en la
Pasión y en la sangre que de sus llagas sacratísimas había de correr. Su hijo
era la saeta que llevaba atravesada en el corazón, tanto más honda y
dolorosa, cuanto El, con los años, más iba descubriendo de hermosura y
amabilidad. Consideremos, pues, el segundo dolor, que fue la huída a Egipto.
Cerciorado
ya Herodes del nacimiento del Mesías, temió que le había de quitar el reino,
y temió neciamente, porque no venía el Señor a conquistar el mundo
guerreando, sino a sujetarles admirablemente muriendo. Esperaba, pues el mal
rey, saber de boca de los Magos, el lugar fijo del nacimiento de aquel Niño,
para quitarle la vida sin dilación; pero, no viéndolos volver, y dándose por
engañado, al instante mandó dar muerte despiadada a todos los niños de la
ciudad de Belén y sus contornos. Mas apareciéndose el ángel a San José le mandó
que huyese a Egipto con el Salvador y su Madre, poniéndose en camino el Santo
aquella misma noche, como parece lo indica el Evangelio. Exclamaba diciendo
la soberana Señora: "Pues qué, Dios mío, ¿ha de huir de los hombres el
que viene a salvarlos?". Y entonces vio cuán pronto empezó a cumplirse
lo que había profetizado el anciano de aquel divino Infante seria como signo
de contradicción, pues, apenas nacido, ya le perseguían y buscaban para
matarle. ¡Qué pena tan amarga para el corazón de la tierna Madre oír que se
les intimaba orden tan ejecutiva de destierro, y haber de dejar
precipitadamente los propios para vivir entre extraños, y trocar el templo de
Dios por los templos de la idolatría! ¡Qué mayor tribulación como que un niño
recién nacido tenga que huir colgado del cuello de madre tan pobre y
delicada!
Considérese
lo que en este viaje sufriría la doncella purísima. El camino era largo, y,
al menos, según dicen, de treinta días, áspero, pedregoso; lleno de malezas
y apenas frecuentado. El tiempo, de invierno, con frías, lluvias y fangos.
Mana, doncella de quince años, no acostumbrada a semejantes viajes, y sin
criado ni criada que le sirviese. ¡Cuánta compasión no causaba al ver huir a
esta inocente Virgen de tan tierna edad con el Hijo en los brazos acabado
de nacer! ¿Con qué se alimentaban? ¿Dónde se hospedaban? ¿Dónde dormían? ¿Qué
otro alimento pudo ser suyo sino algún pedazo de pan duro que San José
llevase, o que pidiesen de limosna? ¿Dónde habían de dormir, especialmente
mientras duraban las doscientas millas que hay de desierto, sino en la dura
tierra y al sereno, o entre matorrales y peligros de las fieras y malhechores?
¿Quién al encontrarlos hubiera imaginado lo que eran? ¿Quién no los hubiera
más bien tenido por tres pobres mendigos y vagabundos?
Llegados
a Egipto; unos dicen que habitaron en Manturea y otros en Menfis, quedando a
nuestra devota consideración el considerar lo mucho que sufrirían los siete
años que parece permanecieron allí. Eran extranjeros desconocidos, pobres desvalidos,
y apenas con mucho sudor y trabajo, ganaban lo preciso para sustentarse con
estrechez. A tanto llegó a veces su indigencia, que pidiendo pan el Niño a
su Madre, estrechado del hambre, no lo tuvo. Oigan esto los pobres para su
consuelo.
Luego
que murió Herodes, volvió el ángel a aparecerse a San José, mandándole volver
a tierra de Judea; y aquí reflexiona San Buenaventura que hubo de ser mayor
entonces a la piadosa Madre la pena y fatiga que la vez primera, porque para
ir el Niño por su pie era todavía demasiado tierno, y para ser llevado en
brazos, ya muy grande, pues había cumplido los siete años.
¿Qué
aprenderemos, pues, de Jesús y María, fugitivos y peregrinos? A vivir como
tales en este mundo, sin aficionarnos a sus bienes fugaces, como que pronto
los hemos de dejar para ir a la región eterna. Aquí somos como huéspedes o
viajeros, que en un momento ven las cosas y el siguiente pasan adelante.
También
hemos de aprender a abrazar la cruz de los trabajos que Dios nos envíe,
porque en este mundo nadie vive sin cruz. Para que así lo entendiese fue
llevada una vez en espíritu la B. Verónica de Binasco acompañando a Jesús y
María en aquella fuga, y acabado el camino, le dijo Nuestra Señora:
"Hija, ya has probado la fatiga de tan largo viaje; ahora conocerás que
nadie sin padecer merece gracias y favores del cielo". El modo de sufrir
menos es hacer buena compañía al Señor y a su Madre. Así es como todas las
penas de este mundo se aligeran y dulcifican. Amémoslos a entrambos, y
consolemos a la Madre acogiendo dentro de nuestros corazones a su Hijo
Santísimo, que aún sigue perseguido y maltratado de los pecadores.
EJEMPLO.-Se
apareció una vez María Santísima con el Niño Jesús todo llagado a Santa
Coleta, diciéndole: "Así tratan a mi Hijo los pecadores, y así le
vuelven a crucificar. Ruega, hija, que se conviertan". Y la B. Juana de
Jesús, también franciscana, estando un día meditando este mismo misterio de
la huída a Egipto oyó estrépito como de gente que iba persiguiendo a uno que
huía, y a poco vio delante de sí un niño muy hermoso, cansado y fugitivo, que
le decía: "Escóndeme, querida Juana. Yo soy Jesús Nazareno, que vengo
huyendo de los malos; me quieren matar como Herodes: líbrame tú".
ORACION.-Madre
afligidísima, ¿y no están satisfechos los hombres de haber quitado la vida
una vez a vuestro precioso Hijo, sino que, multiplicando iniquidades, le
persiguen todavía con tanto encarnizamiento y a cada hora renuevan vuestros
dolores? Mas ¡ay!, que yo también le perseguí Madre dulcísima. Alcanzadme del
Señor lágrimas abundantes para llorar mi ingratitud; por las penas que uno y
otro sufristeis en la huída a Egipto, os ruego me asistáis en este viaje, por
donde camino a la eternidad, para que llegue felizmente al puerto de
salvación, donde en vuestra compañía le vea y ame por todos los siglos.
Amén.
TERCER DOLOR
EL NIÑO PERDIDO
Nos
dejó escrito el apóstol Santiago que la perfección del cristiano está en la
virtud de la paciencia; y como Dios nos quiso dar a la Virgen María por
modelo de perfección, fue consiguiente que acumulase penas en su alma
purísima para que en Ella tuviésemos todo ejemplo que admirar e imitar.
Ahora bien; uno de los dolores más terribles que padeció en el curso de su
vida fue el que vamos hoya considerar de aquellos tres días que tuvo
perdido a su dulcísimo Hijo.
Poco
sienten verse privados de la luz del día los ciegos de nacimiento, pero mucho
los que la pierden después de haber visto y gozado. Del mismo modo, muy poca
pena tienen de haber perdido a Dios los infieles pecadores que no le conocen
por estar sumidos en las cosas terrenas; pero aquellas almas dichosas que
ilustradas de los rayos de la divina luz, tuvieron la suerte de experimentar
la suavidad del amor divino y los regalos de la dulce presencia del Sumo
Bien, ¡qué desconsuelo sienten si alguna vez, por sus altos juicios, se les
esconde! Pues como María gozaba continuamente de la dulcísima presencia de
su Amado, imaginémonos cuán aguda fue esta tercera espada de dolor, materia
del presente discurso.
Cuenta
San Lucas el suceso, diciendo que, como acostumbrase Nuestra Señora ir a
Jerusalén todos los años a celebrar la Pascua en compañía de Jesús y de San José
al volver una vez, siendo ya el Niño de doce años, se quedó en la ciudad, pensando
la Madre que iba con otra gente. Más cuando habiéndose todos vuelto ajuntar
vio que faltaba, se volvió corriendo a buscarle a Jerusalén.
Considérese
cuál sería en este caso tan imprevista su aflicción y congoja, y cómo iría
preguntando por todas partes, con más amor y más ansia que la santa Esposa:
"¿Quién ha visto a el amado de mi alma?". Mas como nadie le diese
razón, diría con mucho más afán y desconsuelo que Rubén, cuando buscaba a su
hermano José: "Mi amado no parece, y yo no sé ya qué mas hacer, porque
vivir no puedo sin él que es todo mi bien y mi tesoro". Quizá
repetiría las palabras de David: Pan me son las lágrimas día y noche,
mientras que me preguntan: ¿adónde está tu Dios?" Creíble es que
aquellas tres noches no durmiese un instante, pasándolas en llorar y pedir al
Padre le deparase a su amantísimo Hijo y dirigiendo al Hijo sin cesar
suspiros y expresiones sin comparación más tiernas y sentidas que las de la
Esposa: "¿Dónde estás, Hijo mío, dónde estás? Oiga yo tu voz y volaré a
tus brazos, y no andaré perdida por más tiempo, y tendrán fin las ansias con
que te busco, y hallará de nuevo su tesoro mi corazón".
Hay quien piensa, con algún fundamento,
que este fue de todos su más sensible dolor, porque al fin en los otros
siempre tuvo consigo a su querido Hijo, como en la profecía de Simeón y en la
huída a Egipto; mas éste lo sufrió apartada de El y sin hallarle, por más
que le buscaba con tanto afán. "La luz de mis ojos he perdido",
repetiría derramando torrentes de lágrimas. “Al Hijo de mi corazón he perdido
y no le hallo". Más padeció que todos los mártires. Tres días fueron
sólo, pero tres siglos de agonía le parecieron. ¿Quién le había de consolar
faltándole su consolador? Y más, de los otros dolores conoció la ocasión,
que de todos fue querer el Señor redimir el mundo por aquel medio; pero de
haberle perdido ignoraba la causa, afligida por una parte, de verse privada
de su dueño amoroso, y por otra creyéndose indigna, como tan humilde, de
poseer tesoro tan rico. “¡Quién sabe -diría tal vez- si le habré servido mal!
¿Si me habrá dejado por alguna negligencia mía?".
Cierto
es que para las almas que aman a Dios mucho, no hay mayor pena que el temor de
haberle disgustado, y sin duda por esto de ningún otro se lamentó, sino de
éste, quejándose amorosamente a Jesús,
cuando le halló: "Hijo mío, ¿por qué lo has hecho así con
nosotros? Tu padre y yo te hemos buscado con gran aflicción". Con cuyas
palabras de ningún modo pretendió reprenderle, blasfemia inventada por los
herejes, sino únicamente manifestarle el sentimiento y pena que había tenido,
nacida de entrañable amor.
En
prueba de lo penetrante y dolorosa que esta espada fue, pidiendo una vez con instancia la Beata Bienvenida a
Nuestra Señora que le diese parte de aquel dolor, y apareciéndosele, al fin,
la Madre con el Niño en los brazos, después de permitirle gozar un rato de la
vista del hermosísimo Infante, desaparecieron, y fue talla pena de la sierva de Dios que daba voces a la Virgen
y le suplicaba por piedad que no la dejase morir. A los tres días se le
volvió a aparecer, y entonces le dijo que supiese que el dolor suyo no había
sido más que una sombra del que ella sufrió todo aquel tiempo que estuvo su
Hijo perdido en Jerusalén.
Este
gran dolor ha de servir de alivio a las personas privadas de la amorosa
presencia del Señor que antes gozaban. Lloren enhorabuena pero sea con paz y
resignación, imitando a María y no creyendo que por esto han perdido la
gracia de Dios, porque, como dijo el Señor a Santa Teresa: "Nadie se
pierde sin conocerlo; nadie se engaña sin quererse engañar". Se oculta,
pero no se va. Se oculta para ser buscado con más amor, y deseo. Y quién
hallarle quisiere, sepa que no ha de buscarle donde haya placeres mundanos,
sino armado de mortificación y de cruz, como María le buscó y le encontró.
En
segundo lugar, y principalmente, busquen los pecadores a Jesús, y fuera de Jesús no busquen otra cosa. No fue
desdichado Job cuando lo perdió
todo, pues no perdió a Dios, en quien todo lo tenía. Infelices y muy
infelices son las almas que por el pecado han perdido a Dios. Si María
derramó tantas lágrimas por verse privada de El sin culpa, ¿qué deben hacer
los pecadores viéndose sin la gracia divina? Miren que el pecado quita la
vida del alma, que es Dios. Miren que todo es humo, miseria y nada fuera de
Dios. "¡Ay -dice San Agustín-, que muchos, si pierden una bestia, no
descansan hasta que la encuentran, y habiendo perdido a Dios, siguen
comiendo y bebiendo sin pena ni cuidado ninguno!"
EJEMPLO.-En
las cartas anuales de la Compañía de Jesús,
se escribe que en las Indias hubo un joven que, yendo a salir de su cuarto para hacer una
cosa mala, oyó que le decían: -¿Adónde
vas? Detente. Y
vuelto, vio que una imagen de
Nuestra Señora de los dolores, puesta en la pared, se sacó una de las espadas
y le dijo: - Toma esta espada y
hiéreme con ella, más bien que herir a mi Hijo con ese pecado. Oyendo estas palabras, el joven se postró
en tierra, y muy arrepentido pidió
perdón a Dios ya su Madre, con gritos y sollozos, y obtuvo misericordia y
gracia.
ORACION.-
Virgen benditísima, ¿por qué buscáis a vuestro amado Hijo con tan grande
angustia? ¿No sabéis que reside dentro de vuestro mismo corazón? ¿No
dijisteis Vos: "Mi amado para mí y yo para mi amado, que vive entre
azucenas?" Todos vuestros pensamientos, afectos y deseos, tan humildes,
tan puros, tan santos, azucenas fragantes son que mueven al Esposo divino a
venir a recrearse en vuestro dulce seno. Virgen inmaculada, Vos suspiráis por
Jesús, Vos, que no tenéis otro amante. Suspire yo, Señora, y suspiren también
los que no le aman; ¿qué digo amar?, que desdichadamente le han dejado y
perdido. ¡Ay, Madre mía! Si por mi culpa aún no he vuelto a los brazos de mi
piadosísimo Salvador, haced Vos que vuelva sin más demora. De todos los que
le buscan y desean se deja encontrar. Enseñadme a mí también a buscarle de
modo que le encuentre. La puerta sois por donde se le halla. Hállele yo pronto
y a Vos deba yo dicha tan grande. Amén.
CUARTO DOLOR
CALLE DE LA AMARGURA
Para que formemos alguna idea del dolor
de la Reina del cielo en la muerte de su Santísimo Hijo, lo hemos de medir
con su amor. .Como propias sienten las penas de sus hijos las madres, y por
eso cuando pidió al Señor la Cananea que librase a su hija del demonio que la
atormentaba, sus expresiones fueron éstas: "Señor, ten misericordia de
mí y libra a mi hija del enemigo". Pero ¿qué madre hubo nunca que amase
tanto a sus hijos como al suyo amó esta Señora? Era Hijo único, creado con
mil afanes, amabilísimo y amante de su Madre, hombre y Dios; y como venido al
mundo para encender en los corazones el fuego de la caridad, imaginémonos
qué llama encendería en el de su santa Madre, tan puro y tan vacío de todos
los afectos humanos. Del suyo y el del Hijo había el amor hecho un solo
corazón y el conjunto maravilloso de esclava y Madre de Hijo y Dios,
levantaron en el pecho maternal un amor compuesto de mil amores y un incendio
de mil incendios. Pero en la Pasión se convirtieron llamas tan altas en un
mar de penas, y tan vehementes, que, en sentir de San Bernardino, todas las
del mundo juntas hubieran sido menos, porque cuanto con más ternura amó,
más honda fue la llaga, especialmente al encontrarle con la cruz a cuestas,
yendo a morir al lugar del suplicio, cuarta espada y dolor que vamos a
contemplar.
Lágrimas abundantes le venían a los
hermosos ojos y sudores fríos le corrían por todo el delicado cuerpo cuanto
más se acercaba la sagrada Pasión. Llega, por fin, el día tan temido, y
habiéndole pedido el Señor su licencia y consentimiento para ir a padecer y
morir, ella pasó velando y llorando toda aquella noche dolorosísima. A la
mañana empezaron a venir los discípulos, quién refiriéndole un paso, quién
otro, y cada cual más triste, de lo que iba el Señor padeciendo en casa de
Anás, de Caifás y de los otros sitios y tribunales. Vino San Juan el último,
y trajo la nueva de la injusticia con que le habían condenado a muerte de
cruz, y que iba el Cordero inocente camino del Calvario con el grueso madero
sobre los hombros. "Ven, Madre Santísima, le diría afligido el Apóstol;
ven a dar a tu Hijo el último adiós en la calle por donde ha de pasar para
salir al monte".
Salió con él al instante, y a poco
vieron los rastros de la sangre dejados por Jesús, que iba ya delante.
Atravesó la desconsolada Señora una callejuela para salir al encuentro, y
como la conocían los judíos, le dirían, conforme iba pasando, injurias
contra su Hijo, y quizá también contra ella. ¡Ay, qué pena para la
angustiadísima Madre ver llegar el terrible aparato de clavos, martillos, cordeles
y demás instrumentos de muerte! ¡Qué pena el oír publicar de trecho en trecho
la sentencia a voz de trompas y pregones! Alza después la vista, y entre
sayones y ministros ve venir al Señor con la pesada cruz en las espaldas y
tan llagado y ensangrentado, que apenas le conoció, porque los cuajarones de
la sangre y los golpes y cardenales habían desfigurado su divino rostro.
Mas el amor le reconoció, y entonces se
levantó en su purísimo corazón una lucha entre el amor y el temor. El amor
le estimulaba a que le mirase, pero el temor rehusaba ver aspecto tan
lastimoso. Finalmente vence el amor, y se miraron uno a otro. El Señor se
limpió de los ojos la sangre cuajada y los fijó en su Madre, y la Madre los
fijó en su Hijo. ¡Oh, miradas dolorosísimas con que aquellas dos almas
amantes quedaron traspasadas como con dos saetas! Cuando yendo a morir el
canciller Tomás Moro le salió al encuentro su hija Margarita, no pudo la
doncella decide más que estas dos palabras: "¡Padre, padre!", y cayó
desmayada. María no se desmayó, porque no era decente que perdiera el uso
de los sentidos, como dice con acierto Suárez, ni el dolor le quitó la vida,
porque la reservaba Dios para mayor martirio que la misma muerte. Quiso
abrazar al Hijo, pero los ministros la desviaron sin miramientos, empujando
al Señor para que no se parase. Ella va siguiendo sus pasos. ¿Adónde vais,
Señora? ¿Tendréis ánimo para ver pendiente de un madero al que es la vida
vuestra? "No vengáis, Madre mía (podemos contemplar que le dijo
interiormente el Señor), porque si estáis allí presente, mi suplicio os d
ara más tormentos y el vuestro a mí". Bien lo consideraba; pero, no
obstante, se esfuerza y camina siguiendo a su Amado para ser crucificada
juntamente con EL.
Pues si; como dice San Juan Crisóstomo,
aun de las fieras tenemos compasión; si nos da lástima la leona que va tras
el leoncillo llevado al matadero, ¿no la hemos de tener de esta Madre
angustiada viéndola ir tan cerca del Cordero de Dios cuando le llevan al
sacrificio? Sí, compadezcámonos de sus dolores y de los de su Hijo, nuestro
amantísimo Redentor, acompañándole y ayudándole a llevar la cruz, con
sufrir la nuestra pacientemente, pues si en las otras penas y pasos de su
sagrada Pasión no admitió compañía, a llevar el madero de la cruz quiso le
ayudase un hombre para que entendiésemos que la suya sola no nos basta, sin
la nuestra, para alcanzar la salvación.
EJEMPLO.-Se apareció una vez nuestro
Señor a Sor Dionisia, monja florentina y le dijo: Piensa en Mí y ámame, que
Yo pensaré en ti y te amaré; pero al mismo tiempo le presentó una cruz en
medio de un mazo de flores, significando que con los consuelos de los Santos
va siempre en este mundo la cruz en compañía. Con la cruz se unen a Dios las
almas. Bien lo comprueba el ejemplo de San Jerónimo Emiliani, que, como
siendo soldado y hombre muy vicioso, le encerrasen sus enemigos en una torre,
afligido de esta tribulación y alumbrado con la luz del cielo, acudió a Mana
Santísima, y con su favor enmendó la vida y empezó tan santamente la carrera
de la virtud, que continuándola con gran fervor y adelantándose cada día
más, llegó a merecer que le mostrase Dios en el cielo el trono de la gloria
que le terna preparado. Fundó la religión de Somasca, murió en olor de
santidad y ahora le veneramos en los altares.
ORACION.-Madre angustiadísima, por el
dolor que sentisteis al encontraras con vuestro Hijo en la calle de la Amargura,
os ruego que me alcancéis del mismo Señor la gracia de llevar con paciencia
las cruces que ahora me envía y las demás que me quiere dar de su mano
piadosa. Feliz de mí, si con ellas logro acompañaras hasta la muerte. Mucho
más pesadas fueron la vuestra y la de vuestro Santísimo Hijo. No rehusó yo
abrazar la mía, ya que por mis delitos he merecido tantas veces el infierno.
Virgen inmaculada, de Vos espero ánimo y fortaleza para sobrellevar las
tribulaciones de esta miserable vida, y con la virtud de la perseverancia
conseguir finalmente los premios eternos de la otra. Amén.
QUINTO
DOLOR
MUERTE DE JESUS
Un nuevo género de martirio hemos de
considerar ahora: una madre precisada a presenciar, entre tormentos atroces,
la muerte de un hijo inocente y amado con todas las fuerzas de su alma. Dice
San Juan, que estaba cerca de la cruz, y en tan pocas palabras lo dice todo.
En tan pocas palabras entendemos que nunca hubo dolor semejante a su dolor.
Vamos con la consideración a meditar en el Calvario esta quinta espada de su
apenado corazón.
Luego que llegó el Salvador al lugar
del suplicio le quitaron los sayones, y tendiéndole en el madero de la cruz,
le clavaron de pies y manos en ella, con clavos romos, para más tormento,
como contempla San Bernardo, levantada en alto y metida y afirmada en un
hoyo, y así le dejaron desangrarse y padecer hasta morir. Su madre no le
abandonó, antes entonces se puso más cerca, esperando su muerte. ¡Ay, Madre
honestísima! ¿Qué es lo que hacéis? Si no la ignominia, que al fin, como
madre, cae en vuestra persona, retráigaos el horror de tan gran maldad, cual
es que muera Dios a manos de sus mismas criaturas. Pero vuestro forzado corazón
no miraba la pena propia: miraba la Pasión y muerte del Hijo tan amado, y le
estabais acompañando para que a lo menos tuviese en aquella hora quien se
compadeciese de sus dolores. ¡Madre amante! ¡Madre verdadera, a quien no pudo
apartar del Hijo moribundo ni aun el espanto de muerte tan cruel!
¡Qué espectáculo tan doloroso era verle
enclavado y agonizando, y a la Madre al pie del patíbulo, agonizando
igualmente y sufriendo junto con El todas aquellas penas! Estaba el Señor
estirado en la cruz con terrible agonía, entornados, hundidos y casi muertos
los ojos, consumidos los carrillos y pegada la piel a los dientes, caídos los
labios, abierta la boca, afilada la nariz, tristísimo todo el semblante,
inclinada la cabeza, sumido el vientre, empapados los cabellos de sangre,
rígidos y helados los brazos y piernas, cubierto de llagas y sangre todo el
cuerpo.
Todas estas penas las padecieron los
dos, y en tal manera, que quien se hubiese hallado entonces en el monte
Calvario, hubiera visto dos altares en que se ofrecían dos holocaustos: uno
del cuerpo de Jesús y otro del Corazón de María. O bien el sólo altar de la
Santa Cruz en que se estaba sacrificando el Cordero de Dios, y con El unida
su Madre. “¿Dónde os halláis, Señora? -le pregunta San Buenaventura-. ¿Al
pie de la cruz?" Más bien en la cruz, porque lo que hacían los clavos en
el cuerpo adorable del Salvador, eso hacía el amor en vuestro Corazón
atormentado. Muchas madres, por no ver morir a sus hijos, se alejaron de su
vista a la última hora; y si alguna, esforzándose le acompaña y asiste,
procura por todos los medios aliviarle las ansias y congojas, le compone la
cara, le tiene, le da confortativo, y así entretiene y conforta su propio
dolor. Pero Vos, ¡Oh, Madre la más afligida de todas las madres!, Vos asistís
a la agonía de vuestro Santísimo Hijo y no se os concede darle el menor
alivio. Le oyó clamar que tenía sed, y no le permitieron que le diese un
sorbo de agua con que refrigerársela, como no fuese la de sus lágrimas. Le
veía tendido en aquel madero y colgado de tres garfios de hierro, y
queriendo acercarse para que a lo menos muriese arrimado a su pecho maternal,
no le fue posible. Advertía que el afligido Señor estaba con la vista
buscando quien en algo le consolase, y en lugar de consuelo, de todos lados
le decían nuevos dicterios, insultos, burlas y blasfemias, como que todos
eran sus enemigos, y otras tantas espadas para el corazón de la Madre. Más
crecieron sus penas cuando le oyó lamentarse del abandono en que su Padre le
dejaba así padecer, con aquellas palabras tan sentidas que a la triste
Señora no se le borraron de la memoria todo lo restante de la vida. Por todas
partes le veía lleno, de tribulación y amargura, sin poderle aliviar en nada.
Y más que todo la afligía conocer que ella misma, con su presencia y
sentimiento, se las aumentaba, porque las angustias de la Madre iban a parar
al corazón del Hijo; y aun se puede casi decir que padecía más el Señor de
verla padecer que de sus propios
dolores, así como la Madre, viéndole de aquel modo morir, vivía sin poder
morir.
Reveló el Señor a la beata Juana
Bautista de Camerino, que cuando estaba ya para morir, fue tanto lo que le
entristeció ver al pie de la cruz a su querida Madre, que de la compasión que
tuvo de ella murió sin consuelo ninguno. Y conociendo la Beata algo de lo
que esto fue, clamaba y decía: "Dios mío, no me digáis más, que la pena
me ahoga”
Grande admiración causaba en los
presentes el silencio de Madre tan afligida y agraviada, porque nadie ovó de
su boca una queja. Pero si callaban los labios, no callaba el corazón, pues
estaba ofreciendo a la divina justicia la vida de su adorado Hijo por el
remedio del mundo. Con el mérito de su padecer, cooperó a damos la vida de la
gracia, y así somos hijos de sus dolores. Y si algún alivio tuvo entrada en
aquel mar de penas, fue saber que con ellas nos daba vida sin fin. En efecto:
las últimas palabras que el Redentor le dijo desde la cruz fueron
encomendamos por hijos suyos en la persona de San Juan, cuyo oficio amoroso
empezó a ejercer al instante; convirtiendo y salvando al ladrón con la
eficacia de sus ruegos, pagándole también así, como dicen algunos autores, el
buen tratamiento que le hizo siendo salteador de caminos cuando iban
fugitivos a Egipto. Otro tanto ha hecho siempre y sigue haciendo con muchos
pecadores.
EJEMPLO.-Prometió al demonio un joven
de la ciudad de Perusa que le entregaría el alma, con tal que le facilitase
modo de cometer cierto pecado. Lo cometió, y, queriendo el diablo que le
cumpliese la palabra, le llevó a un pozo para que se echara en él,
amenazándole, si no lo hacía, de llevarlo al infierno en cuerpo y alma.
Creyendo el joven que ya no podía escapar de aquellas malditas manos, se
subió al brocal para arrojarse dentro; pero, atemorizado de la muerte dijo al
enemigo que le faltaba el ánimo de tirarse, y así que le empujara él si
quería que se ahogase. Tenía el mozo al cuello un escapulario de Nuestra
Señora de los Dolores, y el diablo le dijo que se lo quitase y le daría el
empujón. Pero él, conociendo ya en esto la virtud del escapulario, no se 10
quiso quitar, por lo que, después de altercar mucho, huyó, al fin, confuso,
el enemigo, y agradecido el pecador a la Madre Santísima, fue a darle
rendidas gracias, arrepentido del crimen y de todos sus extravíos, y mandó
colgar por voto la tabla pintada de aquel favor en el templo de Nuestra
Señora la Nueva de Perusa.
ORACION.-Madre afligidísima, y la más
angustiada de todas las madres; justa y muy justa causa tenéis para llorar la
muerte de vuestro Hijo Santísimo. ¿Quién podrá consolaros? Si de consuelo
puede serviros alguna cosa, es el pensamiento de haber, con su muerte,
vencido al infierno, abierto el paraíso y ganado innumerables almas. Desde
aquel trono de la cruz reina y reinará en tantos corazones que, atraídos de
la dulzura de su amor, se abrazarán con El y le servirán con lealtad y
perseverancia. Permitidme también a mí, Señora, acercarme a Vos y acompañaros
en vuestro llanto, porque habiéndole ofendido innumerables veces, tengo más
que nadie razón para llorar. Madre de misericordia, por la muerte preciosa
de mi amante Redentor y el mérito de vuestros dolores, espero confiadamente
perdón de mis pecados y la salvación de mi alma. Amén.
SEXTO
DOLOR
LANZADA Y DESCENDIMIENTO DE LA CRUZ
Lágrimas abundantes son menester ahora
para acompañar a la Reina del cielo en este nuevo dolor o muchos dolores,
porque si antes iban las penas martirizando su santísimo Corazón una después
de otra, ahora parece que todas juntas le han asaltado. Vamos a contempladas
con toda ternura y devoción.
Basta decir a una madre que ha muerto su
hijo, para que más se le inflame y renueve todo el amor materno, y tanto,
que alguna vez, como especie de consuelo, los que le dan el pésame le
recuerdan los disgustos que de él recibió. Pero en Vos, Señora, no tiene
lugar esto; siempre os respetó, siempre os obedeció, siempre os amó vuestro
Hijo. ¿Quién podrá, pues, decir adónde llega vuestra aflicción? Decidlo Vos,
si es posible.
Muerto que fue el Redentor divino dice
un autor devoto, que lo primero que hizo interiormente la Madre piadosa fue
acompañar el alma de su Hijo, y presentada en manos del Padre, diciendo:
“Padre, os presentó el alma santísima de vuestro Hijo y mío, y pues que os ha
sido obediente hasta morir, recibidla en vuestros brazos amorosos. Satisfecha
queda vuestra divina justicia, cumplida vuestra soberana voluntad y consumado
el gran sacrificio digno de vuestra gloria". Volviéndose después a mirar
el cadáver sacrosanto, dijo así: "¡Oh, llagas preciosas, llagas de amor!
Os reverencio, adoro y ensalzo porque por medio vuestro se ha redimido el
mundo, y desde hoy quedaréis abiertas para ser consuelo y refugio de cuantos
a Vos recurrirán. ¡Cuántos por vuestra virtud han de alcanzar perdón!
¡Cuántos contemplándolas, se han de inflamar en el amor del Sumo Bien!"
Quisieron los judíos que se quitase
pronto el cuerpo de la cruz, para no tener a la vista cosa tan triste y
funesta el sábado siguiente, que era fiesta solemne; pero como antes de
expirar no se permitía bajar del patíbulo a ningún ajusticiado, para que muriese
presto vinieron unos hombres con masas de hierro y rompieron las piernas a
los dos ladrones. Seguía llorando la madre, cuando vio los venir hacia la
cruz del Salvador, y se espantó; mas después les rogó muy humildemente que,
pues ya estaba muerto su querido Hijo, no le hiciesen aquella nueva injuria
ni añadiesen otro dolor a tan desconsolada Madre. Mas, ¡ay!, que mientras
esto decía, se ve por otra parte a un soldado, que enristrando la lanza, la
vibra y dirige con ímpetu al cuerpo del Señor, y con ella le pasa y abre el
santísimo costado. Tembló la cruz, y quedó traspasado el Corazón divino
saliendo de él con un poco de agua, las últimas gotas de sangre, con que nos
quiso dar a entender que no le quedaba ninguna más que derramar por
nosotros.
La injuria se hizo al Señor, pero el dolor
fue para el corazón de la Madre; y, en sentir de los Santos Padres, esta fue
propiamente la espada que profetizó Simeón, no de hierro sino de la pena con
que fue herida y martirizada su alma pura y santa en el corazón de su Hijo,
donde moraba; de tal manera, que para no morir entonces fue menester un
milagro de la omnipotencia divina; que, al fin, en los otros dolores tuvo
quien de ella se compadeciese, es decir, a su amoroso Hijo; pero aquí no.'
Pues temiendo la dolorida Madre nuevos
sarcasmos y baldones, suplicó a José de Arimatea ir a casa de Pilatos y
pedirle el cuerpo difunto para llevárselo consigo y librarle de nuevos
ultrajes. Hizo lo José, y expuso al presidente el gran desconsuelo de aquella
Madre afligida; con lo cual dicen que se enterneció y accedió a la demanda.
Le bajan, pues, de la cruz los piadosos
varones. Ahora, Virgen purísima, os volverán al Hijo, aquel Hijo que Vos
disteis al mundo por nuestra salud. Pero, "¡ay, mundo ingrato, diría
entonces esta Señora, en qué estado y sazón me lo restituyes! Era el más
hermoso de los hijos de los hombres, y tú me lo devuelves muerto, cárdeno,
denegrido y desfigurado. Con su gracioso aspecto enamoraba los corazones, y
ahora causa lástima el mirarle". En fin, cuantas eran las llagas y
cardenales, otras tantas espadas herían y martirizaban el pecho maternal.
Para bajarle arrimaron escaleras los
santos varones, y primero desclavaron las manos, después los pies, y uno de
ellos entregó los clavos a la Madre Santísima. Unos arriba sostenían el
cuerpo; otros abajo; y un autor dice que la misma Virgen, levantada en la
punta de los pies, tendió los brazos ¡en alto, y recibiendo en ellos el
cuerpo de su Hijo, se sentó con el abrazada al pie de la cruz. Mira con gran
dolor abiertos aquellas labios purísimos, y los ojos sin vida; va
contemplando todos los miembros despedazados, y por las heridas descubiertos
los huesos, le quita la corona de espinas, ve atravesada la cabeza
santísima, y exclama de este modo: "¡Oh, Hijo mío! ¡A qué estado tan
lastimoso te ha traído el amor de los hombres! ¿Qué mal han recibido de Ti,
Hijo mío, mi pena y desconsuelo?, mírame, háblame, y consuela a tu afligida
Madre. Pero, ¡ay, que no hablas! ¡Ay!, que no respiras. Espinas atroces!
¡Clavos y lanza cruel! ¿Cómo así habéis podido atormentar a vuestro Creador?
Mas no las espinas y los clavos: vosotros, pecadores, vosotros habéis
sido".
Así lloraba entonces esta Madre
afligida; así se lamentaba de nuestra crueldad. Pero si ahora fuese capaz de
dolor, ¿qué diría?, ¿cómo se quejaría? ¿Cuánta seria su pena viendo que
siguen los hombres crucificando y despedazando a su precioso Hijo?
Pues desistamos de atormentada ya y si
hasta hoy la hemos tanto martirizado con ofender a Dios, oigamos ya sus
gemidos y mostrémonos dóciles a lo que ella misma nos está diciendo: “Venid
pecadores:
venid al Corazón llagado de mi dulcísimo Hijo, apelad del tribunal riguroso
al ara de la Cruz, del Juez al Redentor, llegad contritos y quedaréis
perdonados..." Con los brazos abiertos expiró, y cuando ya depuesto del
madero santo, le recibió la Madre en su regazo, le cerró los ojos, pero no
le pudo cerrar los brazos, con lo que el Redentor piadoso nos quiso dar a
entender que era su voluntad conservados abiertos para acoger en ellos a
todos los pecadores arrepentidos.
Vengan todos, vuelve a decir Maria, que
esta es la ocasión de quedar perdonados y reconciliados. No es tiempo ya de
temer, sino de amar, pues por amar ha sufrido la muerte. Herido ha quedado su
Corazón amoroso del amor invisible. Nos dio su Corazón, justo es que nosotros
le demos el nuestro. Añadamos, para concluir, que si no queremos ser
desechados del Corazón divino, hemos de ir con María. Así nos recibirá benignamente,
como lo comprueba el siguiente.
EJEMPLO.-Cuenta cierto discípulo que
hubo un hombre de tan mala vida, que entre otros delitos, había matado a su
padre y a un hermano suyo, y andaba por esto fugitivo de la justicia. Entró
en una iglesia, y oyendo un sermón de la misericordia de Dios, se fue
llorando a los pies del confesor. Este, oyendo tantos crímenes, le mandó que
fuese delante de una Virgen de los Dolores a pedir más dolor y alcanzar
remisión de sus pecados. Va, se pone de rodillas al pie del altar, empieza su
oración y, dando gemidos, cae a poco en tierra y queda muerto repentinamente.
Al otro día, estando el predicador encargando a su auditorio que pidiesen por
el alma de aquel hombre, vino volando una paloma, que del pico dejó caer a los
pies del sacerdote una cédula, en la cual estaban escritas estas palabras:
"Apenas salió del cuerpo el alma del difunto de ayer, subió derecha al
cielo; sigue tú predicando y ensalzando la misericordia divina".
ORACION.- Virgen dolorosa, espejo de
virtudes, y mar de todas las penas, pues, que las unas y las otras trajeron
su principio del amor abrasado que tuvisteis a Dios; compadeceos de mí,
pecador miserable, que lejos de haberle amado como debía, le ofendí millares
de veces. Gran confianza me inspiran vuestros dolores, y por ellos os pido,
no sólo misericordia y perdón, sino también amar al Señor en adelante con
todos los afectos del alma. Nadie mejor que Vos me puede alcanzar esta
gracia; Vos, que sois la Madre del Amor hermoso. A todos los acogéis, a todos
los amparáis y favorecéis; acogedme también a mí y os bendeciré para
siempre. Amén.
SEPTIMO
DOLOR
SEPUL TURA DEL SEÑOR Y SOLEDAD DE LA
VIRGEN
No hay duda que una madre siente en su
corazón todas las penas de su hijo si le ve sufrir y morir; pero una de las
mayores es cuando llega la hora de la despedida y separación para ser
enterrado. Esta pena y agudísima espada de Nuestra Señora, nos queda todavía
que contemplar.
Para ello volvamos de nuevo con la
consideración al monte Calvario, en que la dejamos abrazada con el cuerpo
muerto de su divino Hijo, a quien diría con gran sentimiento: "¡Hijo, de
mi corazón! ¡Cuán diferente de lo que fuiste te ven ahora mis ojos y te
estrechan mis brazos! Aquellas tus graciosas miradas, y dulces palabras,
muestras apacibles de tierno amor, y los favores singulares que de Ti
recibía se me han trocado en otras tantas saetas de dolor, y cuanto más
encendían tantas gracias de cariño en mi pecho maternal, con más fuerza me
dan a' sentir ahora la pena de haberte perdido, pues perdiéndote a Ti lo he
perdido todo, porque tú eras mi hijo, mi padre, mi esposo, mi vida y mi
alma".
Así, con El estrechamente unida, se
estaba deshaciendo de aflicción y amargura; por lo cual, temerosos los discípulos
que se le acabase allí la vida, determinaron de quitárselo pronto de los
brazos y darle sepultura. Se acercan, pues, con piadosa y reverente
violencia se lo apartan del regazo materno, y embalsamándole con especies
aromáticas, le envuelven en una sábana, dispuesta para el caso, donde tuvo a
bien el Señor dejar estampadas las señales de su sagrado cuerpo. De esta manera
le toman en hombros y empiezan a caminar, acompañados de las jerarquías
celestiales, seguidos de las piadosas mujeres y en medio de la Santísima
Virgen. Cuando llegaron y ya se disponían para dar al santo cuerpo sepultura,
¡de cuán buena gana se hubiera quedado la Madre sepultada con El! Pero como
no era ésta la voluntad divina, dicen que, a lo menos, quiso entrar y ver el
hueco en que lo habían de poner, donde también dejaron los clavos y las
espinas. Al ir a levantar la gran losa que le habría de cubrir, dirían los
discípulos: l/Señora, miradle por4ra'postrera vez, y dadle el último
adiós". "¡Ay, querido mío! -exclamó-. ¡Recibe de tu angustiada
Madre la última despedida, junto con estas lágrimas, y quede aquí mi corazón
encerrado contigo!"
Finalmente, ponen la piedra y dejan
sepultado aquel cuerpo divino, que es el mayor tesoro del cielo y de la
tierra.
Hagamos aquí una reflexión antes de
pasar adelante.
Si dejó esta señora su corazón donde
tenía su tesoro, no pongamos el nuestro nosotros en el lado de las criaturas,
sino entreguémoslo enteramente al amabilísimo Jesús, que, aunque después de
haber vivido en la tierra con los hombres se volvió a los cielos, se quedó
también glorioso en el Santísimo Sacramento para estar de continuo en nuestra
compañía y poseer como dueño nuestros corazones.
La Virgen sacrosanta, antes de
retirarse del sepulcro, bendijo la sagrada losa, diciendo así: “Piedra
afortunada, que ahora encierras al que yo tuve dentro de mis entrañas: te
bendigo mil veces y te encargo le guardes cuidadosamente", Después,
alzando al cielo la voz y los afectos del alma, dijo así: “Padre celestial,
en vuestras manos queda este divino tesoro, Hijo de vuestras complacencias e
Hijo de mi Corazón". Mira de nuevo el sepulcro, se despide otra vez del
Hijo querido, y se vuelve con aquel triste acompañamiento, tan llorosa y tan
desolada, que movió a lágrimas a muchos de los que la vieron pasar, y los
mismos discípulos y personas del séquito lloraban ya más de la pena y quebranto
de la Madre que de la muerte del Señor. Las piadosas mujeres le echaron
encima un manto negro, y al pasar delante de la cruz, bañada todavía con la
preciosa sangre, se postró en tierra, y fue la primera criatura que adoró
aquel santo madero, diciendo de este modo: "¡Santísima Cruz! Yate adoro
y beso devotamente, pues, ya no eres leño infame, sino trono del amor y altar
de misericordia, consagrado con la sangre del Cordero, que quita los pecados
del mundo, sacrificado en ti por la salud del género humano".
Luego que llegó a su pobre morada,
volvió a todos lados la vista, y no viendo a su dulcísimo Hijo, se le representaron
vivamente los hechos y ejemplos de vida tan santa, la dulce memoria de aquella
noche gloriosa de su sagrado nacimiento, los regalados abrazos que le dio en
su seno maternal, las conversaciones íntimas y suaves por tantos años en la
casa de Nazaret, el tierno amor con que mutuamente se correspondían, las
miradas amorosas y las palabras de vida eterna que salían de su boca divina.
Pero después se le volvió a renovar con mayor sentimiento y viveza la
dolorosa tragedia de aquel día triste, los clavos, espinas y llagas
profundas, las carnes despedazadas, los huesos descarnados, la boca sedienta
y los ojos obscurecidos y muertos. ¡Qué noche tan amarga!
Preguntaba al amado discípulo:
"Juan ¿dónde está tu divino Señor y Maestro?" Preguntaba a la
Magdalena: "Hija, ¿dónde está tu Amado? ¿Quién nos ha quitado nuestro
único bien? ¿Quién nos ha puesto en tan amarga soledad?" Lloran sus ojos
virginal es; lloran todos con ella. Y tú alma, ¿qué haces? Dile por fin:
"Señora, yo soy quien debo llorar, y no Vos: yo"'soy el reo y Vos
inocente. Permitidme que siquiera os acompañe en vuestro llanto y soledad:
Fac ut tecum lugeam Vuestras lágrimas nacen de amor. Broten las mías de la
fuerza del dolor y arrepentimiento de mis pecados". Estos y otros
afectos semejantes le has de decir con los labios y el corazón. Haciéndolo
así, puedes esperar la muerte dichosa que oiremos referida en el ejemplo que
sigue:
EJEMPLO.-Cuenta el P. Engelgrave de un
religioso tan atormentado de escrúpulos, que le ponían a veces en las puertas
de la desesperación; pero se valía del favor de la Viro gen de los Dolores,
de quien era muy devoto, y con la contemplación de las penas de la soberana
Señora, sentía que las suyas se le aliviaban. Así pasó la vida, y llegó a la
hora de la muerte, en la cual le apretaba el demonio con más violencia y
encono que nunca; pero cuando más sufría el buen religioso y más en peligro
estaba de desesperarse, he aquí que se le aparece María Santísima, diciéndole
estas dulces palabras: “Hijo mío, ¿por qué te consumes de angustia y dolor,
tú que tantas veces me consolaste a mí? Ea, alégrate, pues me envía mi divino
Hijo a que ahora yo te consuele. Llegó para ti la hora dichosa. Vente
conmigo al cielo". Con cuyas suavísimas palabras disipaba en un punto
toda la borrasca, y lleno de júbilo, entregó el alma en manos de su querida
Madre para ser feliz eternamente.
ORACION.-Madre dolorosa, tengo yo la
dicha de acompañaros en vuestras penas, juntando con vuestras lágrimas las
mías, con memorias continua y tierna devoción de la Pasión de Jesús y la
vuestra, para que consagre todo el tiempo que me reste de vida, esperando
confiadamente que en la hora de mi agonía ellos me darán fuerzas y aliento para no desesperar de mi
salvación a vista de los muchos pecados con que tengo a Dios ofendido, Por
los dolores de uno y otro confío alcanzar perdón, perseverancia y gloria,
donde con Vos, Madre amorosa, cantaré para siempre las misericordias de Dios.
Amén.
DISCURSO
OCTAVO
LA ASUNCION
En estos días celebra la Iglesia en
honor de Maria Santísima, la fiesta
de su dichoso tránsito y gloriosa Asunción a los cielos, que nos dan
materia para dos discursos. Hablemos primero de su felicísimo tránsito,
considerando cuán preciosa fue su muerte.
1º Por las circunstancias que la
acompañaron.
2° Por el modo con que murió.
Siendo la muerte pena del pecado, no
parecía que la Madre de Dios, limpia y pura de todo pecado, debiese morir,
por no haberle alcanzado la desgracia de los hijos de Adán, inficionados con
la ponzoña de la primera culpa. Pero queriendo Dios que en todo fuera
semejante a su Hijo, y habiéndose dignado el Señor sujetarse a morir, convino
que su Madre Santísima muriese también. Quería Dios igualmente dar a los justos un
ejemplar de la muerte preciosa con que han de salir de este mundo, a cuyo
fin ordenó que fuese dulce y feliz la de esta Virgen inmaculada.
Pues, consideramos primeramente las circunstancias
o prerrogativas singularisimas con que la suya vino acompañada.
talmente
la visión por volveros a ver, ¡oh dulcísima Madre!, porque así quedaré
prendado de Vos-. En efecto: se le apareció la benignísima Señora, y como a
nadie sabe hacer nunca mal, lejos de quitarle del todo la vista, se la
restituyó enteramente, y así por todos los títulos fue completo el favor.
..
ORACION.-Señora gloriosísima, desde
este valle de lágrimas levantamos humildemente el corazón al cielo y os veneramos
humildemente ensalzada en ese trono de tanta grandeza, alegrándonos de la
gloria de que fuisteis colmadas por mano del Señor. Ahora no os olvidéis de
vuestros siervos pobres y desvalidos, sino dignaos volver hacia aquí vuestros
ojos de misericordia, y, pues que os halláis tan cerca de la fuente, fácil os
será conseguir que llegue hasta nosotros alguna parte de tanto bien.
Alcanzadnos la gracia de ser en esta vida siervos vuestros fieles y leales,
para que algún día subamos a bendeciros en el cielo, a cuyo fin nos
consagramos a Vos en este día, en que fuisteis constituidas y proclamada Reina
del universo. No me desecharéis, porque en medio del gozo y triunfo tan
solemne, no dejáis de ser nuestra Madre. ¡Madre dulcísima, Madre
amabilísima! A muchas personas veis hoy pidiendo a vuestros pies prosperidades
en la tierra, salud, fortuna, buena cosecha, salir de un pleito con
felicidad: pero nosotros os pedimos favores de vuestro mayor agrado. Pedimos
humildad, desapego del mundo, resignación, temor de Dios, buena muerte,
salvación eterna. Ea, Señora, trocadnos de pecadores en justos; haced este
milagro, para Vos más glorioso que dar a mil ciegos la vista y a mil
difuntos la vida. Sois, con Dios, todopoderosa, sois Madre suya, sois la más
amada de su corazón y estáis llena de gracia. ¡Oh, princesa hermosísima! No
pretendemos veros en esta vida, pero en el cielo sí. Vos nos habéis de
alcanzar esta dicha. Así lo esperamos con toda confianza. Amén.
TERCERA
PARTE
DE LAS VIRTUDES DE MARIA SANTISIMA
Dice San Agustín, que para merecer la
protección de los Santos, los hemos de imitar, porque viendo copiadas las
virtudes en que más cada uno resplandeció, más se mueven a pedir por nosotros.
En particular, la Reina de todos los Santos, que es nuestra mayor y mejor
abogada, después que ha sacado un alma de las garras de Lucifer, y
reconciliándola con Dios, pide que la imite aquella alma libre, porque si en
las costumbres no se le parece, no seguirá enriqueciéndola con sus beneficios.
Esta es la razón de que tanto ame y llame dichosos a los que siguen sus
hullas; que muy cierto es que el que ama se asemeja o procura asemejarse al
amado, según el proverbio. Ni hay obsequio más grato que la imitación ni se puede nadie tener por verdadero hijo
de María, sino el que procura vivir como ella vivió. Haga pues, todo hijo
por imitar a tan amorosa Madre, si desea lograr sus caricias. Sea con ella
buen hijo, y ella será con él buena Madre.
Hablando ahora de sus virtudes, aunque
poco dejaron escrito los Evangelios, basta que asegurasen que estaba llena
de gracia, para que entendamos que todas las poseyó y en el grado más heroico
y perfecto a que se puede llegar; de modo que, como dice Santo Tomás,
habiendo sido los otros Santos excelentes en alguna virtud particular, María
en todas lo fue, y de todas la puso Dios a los fieles por ejemplar y modelo.
Y como los Santos Padres enseñan que la humildad es el fundamento de todas,
veamos primeramente lo grande y admirable que fue la humildad de María.
§
1º. -Humildad de María
Fundamento y guarda de todas las
virtudes llaman los Santos a la humildad, porque sin ella no hay en alma
ninguna virtud; aunque todas las posea, todas faltarán al punto que la
humildad se ausente y le falte. Así como, al contrario, tanto es lo que Dios
estima la santa humildad, que donde quiera que la ve, allí corre al instante
a complacerse con ella. Antes de la venida del Hijo de Dios al mundo no se
conocía por acá tan hermosa y necesaria virtud; pero habiendo venido a
enseñarla con su ejemplo, quiso que en ella mayormente le imitásemos,
diciéndonos que de El aprendamos a ser mansos y humildes de corazón. Conforme
a esto, habiendo sido María en todas las virtudes la mejor discípula de
Jesucristo en la humildad lo fue, por consiguiente, y así mereció ser más
ensalzada que ninguna de las criaturas. Aun desde niña fue la humildad la
primera y principal virtud en que más se esmeró.
Especificando ahora los diversos actos
de tan preciosa virtud, primero es sentir el humilde bajamente de sÍ, y
María tuvo siempre de sí misma tan bajo concepto, que a nada se prefirió
jamás. "Con uno de sus cabellos, le dice el Esposo en los Cantares, que
le hirió amorosamente el corazón", y por el cabello cosa tan delicada y
sutil, dicen los intérpretes que se entiende la humildad y baja estima que
tuvo de sí misma la honestísima Virgen; no que se reputase por pecadora,
antes bien conocía no haber ofendido nunca a Dios, porque la humildad es
verdad, como dice Santa Teresa ni que dejase de entender que había recibido
de la mano divina más gracias y favores que las demás criaturas, siendo muy
cierto que el corazón humilde conoce, para humillarse, los favores
especiales que Dios le dispensa, sino que, viendo con la abundancia de
soberana luz que tanto ilustraba su entendimiento la infinita grandeza y
bondad de Dios, veía también su propia bajeza y nada, humillándose tanto más
y diciendo con la Esposa: Nolite me considerare quod fusca sim, quia
decoloravit me sol. No repararéis en que soy morena, pues que me tostó el
sol. Así como cuando a una pobre le ponen un rico manto de tisú de oro, que,
lejos de envanecerse, más se humilla entonces delante de su bienhechora,
acordándose mejor de su pobreza, así María, cuanto más rica se consideraba,
más humilde era viendo que todo venía graciosamente de la mano del Señor. No
hubo, pues, criatura más ensalzada, porque nunca la hubo más humilde.
Otro de los actos de esta virtud es
tener ocultos los dones celestiales, y así vemos que María quiso ocultar a su
santo esposo el misterio de su divina maternidad, aunque parecía necesario
que se lo descubriese, a lo menos, para librarle de entrar en sospechas
contra su honestidad cuando la viese encinta: cosa que realmente puso en gran
confusion al Santo Patriarca, no pudiendo por una parte, dudar de lo que
sus mismos ojos veían, ni acertando, por otra, dar ninguna culpa a doncella
tan querida y tan pura; tanto que si por orden de Dios no le hubiese revelado
un ángel aquel soberano misterio, determinado estaba ya a dejarla y separarse
de ella.
Otro de los actos de] verdadero humilde
es no querer las alabanzas que se le dan, sino referirlas
todas;
a Dios como hizo Maria cuando a los elogios que le daba el Arcángel San
Gabriel quedó tan turbada, .y cuando su prima Santa Isabel la ensalzó tanto,
llamándola bendita entre todas las mujeres, bienaventurada en haber dado
crédito a las palabras del Señor, y admirándose grandemente de que, siendo
ya Madre del mismo Dios, hubiese venido en persona a visitarla. De todas
estas cosas atribuyó todo el honor al Altísimo, respondiendo con aquel
cántico divino del Magnificat, como si claramente hubiera dicho: “Isabel, tu
me alabas a mí, pero yo alabo al Señor, a quien solamente se debe la alabanza
y gloria; tú te admiras de que venga yo a ti, y yo admiro la divina bondad,
en quien sólo se regocija mi espíritu; tú me ensalzas por haber creído, y yo
ensalzo al Señor por haber mirado mi bajeza, levantándome de la nada".
¡Oh humildad verdadera, humildad dichosísima! Esta fue la que nos trajo a
Dios, nos libró de la muerte eterna y nos abrió los cielos.
Propio es también de los humildes
ofrecerse a cualquier obsequio y servicio, por lo cual visitó y sirvió María
a su prima Isabel tres meses con mucho amor y gozo.
Busca también el último lugar, como cuando
la misma Virgen, según refiere San Mateo, no quiso entrar en aquella casa
donde predicaba su Hijo, así como en el Cenáculo escogió también el último
puesto, y en el último la pone San Lucas, no porque dejase de conocer el
Evangelista el mérito de la Madre para nombrarla primero que a los demás,
sino por habiéndola puesto la última de todos, los nombra por el orden con
que allí estaban.
Además, los humildes quieren ser
despreciados, y por esto no leemos que acompañase al Salvador el día en que
entró en Jerusalén con palmas y olivas, pero sí en el monte Calvario, donde,
como Madre de quien moría en una cruz con voz de infame y criminal, había de
ser por consecuencia también infamada y menospreciada.
Un asomo o vestigio de tan estupenda humildad
dio a conocer el Señor en un éxtasis a la venerable Sor Paula de Foligno, y
dando ella cuenta de aquel rapto a su confesor, decía como pasmada:
"¡Ah, Padre, la humildad de la Virgen, la humildad de la Virgen! No hay
en el mundo ni un viso que con la suya se pueda comparar". Y otra vez
puso el mismo Señor delante de Santa Brígida otra representación semejante,
que fue la figura de dos señoras, una con gran fausto y vanidad, que representaba
la soberbia, y de la otra le dijo: "Esta que ves con la frente
inclinada, los ojos modestos, con Dios en la mente, tan afable, y que al
mismo tiempo se tiene en nada, ésta es la humildad, y se llama María";
con lo cual le quiso significar que su querida Madre había sido tan humilde,
que bien se podía llamar la humildad en persona.
No hay quizá virtud más difícil a nuestra naturaleza
mal inclinada, pero tampoco hay remedio; mientras que no seamos humildes, no
llegaremos a ser hijos verdaderos de María. Dice San Bernardo: "Si no
puedes imitar su virginidad, imita su humildad. Ella desecha a los soberbios
y llama a los humildes". Con el manto de su humildad, quiere que nos
cubramos y abriguemos, y a los que véis cobijados con él, los estima
sobremanera. Se apareció en Valencia el P. Martín Alberto, de la Compañía
de Jesús, a tiempo que, por obsequiarla con actos de humildad y
mortificación, estaba recogiendo la basura de casa, y díjole así:
"Hijo, mucho me agradas en eso".
Pues bien, Señora; convencido quedo de
que sin la humildad nunca lograré la dicha de ser hijo vuestro, Mas como
después que ofendí a Dios me hicieron también soberbio mis pecados, Vos
habéis de remediar este daño, alcanzándome la virtud de la santa humildad,
con que merezca, en fin, la fortuna de ser contado en el número de vuestros
hijos.
2º.-De la caridad de María
para con Dios
Donde hay pureza hay amor. Cuanto más
puro estuviere un corazón y más vacío de sí, más lleno estará del amor de
Dios. Pues, como la Virgen Nuestra Señora fue tan humilde y desprendida de sí
misma, la llenó plenamente el amor divino, habiendo amado a Dios más que
todos los hombres y todos los ángeles, por lo cual muy bien la llamó San
Francisco de Sales, “Reina del amor". Impúsanos el Señor precepto de amarle
con todo el corazón, pero hasta que le veamos en el cielo no cumpliremos
este precepto perfectamente.
Por otra parte, hubiera desdicho en
cierta manera imponer Dios a los hombres una ley que nadie hubiese de
cumplir del todo, si no hubiera criado a su Madre Santísima, que la observó
con la mayor perfección, pues, el amor divino hirió, traspasó y poseyó
totalmente su corazón purísimo; y asÍ, amó siempre sin defecto alguno,
diciendo con toda verdad: "Mi Amado es todo para mí, y yo para mi Amado",
Hasta los serafines podían bajar del cielo y aprender de su corazón a amar al
Señor.
Vino el Señor a encender en el mundo el
fuego de la caridad; pero en ningún pecho prendió tanto como en el de su
querida Madre, que, como tan libre y desocupado de todos los afectos
terrenos, estaba también mucho más dispuesto a encenderse en tan preciosa
llama que otro ninguno. Su dulce corazón se podía llamar fuego y hoguera,
como se dice en el libro de los Cantares: Lampades ejus, lampades ignis atque
flamarum Fuego que ardía dentro, y llamas que con el ejercicio de todas las
virtudes resplandecían de fuera.
Cuando llevaba en los brazos a su Hijo
Santísimo, bien pudo llamarse fuego que llevaba otro fuego, mucho mejor que
aquella mujer de quien lo dijo Hipócrates por verla pasar con fuego en la
mano. Como el fuego penetra en el hierro, así la penetró el fuego del
Espíritu Santo, y con tal fuerza y ardor, que nada se vio en ella que no
fuese fuego de amor divino, La zarza que ardía y no se quemaba fue símbolo
suyo, y el haberla visto San Juan vestida de sol, significaba que estuvo tan
unida con Dios, que no parece posible pueda llegar a tanto pura criatura.
Jamás sufrió tentación, ni aun leve, porque sintiendo de lejos los demonios
el ardor de su caridad, huían precipitadamente. Ni t uva nunca más
pensamiento, más deseo, más gozo que a Dios; y así, eran sinnúmero los actos
de amor que hacía su bendita alma, como enseña Suárez, estando casi siempre
en contemplación, o más bien era un acto solo, continuo, sin interrupción,
porque, como águila real, tenía siempre fijos los ojos del alma en el divino
Sol de Justicia, con tanta firmeza, que ni las acciones exteriores impedían
su contemplación elevada, ni ésta el atender a las ocupaciones externas. Y
por eso en la antigua ley fue figura suya el propiciatorio, del que ni de
noche faltaba fuego.
Tampoco el dormir le estorbaba al amar,
porque si, como dice San Agustín, se concedió este privilegio a nuestros
primeros Padres en el estado de la inocencia, no se debe negar a Maria, y en
esto concuerdan con el P. Suárez varios otros Doctores, Mientras su cuerpo
descansaba, velaba su alma, y en ella se cumplía lo que se escribe en el
libro del Sabio: "No se apagará su lámpara de noche". No le impedía
el sueño hablar con Dios y estar en contemplación más alta y perfecta que
jamás lo estuvo en la vigilia ningún otro viviente racional. "Yo duermo,
y mi corazón vela", podía muy bien decir con la Esposa de los Cantares.
Tan feliz durmiendo como velando. De manera que mientras vivió en la tierra
amó continuamente a Dios, haciendo siempre todo aquello que conocía ser más
grato a sus divinos ojos, y amándole todo cuanto conocía deberle amar. En
suma: tanto la llenó y poseyó la caridad divina, que no fue posible cupiese
más en pura criatura; y así vino pronto a ser a los ojos de Dios tan hermosa
y placentera, que, vencido y preso de su amor, descendió y se hizo hombre en
su seno virginal. Esta es la doncella que con su virtud le hirió y robó el
corazón.
Ahora bien; pues que tanto le ama,
ciertamente que ninguna otra cosa pide con más insistencia de sus devotos
como el que le amen ellos también cuanto alcancen sus fuerzas. Así lo dijo a
la beata Ángela de Foligno un día de comunión: "Ángela, mi Hijo te
bendiga, y tu, ámale cuanto puedas"; y a Santa Brígida: "Si quieres
tenerme contigo, has de amar a mi Hijo". Como su amado es Dios, solicita
que de nosotros también lo sea. Pregunta un autor por qué suplicaba la Esposa
que dijesen a su Esposo lo mucho que le amaba. ¿No lo sabía El? ¿No había
de tener noticia de llama tan amorosa el mismo que-la hizo? Lo decía, no
para que el Señor lo supiese, sino los hombres, a fin de que del modo que
ella estaba herida, procurásemos estarlo también nosotros. Por lo cual, así
como arde en ella este divino fuego, así a todos los que la veneran y
procuran acercársele les comunica tan envidiable incendio, haciéndolos
semejantes a sí. Por la misma razón Santa Catalina de Siena la llamada por
tatrix ignis: la que lleva fuego, En fin, si queremos que en nuestros
corazones se encienda esta preciosa llama, acerquémonos a nuestra Madre con
ruegos y encendidos afectos.
¡Oh, Reina de amor! la más amable, la
más amada y la más amante de todas las criaturas, como os decía San Francisco
de Sales. Vos, Madre mía, que siempre ardisteis en amor celestial, dadme
siquiera una centella de amor tan soberano. Vos que pudisteis por los esposos
en aquellas bodas, cuando el vino se les acabó, pedid por nosotros, pues ved
que nos falta el vino del amor sagrado. Decid al Señor así: No tienen amor, y
alcanzádnoslo Vos misma con vuestros ruegos poderosos. Madre piadosísima,
por el amor que le tenéis, no desistáis de rogar por nosotros hasta conseguirnos
esta gracia.
3º.-De la caridad de María
para con el prójimo
En un mismo precepto nos impuso el
Señor la obligación de amarle y amar al prójimo, porque, como enseña Santo
Tomás, quien ama a Dios, ama todo lo que Dios ama. Decíale una vez Santa Catalina
de Génova: "Señor, Vos queréis que ame al prójimo, y yo, fuera de Vos,
no acierto a amar a nadie". A lo que su Divina Majestad le respondió:
"Amándome a Mí, amas todo lo que Yo amo". Pues así como no hubo ni
habrá quien a Dios ame tanto como María, así tampoco hubo nunca ni habrá
quien ame tanto al prójimo. Dice Cornelio a Lapide que esta amantísima
Virgen estaba representada en aquella muy rica y preciosa litera fabricada
por Salomón, de que habla el Sagrado Texto, porque su vientre virginal fue la
litera rica, pura y hermosa en que, habitando el Verbo Encarnado llenó a su
Madre de ardentísima caridad para cuantos recurriesen a ella; y así, mientras
vivió en el mundo, estuvo tan colmada de esta virtud, que, aun sin que
nadie se lo rogase, socorría toda suerte de necesidades y miserias, como lo
dio bien a conocer en aquellas bodas. Pero, en nada fue su caridad tan
encendida y generosa como en ofrecer a su Santísimo Hijo a la muerte por nuestra
eterna felicidad: tanto amó al mundo, que por él dio a su mismo Hijo, como
del Padre Eterno pondera San Juan. Ni porque ya se ve feliz y glorificada en
los cielos se le ha olvidado o entibiado en algo su amor; antes, es ahora más
crecido, no habiendo nadie que deje de sentir los efectos de su piedad con
sólo alzar el corazón para implorada. Y ¿qué fuera del mundo si no estuviese
de continuo rogando por nosotros? Ni esperanza de misericordia nos
quedaría.
"¡Dichoso de aquel (dice María)
que, dócil a los ejemplos y avisos que le doy, toma de mí lecciones de
caridad para ejercitada con sus prójimos!" No hay cosa con que más
fácilmente nos granjeemos su amor y protección, como en ser buenos y caritativos.
A todas horas nos está diciendo: "Sed misericordiosos, como vuestra
Madre lo es"; y sin duda usan Dios y su Madre de misericordia a la
medida que la usemos. El pago de aquello en que favorezcamos o hagamos bien a
cualquier pobre, será la posesión entera de la gloria pues, por boca del
Apóstol tiene prometido el Espíritu Santo, que, así en esta vida
como en la otra, los caritativos serán felices; como que el que socorre al
necesitado es lo mismo que dar en préstamo a Dios y hacerle nuestro deudor.
Madre de misericordia, pues que con
todos la tenéis tan grande, no os olvidéis de las miserias mías. Viéndolas
estáis. Hablad por mí al Señor, que nunca os niega nada de lo que pedís.
Pedidle, Madre mía, y alcanzadme la gracia de que siempre le ame sobre todas
las cosas, y al prójimo como a mí mismo.
4º -De la fe de María Santísima
Del mismo modo que del amor y la
esperanza es Madre la sacratísima Virgen María, lo es igualmente de la fe,
porque con ella reparó los daños qué nos hizo Eva con su incredulidad. Por
haber dado crédito a la serpiente astuta la primera madre, contra el dicho
de Dios, nos acarreó la muerte; pero María trajo al mundo salud v
vida, por haber creído las palabras con que el ángel le anunciaba de parte
de, Dios que, sin detrimento de su pureza virginal, iba a ser madre del
Salvador del mundo, con lo cual abrió a los hombres las puertas del ciclo.
Esta fue la virgen fielísima por cuya fe se salvó Adé1n y toda su posteridad.
Esta la Virgen sabia a quien, por haber creído, la llamó bienaventurada su
prima Isabel y a quien S. Agustín llama más dichosa por haber abrazado la fe
de Cristo que por concebir en sus entrañas la carne de Cristo.
El P. Suárez sostiene que fue mayor su
fe que la de todos los hombres y todos los ángeles. Veía en un establo a su
Hijo recién nacido, y creía firmemente que aquel Niño era el Creador del mundo.
Le veía huir de Herodes, y no dudaba que era el Rey de reyes. Le vio nacer, v
creyó que era eterno. Le veía pobre y necesitado, y le creía Señor del
universo; recostado en las pajas, y que era omnipotente; no hablar siendo
niño y que era la sabiduría infinita;
llorar, .Y con todo, ser el gozo eterno de los Santos. Le vio, finalmente,
morir con afrenta y dolor, v bien que los discípulos titubeasen en la fe,
ella estuvo siempre firmìsima en creerle verdadero Dios; por lo cual dicen
algunos que esto significa el dejar encendida una vela sola al fin de las tinieblas
de la Semana Santa, pues a este propósito le aplica San León las palabras de
la divina Escritura: Non extinguetur in nocte lucerna ejus; y sobre aquel
otro texto de los Proverbios, en que dice el Señor que pisaría solo y sin
compañía de otro varón el lugar de su Pasión sacrosanta, explica Santo Tomás
que, al decir varón fue por no comprender a María Santísima, en la cual
nunca faltó la fe. Realmente, fue heroica y admirable esta virtud en aquella
ocasión, pues dudando todos los demás, ella no dudó. Por eso mereció ser luz
y guía de todos los fieles y Reina de la verdadera fe. Por el mérito de fe
tan excelente le atribuye la Santa Iglesia la victoria contra todas las
herejías; y los ojos hermosos con que se dice en los Cantares que la Esposa
santa hirió y cautivó el corazón de su Esposo, fueron la fe de María, tan
acendrada y agradable al mismo divino Esposo.
Imitémosla, pues, en esta virtud tan
principal. Y ¿de qué manera? Don y virtud es la fe. En cuanto don, es una luz
sobrenatural que infunde Dios en el alma. En cuanto virtud, consiste en el
ejercicio de ella, como que sirve, no sólo de regla de lo que debemos creer,
sino también de obrar. En esto ha de ser la imitación. Esto es lo que se
llama tener fe viva: vivir conforme a lo que uno cree. Así vivió la Virgen
Santísima. Los que no conforman las obras con lo que creen, no viven así,
porque tienen la fe muerta, como dice Santiago. Andaba Diógenes entre la
multitud buscando un hombre, y Dios entre los fieles parece que busca quien
sea cristiano, porque de tantos hombres como reciben el Bautismo, pocos son
cristianos de veras. A los de sólo nombre se les pudiera decir lo que una vez
Alejandro
a un soldado, llamado también Alejandro, pero cobarde: "O deja el
nombre, o el proceder"; aunque a tales fuera mejor llamados locos (como
decía el P. M. Ávila), pues creyendo que después de esta vida habrá gloria
eterna para quien viva bien, e infierno sin fin para quien viva mal, viven
como si no creyesen. Sean nuestros ojos, ojos de cristianos, que es consejo
de San Agustín; esto es, veamos las cosas como quien tiene fe, pues por
falta de ella pecan los hombres, como aseguraba Santa Teresa.
Pidamos a Nuestra Señora, que por la
excelencia y mérito de su fe, nos la alcance a todos muy viva.
5º.-De la esperanza de la
Virgen María
De
la fe nace la esperanza, porque el fin que Dios se propone en iluminar
nuestros entendimientos con la luz de la fe es para que nos alentemos a
esperar y desear poseerle y gozad e después de esta vida. y pues tuvo la fe
María en grado tan alto como hemos visto, a igual altura llegó su esperanza
pudiendo decir mejor que el Profeta Rey, que su bien consistía en estar
unida con Dios y colocar su esperanza en El. Fue esta Señora aquella Esposa
fidelísima de quien se dijo en los Cantares: "¿Quién es ésta que sube
del desierto derramando delicias y apoyada en su Amado?" Porque
desprendida del mundo, que miraba como un desierto, y sin confiar en las
criaturas ni en sus méritos propios, sino colocando toda su confianza en la
divina gracia, iba subiendo por instantes en el amor de Dios.
Dio bien a conocer cuán arraigada y
firme la tuvo en sólo Dios cuando advirtió la inquietud y turbación de su
casto y querido esposo, que por veda encinta, resolvió finalmente separarse
de ella. Necesidad parecía, como ya dijimos, descubrir a su esposo en aquel
caso el alto y oculto misterio de la Encarnación obrado en sus entrañas
virginales. Pero no quiso sino dejarse del todo a la disposición y voluntad
de la divina Providencia, con esperanza segura de que el Señor defendería su
inocencia y honor.
Diola también a conocer cuando, llegada
la hora del sagrado parto, se le cerraron en Belén todas las puertas, y hubo
de recogerse a una cueva o establo para dar a luz al Salvador del mundo. No
se quejó de tan injusto desvío, no mostró sentimiento, no desplegó los
labios, sino que, arrojándose en las manos de Dios, confió firmemente, y no
dudó que le asistiría en aquella urgencia y necesidad.
Diola igualmente a conocer cuando, al
primer anuncio y mandato de que huyese a Egipto con San José y el Niño, salió
sin demora aquella misma noche a viaje tan largo, a región extranjera y desconocida,
sin más compañía, ni dinero, ni provisión alguna.
Finalmente la descubrió mucho más
cuando en las bodas intercedió pidiendo el primer milagro de los que obró su
divino Hijo, pues habiéndole respondido el Señor con aquellas palabras que
parecieron claramente negar el favor, con todo, manda a los que servían hagan
lo que su Hijo les dijese, confiada en la bondad divina y segura de alcanzar
la gracia deseada, como así fue.
Aprendamos, pues, de esta gran Señora,
modelo de todas las virtudes, a tener en todas ocasiones, como debemos,
completa confianza en la bondad de Dios, y mucho más de que al fin
alcanzaremos la salvación eterna, pues aunque de nuestra parte nos pide para
ello cooperación y conato, esto ha de ser presuponiendo siempre que la gracia
necesaria para conseguirle viene solamente de su bondad y misericordia, y
por lo mismo, desconfiados de nuestras propias fuerzas, hemos de repetir con
el Apóstol: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta".
Madre mía, de Vos se nos dice en el
libro del Eclesiástico que sois Madre de la Esperanza, y esperanza nuestra os
llama la Santa Iglesia. ¿Cuál otra buscaré yo? En Vos, después de vuestro
Hijo, la pongo toda. No se me caerán de los labios las palabras de San
Bernardo, para deciros que sois toda la razón o motivo de mi esperanza, ni
cesaré con San Buenaventura, de clamar y decir: "Salud de todos los que
te invocan, sálvame".
6º.-De la castidad de María
Caído Adán en pecado, rebelada contra
la razón nuestra sensualidad, ninguna virtud se nos hace más difícil y
cuesta arriba que la castidad, donde, como dice San Agustín, es más porfiado
el combate, más frecuente la lucha y raras las victorias. Pero bendita y
alabada sea la piedad del Señor, que en la Virgen María nos dio ejemplar y dechado
de tan preciosa virtud. "Virgen de vírgenes"
es
y se llama muy justamente, porque habiendo sido la primera en consagrar a
Dios su virginal pureza sin consejo de nadie ni ejemplo anterior de ninguna
otra virgen, ella lo fue de todas las que a su imitación después se mantienen puras y castas, y así quedó
cumplido el vaticinio de David, en que anunciaba que en pos de ella irían las
demás vírgenes del templo de Dios.
Sin consejo ni ejemplo, vuelvo a decir, y por lo mismo le pregunta San
Bernardo: "Virgen purísima, ¿quién te enseñó a complacer a Dios con tu
virginidad y a vivir en la tierra como los ángeles?" Ninguno sino Dios.
Dios escogió Virgen tan pura por Madre, para que nos fuese a todo modelo de
pureza y abanderada y guía de la virginidad.
Por eso la llamó el Espíritu Santo
“hermosa como la tórtola", y en otro lugar, “azucena entre
espinas". Entre espinas, porque como dice un autor, las demás vírgenes
son espinas para sí o para otros; pero esta Reina soberana ni para sí ni para
nadie fue jamás espina; antes, al contrario, con sólo dejarse ver infundía
en los que la miraban pensamientos limpios y honestos. San Jerónimo creyó
que el haberse mantenido el Patriarca San José toda su vida virgen, lo debía
a la compañía de su Santísima Esposa, pues escribiendo contra Elvidio,
hereje, dice así: "Te atreves a decir que María no conservó su
virginidad, y yo sostengo que por María fue virgen San José".
Otros autores llegan hasta afirmar que
era tanto lo que estimaba esta preciosísima virtud, que por no perderla
hubiera renunciado a la dignidad de Madre de Dios; lo cual no deja de
inferirse de la respuesta que dio al ángel cuando le dijo:
"¿Cómo
se ha de hacer esto, si yo no conozco varón?" Y también de lo que,
asegurada ya, prorrumpió después: "Hágase en mi según tu palabra";
significando que daba su consentimiento para ser Madre no por obra de otro
que del Espíritu Santo.
Sentencia de San Ambrosio es que las
personas que conservan la castidad son ángeles, y las que la pierden,
demonios, pues dijo el Señor que los castos serían como los ángeles de Dios.
San Remigio aseguraba que la mayor parte de los adultos que se condenaban,
se condenaban por este vicio. Pocas son, en efecto, contra él las victorias;
pero ¿por qué sino por no tomar los medios de vencer? Tres medios señalan,
con Belarmino, los maestros de la vida espiritual; ayuno, fuga de ocasiones y
oración, comprendiendo en el ayuno la mortificación, especialmente en
custodiar la vista y refrenar la gula.
La Virgen Santísima, aunque llena de
gracia, tenía siempre a raya los sentidos, y los ojos con especialidad, que
nunca los fijó en rostro de ningún hombre, comO atestiguan San Epifanio y San
Juan Damasceno; habiendo sido tanta su modestia desde niña, que ponía en
todos admiración. San Lucas, advierte que a ver a su prima Isabel iba muy de
prisa, sin duda para que en el camino la observasen menos. Acerca del comer,
asegura un autor haber tenid0 revelación cierto ermitaño, que no tomaba el
pecho de su madre, Santa Ana, sino una sola vez al día. San Gregario
Turonense dice que ayunó toda su vida, y San Buenaventura tenía por cierto
que sin la virtud de templanza tan admirable no hubiera hallado tanta gracia
a los ojos del Señor. En suma: fue siempre en todo tan mortificada, que, por
ser la mirra símbolo de mortificación, se dijo en los Cantares de ella:
"Mirra destilaron mis manos".
Acerca del segundo medio, que es la
fuga de las ocasiones, se nos avisa en el libro de los Proverbios que quien
evite los lazos quedará libre. En la guerra sensual, vencen los calmosos,
decía San Felipe Neri, dando a entender los que no buscan las ocasiones.
María evitaba con gran cuidado la vista de los hombres, y sin aguardar al
parto de su prima Santa Isabel, en sentir de varios autores, se volvió a
Nazaret, por no hallarse entre el bullicio y conversación de tanta gente como
se esperaba acudiría a dar parabienes por el nacimiento del niño Juan.
El tercer medio es la oración, porque
dice el Sabio: "Conociendo que no podía ser continente sin darlo Dios,
acudí a El y rogué". Y la sacratísima Virgen, como referimos en otro
lugar, reveló a Santa Isabel, benedictina, que sin trabajo y oración no
había poseído ninguna virtud. Pura es María, y como tan amante de la pureza,
le dan en rostro los impuros. Pero todos los que a ella recurran saldrán
victoriosos de la pelea, invocando su nombre con filial confianza, pues
asegura el Beato Juan de Ávila que solamente con el afecto y devoción a su Concepción
Inmaculada bastó para que muchas personas saliesen con victoria de la tentación.
¡Oh María, paloma cándida y pura!
¡Cuántos desventurados, por este abominable vicio, arden en las llamas
eternas! Libradnos a nosotros, Señora, alcanzándonos la gracia de que en los
peligros y tentaciones siempre recurramos a Vos y venzamos por Vos. Amén.
7º.-De la pobreza de María
Pobre quiso ser en el mundo nuestro
amoroso Redentor, para enseñarnos a despreciar los bienes de la tierra, ya
ser pobres exhortaba a todos los que hubiesen de seguir sus huellas, entre
los cuales la que más cerca le siguió, y más perfectamente, fue Mana. Con lo
que de sus padres había heredado hubiera podido pasarlo en este mundo
cómodamente; pero todo lo dio al templo y a los pobres, reservando muy poco
para sí, y aun dicen algunos que hizo voto de pobreza. Las ofrendas de los
Santos Magos no serían de poco valor, pero también fueron a parar a manos de
los pobres; y así se colige de haber presentado en el templo el día de la
Purificación, no el don propio de las ricas, que era un cordero, sino dos
pichones o tórtolas, que ofrecían los pobres. De manera que, a excepción del
vestido y un escaso alimento, nada poseyó de este mundo. Por amor a la
pobreza admitió por esposo a un hombre menestral, manteniéndose con el
trabajo de sus manos y con hilar y coser. En fin, pobre vivió y pobre murió,
porque a la hora de la muerte no se sabe que dejase otra cosa aparte de
dos vestidos ordinarios a dos mujeres
que la habían asistido. .
Ninguno que ame los bienes de la tierra
será santo, decía San Felipe Neri; y Santa Teresa añadía que muchas veces se
procura con los dineros el infierno y se compra fuego y penas sin fin; y, al
contrario, aseguraba de sí misma que con la pobreza le parecía que poseía
todas las riquezas del mundo.
Pero adviértase que esta virtud no
consiste meramente en ser pobre, sino en serIo voluntariamente.
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los
cielos. Dichosos y bienaventurados, porque buscando sólo a Dios, en Dios
hallarán todos los bienes, y aun en la tierra el paraíso, como los halló San
Franciscano, que decía: “Dios mío y todas las cosas".
Amemos también nosotros aquel bien en
quien están todos los bienes, pidámosle con, San Ignacio de Loyola:
"Dadme, Señor, vuestro amor y gracia, y seré rico". Y si alguna vez
nos diese a sentir los efectos de la santa pobreza, alegrémonos sabiendo que
antes fueron pobres Jesús y María.
Madre mía, Madre Santísima, Vos, que
con inflamado corazón dijisteis que en Dios únicamente estaba todo vuestro
contento, porque en este mundo nada quisisteis ni a nada aspirasteis sino á
poseer a sólo Dios, despegadme del mundo a mí y llevadme a Vos Señora, para
que yo también por vuestro medio, tenga la dicha de amar sobre todas las
cosas a aquel Señor, único bien digno de ser amado. Amén.
8º.-De la obediencia de
María
El haber pronunciado la sacratísima
Virgen, cuando el ángel le anunció el misterio de la Encarnación, aquellas
palabras tan humildes: “Aquí está la esclava del Señor", nació de
afecto, y muy singular, a la virtud de la obediencia, pues ni de
obra
ni de pensamiento se opuso jamás a las disposiciones de Dios la fidelísima
esclava suya, sino que siempre, desasida de su voluntad propia, estuvo en
todo rendida totalmente al beneplácito divino. En su cántico lo declaró
cuando dijo que había Dios mirado con suma complacencia la bajeza y humildad
de su sierva consistente en obedecer en todo tiempo lo que le manda el Señor.
Con su obediencia remedió el daño hecho
por la primera Madre, y fue sin. comparación, más aventajada que la de todos
los Santos, porque, como por uno de los tristes efectos del pecado original,
tienen los hombres tanta inclinación a lo malo, sienten dificultad no poca en
el bien obrar; pero María, inmune de la mancha de nuestro origen viciado,
ningún impedimento tuvo para obedecer con toda perfección; antes fue siempre
su voluntad como una rueda ligera que se movía con gran prontitud y agilidad
a cualquier impulso de la inspiración divina; y así, mientras vivió en el
mundo, toda su ocupación y conato fue mirar y cumplir cuanto conocía ser del
divino agrado. Por ella se dijo en los Cantares: "Mi alma se derritió
así que habló mi amado, pues, su alma inocente y pura fue por el ardor de la
caridad, como un metal dócil, blando, derretido y dispuesto a recibir todas
las formas que Dios de su mano le quiso imprimir",
Bien mostró lo subido y acrisolado de
esta virtud, en primer lugar, cuando, tan sumisa y pronta en cumplir el
edicto del Augusto César, salió para Belén, distante de Nazaret más de
noventa millas, en días de parir, y siendo su pobreza tan extremada, que se
vio precisada a buscar un portal o establo donde recogerse y dar a luz al
Salvador del mundo. .
Muy puntualmente obedeció también
cuando se puso en el camino a la primera insinuación de San José, huyendo por
caminos largos y fangosos a tierra de Egipto; y si el mandato se dio al varón
y no a su santa Esposa, fue para que no perdiese tan buena ocasión de
obedecer, a lo que en todo momento se hallaba dispuesta.
Pero principalmente la mostró muy
heroica cuando por conformarse, requerida por la divina buena ocasión de
obedecer, a lo que en todo momento se hallaba dispuesta.
Pero principalmente la mostró muy
heroica cuando por conformarse, requerida por la divina voluntad, ofreció al
morir a su mismo Hijo, como un Santo dice, no hubiera repugnado ser ministro
de la divina Justicia a falta de otros ejecutores. De este modo fue más feliz
por haber oído y guardado las palabras de Dios que por la dignidad de Madre
suya, como significó el mismo Señor cuando, por oírle predicar un día, alabó
tanto una mujer el vientre dichoso que le había llevado y los pechos
purísimos de que se alimentó.
De aquí proviene que le sean tan
agradables los que practican esta virtud. Una vez se apareció a un religioso
franciscano, por nombre Acorso, que, llamado en aquel punto para confesar a
una enferma, dejó sin detenerse la celda y aquella soberana visita; pero al
volver, la halló esperándole todavía, y le alabó mucho tan pronta obediencia;
así como reprendió a otro religioso que, por acabar sus devociones, no
acudió a comer al primer toque de la campana. Y otra vez dijo a Santa Brígida
que a toda salva la obediencia; porque, en efecto, no pedirá Dios cuenta de
nada que hiciéramos por obedecer, teniendo ya dicho de antemano que el que
oye a los superiores oye al mismo Dios. Finalmente, reveló también a la misma
Santa que por los méritos de esta virtud, le había concedido el Señor el
privilegio de que todos los pecadores que, arrepentidos, recurran a su
protección, hallarían misericordia y serían perdonados.
¡Oh, Reina y Madre nuestra! Rogad a
Jesús por estos pobres pecadores, alcanzadnos por el mérito de vuestra
excelentísima obediencia la gracia de obedecer también nosotros a la divina
voluntad y a los consejos y dirección de nuestros padres espirituales.
9º.-De la paciencia de
María
Siendo la tierra en que habitamos lugar
destinado a merecer, con toda propiedad es llamado valle de lágrimas, porque
en ella vivimos para sufrir y, con el sufrimiento y la paciencia, ganar
nuestras almas para la vida eterna, como nuestro Divino Redentor y Maestro
nos dejó prevenido. Dianas a este fin a su Madre Santísima por dechado de
todas las virtudes, y de la paciencia con especialidad. Tal vez haberle
negado al principio aquel milagro que con las bodas de Caná le pidió, fue
para poner en nuestra vista, en la paciencia de su querida Madre, un ejemplo
muy señalado que imitar. Toda su vida fue un ejercicio continuo de esa
virtud, porque así como entre espinas crece la rosa, así en medio de las
tribulaciones iba creciendo en virtud de esta soberana Señora; y aunque
otra
pena no hubiera sufrido, que la compasión de los dolores de su divino
Redentor, hubiera bien bastado para haberla hecho mártir de paciencia,
llegando a decir San Buenaventura que concibió crucificada al Crucificado.
Cuántos y cuán grandes fuesen sus
padecimientos, así durante el viaje y estancia en Egipto, como en todo el
tiempo que vivió con el Señor en Nazaret, ya lo dijimos antes de la
consideración de los misterios de sus dolores. Pero la constancia con que al
pie de la cruz perseveró aquellas tres horas terribles de agonía, basta para
conocer lo heroico y admirable de su paciencia, cuando por ella mereció el
título y autoridad de Madre de todos los hombres.
Si apreciamos, pues, la dicha de los
hijos suyos, en la virtud de la paciencia nos hemos de parecer a nuestra
Madre, y más sabiendo que no hay cosa con que más podamos crecer aquí en
merecimientos, y allá en premios y coronas de gloria, como con el sufrir
pacientemente las adversidades de esta vida. El camino de los escogidos está
sembrado de espinas. Pero así como a la viña el vallado espinoso la cerca y
guarda, así Dios rodea de tribulaciones a todos sus siervos para tenerlos más
libres y apartados de la afición a las cosas terrenas. Tanta verdad es esto,
que San Cipriano llegó a decir que la paciencia es la que nos libra del
pecado y del infierno. ¡Qué maravilla si forma los Santos y los hace
perfectos! ¿Cómo? Sufriendo con resignación las cruces que Dios les envía
directamente, como enfermedades, pobreza y otras y también las que sufren de
parte de los hombres como injurias, persecuciones, etc. Vio San Juan en el
ciclo a todos Los Santos con palmas en las manos (símbolo del martirio), y con esto significó
que todas las personas con uso de razón que se hubiesen de salvar han de ser
mártires de sangre o de paciencia.
Pues, ánimo, exclama San Gregario, que
podemos ser mártires sin pasar por hierro ni sangre, sólo con ser
pacientes, o mejor, como explica San Bernardo, sufriendo las penas de esta
vida con paciencia y aun con gusto y alegría. ¡Qué premio tan colmado nos
aguarda en el cielo si lo hacemos así! A tanto bien nos exhorta el Apóstol,
asegurándonos, que un momento de tribulación aquí produce allá peso y colmo
eterno de gloria. Con gran espíritu y verdad dijo, pues, la gloriosa Santa
Teresa: "Quien se abraza con la cruz, no la siente". Y en otra
parte. "En determinándose a padecer, se acaba la pena". Y si
alguna vez nos parece que, por su mucho peso, nos oprime la cruz, acudamos a
Mana, consoladora de afligidos y remedio y mediación de todos los males.
Dulcísima Señora: habiendo Vos llevado
con paciencia heroica vuestras angustias y dolores, yo, que por mis pecados
he merecido mil veces el infierno, ¿no he de querer sufrir pena ninguna?
Madre mía, no os pediré ya que me quitéis la cruz de los hombros, sino que me
alcancéis gracia para llevada con paciencia cristiana. Alcanzádmela, Señora,
por amor de Jesús. Así lo espero de Vos con toda confianza.
10º.-De la oración de María
No hubo nunca alma en la tierra que tan
perfectamente cumpliese como la Virgen, aquel importantísimo documento de
nuestro Salvador: "Conviene siempre orar y no entibiarse ni
desfallecer"; ni de ningún otro tanto como de María, podemos tomar
ejemplo de lo necesario que nos es perseverar en la oración, pues, en el
ejercicio de esta santa virtud fue también la Madre purísima, después de
Jesucristo, la criatura más perfecta de todas. Primeramente, porque su
oración fue continua y perseverante. Desde el primer instante de su ser, en
que ya tuvo el uso completo de la razón, como dijimos antes en el sermón del
nacimiento, ella empezó a darse a la oración.
Por darse más a la oración, entre otros
motivos, quiso encerrarse en el templo siendo niña de tres años, donde no
sólo en el día oraba con gran fervor, sino que se levantaba a media noche
para hacer oración ante el altar. Y después de la Pasión de su Santísimo
Hijo, para tenerla más en la memoria y meditada con mayor fruto, hacía frecuentes
estaciones en los lugares donde nació, padeció y fue sepultado.
En segundo lugar, fue su oración
recogida, sin distracción y muy ajena de todo intento o inclinación menos
ordenada. Por esto amaba tanto la soledad, y por esto rehusaba tratar en el templo
ni con sus mismos padres, siendo tan santos. Y aquí observa S. Jerónimo sobre
las palabras de Isaías: Ecce virgo concipiet, que en aquel texto la palabra
virgo significa con propiedad virgen retirada, pareciendo que en él quiso el
Profeta significar el amor que la Virgen Santísima había de tener a la
soledad y al retiro.
En gran manera amaba la soledad, y por
eso el ángel hallándola sola cuando le anunció el misterio de la Encarnación,
la saludo diciendo: "El Señor es contigo". Por la misma razón
nunca salía de su casa, como no fuese para el templo, y entonces, con gran
compostura y recogimiento, llevando los ojos clavados en la tierra. Por igual
motivo fue con celeridad a visitar a su prima Santa Isabel. Buen ejemplo, dice San Ambrosio, para que
aprendan las vírgenes a huir del bullicio y concurso de las gentes.
Del deseo de oración y soledad nació
también su cuidado en evitar el trato y comunicación con los hombres, y quizá
por esto la llamó Tórtola, en los Cantares el Espíritu Santo. Finalmente,
vivió en el mundo como en un desierto, y a ésta causa dice de ella la
Iglesia: "¿Quién es esta que sube del desierto como una vara llena de
toda fragancia?"
En la soledad habla Díos a las almas.
El mismo Señor lo declaró por aseas: Ducam eam in solitudinem et loquar ad
cor ejus; sobre cuyas palabras exclamó San Jerónimo: "! Oh, soledad, en
que Dios habla con los suyos familiarmente!" y lo confirma San Bernardo
enseñando que en la soledad y el silencio en que ella se goza se esfuerza el
alma a salir de la tierra con el pensamiento, y a engolfarse en la meditación
de los bienes del cielo. Virgen fidelísirna, alcanzad nos Vos afectos y
estima de la oración y la soledad, para que, desprendidos del amor de las
criaturas, aspiremos sólo a Dios y a los bienes eternos de la gloria, donde
esperamos veras, alabaras y amaras juntamente con vuestro dulcísimo Hijo, por
todos los siglos de los siglos. Amén.
OBSEQUIOS
Es tan agradecida y generosa la Reina
de los ángeles, que por cortos servicios y obsequios de sus siervos retribuye
gracias y favores muy crecidos y señalados. Mas para merecerlos, dos cosas
son necesarias; la una, que le ofrezcamos nuestros obsequios con el alma
libre del pecado, porque, sino, fácilmente nos podrá decir lo que le dijo a
un soldado vicioso que todos los días la veneraba con alguna devoción, y al
cual, estando una vez casi para morir de hambre, se le apareció, trayéndole ,
una comida exquisita, pero dentro de una vasija tan sucia, que el soldado no
tuvo ánimo para alargar la mano: “yo soy -le dijo entonces- María, la Madre
de Dios, y he venido a darte de comer". “Pero, Señora -respondió el
soldado -¿cómo lo he de comer ahí donde viene?" y ¿cómo quieres tú
-replicó la Virgen- que acepte yo tus devociones, si me las ofreces con el
alma tan manchada?" Estas palabras bastaron para conmoverle y convertirle,
pues, se hizo ermitaño, y pasados treinta años en el desierto, a la hora de
la muerte se le volvió a aparecer la Sma. Virgen para llevárselo consigo al
cielo.
Dijimos en la primera parte que,
moralmente hablando, no es posible que se condene ningún devoto de María;
pero se ha de entender a condición.
|